Tres cuentos

 

 

Claudia Karim Quiroga

 

 

1
David

 

Las palabras, esta vez, parecían un reguero de naipes abandonado en el piso. No había nada que decir después de un amor corto y apresurado. La plaza estaba ahora vacante y su deseo era levantarse de la cama y salir para siempre. Hay que buscar la retirada cuando es el momento, cuando no es demasiado tarde, cuando todavía puede hacerse algo o pensar en otros labios.
Los ojos de David eran grandes como sus manos y sostener su mirada era una dificultad, aun después de tres meses de conocerle. A duras penas podía recordar cómo era su brillo durante la madrugada.
Hablar con él, además, era una dificultad extrema. Al principio las conversaciones se extendían por horas y todos los temas se trataban con delicadeza y hondura. No obstante, después de la entrega ambos quedaron mudos. Y empezó un juego que consistía en mirarse a los ojos, sonreír y no abrir la boca.

El amor también sufrió una metamorfosis. Simplemente, no lo hacían. Pero su deseo aumentaba con la rapidez y el desenfreno de una estudiante de noveno grado. Sentados en la sala de la casa familiar, frente a frente o en la calle, suspendidos en la acera mientras los transeúntes apresuraban el paso y los vehículos circulaban a ritmo y velocidad continúa. Se trataba de una relación extraña de odio y amor recíproco, donde cada uno aportaba lo mejor de sí para oscurecer los afectos. Sonia luchaba por no pensarle durante el trabajo, pero la jornada le parecía tan larga y agotadora como inexacta. ¿Qué hora es?, preguntaba a sus compañeros, quienes respondían en coro y en una conjunción casi lírica... ¡Las diez!
El almuerzo resultaba una ocasión única que tomaba forma en los alimentos. La carne, provocativa, muy roja y blanda. Los vegetales, al vapor, crujientes y con vinagre balsámico. Bebía leche. Y se masturbaba de sobremesa con la conciencia tranquila y el sabor de la vinagreta entre los dientes. Podría llamarle y decirle que se moría por verle, que lo amaba y que esperaba encontrarlo por la noche entre sus sábanas para que le hiciera el amor o al menos para que durmiera con ella unas horas. Pero, el teléfono y la angustia vivían juntos y eran amantes. De regreso a sus labores, la tarde resultaba más acogedora que la jornada mañanera. Allí encontraba algo de paz que se consumía entre sus tareas y el ir y venir, contestar llamadas, devolver emilios y revisar varias veces la página que debía entregar por la noche.
Mientras tanto, David, pasaba el tiempo en el gimnasio aumentando los kilos que le hacían falta para estar en perfecta forma. Tenía los hombros y la espalda anchos. El cuello largo y delgado y el culo delicioso. Se trataba del David que creó Miguel Ángel después de tantos intentos y de tantos sueños húmedos con los jovenzuelos de su taller florentino. El artista habría devorado a David apenas conocerle. Sin duda su cuerpo y mirada tendrían la fuerza suficiente para atormentar a un genio que no soportó un segundo, una hora más, sin inmortalizar en la memoria del tiempo al objeto de todos sus placeres. El cuerpo del deseo está hecho para el amor no importa de donde venga. David venía de muy lejos, una tierra remota y perdida entre las montañas y una familia pequeña. Joven y lozano andaba por la vida como el fruto de un árbol que toda mujer quiere llevarse a la boca.

Sonia lo miraba con languidez y sentimiento de pérdida. Le afectaba no poseerlo y trataba de aceptar su dolor con la mayor honra posible. Tendría que suceder algo subversivo entre ambos. Algo que cambiara de forma radical el transcurso y disposición de las cosas. Hacer el amor otra vez era una de las grandes opciones a las que aspiraba mágicamente cada noche. Pero la magia era un asunto que desaparecía y regresaba convertido en una sensación distinta y abrasadora.
Le envió una carta y le anunció su amor como último sádico recurso. La carta escrita durante uno de los desvelos tuvo una respuesta pronta. Y David apareció por la mañana, recién bañado y acaso con olor a otra, pero, no hubo mucho tiempo para mirarse a los ojos y los dos salieron con resignación y algo de placer.
En ese momento, ella tuvo la fuerza suficiente para abandonarle a su suerte de un día y le pensó y le deseó y le volvió a pensar como viene y va la fortuna.

Por teléfono, David la invitó a almorzar a su casa. Sonia dijo que era posible que fuera. El orgullo lucía soberbio en su garganta. Debió aprovechar la oportunidad para arrastrarse y suplicarle. Pero no lo hizo. También se había convertido en una descarada cobarde. Un asesino, un delincuente y un enamorado, comparten la misma desazón.

Ella no sabía a ciencia cierta qué esperaba de David. Era una mujer con pretendientes. Con invitaciones constantes. Podría acostarse con cualquier hombre en el momento que quisiera tan solo con una llamada o dos. Pero David le inquietaba y le cercenaba el pecho. Su desesperación era tan obvia que algunos empezaron a darse cuenta que la antes vivaz, yacía convertida en un personaje abatido por la turbación. Ya no era inquieta. Tampoco cínica. Era lo que puede llamarse una ilusa. Llegó al colmo de rondar su domicilio, pasaba con la idea de propiciar un encuentro o ver a alguien abandonar la casa. Nunca sucedió nada con aquellas visitas con asomo de voyerista. Parecía como si a David se lo tragara la tierra por algunas horas. Sonia creía que cuando un hombre se pierde un día entero es porque está en brazos más calientes y voluptuosos. Y se mataba la cabeza tratando de imaginar a su contraria. A ella. La ladrona. La cazadora. La perversa atrapaamantes.
En dónde viviría aquella. En qué casa. En qué barrio.

Era probable que su rival fuera una chica joven. Mucho más joven que ella. Y que tuviera el cuerpo más proporcionado y la cintura más fina, y quizá los pechos duros y levantados. Aquí el tema de la inteligencia pasaba a un segundo plano. Los intereses eran físicos y claros como una gota de rocío sobre una rosa blanca. Le afectaba el hecho de haber entregado su cuerpo de forma tan rápida y eficaz. Lamentaba que con tanta prontitud, David hubiese conocido la precisión de sus curvas y la sensación de su flujo vaginal sobre su pecho. La olió como un lobo. La devoró como un náufrago y la abandonaría como un marinero.

Clareaba otro amanecer y Sonia observó el sol en su ventana con la ansiedad de un adicto. Encendió otro cigarrillo que tampoco le supo bien y siguió el ritmo y la letra de todas las canciones que a esa hora sonaban en la radio, al tiempo, terminaba un orgasmo, mientras veía caer la colilla del cigarillo arrojado por el marco de la misma ventana.
Abandonarse y pensar en él era un labor tan grata como desoladora. Masturbarse, en su nombre, fue el detonante necesario para levantarse y tomar una ducha. El agua hizo las veces de calmante. Sonia notó que pasaría otro día más sin depilarse las piernas.
Por la noche, volvió a prepararse para soñar. Iría al cine. Cenaría con algunos de sus amigos y lo buscaría en medio de los otros comensales. En la mesa contigua, detrás de aquel menú o paseándose por el lugar. David podría estar en todas partes. Cerraba los ojos y veía su imagen con mayor claridad.
En casa, se dispuso a descansar. Hacía rato había dejado de acostarse con amantes ocasionales y tuvo el sueño dulce de una niña. Consiguió dormir después de muchos amaneceres en vela. Al levantarse, sabía que David, a esa hora, seguía en la cama. Unas horas de ventaja que le servían para tranquilizarse y comenzar el día con la suficiente calma como para vestirse e ir a trabajar sin sufrir un colapso. Se trataba de amor, por supuesto. O de una forma inusual de atormentarse la vida y perder el ánimo. Tal vez el almuerzo en la casa familiar sería un momento conciliador. Necesitaba verlo en contextos más mundanos que el sexo y el romance. David tenía la fuerza suficiente para seguir adelante, no sufrir una caída en falso, no perder el ritmo ni la marcha.

Te parezco un niño, preguntó David, de repente. Cómo si todo el peso del mundo recayera en una respuesta apresurada. Sonia le observó y tuvo que reconocer que era precisamente, su juventud…
¡No!, le dijo, al tiempo que David terminaba de columpiarse sentado en una silla mecedora.
No había duda que David se comportaba como un joven de 15. Sin embargo, ella no necesitaba que su amado tuviera el cerebro de Einstein. Su cuerpo era el pozo al que se dirigían todas sus angustias, aun corriendo el riesgo de perecer ahogadas. El chico pidió que le acariciara. Sin ningún reparo, ella comenzó un recorrido sin regreso. Su miembro, endurecido se precipitó con una fuerza sobrecogedora. Sonia que había visto y probado muchas veces, pensó que David era una bendición y se acercó muy despacio y olió y tocó y encontró un sabor parecido al pino y una consistencia que era una delicia. Quiero tenerte todo para mí, le dijo finalmente. Pero, David, aseguró cansancio y sueño.

Tal vez David actuaría siempre de la misma forma huidiza. O podría ser homosexual y Sonia se consolaría con perseguir a un hombre que amaba a otro. Pero, cuando lo encontró haciendo el amor con su compañera de casa, en una escena porno de teatro griego, le pareció que disfrutaban a rabiar por los jadeos y el golpeteo de la cama contra la pared. Y pese a que el dolor le corrió por las mejillas al mismo tiempo que el rimel, recordó al genio y artista italiano; el cuerpo del placer estaba hecho para el amor no importa de donde viniese. El cuerpo de su amiga. Los pechos endurecidos y su rostro desfigurado por la excitación. El pene de David entraba y salía como si fuese el anzuelo de un pescador desesperado. Sonia intentó decir algo, pero sus labios no alcanzaron ningún sonido y se acercó tanto como le fue posible para no interrumpir y sopló una de las velas rojas que se derretía en el piso. La más chica. Regresó a la puerta y se detuvo en el quicio. Llevaría esa imagen consigo como un recuerdo macabro. O quizá no.

 

 

2
Augusta disciplina

 

El hombre destapó la cerveza y puso el libro de cuentos sobre la mesa. El sonido trepidante que brotó de la lata le hizo recordar los tiempos de su adolescencia remota. Con la bebida sintió colársele el dulce placer de la nostalgia. Se condujo con facilidad hacia la ventana y respiró el aire tibio y azucarado de las cinco de la tarde. A esa hora, los niños estaban saliendo del colegio. Los imaginaba corriendo, atravesando la plaza del frente, con las mochilas colgando de los hombros y los pantalones descosidos.
Daría la vida por ser alguno de ellos, no tanto por la libertad de las piernas como por la de pensamiento. Añoraba la inocencia, el no saber dirigirse, ni importar hacia dónde. Para él, todos los caminos estaban trazados con la rigurosidad con que un minutero avanza sesenta segundos. Conocía con exactitud el puesto que ocupaba cada utensilio dentro de la casa. Su memoria de los objetos, le permitía ir a ellos sin necesidad de buscarlos. Los hallaba, en medio del júbilo, pero, sobre todo, de la seguridad aprendida.
Al principio de la tragedia, mucha gente visitaba su casa. Llegaban de todas partes, preguntaban lo que ya sabían o habían leído en el diario local. Sin embargo, la llegada del nuevo año le había sorprendido con la soledad abrumadora que hubiera preferido, pero que, en su caso, parecía un castigo. Se refugiaba en el silencio y allá encontraba la paz que su invidencia robaba a las imágenes. Los martes una mujer llegaba a las seis y le preparaba el primer café del día. Más tarde hacía el desayuno para ambos, mientras él continuaba su rutina de repasar el braille de los libros.
Mérida olía a nicotina y a incienso, parecía una mujer joven por la voz. Pero su forma de hablar, el vocabulario y la intrepidez para acomodarle en la silla, acompañarle durante las dos horas del baño y afeitarle con una sola mano, mientras con la otra sostenía su cuello, hacían entrever que era lo bastante experimentada para no sorprenderse ni emitir ningún concepto rutinario. Sus manos eran suaves como si su trabajo no dependiera del jabón para platos, la escoba y el desodorante para pisos. Y, según la forma de deslizarse a través del viento, debía tener una figura clásica, el talle pequeño, la ropa de lino blanco y planchado.

Los años le habían enseñado que la fuerza de la costumbre era una verdad certera y maniática. Aclaraba el viernes y la empezaba a extrañar. Poco sabía sobre sus gustos, ¿tendría novio? El aviso del periódico buscaba mujer entre 25 y 35 años, soltera y sin hijos. Así lo confirmó durante la entrevista. Dijo que había estudiado enfermería y que trabajó durante años en una clínica, ahora cerrada por concordato. Aseguró que no le preocupaba combinar los oficios de su profesión con el servicio doméstico, por unos pesos de más haría lo que fuera necesario.

Ese día, mientras le servía una segunda cerveza, alcanzó a musitar una frase qué pareció una pregunta largamente formulada. Él, fingió no escucharla, pero siguió rumiando la respuesta durante horas.

El tiempo transcurría en largas temporadas que utilizaba para escuchar las noticias que alimentaban su producción literaria. No obstante, cuando los hilos del amor ya fueron tan fuertes como un lazo de andinismo, cuando era su corazón quien enviaba el sutil discurso de la ensoñación, decidió dar un paso adelante.

Por la mañana la esperó con el entusiasmo de siempre, pero con una avidez que le cercenaba el pecho. La escuchó desde que se limpió los pies en el felpudo, desde que se quitó el abrigo, lo sacudió y lo puso sobre el sombrillero, y desde que caminó a lo largo de la habitación, hasta que lo encontró inmóvil y asustado como un ladrón que fuera sorprendido con las manos en la masa. Esta vez, una luz se le instaló quejumbrosa y burlesca. Y lo acompañó a lo largo de la fría jornada en la que no tuvo fuerzas para decirle nada diferente a las indicaciones sobre el arreglo y disposición de las cosas.
Al final, antes de buscar treinta mil pesos para pagarle el día, pensó si era necesario agregarle una propina. Así lo hizo, pero ella reconoció la argucia y la devolvió enseguida.
Habría que buscar una manera de persuadirla, cuidadosa pero fehaciente. Los seis días siguientes preparó una exposición sobre su vida que empezaba con detalles minuciosos de su niñez en Buenos Aires y el paso por la universidad de Boston. Le hablaría sobre el sexo fuerte de las mujeres, sobre el amor y las múltiples manifestaciones del cariño. Le diría que la buscaba con el pensamiento y que tan solo pretendía ser una pequeña canasta de oportunidades en la que ella depositara toda su confianza.
La amaría con la intensidad del sol y la añoranza de la lluvia en las regiones desérticas. Él, que había amado a tantas otras, en sus largos silencios, mujeres inanimadas que formaban parte del círculo de sus libros y que tomaban vida por medio de sus historias.
Mérida llegó aquel martes con la disposición y acaso el traje blanco. Durante el baño evitó mediar palabra, tampoco mencionó nada en el desayuno con leche y hojuelas de avena. A ella, le pareció que estaba más inquieto de lo normal, casi obsesivo y quisquilloso. Procuró no acercarse demasiado y se dedicó a realizar las tareas con la laboriosidad de una abeja, volando de vez en cuando hasta la sala para comprobar si continuaba leyendo o meditaba.
Por teléfono insistió en una cena para dos antes de las seis. La recibieron y la consumieron con un apetito pausado mientras las palabras se perdían antes de aparecer en los labios. Por una comunicación casi telepática, se contaron historias y él le relató la vez que estuvo a punto de perecer cazando cocodrilos en la selva del Amazonas. Perdió los ojos. Mérida dijo que era huérfana y que había tenido que arreglárselas por sí sola toda la vida.
El helado de fresa que servía como postre fue el detonante para que ella le ofreciera un poco a la boca. Él entendió el mensaje como una ocasión y sin mayor camino que el sonido de cada exhalación acercó una cuchara animosa que dio a parar a una lengua antojadiza.
—Está rico, murmuró, aprobando la acción.
Y siguió probando otras más que sucumbieron a la piel y al deseo. Se buscaron y se encontraron entre las tinieblas de una oscuridad que nunca aclaraba. Los besos, largos y en do sostenido, recorrieron distancias inexploradas, con la vastedad de un río que de repente se desborda. El hombre abrió los ojos y la observó a través de su corazón y ya no quiso olvidar esa imagen de diosa griega que acaso tendría alas. Mérida, que era mujer para ser amada se volcó sobre aquel hombre al que nunca llamó por su nombre y le acarició con una mano que recorre un camino sin pensar en el regreso. Aunque estaba convencida de pocas cosas en la vida y hacía mucho tiempo había dejado de creer en algo o en alguien, le aseguró que su confianza era un cristal que se rompía con la facilidad de un guiño. Esta vez, un clima festivo y el ímpetu necesario para agarrarse con la misma fuerza con que su jefe, al que ahora empezaría a decirle “amor”, se sostenía con el bastón de cedro australiano. Ella padecía síntomas de inseguridad afectiva. Ahora, podría dejarse llevar por alguien que aprendió a conocer la dimensión de la tierra por el olor del ambiente.

*Este cuento fue uno de los trabajos premiados en la VIII edición del concurso de cuento y relato breve organizado por la Fundación de Derechos Civiles de España.

 

 

3
El Hotel

 

He llegado a casa y no he dado órdenes. Faltan libros en la biblioteca. No dije nada. ¿Los habrán prestado? Alguien se los llevaría entre su bolsa. O los usaron para fines que prefiero no imaginar.
Aquí las cosas funcionan al ritmo frenético de mis padres. Las comidas se sirven a la misma hora. La puerta se cierra a las diez de la noche con toda la familia reunida o acostada.
El desayuno aparece servido mágicamente cada mañana. Hay jugo de naranja y de papaya. Café o chocolate. Y huevos, mi madre siempre sabe de qué forma.
Un hotel que conoce tus gustos y cuyos propietarios se desviven por atenderte y no te cobran. Además, te ofrecen dinero cuando vas a salir.
—Lleva esto para el taxi.
—Algo más por si quieres comprar algo.
Uno de los requisitos para vivir aquí es telefonear si vas a dormir en otra casa o apartamento u hotel. Pero, mejor, es evitar pasar noches afuera. El sexo no es visto aquí como una actividad liberadora ni instintiva. Puedes hacerlo a mediodía, a la hora del almuerzo y la dueña del hotel sólo lamentaría un plato intacto y no una hija deshonrada. (O feliz).
Es preciso saber que la estadía en el hotel luego que cumples 25 años ha de ser de paso. Sus salones, sus amplios jardines, la alacena con diversos tipos de té y galletas y el helado de fresa en el freezer. La televisión por cable e internet ilimitado podría abrumar la creatividad o sobornarla.
Puede que me aburra de tanto placer. ¿? A lo mejor extrañe las caminatas nocturnas a lo largo de mi cama en Cúcuta, apagando un cigarrillo para encender otro y preocupada por el pago de las deudas al día siguiente. Otras veces, era el hambre la que apretaba el sueño. Cierras los ojos y como una película empiezan a pasar por tu mente imágenes de alimentos y delicias culinarias. Ahí va un pastel de chocolate, más atrás un filete. En otra escena todo tipo de bebidas y licores.
Varias noches la imaginación fue la cena. Y el desayuno, cualquier cosa. Desde cualquier lugar del hotel puedes escuchar pajarillos si guardas silencio o apagas el aire acondicionado. Desde el estudio, unas alondras aclaran su voz. Yo escribo.
El hotel permanece ocupado la mayor parte del tiempo. Desde muy temprano el teléfono suena. La radio de mi padre. Los sonidos en la cocina. Mucho más que amor se cuece en las ollas. La dueña del hotel da el aviso de un nuevo día. Qué querrá decir con eso. ¿Debo pararme? ¿Debo levantarme de la cama? ¿Salir? Y a dónde se supone que deba dirigirme. Es domingo.
Mañana, quizá salga en busca de un empleo. O quizá no. Podría holgazanear por un tiempo. Observar detenidamente de qué lado del jardín el sol se oculta. Podría ver televisión horas enteras. Bañarme por las noches y salir y escribir. Alguna vez viví de esa forma. Interesante, pero malsana.
Puedo estar acá por un tiempo. Puede que me quede unos días disfrutando de buena comida con la mejor atención. Pero, mi felicidad tampoco está aquí aunque sea tan parecida que pueda confundirme.
El hotel es de paso porque tu lugar puede estar en otra parte. Habrá que buscarlo.

 

Claudia Karim Quiroga (Colombia)
Escritora y periodista. Ganadora del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolivar por su programa radial “El Jinete Azul”. Le gustan los gatos y los sofás mullidos y rojos.


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