Otoño

 

 

Juan Pablo Gómez


 

Hace frío ¿no?, me dijo ella después de un silencio. Yo observaba el baile forzado de las hojas con el viento. Vi que esperaba alguna respuesta.
Aquí siempre hace frío, me respondiste, metiendo las manos en los bolsillos de tu chaqueta verde y hundiendo tu cuerpo en la banquita del parque, como si esperaras que esa banca te acogiera más, te diera más calor, pero es que yo sé que eso no es verdad, no siempre hacía frío en este lugar, pues antes, cuando tú me contabas de tu día, de tus amigos, de la última canción que habías oído y entonces levantabas las cejas tan pobladas, y sonreías, mientras por tu boquita salían una cantidad de nombres de cantantes que yo no conocía, pero no me importaba, porque esa alegría, esa felicidad llegaba a mí, no sé cómo, pero llegaba, de pronto a través de tu mano delgada que atrapaba la mía y la hacía prisionera y mi mano se dejaba, yo la dejaba, y entonces cuando me contabas todo eso, esta ciudad no era tan oscura, tan gris, tan estremecedora, lo que pasa es que ya no hablamos y ya tus cejas no se levantan, ya no hay sonrisas y tu mano ya no quiere encarcelar la mía.
En qué piensas, preguntó ella; y yo que sigo mirando estas hojas tan cambiantes: pobres. Están tranquilas, acostumbradas y de repente… llega el viento, una fuerza terrible, invisible. No permite el acomodo. Las hojas intentan quedarse, resistirse al desplazamiento forzado. Pero no pueden, no tienen cómo agarrarse. No saben qué las empuja. Ya todo es nuevo y a algunas parece gustarle. A otras les cuesta aceptar este cambio. Pero no hay nada qué hacer. Entonces se dejan llevar y cuando el viento decide dejar de soplar, caen.
Nada, no pienso en nada, fue lo único que atinaste a responderme mientras cerrabas los ojos como si quisieras olvidarte de todo, antes sólo cerrabas los ojos para besarme, te me acercabas despacito, te gustaba demorar el encuentro de nuestros labios y cuando llegaba la colisión soltabas un suspiro por la nariz como si algo de muy adentro se te quisiera salir, y luego con esa lengua tan juguetona que tienes separabas mis labios y yo hacía fuerza para que te costara un poquito, porque si a uno no le cuestan las cosas no las disfruta, y entonces tu lengua entraba como río crecido y recorría cada uno de mis dientes para luego encontrarse con mi lengua que esperaba con paciencia el contacto con este hermoso visitante y al encontrarse jugaban y jugaban hasta que te apartabas bruscamente de mí y abrías los ojos y me decías que abriera los míos para poder ver yo qué estaba pensando y claro, al levantar yo mi par de teloncitos lo primero que veías era tu reflejo en mis ojos color atardecer y yo los abría lo más que podía para que te pudieras ver como yo te veía, con esa cara de niño asustado que mantienes, pero eso era antes porque después no volviste a buscar ese reflejo tuyo en mis ojos.
Yo creo que es mejor que me vaya, sentenció. Al terminar ella de pronunciar esta frase se inicia una nueva ráfaga de viento. Estas pobres hojas que vuelven a cambiar de posición. Cualquiera diría que todas son sumisas, pero nadie se detiene a observar cómo algunas luchan contra ese viento descarado y ver cómo maldicen su falta de extremidades para poder aferrarse a algo, cualquier cosa, mientras otras simplemente se dejan llevar. Pero da igual, pues son sólo hojas. Y entonces la veo partir.
Entonces me viste partir en medio de ese terrible vendaval de otoño, y tú te quedaste en esa banquita mirando cómo las hojas hacían parte de esos remolinos que se estaban alzando alrededor de aquel parque, y te dejé ahí con tu cara de niño asustado integrándote a esa terrible danza que imponía el viento y que dificultaba mi salida de ese parque que ya no era lo que alguna vez fue, lleno de sol y de risas que ahora son sólo recuerdos lindos, cosas que se siguen queriendo pero ya no se tienen y que a veces me traen tanta felicidad que siento como si flotara entre ellos pero también en ocasiones producen tristeza porque veo cómo me quieren asfixiar; y ese día me marché, sintiendo ese aroma de invierno que llega con el aire de otoño.

 

Juan Pablo Gómez Cardona (Colombia)

Ganador del Concurso de cuento 2002 de la Universidad EAFIT.


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