Dioselina se ha perdido

 

 

Darío Ruiz Gómez


 

El bus salió de la Terminal del Norte a la hora prevista: las 8:00 p.m. La niña se situó en el asiento nro. 5, pasillo. En el asiento de la ventanilla estaba sentada una mujer de edad quien saludó seca pero afectuosamente a la niña y la ayudó a acomodar. El tío y su señora vieron el bus en el momento de arrancar. El conductor y la muchacha encargada de servir a los pasajeros habían acordado vigilar a la niña hasta llegar a su destino. Como el bus tenía servicio de baño, su única parada no se daría hasta llegar a Caucasia y luego no se detendría hasta llegar a Cartagena, destino final. Al parecer fue en Caucasia donde la señora de la ventanilla se bajó del bus. Nadie vino a ocupar su asiento de manera que la niña, ya vencida por el sueño, por la expectativa del viaje, estaba dormida, ocupando todo el asiento. Hacia las once de la noche el conductor había apagado el televisor al finalizar la película, “Ciento un dálmatas” en su última versión con Glenn Close.
Al quedarse en silencio, el interior del autobús se llenó de los suspiros, de los leves quejidos, de algún enfermo con tos, pero sobre todo se sintió con fuerza el frío postizo del aire acondicionado. La niña llevaba un suéter y un chal en el cual se arrebujó. Al regresar a casa, el tío de la niña y su esposa, se sentaron un rato en la sala y lloraron en silencio, eso era lo que para siempre había quedado en su casa con la ida de la niña, silencio. Y la espantosa certidumbre de saber que de ahí en adelante se estarían mirando el uno al otro entrando en la extrañeza de la presencia de la niña, allí en esos espacios. A su edad, esta manera de sentir la ausencia de su voz haciendo preguntas, la presencia de su cuerpecito. ¿Por qué nunca se refirió a su mamá muerta? Sin defensas —ambos lo sabían— fácilmente podrían dejarse caer en una congoja crónica que los llevaría a lo peor. Dejaron las luces encendidas, aún, incluso en aquella habitación desolada, y se pusieron a esperar que dieran las seis de la mañana, para disponerse a escuchar la voz de la niña contando que había llegado, la voz agradecida de su papá, de la nueva madre de la niña.
Tomaron un café con leche y unas almojábanas. Y miraron el reloj: a las diez y media u once estarían llegando a Yarumal. El bus habría avanzado soberanamente, dueño de la carretera, por entre la espesa niebla y la oscuridad de las montañas. La niña durmiendo. Siempre hay lluvia en la noche y en los sueños la niña estaría entonces en un país conocido para ella. A las cinco y media de la mañana se despertaron asustados, como si hubieran faltado al deber de velar por la suerte de la niña. Quedaría poco tiempo para llegar, y era como un milagro que durante esas horas de sueño el bus hubiera atravesado ya las sabanas de Córdoba, el canal del Dique y estuviera aproximándose a Calamar, al menos a Arjona. La ventaja de estos buses es que nunca se varan por una falla mecánica, por falta de gasolina. Llevan dos conductores que se turnan y la muchacha cabinera que atiende a los pasajeros, un sanduche, una cerveza, una aspirina. La niña se habría despertado al inicio de la claridad y habría mirado el paisaje bajo la niebla y seguramente habría sentido hambre y deseos de ir al baño.
Cuando ya se sentían incómodos porque no repicaba el teléfono y habían llegado a pensar que esto se debía a la emoción del papá mostrándole a la niña su nueva casa, su nueva mamá, colmándola de caricias, descubriéndole la inmensa y turbadora belleza del mar, sonó el teléfono, eran las doce y media del día y se escuchó la voz aterrada del papá diciendo entre gritos que la niña no había llegado. Claro, confrontar las placas del bus, el horario de salida, haber hablado con la cabinera: “A las dos de la mañana yo misma la acompañé, pues uno no sabe y siempre una niña está en peligro. Después volvió a su asiento y se durmió. Me extraña que no haya llegado ¿Dónde se pudo quedar?”.
El padre de la niña estaba presente cuando el bus se estacionó y abrió la puerta y, cuando todos los pasajeros salieron, pero no la niña. El padre entró rápidamente, y buscó en cada rincón, en cada asiento; abrió espantado las puertas del baño. Y se bajó pálido, entristecido, y tuvo que aguantarse para no golpear a los dos policías que le repetían que debía esperar 24 horas para poner la denuncia de la desaparición. Ninguno de los pasajeros de los que aún permanecían en el andén abrió la boca para decir algo sobre la niña. “en el retén guerrillero en Tarazá solamente se llevaron a un señor, yo no vi que se llevaran a la niña”.
¿Cómo era la señora que se bajó en Caucasia? ¿Quién era esa señora, en donde vivía, en el casco urbano o en una remota vereda? La niña debió dormir sobre su regazo casi inmediatamente después de iniciarse el viaje ya que lo hacia siempre a las nueve de la noche a más tardar. ¿Qué le dijo, qué historias le contó la señora cuyo rostro nadie vio? ¿Qué fue lo qué el rudo guerrillero sintió al alumbrar el cuerpecito dormido, ternura, amor o simplemente indiferencia? ¿Mentía la cabinera, mentían los dos conductores y el bus había tenido una falla mecánica? ¿Por qué ninguno de los tres se refirió al retén montado por la guerrilla? Si entre Medellín y Cartagena el bus se gasta por hoja de ruta catorce horas, ¿por qué se había gastado quince y nadie en esa oficina aclaraba nada al respecto? ¿Cuánto entonces había durado el retén guerrillero y a quien más se habían llevado? La habitación vacía, varios videos que nunca serían capaces de volver a ver, la presencia viva de la niña, de aquellos cuatro años en que llegó para cambiar por completo sus vidas.
Y luego, la resignación ante la justa petición de su papá y su nueva esposa de que la niña fuera a vivir con ellos. Ve los ojos de la mujer con la cual ha vivido casi cuarenta años y de la cual supo bien poco hasta la llegada de la niña y el descubrimiento, a través de ésta, de que ella era una mujer dispuesta a la ternura, capaz del más callado pero enérgico heroísmo ante la adversidad. Ella, ya está preparada —lo acaba de leer en sus ojos— para recorrer porfiadamente una y otra vez la carretera, la distancia que hay entre una y otra ciudad, bajándose en cada población, en cada rancherío, en cada restaurante, dirigiéndose a guerrilleros, a paramilitares, a campesinos del Cedro, del Aro, de Cáceres, de Sincelejo, de San Jacinto, dejando en cada mano abierta la estam­pita con la imagen del niño Jesús de Praga que tiene en el reverso una foto de la niña: “Dioselina Vera, siete años, viste vestidito de color azul, zapatos tenis rojos. Dioselina, te esperamos, te esperamos. No tengas miedo Dioselina, te esperamos”, con la recóndita y porfiada obstinación de la madre que no pudo ser madre. Él, allí esperando hasta el fin de los siglos que el repique del teléfono traiga, por fin, la esperada vocesita de la niña perdida. Congelados sus gestos, congelada la leve alegría de esos años en que sus vidas habían encontrado un significado; sin hacer conjeturas o hipótesis, para poder enfrentar así el dolor de sentirse igualmente perdido, de haberse quedado en la nada: la pequeña mano temblando al dejarla sola en aquel asiento, al abandonarla entre las sombras.

 

 

Darío Ruiz Gómez (Colombia).
Narrador y ensayista. Ha publicado, entre otros, los siguientes libros: Para que no se olvide su nombre (cuentos), La ternura que tengo para vos (cuentos) y Hojas en el patio (novela).

 

 


El cuento es una máquina de crear interés.

Julio Cortázar


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“... la exacerbación de un personaje, de un ámbito o de un hecho. Pero no de todos a la vez”.

José Balza


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