El lector frustrado

Orlando Monsalve



En la última feria del libro de Budapest, me llamó la atención un muchacho sentado al lado de los libros de Rafael Ábalos. Ojea­ba con extraña atención una edición de Los hermanos Karamazov. Aquello lo supe luego de preguntarle, pues no sabía en qué idioma estaba el libro. Por supuesto, el título no correspondía al húngaro, y su alfabeto era cirílico. El muchacho miraba de un lado a otro, dán­dome la impresión de estar haciendo algo indebido. Luego volvía a las páginas y sonreía, como si comprobara alguna sospecha. Me senté cerca y le pregunté qué era lo que leía, entonces supe que la sorpresa de su rostro era causada por Dostoyevski y el idioma era bosnio. Hablábamos en alemán, me dijo que era un joven escritor y andaba esbozando sus primeros relatos. Yo le pregunté sobre aquel libro en sus manos, el porqué de tanta sorpresa. Él, con un tono de confesión, me comentó que en lo que había leído de los hermanos Karamazov anteriormente, el viejo Fiódor no era asesinado, en cam­bio, Aliosha sí. Sorprendido por semejante confidencia, le busqué conversación, y entonces él me relató una experiencia muy curiosa.
Resulta que este muchacho, a quien llamaré Zeljko por respeto a su intimidad, recibió como obsequio un lector de libros elec­trónicos, en el 2008. Su madre estaba al tanto de sus aspiraciones literarias y deseó ayudarle con este generoso regalo. Zeljko no conocía tan increíble tecnología, la flexibilidad del aparato, el peso ligero, las semejanzas con un libro real, la suavidad de las letras en la pantalla, que en verdad parecen, como dicen, tinta electrónica. El dispositivo también mostraba fotos y reproducía música. Pron­to Zeljko habría dejado a un lado sus otros aparatos, el móvil, el computador, los videojuegos, y prestaría toda su atención al nuevo lector. Su madre, naturalmente, le observaba con una sonrisa de asentimiento, satisfecha por tan inteligente maniobra. Pero había un pequeño detalle. El lector traía tan sólo tres novelas en bosnio, dos de Ivo Andric y una de Meša Selimović, obras que él ya conocía. Las otras estaban en alemán, en ese entonces Zeljko no manejaba bien esta lengua. Buscó en las librerías los títulos que deseaba leer, en formato magnético, y se encontró con que costaban lo mismo que un libro normal. Entonces, el muchacho resolvió buscarlos en internet y descargarlos. Los libros que desde siempre había deseado leer se hallaban en sus propios idiomas, o traducidos al inglés, francés, alemán o español; nunca transportados al bosnio, desafortunadamente. Esta lengua, al igual que el húngaro, sufre de exilio, es una isla lejana en medio del continente europeo. El muchacho intentó leer aquellas obras en alemán o inglés, pero la insipiencia en el manejo de aquellos idiomas le obligó a dimitir de inmediato. Por lo que Zeljko, derrotado, dejó el lector a un lado, al igual que había hecho con sus otros aparatos, y ahorró de su mesada para comprar los libros que deseaba, que son muy costosos en Bosnia y Herzegovina. Ahorraba y ahorraba, más ansioso ahora por obtenerlos, debido a la infructuosa búsqueda.
Así continuó, pagando los tributos a la literatura, hasta que una vez, cuando navegaba por internet, se encontró con el blog de un tal Isak Sidran. En este blog estaban enlistados un sinfín de novelas, relatos, poemas y ensayos de innumerables autores de todo el mundo. Y todos traducidos al bosnio. El blog tenía un contador de visitas, Zeljko representaba el número mil seiscientos once. Al muchacho le inundó de nuevo aquella avaricia compul­siva que una vez sintió cuando imaginaba en sus manos cada uno de los libros que podría conseguir gratis en internet; ese impulso devastador parecido al espíritu de compra desenfrenada. Era de esperarse, pues Zeljko, desde su isla lejana, había descubierto la biblioteca de Alejandría. Y comenzaron a descargarse los kilobytes y megabytes con páginas de papel falso, y el contenido literario se esparció por su lector. Pronto la memoria del dispositivo se llenaría hasta decir no más; el aparato se volvió lento y terco de maniobrar, como los burros cuando se les duplica la carga, por el montón de libros dentro de él. Y la memoria de Zeljko también se atiborró de historias y joyas universales. Pero algunas no le parecieron tan grandiosas, según me confesó, como la novela de Hemingway, El viejo y el mar, o la de Conrad, El corazón de las tinieblas. Algunos libros eran mejores de lo que esperaba y otros no alcanzaban a satisfacer sus expectativas. Aunque la redacción era indiscutible.
En una ocasión, Zeljko descargó un libro que había leído en la escuela. Se trataba de la obra completa de Alfred Polgar, seis vo­lúmenes con textos exquisitos y curiosos que nunca expulsó de su memoria. Sin embargo, a medida que recorría las "páginas", Zeljko intuía que algo andaba mal. Los hechos no se parecían a los que disfrutó antaño, y la redacción era muy diferente, más caótica e inexperta. Este Polgar era diferente al que leyó una vez. Buscó los textos en papel impreso, aquellos que traen la garantía de pertenecer a una editorial, y se encontró con una realidad difícil de asimilar: ambos libros eran completamente diferentes. Y, con la duda car­comiéndolo, corrió a comprar El viejo y el mar, y otros libros, hasta donde le permitió su bolsillo. Todos traían un contenido nuevo para él, nada en ellos concordaba con los del lector, a veces los nombres de los personajes eran las únicas semejanzas. Algunas eran variables y distorsiones de las novelas originales. Zeljko sintió derrumbarse ante semejante mentira desenmascarada. Todo lo que creía real pasó a ser un truco, una prestidigitación que intentaba demostrar la vero­similitud de algo irreal. Trató de comunicarse con Isak Sidran por correo electrónico, pero nunca recibió respuesta. Por un momento no supo a quién creerle, si a Sidran o a las prestigiosas editoriales.
Luego de un tiempo el blog fue cerrado. De pronto, pensó Zeljko, habían descubierto el ardid macabro que en ese blog se jugaba. Todo volvió a la normalidad, Zeljko ahorraba dinero, compraba sus libros y redescubría el contenido en ellos. Cuántos meses creyendo leer las verdaderas obras, cuánto tiempo a la sombra falaz. El lector quedó a un lado, representaba todo lo cándido que había en Zeljko, toda la ingenuidad que crecía en él cuando la avaricia le poseía. Con el tiempo aprendió alemán y se reconcilió con su lector, pero lo virtual le llena de dudas y hoy en día es difícil que dedique horas leyendo algo que encuentra en internet. Aunque con el tiempo también las editoriales han ido considerando el contenido electrónico como una opción, y Zeljko ha podido descargar de sitios oficiales algunos buenos libros. A menudo, me dijo, piensa en Isak Sidran, se pregunta muchas cosas sobre este bibliotecario de la falsa Alejandría, por ejemplo, quiénes estarían detrás de eso y qué los impulsó. Y también —aceptó que últimamente le ha obsesionado— piensa en los cientos de visitantes que su blog recibía. Muchos tal vez siguen engañados pensando que el pobre Aliosha muere en la obra de Dostoyevski.
Tras escuchar su historia y ver la frustración en el rostro de Zeljko, recordé lo fácil que es engañar a los lectores por medio del internet. Así lo hice en una ocasión: tuve un altercado con un es­critor español muy popular, y para vengarme de él, compré su libro más reciente y de inmediato lo transcribí al formato digital, variando algunas cosas y emprobeciendo su historia. Lo subí en una de esas bibliotecas digitales y esperé menos de una semana. Tras unos días, pude leer las opiniones de los internautas, cuya total calificación bautizaba la obra como una completa basura. Nadie se tomó la tarea de compararla con el libro original, como lo hizo Zeljko; y es por eso que el pobre escritor perdió cientos de miles de euros, pues su libro subió al top de popularidad en la web, con más de un millón de des­cargas y más de cien mil denigraciones. Esa vez me burlé con satis­facción, viendo cómo llovían patadas en el trasero de aquel escritor, enrojecido su ano por la intelectualidad, y comprobando el grado de estupidez que un lector puede llegar a tener cuando se sienta, no en una silla con un libro, sino frente a una pantalla interconectada. Es fácil suscitar la discordia en medios como este. Sin embargo, al ver la frustración de Zeljko, me inundó un profundo resabio, pues no son los escritores quienes pierden con la piratería digital, sino la intelectualidad del consumidor, y esta intelectualidad, sea dicho de paso, es lo único que lo separa de mugir como vaca en un corral.

Orlando Monsalve
Nació en Barrancabermeja, Colombia, en 1987. Estudió Ingeniería Mecánica en la Universidad Pontificia Bolivariana. Ha colaborado con varios medios como El Espectador de Colombia, La Jornada de México, El Coloquio de los Perros de España y Otro Cielo de Argentina. Fue traductor del inglés al español de libros técnicos para empresas petroleras, entre ellas Wood Group. También ha traba­jado como redactor y negro literario en Suiza y Colombia. Ha sido seleccionado como finalista del X Concurso de Novela y Cuento organizado por la Cámara de Comercio de Medellín en la categoría Cuentos. Actualmente escribe una novela.


www.odradekelcuento.com

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