El día del salto


Juan Miranda Marañón


Fue a las once de la mañana del primer sábado del año 2000. Ese día, después de seis años de intentar saltar y al final no saltar, contra viento y marea me vi en la obligación de hacerlo o hacerlo.
Desde diciembre del año 1994 trabajaba en Punta Verde cuidando una cabaña frente al mar, a pocos metros del borde del acantilado. Su dueño, es decir mi patrón, era el hombre más orgulloso y petulante del mundo: el pintor Augusto Gerónimo.
El día que me contrató, lo primero que hizo fue decirme sus reglas y mis deberes. Yo acepté todo lo que él dijo. Eso fue en su taller de pintura. Él estaba sentado en una mecedora de bambú de la India, frente a un enorme cuadro, en el que se observaba una bandada de pájaros rojos alzando el vuelo, y yo en un banquito de madera a siete metros de él. Esa era una de sus reglas, y fue la primera que me dijo: no podía acercarme a él a menos de esa distancia, excepto cuando me lo autorizara. Mientras hablaba no dejaba de mecerse. De pronto se detuvo y sacó una hoja de papel que tenía doblada en el bolsillo de su camisa, la abrió, me la mostró y me dijo:
—Es la carta de recomendación que le dio don Fabián. Veo en ella que usted se llama Augusto Pérez Lara.
—Sí señor— le contesté.
—Lo de Pérez Lara me parece perfecto, pero lo de Augusto no— me miró fijo, se levantó, dio dos pasos a la derecha, giró sobre sus talones, se empinó y señalándose a sí mismo con los dedos índices, tal como un banderillero en plena faena, continuó—: Aquí el único Augusto soy yo. Si acepta el trabajo tendrá que llamarse de otra manera. ¿Cuál es su segundo nombre?
—Mario, soy Augusto Mario, señor.
—Que sea la última vez que diga aquí su nombre completo, señor Mario Pérez Lara.
La vecindad era poca en el sector, sólo había tres cabañas rodeadas por los campos de golf del Country Club. La de al lado pertenecía a unos ancianos tolimenses y la del extremo derecho era de una modelo que se la pasaba viajando por el mundo. Así que los amigos que conocí por ahí, choferes, jardineros, celadores, muchachas de servicio y otros que hacían trabajos eventuales, siempre me llamaron Mario. Y por medio de estos amigos pronto me enteré que a mi patrón, por su pequeña estatura y por su nariz en forma de pico, lo apodaban, detrás de bambalinas, Don Perico. Eso me pareció acertado y risible, y cuando Don Perico me hablaba, me tocaba hacer un gran esfuerzo para no soltar una risotada en su cara, pero esto lo fui superando con el paso del tiempo.
Me levantaba a las cinco de la mañana, hacía el café, me tomaba un pocillo, me bañaba y a cumplir con mi primer deber del día: el impecable aseo del taller de pintura. Ahí me recreaba un poco viendo los pájaros que pintaba Don Perico, luego venía lo demás: sala, cocina, baño, jardín frontal, jardín del patio, piscina, quiosco y, por último, el huerto de ají del traspatio, destinado exclusivamente para que los pájaros vinieran a comer.
El Señor siempre llegaba entre ocho y nueve de la mañana. Hacía sonar el pito del carro, yo le abría el portón, él entraba lentamente, siempre sosteniendo el timón con las dos manos y la mirada fija en el frente, se bajaba y hacía un minucioso recorrido de inspección, desde el jardín frontal hasta el huerto de ají, mientras tomaba notas en una libreta. Luego me ordenaba las tareas del día, entraba en la casa, se encerraba en su taller de pintura y no lo veía más hasta la media tarde, cuando regresaba a su casa en la ciudad. A partir de ese momento comenzaban mis buenas horas.
Cruzaba la calzada y me sentaba en una banca de madera que estaba clavada entre un almendro y un trupillo, plantados a pocos pasos del acantilado. En ese lugar sombrío permanecía horas viendo y escuchando el mar, me maravillaba al observar cómo las grandes olas venían y se estrellaban contra la ensenada de rocas y hacían grandes remolinos, y las tormentosas aguas subían y bajaban y la superficie se blanqueaba de espuma. Pasaban bandadas de pelícanos, alcatraces, gaviotas, unos pajaritos color café que andaban en pareja y a los que jamás escuché cantar, y gavilanes en busca de ratas costeras, y lagartos, y los cangrejos que en cualquier momento salían de sus cuevas exhibiendo sus fuertes tenazas. A veces venía Blanca, la hija de los señores que cuidaban la casa de la modelo viajera, y se quedaba ahí hablando conmigo; otras veces yo tomaba una escalinata de piedras que descendía por la izquierda y conducía a una pequeña playa entre el pie del cerro y las enormes rocas que permanecían inmóviles ante el embate del mar. Cuando había calma, me alejaba nadando de la orilla, rondaba las enormes rocas y nadaba en la ensenada, flotaba bocarriba y miraba al almendro y el trupillo, a más de veinte metros por encima, mi lugar preferido. De verdad era un momento maravilloso, como un plácido sueño entre el azul del mar y el verde de la montaña.
Pero a mitad de año el tiempo cambió y también cambiaron las cosas para mí. Se fueron las brisas y llegaron las lluvias, aunque después de los aguaceros el mar quedaba como dormido en una calma sobrecogedora y sus aguas se tornaban cristalinas. Un día de esos se presentó Larry, el gran nadador del pueblo; un osado que tenía fama porque se lanzó al mar desde la punta del muelle el día que pasó el huracán Lenny azotando el Caribe: era buzo, tablista, salvavidas, pescador, lanchero y su fuerte era clavarse al mar desde grandes alturas. Yo estaba sentado en la banca viendo caer la tarde, cuando de pronto llegó el hombre; me saludó, se quitó la camiseta y las sandalias, las colocó al lado de la banca y me dijo:
—Échameles un ojo.
Y con toda la calma del mundo caminó hasta el filo del acantilado; hizo ejercicios con los brazos, luego tensionó su musculatura, se persignó y se lanzó al vacío.
Sin salir del asombro ante aquel inesperado suceso, di unos pasos hasta el filo del acantilado. Él estaba allá abajo, nadando junto a las grandes rocas, para salir de la ensenada hacia la playita donde yo me bañaba. A los pocos minutos reapareció el nadador. Se veía dichoso. Se tiró dos veces más, subió por sus cosas, las recogió y se marchó.
Hasta ese momento yo no había sentido nada por la altura del acantilado, pero a partir de ese día todo cambió. Sólo con imaginar que era posible saltar desde ahí, me producía un miedo frío que se me subía desde los tobillos y me hacía un apretado nudo en la garganta.
El Larry volvió por acá a mediados de marzo del año siguiente. Ese día el viento soplaba con fuerza y el mar estaba tormentoso. Me saludó, se sentó a mi lado y permaneció en silencio y con la mirada fija en el horizonte, como si observara algún mundo lejano. Después de un rato, se levantó y al momento de marcharse me dijo:
—Así como está el mar de aquí no se tira ni el campeón, y si se tira, de allá abajo no sale vivo.
A finales de agosto llegaron unos parientes de los ancianos tolimenses a pasar una temporada en la costa. Para gran sorpresa mía dos de los jóvenes se lanzaban del acantilado. Era un espectáculo maravilloso, había un sitio un poco más abajo en el que yo me acomodaba y los veía desde que se paraban a hacer ejercicios hasta que se tiraban al vacio y venían con los brazos abiertos, los pechos inflados, y un instante antes de romper el agua, juntaban los brazos y entraban como flechas en el mar. Por esos días reapareció el Larry, acompañado por una muchacha a quien llamaban la Chechi y que también era aficionada a tirarse al mar desde las alturas.
De esa manera, mi sitio favorito se convirtió en una especie de club de clavadistas y yo en un pasmado espectador que vivía entre el asombro y el miedo. Hasta que un día dije: voy a tirarme. Y comenzó mi dilema. Caminaba de la banca hasta el borde del acantilado, el mar se veía abajo, muy abajo, yo me llenaba de miedo, me iba poniendo frío, el miedo me subía hasta el pescuezo, me aprisionaba y no me dejaba tirar. Entonces retrocedía derrotado hacia la banca y me sentaba; al rato me volvía a llenar de valor. Ahora sí, pensaba; me levantaba, tomaba aire, caminaba decidido hasta el filo del acantilado y unos instantes después regresaba derrotado a la banca. En ese son de ir al filo del acantilado y regresar a la banca entre el almendro y el trupillo pasé seis años. Así que entre el miedo y el valor sostuve una lucha tenaz contra mí mismo, pero siempre tuve presente que de toda gran batalla tiene que salir un vencedor.

* * *

El 20 de diciembre del año 1999, Don Perico me ordenó entrar a su taller en horas de pintura.
—Hoy haré una excepción y dejaré pasar por alto todas las reglas. Por tal licencia, puede moverse y hablar con absoluta libertad; así que siéntese donde quiera o quédese de pie.
—Gracias, don Augusto— le dije y me senté en el mismo banquito de madera de siempre.
—¿Qué le parece esa belleza?—me preguntó, al tiempo que señalaba un cuadro, en el que se apreciaba una espléndida cabaña.
—Muy bonita— le dije.
—Bien —continuó don Perico—. Esa bonita cabaña que usted ve ahí, es esta misma casa donde estamos, sólo que ahora le falta el segundo piso, y de eso es precisamente de lo que le voy a hablar. El próximo lunes vendrá un maestro con una cuadrilla de trabajadores a iniciar la remodelación. El arquitecto Torralbo se encargará de tratar con ellos lo referente a la obra y usted estará aquí todo el tiempo, pendiente de todo lo que pase: que no destruyan las plantas, que no se sienten en mi kiosco, que no usen mi cocina, que no se les vaya a ocurrir meterse en mi piscina. Yo sacaré todo lo que pueda de aquí y el resto lo dejaré bajo llave en mi habitación; sólo vendré los sábados para ver cómo avanza la obra y soltarles dinero. ¿Entendido, señor Mario Pérez Lara?
—Sí, señor.
Ese mismo día vino el arquitecto Torralbo en un campero gris. Era un hombre joven con la cabeza rapada. Don Perico me presentó con él para ponerme a sus órdenes por medio de otro discurso disciplinario.
El lunes a las ocho de la mañana llegó la cuadrilla de trabajadores en una camioneta azul. El maestro y cuatro hombres más bajaron dos enormes cajas de herramientas, el conductor habló algo con el maestro y se marchó.
El maestro, de unos cincuenta y cinco años, era amonado y tenía un bigote parecido al de Clark Gable. Entre la cuadrilla se destacaba un negro corpulento, que parecía medir más de dos metros. También había un flaco con un sombrero de fieltro marrón y dos que eran unos salgareños que yo conocía de vista.
Daba gusto verlos trabajar. Era una cuadrilla dinámica y se movían como una máquina perfectamente engranada por el maestro. Ese mismo día a las cuatro de la tarde ya habían bajado el techo, y las láminas y maderos quedaron recostadas en la pared del lindero con la cabaña de los tolimenses. A las cinco de la tarde pararon el trabajo. Al rato llegó la camioneta y se marcharon.
Todos parecían buenas personas y me fue fácil hacer amistad con ellos. El maestro se llamaba Alejandro. El gigante negro, Francisco, era el segundo maestro de la obra, y su atlética corpulencia se debía a que era un consagrado pesista. El flaco con el sombrero de fieltro era Juan y los salgareños se llamaban Marcos y Víctor.
Los sábados por la tarde, cuando llegaba el señor a mirar cómo iba la obra, hacía cumplir la regla número uno establecida en sus dominios: nada de trabajadores a menos de siete metros de él; así que todo el personal, exceptuando al arquitecto Torralbo, tenía que salir de la cabaña para que pudiera entrar el Señor. Esa regla para la cuadrilla era motivo de burlas y cuentos, y cuando se enteraron de que el señor era apodado Don Perico se arrebataron de la risa. Juan cada vez que podía contaba el cuento español, "Las bodas del tío Perico", y cantaban canciones alusivas al perico: "Quítate de la vía perico que ahí viene el tren", "Cuidadito compae gallo que yo tengo mi periquita", Yo no me explico cómo el perico, teniendo un hueco debajo del pico, pueda comer. Un día Francisco me preguntó qué era lo que pintaba Don Perico y cuando yo le dije que pájaros, el gigante negro se rió como un loco, y repetía entre carcajada y carcajada.
—Un perico que pinta pájaros.
Y terminó revolcándose en el suelo con los ojos llenos de lágrimas de tanto reír. El maestro, en cambio, fruncía el ceño, levantaba el bigote y decía que Don Perico no era más que un pelele untado de brillantina, que él había trabajado para eminentes personas y no se ponían en esas fantochadas.
La estaba pasando tan bien con la cuadrilla que se me había calmado la obsesión por tirarme del acantilado, y en vez de estar pensando en eso me dedicaba a lo que tenía que hacer. La verdad fue que con el paso del tiempo yo le había cogido afecto al trabajo y hacía las cosas con entusiasmo. Don Perico con su orgullo era una molestia sin fin, pero la comida y el pago estaban bien, y eso para mí era importante. La cabaña estaba quedando estupenda y ahora, desde el segundo piso se contemplaba el mar al frente y por los lados, y por atrás se divisaban hermosos paisajes.
En los primeros días de enero la cabaña estaba casi lista; el piso, los barrotes, los pasamanos, el acabado del baño y la habitación se veían magníficos y todo parecía una reluciente obra de arte color madera.
El sábado llegó la cuadrilla con más entusiasmo que ningún otro día. Sólo les quedaba poner un par de maderos en el techo y por último asegurar las tejas que faltaban y listo. Eran las once de la mañana cuando llegó Don Perico con el arquitecto Torralbo. Este último se apresuró a entrar, mientras el Señor se quedó en la calzada, recostado al carro, a la espera de que todos saliéramos. Pasado un momento todos estábamos afuera, menos Francisco que seguía en lo suyo en el segundo piso, subido en la escalera empernando los últimos maderos del techo. De pronto, Don Perico se apartó del carro y le gritó al gigante negro:
—¡Ajá y qué, hasta cuándo te voy a esperar!
En ese momento el viento sopló con tanta fuerza que sacudió a Don Perico, Francisco se lo quedó mirando y señalándolo soltó una risotada estruendosa.
—¿De qué te ríes? ¡Gorila infeliz!
Todo fue muy rápido. Francisco se tiró de la escalera, en un tranco llegó a la baranda de la cabaña, se apoyó en ella, saltó y cayó entre el jardín como una pantera furiosa y se abalanzó sobre el Señor que no tuvo tiempo de hacer nada, porque el gigante lo cogió, lo levantó como si fuera un muñeco y echó a correr con él hacía el filo del acantilado, lo arrojó al vacío y le gritó:
—¡Gran cabrón, hijo de perra!
Francisco caminó hacia nosotros sacudiéndose las manos como si hubiese cogido algo sucio. Yo corrí hacia el borde del acantilado y vi al Señor allá abajo, que apenas flotaba sacudido por la turbulencia. En ese instante pensé que el Señor no resistiría la fuerza del mar y se ahogaría y no pintaría más pájaros verdes, ni rojos, ni azules, ni amarillos, ni habría más huerto de ají, y yo no vería más esos pájaros. El mar estaba embravecido y rugía, y así no se tiraba ni el campeón. Pero contra todas las advertencias, contra viento y marea, yo era capaz de salvarlo y no había más que pensar. Saltaba o saltaba y no me dio ni pizca de miedo y me lancé al vacío, con los brazos abiertos y el pecho inflado. Fue el momento más rápido de mi vida, junté las manos y ¡zas!, me clavé como una flecha en el mar. Por unos instantes todo quedó oscuro y frío, agité los brazos y las piernas, y en segundos salí a la superficie y todo volvió a ser muy claro. En ese momento de lucidez, mientras la turbulencia me subía y me bajaba, recordé la regla número uno del Señor, ese mandato que siempre había respetado y que ahora no podría violar.

Juan Miranda Marañón
Además de ser el vendedor oficial de lotería en Puerto Colombia, el pequeño municipio del Caribe donde habita, ha publicado tres libros de relatos infantiles con la editorial Libros y libros y dirige gratis diversos talleres de lectura para niños en las plazas y lugares públicos de su localidad. Juan Miranda es un contador de historias que parece emparentado con el viejo oficio de los narradores orales. Todos lo oyen con deleite y él escoge pequeños grupos para hacer ensayos y sentir cómo suenan sus cuentos, apenas en proceso de escritura. Entonces, parecería que la clave de su eficacia está en el largo proceso previo que acompaña cada historia, que ha sido leída y ajustada muchas veces, antes de la versión final.
Quienes hemos estudiado la literatura desde la academia, nos preguntamos de dónde proviene la sabiduría de este hombre, casi elemental. Tiene que haber una dosis natural de ingenio y de dotación artística. Esto es innegable, pero también hay un duro y constante trabajo creativo que Miranda mantiene con disciplina. Y, ante todo, hay un fondo de avidez por la lectura que le ha enseñado a encontrar guías y a interiorizar las normas de la escritura.


No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo; que el estilo del autor sea deliberadamente claro u oscuro, directo o indirecto: el cuento debe comenzar interesando al lector. Una vez cogido en ese interés el lector está en manos del cuentista y éste no debe soltarlo más. A partir del principio el cuentista debe ser implacable con el sujeto de su obra; lo conducirá sin piedad hacia el destino que previamente le ha trazado; no le permitirá el menor desvío.

Juan Bosch


www.odradekelcuento.com

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