El sueño viejo


José Eder Toledo


Como esto ocurre todas las noches, el mayor tiempo del día lo dedico a estar frente al escritorio, esperando la regla que se forma por la proyección de una luz con cadencia noctámbula en los vértices de la ventana; el cuadrado me libera del pequeño cuadro.
Siempre que al cielo le dan un brochazo, salpican luciérnagas: unas constantes, otras intermitentes; y el recuerdo de ese cuadro que grita en la noche y su autor en un puente, ¿o es viceversa?, el grito es cuadrado y la noche un puente. Eso anuncia el golpe en la puerta. Y, ahí, aparece Simona, con bandeja en mano y su monólogo: “Señor, su medicamento”. Nunca la he mirado directamente a los ojos ni mucho menos le he contestado sus mandatos subalternos. Siempre que viene, su olor, su susurro de perfume, implanta un punto en mi tartamuda memoria, haciendo que todo sea asincrónico, resultado que a veces agradezco, resultado que se abstiene en afectos, resultado que me ha conllevado a contiguos puentes (noches).
Cada vez que extiende sus manos para colocar la bandeja cerca de mi libro, miro una blancura exquisita de silencio. Ella espera a que ingiera la ovalada cápsula, y luego sale con la lánguida claridad de la habitación. Los pasos suenan como ejércitos que saltan de pezón a pezón para desplomar sus armaduras y transitar con Caronte en una balsa apolillada por el hundimiento infinito del esperar.
Cómo me gustaría que esta capsula me ayudara a dormir eternamente, pero sé que el sueño será eterno. Ya el marco se ha desvanecido, ya un marco más grande me sujeta. Por eso he decidido terminar aquí.
Al comenzar la noche, el señor Lagos se saca de la boca una cápsula ovalada de color rojo, poniéndola en uno de los cajones del escritorio, una gran liviandad ha guardado y el peso de la biblioteca lo soporta en sus párpados. Permanece sentado hasta que la noche no da cabida a las sombras y un aire dulzón es detectado por la lengua de serpiente; ya las letras que tienen ojo de búho revolotean en las paredes de su memoria. Abre la ventana y las letras son dulzonas. El abecedario, un camino que se construye desde los bordes de los libros para deslizarse a la salida de la habitación.
El lento caminar no es el resultado de una operación matemática, en el cual se resta este día al día de su nacimiento. Tiene los años suficientes para andar con equilibrio. Tiene años para perderse entre la oscuridad del pasillo, de la noche, de sus libros, y encontrar la puerta. Y no necesitó abrirla, sólo quería colar su miedo por la rendija de la chapa. Compartir su miedo con Simona, impregnar el silencio con la blancura de sus manos, montar un teatro con la anatomía de su miedo, despeñar el “sueño” en lo alto de sus párpados. Pero ahí, ahí, estaba el olor dulzón de la noche primera. Ahí, un oasis de chapa. Ahí, su cuerpo enjuto besando la blancura del dorso de Simona. Ahí, sus labios en unos rojos pezones. Ahí, su sexo juvenil enarbolando las lágrimas de Simona. Ahí otro monólogo: “Señor, su medicamento de la noche”. Era la misma noche, la misma escena que había escrito en su cuaderno. La causa de su insomnio con intención.
El señor Lagos hace girar la chapa, y como detonante se enciende la lámpara de la habitación. Todo vuelve atrás. Recostado contra la pared espera a Simona. El frío de la noche le hace temblar las piernas. El frío de la luz lo incita a mirar por la rendija de la chapa; Y no se vio a sí mismo. Simona acostada en la cama, desnuda hasta los tobillos, mira hacia la puerta de su baño y con la mano izquierda comienza a tocar su sexo; movimiento acompasado por la inclinación de su cabeza hacía atrás, un péndulo que gravita bajo las leyes más osmóticas de la memoria. Y como obra de teatro sale al escenario el señor Lagos, vestido como un caballero, armadura oxidada. Y todo vuelve a comenzar; “Señor, su medicamento de la noche”.
Al amanecer, el señor Lagos entra a la habitación y deja caer sus párpados. Simona lo lleva de la mano hasta la cama. La blancura del cuerpo de Simona desvanece la armadura. Siente un aire fétido debajo de la cama. Ella juega en su cuerpo, ella posee los dos cuerpos, él es espectador. Es tan fuerte el olor que nada comienza, no lo encuentra su sexo. Se agacha debajo de la cama, y mira su cuerpo pudriéndose, y Simona y otra y otra se pelean por su sexo en descomposición. Y juntas en unánime voz: “Señor, su medicamento”.

José Eder Toledo (Colombia)

De noche, un ser que revestido de levedad trata de huir de la pesadez del mundo, a través de las palabras que gota a gota se desvanecen en el delirio de una habitación.


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