Alguien camina en el pasillo


Gabriela Conde


Una mujer en el centro de una habitación vacía. Vestida con remiendos. Una mujer sentada en el suelo: los ojos entrecerrados, apretadísimos; concentrada en las piedras que reúne en diferentes montones. Las capas de mugre de sus manos se mezclan con el gris de algunas piedrecillas. Piedras ordinarias, cuarzo, granito, basalto, cristales. Toma una piedra de un montón, la examina con detenimiento y después la desecha del otro lado. Pareciera que lleva horas en esa acción, trayendo piedras de aquí para allá; horas, quizá días. De vez en vez se lleva las manos a la cabeza y se busca entre los pelos. Saca de la maraña costras que se mete a la boca. Los crujidos de sus dientes rompen el silencio del cuarto.
Afuera el invierno endurece el aire. Amanece. El sol se escurre por la única ventana y comienza a caminar, enfoca un sillón viejo, un camastro, platos sucios en el piso.
En la habitación de al lado otra mujer, gorda (quizá más joven que la primera), baja la palanca del excusado. Luego camina en círculo por el pequeño baño. Se mira en el pedazo de espejo de la pared y, en un intento absurdo, escupe entre sus manos; con la saliva trata de limpiarse la cara. Sonríe, tiene tres dientes. A cada movimiento la acompañan moscas que a cierta distancia parecen dibujarle una sombra.
El vaivén de ambas mujeres se interrumpe, repentinamente, por el ruido de una sirena. Se escucha muy cerca. La gorda entra al cuarto donde la otra está asomada por la ventana.
—¿Y si... y si le pasó algo? —dice la gorda.
—Sabríamos, alguien habría venido aquí.
—Nadie sabe que estamos aquí.
—Pero habrían venido a buscar entre sus cosas.
—No, buscarán en su casa, con ella, con sus hijas. Algo le pasó. No nos abandonaría así de fácil.
—¿Abandonarnos?... Pero han pasado como cuatro días. Él sabía que tardaría, por eso dejó comida.
—Pero hace mucho frío afuera, lo escuché toser la semana pasada, quizá cayó muerto de gripa en algún parque. Oigo patrullas.
—Llegará... de un momento a otro.
La gorda se sienta en el suelo, observa las piedras con detenimiento; al poco, la otra mujer se sienta a su lado.
—Estoy revisando las que no sirven, tal vez se nos escapó alguna.
—Si se escapó alguna, tuvo razón en pegarte.
—Sí. ¿Me ayudas?
Las dos mujeres revisan las piedras. El sol ha caminado, ahora un halo las ilumina en línea recta. Las moscas van de una mujer a otra, de un montón a otro.
—A lo mejor... ya no le gustamos —vuelve la gorda.
—Si no le gustáramos... nos mataría. Lo ha dicho siempre.
—Quizá no se atrevió, nomás se fue.
La mujer gorda se pone de pie. Regresa al baño. Sonríe frente al espejo. Entrecierra los ojos, los entorna y mira fijamente los dientes que le quedan. Toma uno entre los dedos y lo sacude violentamente, casi con rabia. Lo jala. Una, dos, tres veces. Finalmente sale. Un hilo de sangre le escurre por la boca. Sonríe. El que sigue. Jala. Una, dos, tres veces. El tercero. Jala. Sus andrajos son ahora un mapa gris con rayas rojas.
Del otro lado la mujer de las piedras ha cesado en su acomodo. Ahora, concentradísima, roe costras. La luz sucia del sol ha entrado de lleno por la ventana.
—Podríamos escapar. Ya no hay comida —le grita.
La gorda sale del baño. Su boca es un amasijo de sangre y mugre.
—­¿Ya no le gustamos?
—Quizá.
—Hagamos una prueba —dice la gorda —. Dame tu mano.
Y la gorda se mete uno de esos dedos a la boca, lo succiona. Uno, otro, otro, la mano completa. Chupa. La otra mujer quita su mano.
—A mí no me gusta, pero a él... a lo mejor...
La gorda regresa a lo de las piedras. Las dos mujeres se concentran en revisarlas una a una.
—Buscamos verdes.
—No. Rojas.
Y cada una aparta las que considera preciadas. La gorda toma un par de piedras y se las mete a la boca, las inserta dentro de las encías, sonríe. El sol que brilla como moneda naranja no es suficiente para calentar el aire que se mete por la ventana.
—¿Y si gritamos? Alguien sube, nos libera, volvemos a casa. Pero, ¿cómo? Ha pasado tanto que ya no sabría llegar.
­—Sí, podría escucharnos algún policía; tal vez nos ayude.
­—Los policías son los peores. Él siempre lo dice. Además estamos en un quinto piso.
Y de nuevo a las piedrecillas. A los montones.
­—¿Por qué dejamos de gustarle? Hacemos todo lo que pide.
­—Por eso.
La de las costras se sube la falda y le muestra a la otra una herida reciente en el muslo.
—Me la hizo la última vez que estuvimos juntos. Sacó la navaja y me la enterró. Pero no grité; si no grito, él acaba más rápido. Me zarandeó, al poco se quedó tranquilo. Es por eso, por no gritar, es mi culpa.
­—No, yo casi ni grito —la gorda se agacha y le lame el muslo.
Se escucha otra sirena. Ambas corren a la ventana.
—¿Y si amarramos sábanas y bajamos por aquí?
—Es un quinto piso.
La puerta al fondo es acero oxidado. Moscas vienen y van por la habitación. El sol camina por el cuarto en retirada. Se siguen escuchando sirenas.
Dos mujeres casi inmóviles esperan a un hombre. Mujeres en andrajos. De vez en vez se miran; se abrazan; lloran; se besan la cara, los ojos, las manos. Después vuelven a la ventana, a la inmovilidad de mirar. El sol en picada se resbala por el cuarto.
De pronto escuchan pasos afuera. Alguien camina en el pasillo. Los pasos se oyen muy cerca, casi adentro. Ambas corren a la puerta, se plantan a los costados. Esperan. Las moscas se revuelven inusualmente entre una y otra. Los pasos son claros. Afuera hay por lo menos dos personas. Ahora se escuchan voces, risas. Las mujeres siguen de pie, calladas. Pasan diez, quince minutos y, de pronto, los sonidos cesan. La gente allá afuera se ha ido.
—Era él... con otras.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo intuyo.
­La gorda entonces se aferra a la manija y la puerta, sin ningún esfuerzo, se abre. Las mujeres miran la oscuridad del pasillo. La gorda asoma su cabeza. Mira a un lado, luego al otro.
—¿Se fue?
—No puso candado. Nos abandonó —llora la gorda.
—Podríamos irnos.
La gorda vuelve a asomar la cabeza. Luego cierra y abre la puerta, algunos ovillos de basura andan por el pasillo. Entonces la otra la jala y de un manotazo la cierra.
—Mejor mañana, anochece —y ambas se quedan calladas.

Gabriela Conde (Tlaxcala, 1979)
Dejó de acumular piedras; a veces sueña que recupera una amarilla, hermosa, que perdió en una feria de la mano de su padre.


“El cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto. Reproduce la búsqueda siempre renovada de una experiencia única que permita ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad secreta. ‘La visión instantánea que nos hace descubrir lo desconocido, no en una lejana tierra incógnita, sino en el corazón mismo de lo inmediato’
Rimbaud


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