31 de octubre


Ricardo Silva Romero


Era 31 de octubre e iba a disfrazarme de mi hermano. Mi mamá me rogaba que me pusiera el traje de Superman que me había comprado unos días antes. Yo me encogía de hombros. Y, sentado en la ventana de la sala que daba a la calle principal del barrio, veía pasar con cierta nostalgia a un niño vestido de soldado inglés, a un fantasma hecho con una sábana y a un par de monjitas de poco más de un metro de estatura.
No quería salir. No quería ir de casa en casa, con mi hermanita Rosita, detrás de esas niños vestidos de viejos. Me negaba a entonar esa inquietante letanía, ese enfermizo “triqui, triqui, Halloween: quiero dulces para mí”, disfrazado como otro superhéroe con el calzoncillo por fuera. Ni siquiera me importaba sufrir de asma ni tener una pierna con una bota ortopédica. Se me olvidaba por completo que no me parecía a los otros. Lo único que quería era tener el mejor disfraz del mundo.
Quería ser alguien. Un tipo atractivo, al día, que se las supiera todas. Alguien como mi hermano. Me negaba a ir por ahí con las mallas azules, la sábana roja amarrada al cuello y el escudo de papel que mi mamá me había pegado con una cinta transparente a unos cuantos dedos de la barriga. Yo no iba a salir. Por nada del mundo. Si no me dejaban disfrazarme de mi hermano, el ser humano más popular en todo el barrio, no iba a disfrazarme de nadie. Me iba a acostar a dormir. Y punto. Que Rosita saliera vestida así, como estaba, con su pelo mono, sus cachetes rosaditos y sus ojitos azules. Que otro la acompañara.
Pero la versión triste de mi mamá, que por esos días trabajaba todo el día pero siempre estaba pendiente de nosotros tres, no lo iba a permitir. “Tú eres un niño de once años”, decía. Los niños se disfrazaban todo el tiempo. Y el día de las brujas, como ella le decía, podían salir a la calle convertidos en otras personas: podían pensar, hablar, comer, caminar, respirar como otras personas. ¿No era esa la oportunidad de la vida? ¿No añoraban los adultos esa oportunidad? ¿No era esa la aspiración de muchos seres humanos? ¿No podía seguir el ejemplo de mi hermanita de seis años? ¿No se había puesto ella las alitas y el velo hacía como dos horas?
—¿Y por qué más bien no te disfrazas tú? —le pregunté.
—¿Quieres que me disfrace? Tú sabes que yo soy capaz de disfrazarme, ¿de qué quieres que me disfrace?
—De mi hermano.
¿Qué dirían mis amigos cuando la vieran?, ¿qué apodo me pondrían cuando se enteraran?, ¿qué pensarían de una mamá que se disfraza? La creerían una idiota. Y tarde o temprano, para no perder su amistad, yo tendría que estar de acuerdo con ellos.
—¿Quieres disfrazarte de Felipe? ¿Ese es el problema?
—Te lo dije hace diez mil horas.
—Pero es que eso no es normal, Tato. ¿Quién se va a dar cuenta de que estás disfrazado de Pipe?
—Las niñas Marulanda, Federico Castilla, tú, mi papá, Rosita, la señora de enfrente, Catalina Toro, toda la gente de mi curso: todo el mundo, mamita. Todo el mundo adora a mi hermano.
Era un gran dilema para ella. No tanto porque estuviera a punto de perder el dinero del disfraz, sino porque, a pesar de que la adolescencia de mi hermano, que acababa de cumplir diecisiete años, poco a poco le había restado magia a mi niñez, yo aún estaba dispuesto, de alguna manera, a ser un niño. Me explico: gracias a mi hermano me había enterado a los ocho años de cuál era la verdad detrás del ratón Pérez; gracias a mi hermano había visto a los nueve mi primera fotonovela pornográfica, La marina te ama, que contaba el viaje erótico de un pobre hombre rodeado de marineras; gracias a mi hermano me había enterado a los diez de la otra acepción de la palabra “regla”. Así que mi capricho de ese 31 de octubre era todo un dilema para mi mamá: quizá no estaba bien que quisiera ser un adolescente, pero sí, sin duda, que quisiera disfrazarme.
—¿A quién vas a llamar?
—A tu papá: vamos a ver él qué opina de esto.
Rosita apareció en la sala vestida de ángel. Se quitó los zapatos. Se paró en el sillón. Agitó las alas de papel mantequilla como si fuera a volar. Después se quedó quieta como si se hubiera dado cuenta de que no iba a lograrlo. Mi mamá colgó el teléfono (“no, no lo moleste, dígale que por acá lo estamos esperando”, le dijo a la secretaria de mi papá) y me miró a los ojos a punto de llorar. Yo estaba a un paso de ponerme bravo con ella (porque ¿qué era eso de llamar a mi papá a consultarle y qué era eso de llorarme porque no se me daba la gana convertirme en Superman?), pero entonces, de la nada, me dio permiso de disfrazarme de mi hermano.
—Ve al cuarto de Pipe a ver qué cosas te sirven —dijo—. Salimos en media hora.
Mi papá no iba a venir con nosotros. Por esos días llegaba tarde, muy tarde, cuando todos estábamos dormidos. Y en el mejor de los casos lo veíamos diez minutos, en la madrugada, en el momento en el que nos preparábamos para irnos al colegio. Por eso, según mi mamá, vivía triste. No se reía de mis chistes, ni respondía las preguntas que se le hacían, porque en esa oficina no podían hacer nada sin que él estuviera presente.
Entré en el cuarto de mi hermano. La ropa de la semana, las cajas de los discos y los afiches de los futbolistas de Millonarios me miraban como si estuviera invadiéndoles su sitio. Abrí el closet empotrado en la pared y saqué el saco de rombos, la camiseta roja de Lacoste y la chaqueta de cuero café que mi mamá le había traído de Italia. Podía quedarme con los jeans que tenía puestos, pensé, porque los compramos juntos en un almacén de la 85.
Me puse su ropa como él se la ponía. Metí las manos en los bolsillos de la chaqueta como él lo hacía siempre y encontré las pistas de lo que había estado haciendo todas estas noches. Yo estaba triste porque, desde que él se había ennoviado con la tal Pilar Torres, no me preguntaba cómo iban mis cosas. Soñaba con que un día, como antes, me propusiera que jugáramos a los vaqueros en las barandas de madera de la cama. O a “la araña negra”, las aventuras de aquel detective ruso que nos habíamos inventado con las fichas de Lego.
Pero no parecía posible. En el bolsillo de la chaqueta había una boleta de cine de hace dos días, un recibo de alguna droguería y una caja de condones vacía. Yo tenía once años, sí, pero sabía para qué servían los condones. No le encontraba sentido, pero sabía todo sobre el mundo de los preservativos gracias a mi hermano. Creo que fue él quien me contó (y fue él, también, quien me explicó) el chiste que sabemos: un indio confiesa que su hija mayor se llama “Luna Dorada” porque el atardecer en que la concibió parecía una pintura anaranjada; reconoce que sus gemelos se llaman “Lluvia triste” y “Lluvia sedienta” porque era invierno cuando le propuso a su esposa que pusieran manos a la obra; al final anota que su hijo menor se llama, por obvias razones, “Caucho roto”.
Yo me moría de la risa con ese chiste, porque me parecía graciosísimo ese nombre: “Caucho roto”. Pero cuando estaba a punto de contárselo a mi papá, mi hermano me pidió que lo acompañara a su cuarto y me contó la verdad del asunto. Entonces dejó de parecerme divertido.
Mi hermano era demasiado grande para mi gusto. Cuando mis papás no estaban en la casa, invitaba a Pilar Torres, se encerraban en el cuarto y después salían a saludarme como si no pasara nada. Ella siempre tenía un botón roto. Siempre. Y el pelo alrededor de las orejas empapado de sudor. Y yo entendía perfectamente qué estaba pasando en esa habitación. En la biblioteca de mis papás podía conseguirse, sin ningún problema, un libro titulado Cómo hacerle el amor a una mujer. Cuando no había nadie en la casa, sólo los dos, mi hermano me mostraba las fotos y me leía algunas partes. Y entonces nos moríamos de la risa.
Boté la caja vacía de condones a la caneca. Abrí la puerta del armario del fondo y me miré en el inmenso espejo que mi hermano había clavado por dentro. Estaba igualito. Era impresionante. Todo este tiempo sólo me había hecho falta ponerme ese saco, esa camiseta, esa chaqueta. Inclinar la ceja un poco. Sonreír con sólo un lado de la cara. Dios mío, pensar que eso era todo lo que me faltaba. Hubiera podido ser mi hermano mucho antes.
Dejé el desorden tal como lo encontré. Y me fui a la sala. Y lo primero que vi fue a mi mamá con la cara entre las manos. Lloraba. Rosita, que la miraba como si fuera una estatua muy grande para ella, le preguntaba si se sentía bien, si quería que llamara al doctor, si le pedía una paleta a la droguería. Sí, así era: mi hermanita se había puesto mi ropa, se había cogido el pelo y se había puesto unas gafas que parecían un par de fondos de botella. Se había disfrazado de mí.
Yo adoraba a esa niña. Cualquiera lo sabe. Yo la veía como al único ser perfecto que quedaba en el mundo y todo el día estaba pendiente de ella, de que nadie le dijera una grosería, de que no leyera Cómo hacerle el amor a una mujer, ni viera fotonovelas pornográficas, ni oyera jamás el chiste de “Caucho roto”. Yo daba la vida por esa niña. En serio. Todavía la doy, claro, pero es muy difícil acercarse a ella. Siempre fue tan frágil, tan asustadiza, tan dependiente de mi mano, que sorprende que no descubriéramos antes su tristeza de fondo.
Y ahí estaba mi niña, mi hermanita, vestida como yo. Con mis jeans, con mi chaqueta con capucha y con mis zapatos desamarrados. Al principio, me acuerdo, estuve a punto de estallar. Pero después, cuando entendí que mi mamá estaba destrozada y que ese era el problema de verdad, me acerqué a ellas y les propuse que nos disfrazáramos de otras cosas. Yo podía ponerme mi vestido de Superman, mi mamá podía ser la novicia rebelde y Rosita podía ser un ángel de nuevo. El ángel que era hacía sólo un momento.
—No es eso —dijo mi mamá—: ustedes quieren disfrazarse de ustedes.
—Pero podemos ponernos lo que tú quieras —le dije.
—Pero no importa: yo sólo quiero que ustedes sean felices, yo vivo por ustedes y por nadie más.
—¿Y por mi papá? —preguntó Rosita—, ¿no vives por él?
No sé si en ese momento sonó el teléfono, pero así lo recuerdo. Quizá no quiero recordar la respuesta de mi mamá. Ella levantó el auricular de inmediato, como si no quisiera que el timbre nos despertara a las tres de la mañana, y cuando oyó su voz se puso la mano en la frente.
—Hola, Piti —le dijo mi mamá a mi papá, como rendida por toda la situación—, te llamé hace un momento.
—¿Es mi papá?
—¡Piti, piti, piti! —cantó Rosita.
—¿Tiene que ser hoy? —le preguntó mi mamá a mi papá a punto de llorar— Hoy es el día de las brujas. Sí, sí, sí, yo sé, pero estos niños quieren verte: ellos sólo quieren estar con su papá. No, no señor, come mierda. Yo no voy a afrontar esta mierda sola. ¿A qué horas te volviste semejante hijueputa?
—No le hables así a mi mamá —reclamé sin caer en cuenta de mi error—: no le hables así a mi papá.
—Vete con la perra que quieras —dijo ella: nunca volví a verla tan fuera de sí misma, tan temblorosa, tan congestionada por las lágrimas—. Lo único que sí te digo es que yo no voy a ser la única que hable con Pipe.
—¿Qué le pasa a Pipe?
—Porque al único que le hace caso es a ti: porque eres el ídolo de estos muchachitos y yo no voy a hacer nada para derrumbarte. Yo quiero que tú te derrumbes solo. Yo no soy la mala. Yo no soy la loca. Yo estaba ahí todo el tiempo, a toda hora. Yo sé quién eres y me importa un culo si eres una rata o qué, pero si algo te queda en la vida es que has sido un buen papá y no voy a dejar que la perra inmunda esa se cague en lo que hemos levantado juntos. Que no me quieras es una cosa. Otra, muy diferente, es que dejes de ser lo que eres.
Estábamos aterrados. No creo que entendiéramos bien lo que estaba pasando. Sé que mi mamá no quería que viéramos eso. Sé que nos había construido un mundo perfecto, intocable, que habíamos disfrutado plenamente hasta ese preciso momento. Sé que hubiera estado al lado de mi papá toda la vida con tal de que Pipe no sintiera que todo el mundo estaba en su contra, yo no me sintiera culpable por todo lo que ocurría en todas partes y Rosita, la pobre Rosita de porcelana, no se estrellara y se rompiera contra el suelo.
—Pero ¿ni siquiera vas a venir por tu ropa? —dijo mi mamá—. Pues porque es tu ropa. ¿Qué voy a hacer yo con eso? ¿Qué voy a hacer con esas llamadas a Cartagena? Yo no voy a pagarle las cuentas a esa desgraciada.
—¿Mi papá va a venir con nosotros? —dije, como para que mi mamá dijera toda la verdad frente a nosotros: que ya no se soportaban, que él se había enredado con alguien de la oficina, que ahora, de la noche a la mañana, se habían convertido en enemigos a muerte.
—Tato: que pregunta si vas a venir —le aclaró mi mamá—. No, no saben nada. No sacaríamos nada explicándoles. Yo no creo que un siquiatra sea capaz de entenderlo. ¿Que tú quieres que sigamos casados pero al tiempo tener tus novias, que quieres quedarte en la casa cuando te dé la gana y que a veces quieres pasar noches en moteles con esas clientes que te encantan, que no te vas a separar nunca de mí pero que tampoco te llama la atención estar conmigo?
Yo me llevé a Rosita al patio de la casa. No entendíamos exactamente lo que estaba pasando, pero sabíamos que la vida que teníamos se había terminado. Ella me tomó de la mano y me preguntó si estaba bravo con ella. Yo me agaché un poco, para estar a su altura, y le pregunté que cómo se le ocurrían esas cosas.
—Tú eres la persona que yo más quiero en todo, todo el barrio —le dije—, ¿no te acuerdas?
Rosita se me abrazó así, disfrazada de mí, y yo, disfrazado de mi hermano, le di un beso en la cabeza. Mi mamá apareció entonces en la entrada de la casa. Un grupo de niños, que parecían los miembros perdidos de un circo, nos pasó por el frente. Rosita se escondió detrás de mí como si pensara que a alguien podría ocurrírsele enviarla con el grupo.
—Bueno, ¿vamos? —nos preguntó mi mamá—. Los otros niños se van a quedar con todos los dulces del barrio. ¿Qué es lo que tenemos que decir?
—¿Triqui, triqui, Halloween? —le preguntó Rosita.
—Triqui, triqui, Halloween —le respondió mi mamá, abrazándola como no la había abrazado desde cuando era una bebé. Mi Rosita, podía verse, estaba completamente feliz. Y mi mamá, de nuevo, estaba triste. Llevaba meses así. Había tratado, por todos los medios, de sonreír. Pero no, no lo lograba.
Y salimos. Apagamos las luces, cerramos la puerta de la casa, de la inmensa casa que habíamos ocupado desde el día en que mis hermanos y yo habíamos nacido pero que pronto sería un buen recuerdo de los tres, y, colgados de las dos manos de mi mamá, caminamos por las aceras del barrio. Hacía frío. Nuestros alientos se volvían aritos de humo y yo fumaba de mentiras y Rosita me imitaba como si quisiera ser mi espejo. Así que ahí íbamos: mi mamá estaba a punto de llorar; yo caminaba derecho, convertido en mi hermano, como si en verdad fuera el ser humano más popular del barrio; y Rosita arrastraba una pierna y se hacía la cegatona, igualita a mi, su hermano miope, miope, con una pierna más corta que la otra. Temblábamos.
Pronto alcanzamos al grupo de las célebres niñas Marulanda. Sus disfraces, como todos los años, eran lo último en la moda: eran los mejores disfraces que cualquier niño del mundo podía tener en ese mismo momento. Los mejores. Anita, la menor, era el mago Merlín. La menos gorda, Beatriz, era una bailarina de esas de cajita de música. Cuando nos vieron llegar a nosotros, de la mano de una mamá a punto de llorar, vestidos con la ropa de nuestros hermanos, se murieron de la risa. Así. Sin más.
Nos señalaron. Gritaron que estábamos disfrazados de idiotas. Y los demás, que se dejaban manejar con el dedo meñique, les dijeron con carcajadas que tenía toda la razón. Sí, éramos unos idiotas. Mi hermanita andaba por ahí con un zapato ortopédico desamarrado. Yo la miraba con una chaqueta de cuero que me quedaba inmensa.
Rosita tenía miedo. Las risas no eran risas para ella. Una carcajada humillante no se iba, así como así, de su cabeza: seguía, como un disco rayado, en su insomnio lleno de monstruos. El mundo, para mi Rosita, era una película de terror. Sabía, por ejemplo, que todos esos niños disfrazados de brujas, de magos, de marranos, iban a aparecerse en sus pesadillas para siempre.
Así que se escondió detrás de mi mamá. Y yo, que siempre he sido un cobarde, me puse frente a mis dos niñas, le hice pistola a la secta de disfrazados y como si nada comencé a cantar “triqui, triqui, Halloween, quiero dulces para mí”.
Fue un milagro. Todos se quedaron mudos. Y yo tomé a mis dos mujeres de la mano y las llevé por la acera, de casa en casa, como si todo me importara un carajo. Fue, creo, la escena de mi vida. La que escogería si me pidieran que escogiera una. Jamás volví a ser tan valiente. Nunca.
Cuando volvimos a la casa, triunfales, el carro de mi hermano Felipe, el Golf medio chimbo, estaba parqueado frente a la puerta del garaje. Y él estaba adentro. Y lloraba. Y no paraba de llorar. Mi mamá, que fue, es y será una mamá, olvidó de inmediato que mi papá no llegaría esa noche a la casa, y que a la larga existía la posibilidad de que no volviera nunca, y fue hasta el carro y le pidió que abriera la puerta. Rosita y yo nos quedamos quietos. Los hermanos mayores no se veían bien llorando. De ninguna manera. Ellos eran grandes y bravos y siempre lo defendían a uno en el colegio. Pero éste no. En ese momento no.
—¿Estás bravo conmigo? —me preguntó Rosita mientras mi hermano lloraba en el hombro de mi mamá.
—¿Por qué contigo? —le dije—: tú sabes que tú eres el amor de mi vida.
—¿Sí?
—Para siempre.
Entramos en la casa. Mi hermano estaba tan confundido que ni siquiera se dio cuenta de qué estábamos disfrazados. Nos saludó con una leve inclinación de la cabeza y se sentó en el inmenso sillón de la sala. Mi mamá nos llevó de la mano hasta el segundo piso, como si estuviéramos a punto de despertar a un ogro, y nos acostó, y nos acompañó a rezar, y nos prometió que mañana iba a ser un gran día. Las luces, todas, se apagaron. Pero yo, que tenía demasiadas cosas en la cabeza, no me pude dormir.
Mi mamá me había advertido que no me comiera los dulces que habíamos recaudado, pero yo, por supuesto, no me iba a aguantar las ganas. Además, estaba convencido de que, si lo esperaba en la sala, mi papá aparecería en la puerta de la entrada, listo a continuar en la cabecera de la mesa. Me arrodillé en el sofá de la sala, frente a la inmensa ventana principal, y listo a rezar, listo a pedirle a Dios que amaneciéramos como éramos hacía menos de un año, me concentré en la imagen de un árbol en el jardín.
—¿Qué hace? —me preguntó mi hermano.
—Iba a ver si mi papá llegaba —le dije, reponiéndome del susto.
—Váyase a acostar: se va a quedar en la oficina hasta tarde.
—¿Será que tiene una novia?
—Váyase a acostar: no vale la pena.
Yo me paré y, como un niño obediente, me dirigí a las escaleras. Yo sabía que algo muy malo le pasaba y no quería interrumpirle el dolor. Yo sabía que cuando uno está triste sólo piensa en que lo dejen en paz, en que lo dejen estar triste. Por eso comencé a subir las escaleras. No, ya no éramos tan amigos. Él ya no me contaba nada. Yo sólo era un niño.
—Les fue bien en lo de los dulces, ¿no?
—Sí, sí, conseguimos muchos —le respondí—. Lástima que no vino con nosotros.
—Pero aquí me los estoy comiendo —me dijo—. A eso venía a la sala, ¿no? Acuérdese que a usted estas cosas le hacen daño, Tato.
—Sí, pero sólo uno —le pedí—, un Milky Way de los chiquitos.
—Los que quiera, hermano —me dijo—, yo no soy nadie para prohibirle nada: además, con algo tenemos que ahogar todas las penas, ¿cierto?
Bajé las escaleras y me senté con él en el sofá. Y, si mal no recuerdo, hablamos de todo. Comimos chocolates hasta las tres de la mañana. Me contó que Pilar estaba confundida, que había conocido a un tipo que ya estaba en la Universidad, un economista de primer semestre, y que no sabía si irse a vivir con él o seguir de novia de los dos al mismo tiempo. Felipe, mi hermano, había querido matarse esa misma noche, pero nosotros habíamos llegado para impedírselo. Los suicidas siempre tienen ese tipo de problemas.
Yo lo consolé. Yo le dije que esa vieja nunca me había caído muy bien. Fui todo lo sincero que puedo ser. Le conté el chiste de “Caucho Roto” y le dije que siempre podríamos leer los libros de orientación sexual que estaban en la biblioteca. Nos morimos de la risa. Y nos quedamos dormidos. Y al otro día, como siempre, nos fuimos juntos al colegio.


Ricardo Silva Romero (Colombia)
Es el autor de las novelas Relato de Navidad en La Gran Vía (Alfaguara, 2001), Tic (2003), Parece que va a llover (2005), El hombre de los mil nombres (2006), En orden de estatura (2007) y Autogol (2009). También escribió la obra de teatro Podéis ir en paz (1998), el libro de cuentos Sobre la tela de una araña (1999) y el poemario Terranía (2004). Escribe los comentarios de cine de Semana desde agosto del 2000. Es colaborador de SoHo, Arcadia y El Tiempo. En abril de 2007 fue elegido por la organización del Hay Festival como uno de los 39 escritores menores de 39 más importantes de Latinoamérica.


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