El cuento de carne y hueso

 


Emma Lucía Ardila

 


Mejor que todas las metafísicas del ente de ficción y mucho mejor que ese vocabulario ininteligible de los críticos, que hace de los renglones tendederos donde se cuelgan palabras y frases domingueras, es considerar la literatura: carne, y acercarnos a ella apropiadamente.

Oscar de la Borbolla. “Carnalidad del cuento”.


Imposible resistírsele. ¿Cómo podríamos nosotros, pobres lectores, evitar su magia, si mediante sus personajes, y las acciones de éstos, logra expresar con la palabra precisa nuestras más recónditas ansias, nuestros temores, dudas e incertidumbres y, en suma, ser profundamente humano? ¿Cómo no sorprendernos del maravilloso equilibrio que cumplen todos los elementos que lo componen, sin excesos ni extralimitaciones? Y es veleidoso, a veces se le antojan finales imprevistos e impactantes y, curiosamente, éstos responden a nuestras expectativas, o se da el lujo de actuar con pausa y cuenta sus historias sin mayores sobresaltos y, sin embargo, precisamente por esto, el eco de sus relatos se nos queda en el paladar, resonando inolvidable.
¿Quién podría negar esa capacidad suya de iluminar nuestra existencia? Porque, después de conocerle, es imposible mirar con los mismos ojos la cotidianidad: él la transforma, al punto de jugar mientras nos ocupamos de él, y sabe cambiarnos el ánimo y tornarnos alegres, o filosóficos, o sentenciosos, o enamorados, o soñadores. Una vez nos toma, no nos suelta. Es capaz de acompañarnos por días e incluso años con su recuerdo, y de transformar nuestra manera de ver la vida.
Con su arte, se adueña de la palabra de tal forma que quedamos inmersos en su trama, nos identificamos con sus personajes y nos dejamos llevar. Así, inadvertidamente, adquirimos su carácter proteico y nos tornamos detectives, buscadores de pistas para resolver los enigmas que plantea; jugadores empedernidos del lenguaje —metafóricos, poetas—; apostadores de tramas y estructuras imprevistas; aventureros que huimos para evitar una muerte segura —no importa si ésta se ha anunciado desde el principio o tejido mediante una atmósfera asfixiante—; científicos pesimistas u optimistas —pero en todo caso predictores sentenciosos de futuros acontecimientos, que la ciencia ha de producir más pronto o más tarde—; cómplices de la duda y de la posibilidad de que lo extraño cruce la línea y se convierta en algo inexplicable; necios personajes que no saben escuchar con atención las advertencias y se enfrentan al terror de las mentes y de los acontecimientos más espantosos; o en fin, perversos prestidigitadores, eróticos irremediables, crueles o bondadosos.
Como buen encantador, la fuerza de su atractivo no se reduce sólo a actuar sobre nosotros los lectores, sino que se impone y se filtra en las más diversas manifestaciones literarias. Transita en la fábula, surge del mito y a veces simula con él, seduce en los relatos maravillosos, se mimetiza en la crónica, se anuncia en las noticias, en las leyendas, en las anécdotas… Se reduce al punto de quedar sometido a su mínima expresión en el minicuento, y paradójicamente, se arroga toda la fuerza poética de que es capaz y sale victorioso de la experiencia; aparece en las novelas, las suspende y suspende a sus personajes que se cuelgan de su trama y olvidan momentáneamente los aconteceres del argumento novelado; toma la forma del verso y cuenta con ritmo, con acento, historias deleitosas cargadas de sentido poético; o narra en el poema, dejándonos la duda de cuál es el género que nos ocupa.
Y como si fuera poco, es un aprendiz talentoso. Se actualiza con los cambios que el tiempo dicta y aprende con una habilidad prodigiosa. Ha aprendido el lenguaje virtual, el de la fotografía, el del cine, el de la pintura y, valiéndose sólo de palabras, adopta sus formas, las transfigura, las enriquece.
Él ama toda manifestación estética y coquetea con todas. Transformado en cantor, aparece también en la música, y sus ecos se perciben en los vallenatos, en los corridos mexicanos, en los tangos, en la salsa. Nos habla de amores y desengaños, de guerras y de conflictos, de despechos y de muertes. A él nunca se le agotan los temas. Aprendió a bailar nuevos ritmos que ahora resuenan en sus narraciones. Y también supo del bullicio y, junto con la poesía, entendió que sólo el silencio le permitiría seguir siendo escuchado y se redujo, agotó al máximo sus recursos y prescindió de introducciones y desenlaces, o de uno u otro, a conveniencia. Y ya no describe tan minuciosamente como antes, ahora, como un buen caricaturista, sabe pintar con pocas líneas un paisaje, una atmósfera, un personaje. Y aprendió de fragmentos. Ya no necesita contarlo todo, ni en orden, creció con nosotros y habla en nuestro idioma, a trozos o entrecortado, o en imágenes, para dejarnos el trabajo de completarlo y de llenar sus silencios. Quién creyera, de esta forma, en lugar de empobrecerse, enriqueció sus posibilidades.
Y no sólo se ocupa de lo extraordinario, o de lo heroico, sino que sabe darle brillo a lo anodino, rescatar de su gris existencia a los seres más olvidados, a aquellos que transitan por la vida completamente anónimos detrás de un escritorio dentro de una oficina polvorienta, a mujercitas tristes que se ensombrecen detrás de las espaldas robustas de cualquier hombre que las ignora, y, sin quitarles su deslucido aspecto, más bien mostrándolo en toda su dimensión, los enaltece, descubre allí también un heroísmo y nos regala con la visión de la profunda carga humana, de la profunda significación que habita en esas vidas aparentemente anodinas, hermanas de las nuestras, y con las cuales nos sentimos identificados nosotros, protagonistas únicamente de lo cotidiano.
Él, sin embargo, tiene muy claro quién es, cuáles son sus rasgos definitorios, es y está tan seguro de sí que hace caso omiso del desdén que por él sienten las editoriales, porque conoce su fuerza, sabe de la antigüedad de sus ancestros, tiene la certeza de habernos acompañado desde tiempos inmemoriales y de que ningún hombre puede resistirse a su influjo cuando él se lo propone. Por eso no teme filtrarse en otros géneros, simular desdibujarse o fundirse en ellos y, paradójicamente, sale fortalecido, aclarado y logra la ayuda de los críticos, de los escritores, de los intelectuales, que en su afán clasificatorio, se ocupan más de él, lo redefinen, lo caracterizan por enésima vez, intentan atraparlo dentro de márgenes precisas, y por ello lo convocan y lo traen a cuento, valga la redundancia, porque es del cuento de quien hablo, en revistas como las de Odradek, que hoy nos reúne, y en ferias, como ésta, la Fiesta del Libro, que hacen de la ocasión un momento propicio y oportuno para que hoy él, nuevamente, aparezca como protagonista de la escena, tan fresco y renovado como siempre.


Emma Lucía Ardila
Nació en Santander, pero desde niña ha vivido en Medellín. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Pontificia Bolivariana y tiene una Maestría en Filosofía del Arte. Aunque se ha dedicado a la docencia, su verdadero oficio es la escritura. Entonces cuando otros afanes no se lo impiden, se dedica con empeño a lo que más le gusta. Tiene dos novelas publicadas: Sed, y Los días ajenos. En 2007 EAFIT publicó su libro de cuentos Nos queremos así. Y Panamericana le ha publicado dos libros para niños: El gran temblor y La cazadora cazada.


www.odradekelcuento.com

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