Cinco relatos cortos


Pedro Arturo Estrada

 


Arcangélico


Mi arcángel favorito se esconde en el baño del bar en caso de apuro. Toma la figura del lustrabotas si es preciso. No me pierde de vista. A veces me lo encuentro por casualidad en la calle y, aunque cambie de acera, no puedo escaparme a su saludo. Me reprocha un poco andar vagabundeando por ahí, no estar temprano en casa, aplazar mis deberes. Le digo que me deje ser como soy. Que no se inmiscuya. Pero de nada le valen mis evidentes descortesías. Mi arcángel favorito es un sabio zen aunque le disgustan mis uñas comidas, mi vicio solitario, mis camisas ajadas. Parece una novia molesta. De seguro no hay otro como él.
Sin embargo, ya sabe que mi fe es débil. Que cada día le creo menos. Sabe que una mañana de estas despertaré sin verlo y, entonces, será apenas como olvidar dónde extravié la llave de la puerta o la revista vieja que leía en los parques.


(1999)

 


Sombra de Caín


Desde entonces, en mis manos nace la ruina, el moho, la enfermedad. He trashumado la noche infinita, la orfandad ilimitada de la tierra. Mi rostro ha desaparecido. Llevo a cambio la máscara de la muerte que en mí ha tomado lugar definitivo. Mares, desiertos, páramos, abismos, cimas de desolación han cruzado mi sombra, ciudades bajo fuego, calles de nadie donde la miseria saludó mis pasos. Ninguna puerta se abrió para mí. Nadie albergó en sus ojos la soledad de mi rostro y, por el contrario, el terror ha helado la mirada de muchos cuando estuvieron frente a mí por unos segundos. Sin embargo, he amado también las noches fulgentes, la calma de las montañas y el rumor impasible del viento en las hojas. La belleza intensificó su embrujo sobre mí con los siglos y es acaso, su contemplación inacabable, su cercanía dolorosa como el pecado, mi secreta, inacabable condena. El rostro de Dios se multiplica en cada cosa que encuentro. Su voz todavía resuena como aquel día en cada recodo del camino, en cada tramo de la huida interminable que aún cuando todo acabe, en la nada última, continuará arrastrándome.


(2006)

 


Nerón

 


Aún escucho la letanía del fuego pronunciando mi nombre sobre Roma y los más secretos antros del crimen. Los gritos, la voz insomne de la destrucción aunada a mi propio canto en la noche extasiada. El tiempo ha derruido y sepultado los muros, los frescos, la magnificencia de mis palacios y no obstante, mi nombre lo sigue convocando la gloria, el recuerdo inmortal de la grandeza, de la época en la que sólo yo era el aeda y las celebraciones, las orgías, las libaciones, los banquetes, las efusiones de la sangre y el semen, como las lágrimas y el sudor del miedo no se detenían. No otro cielo me estuvo destinado, ninguna otra salvación. Legiones de mansos creyentes fueron alimento de mis leones y también de mis llamas en las noches de tedio. La turba delirante supo magnificar ese gesto, rubricar con su aullido y el estruendo de sus pataleos la salvaje grandeza que para ellos soñé, que para los dioses de la crueldad consagré. La vida tuvo por aquellos días memorables tal vez su mayor intensidad. Fui el oficiante del espanto, la belleza última que en el vértigo se revela a los mejores, a los más solos, a los dueños absolutos de sí mismos y de su vértigo.


(2006)

 


Atila

 


Retumbaba la tierra a nuestro paso. El día nos ofrecía sus cuchillos de oro para degollar los pueblos, los sueños de miles, y encender los odios, el asco, el terror. Las noches de amor de los humildes fueron rasgadas por la espada y cercenadas las pieles al paso de nuestra furia. Nada sino el imperio del vacío podía oponerse al ardor de la sangre, la fuerza ciega de los ojos horadando la estepa. Furor y temblor cabalgaron siempre como fieles, imbatibles guerreros a guisa del viento que fui sobre los antiguos caminos, los muros derrumbándose bajo el humo y la lluvia negra de las saetas. ¿Quién señaló el fin de aquellos bárbaros tiempos sino la debilidad de los dioses que faltaron al pacto y permitieron la derrota de mis huestes? ¿Quién sino el propio veneno que llevaba en las venas y convirtió mi corazón en un tubérculo podrido? Ah, todavía mi espada, mis caballos y guerreros inmortales acechan los siglos. Mi guerra continúa y todos los imperios de la tierra y del cielo me temen. Saben que sólo cambio de nombre, de escudo, de emblemas, de tácticas. Porque la destrucción es la misma y la venganza, insaciable.


(2006)

 


Sade

 


Pero no fui sino un soñador ingenuo de tiempos más libres y de verdad, humanos; el paladín involuntario de la verdadera independencia del hombre y sus virtudes reales: la crueldad de los instintos, el goce de los sentidos. Porque quise fundar en realidad, la República de Eros en sabia convivencia con Thanatos. Quise restaurar en la tierra la soberanía del deseo más allá de la triste sumisión y el acuerdo hipócrita de la conveniencia y la razón.
Al menos brillaron un poco esas páginas prohibidas; la tinta roja fulguró en la oscuridad de mi celda: los cuerpos ardieron en el frenesí de mi imaginación bajo el furor sagrado que dio origen al mundo. Yo celebré esa fiesta demente de la carne devoradora, las lágrimas, el sudor y la sangre como un festín y, sin embargo, aún no ha llegado su momento mayor. Espero, todavía, detrás de cada sombra, cada rostro, cada día, esa última celebración.


(2006)

 


Pedro Arturo Estrada, 1956.

Ha publicado Poemas en blanco y negro (Editorial Universidad de Antioquia, 1994), Fatum (Colección Autores Antioqueños, 2000), Oscura edad y otros poemas (Universidad Nacional de Colombia, 2006). Los presentes textos pertenecen a su libro inédito, “Deshistorias”.


www.odradekelcuento.com

Anterior | Siguiente