Llueve

 


Carlos Mario Aguirre Morales

 


Jadeando, cierro la puerta y subo a mi habitación mientras el cielo emite un grito áspero. Vengo huyendo de una lluvia más, la tercera de la semana.
No es raro que la música de Bon Jovi, desde el cuarto de mi hermana, compita con las explosiones ficticias que transmite el televisor de la sala —donde mi padrastro, arrellanado en los cojines deformes del sofá, le niega a cualquier otra persona la oportunidad de sentarse—, así que prefiero evitar toda esa bulla, encerrarme en mi pieza y no saludar a nadie.
Voy a mi escritorio y, esforzándome por no hacer mucho ruido al arrastrarlo, lo sitúo frente a la ventana desde donde puedo contemplar la lluvia a la que acabo de ganarle una carrera. Al salir del colegio, vi avanzar por las montañas sus pisadas sonoras y vehementes y cuando sentí su respiración anhelosa y sus alaridos, salí corriendo antes de que se me viniera encima.
Ahora la espero. Abrigado con mi sudor, al compás de mi pecho agitado, busco un lápiz y varias hojas de cuaderno; siempre he pensado que sería... digamos... ¡excitante!, escribir algo sobre la lluvia, pese a que otros ya lo han hecho.
Enciendo una vela perfumada de cereza y acomodo en el escritorio una foto reciente de mi novia, Natalia; la luz temblorosa le hace cosquillas y ella sonríe. Pongo un almohadón en la silla crujiente y aguardo. Me han dicho que, aunque uso frases precisas, mis historias son muy poco interesantes, pero la verdad es que cuando las escribo mis manos sudan hasta empapar el lápiz y se producen ardores placenteros a lo largo de mi espalda. Parece que en la calle hay una competencia de niños ciclistas que acuden al llamado de sus madres y sortean obstáculos a gran velocidad. No me interesa. Supongo que los obreros que reparan el techo en la casa vecina se afanan por cubrir su trabajo con una capa de plástico para que la tormenta no lo arruine. No reparo en aquellas personas que corren al percibir la sombra en las alturas, en las tórtolas espantadas que por poco chocan entre sí al volar hacia sus refugios, ni en las caras desilusionadas de los niños que ven estropeados sus juegos.
Al cabo de un rato ya se pude oír la ovación sobre los tejados de las otras cuadras, ya el aliento enfurecido arrecia contra los ventanales y agita las plantas expuestas en los balcones... pero no he podido darle inicio a mi narración. ¿Qué será lo que pasa? Puedo notar el temblor de siempre en la mano izquierda, las gotas frías que me surcan la frente... no me falta ninguno de mis implementos, acerco la vela un poco más hacia la hoja... ¡nada! A lo mejor hoy será uno de esos días en que tendré que dedicarme a renglones escarpados y páginas pedregosas donde mi personaje tardará horas y horas para cruzar una calle.
Todo a mi alrededor se ve gris, la ventana empañada parece una finísima pantalla de hielo y una frase acude de repente a mis ojos, aunque... puede que no sea muy buena. Tomo aire y agito la mano para escribir, pero una detonación cercana me interrumpe y me hace brincar, mientras su destello ocupa todos los rincones del barrio, en cuestión de segundos atraviesa el ventanal, rebota sobre mis ojos, vuelve a golpear el vidrio, regresa y sigue de largo hacia la pared del fondo, donde un millón de sombras convulsas se entrelaza con los fulgores en una gresca temblorosa, hasta que la luz del rayo se apaga... ¡qué susto! Sentí que me caía de la silla, que el cielo se hacía polvo. En mi vista reverbera todavía el estallido y una voz trémula —la misma que describe las calles cuando camino y encuentra historias en los gestos de los árboles— me indica que por ahí puedo empezar.
Me inclino una vez más, diviso, en medio de mi ceguera, la hoja virgen, y me propongo deslizar el lápiz, pero el rumor de la lluvia se cierne sobre mí como un súbito concierto de percusión que me distrae y aplasta la idea que tenía. ¡Qué vaina, como iba de bien! Suspiro y me llevo una mano a la frente. Me rasco las cejas con el lápiz y le doy golpecitos a la mesa con las yemas de los dedos. Trago saliva. La sonrisa de Natalia me reconforta. Extendiendo los brazos a los lados, hago unos ejercicios de respiración que me devuelven el ánimo. Durante ellos, imagino que una pobre mujer forcejea con el viento por la posesión de su paraguas cuyos pliegues se estiran hacia arriba, negros y frágiles como las alas de un murciélago, fracturando sin piedad sus varillas hasta dejarlas en la posición contraria. La contienda no dura mucho y es el ventarrón quien sale victorioso y se lleva la sombrilla hacia sus dominios, igual que un niño que elige un juguete del que pronto se cansará. La mujer, desamparada, llora y protesta a la par con el cielo y cae arrodillada como si acabara de perder su más valiosa pertenencia; no sabe que se ve hermosa con los mechones endrinos aferrados a la piel de su rostro, por donde se le derrite con furia el maquillaje de los párpados en forma de lágrimas negras que se le cuelgan de la barbilla y después gotean hacia las fibras de su vestido marchito… pero, ¿en qué estoy pensando? ¿Qué clase de cuento podría salir de una idea como esa?
Retomo la idea anterior, la saboreo un rato y opto por introducir en ella al personaje de mis dos últimos textos. Se trata de una muchacha indecisa, quien pese a sufrir un delirio de persecución, sabe enfrentarse a un mundo cada vez más lleno de gente. Tales relatos no han sido bien aceptados, sin embargo, ese personaje me fascina. Precisamente ahí, cuando la letra capital conquista el primer renglón, otra voz me anuncia, a través de la puerta, que la comida está servida. En mi pecho palpita la tentación de decirle que no, que voy a comer más tarde, pero no hay nadie en este mundo que pueda despreciar su trabajo en la cocina sin sufrir las consecuencias. Resignado, me dirijo al comedor. Esta vez la idea no se desvanece, aunque puede ocurrir algo que me la arrebate, o sea que es mejor no tardar mucho. Todos me ven comer de prisa, con la voracidad de quien lleva semanas sin alimentarse, pero no se asombran ni hacen comentarios en voz baja. Mi mamá y mi tía comparten opiniones sobre el programa de concurso que ya va a empezar y mi padrastro, con los ojos rojos y las venas hinchadas, amenaza con derribar la puerta del cuarto de mi hermana. Ella, sin contestar, aumenta el volumen de su grabadora y él, gritando, le advierte que después hablarán. Por el momento, al notar que ya terminé, me ordena poner recipientes en aquellos sitios donde cae una gotera. Aunque obedezco de mala gana escojo unas vasijas con los colores que más me gustan y las pongo en los lugares indicados de tal forma que los matices resulten agradables a la vista, a pesar de que nadie las esté mirando. Mi mamá debe estar a punto de hacer un reproche acerca de las goteras y la reparación del techo y así marcará el inicio de la discusión diaria (insultos, platos rotos, rock a todo volumen) que se desarrolla, más o menos, a la misma hora. Por tal razón y por el cuento que dejé pendiente, regreso a mi cuarto, mi silencioso búnker.
En el horizonte unos chispazos momentáneos dejan ver, a medias, las figuras tétricas que se insinúan entre las nubes. Me siento y dejo correr unos cuantos minutos antes de continuar. Vuelvo a revisar el material. Bien, parece que no falta nada. Aquí voy otra vez...
“Era una tarde lluviosa...”, no. No creo que sirva. Arrugo la hoja y la tiro al suelo. Me pongo de pie, pensando en las gotas suicidas de don Julio y los diluvios de don Gabo, y camino hacia la ventana. Por el lado de afuera hay un insecto. Uno de esos bichitos que uno descubre por casualidad, se percata de que nunca antes había visto uno igual y que quizá nunca volverá a verlo. Sus patas de adhieren al vidrio mojado. Contemplo sus alas diáfanas surcadas por riachuelos de nervios blanquecinos; miro sus ojillos negros en los extremos de su cabeza amarillenta. Tiene algo raro, pero no sé qué es. Bebe de las gotas impregnadas en el cristal y se deja arrastrar por las corrientes verticales que se bifurcan como venas translúcidas, hasta que una de las gotas se lo lleva en silencio... ¡uy, claro! Tomo el lápiz con una sonrisa febril y me inclino por última vez hacia la hoja. Siento que los objetos que me rodean (la cortina, unos cuadros, la repisa y el armario) retienen el aire, ansiosos, como yo, de ver un derroche de talento. El lápiz desciende entre aplausos, con una lentitud victoriosa, lleva en su punta la primera frase y recibe con calma mi sudor. La barra de grafito se posa sobre el papel, se tambalea insegura, pero de inmediato comienza el baile y derrama a lo largo de la hoja, la idea del insecto...
El cielo arroja entonces un gruñido iracundo, la lluvia se convierte en un traqueteo infernal, la calle se viste de blanco, una mujer da un grito...
Suelto el lápiz y me levanto. Oigo voces y gente que corre por toda la casa. Un látigo brillante fulmina el árbol del patio, los cables de energía se revientan entre fulgores y chisporroteos y se va la luz en toda la cuadra. Pese a que la invasión de granizo extingue hasta la última pizca de silencio, alcanzo a escuchar la queja de mi hermana por haber tropezado con algo en la oscuridad y la orden del viejo para que alguien, ¡por favor!, le consiga una vela. Cada vez se hace más difícil escucharlos, parece que me están acusando de no tener la gentileza de ir a ayudarles, la balacera en el techo redobla su ímpetu. Un trozo de hielo despedaza las tejas, aplasta la vela manchándolo todo con salpicaduras de cera y es tanta su fuerza que la mesa se parte en dos; el pedazo de granizo, desintegrado en un reguero de estrellitas congeladas, era casi tan grande como una pelota de béisbol. Ahora un chorro de lluvia se precipita en medio de mi cuarto. El agua estropea las hojas de cuaderno, deshace las palabras que acabo de garabatear y ahoga la sonrisa de Natalia. Alguien golpea la puerta y ruega desesperado por una explicación, pero yo, estupefacto, no puedo responder. ¡Una sombrilla pasa volando frente a mi ventana! Se empiezan a formar olas que golpean las fachadas, la corriente que baja por los caños se desborda y sube, alcanza las ventanas de los primeros pisos, cubre los automóviles parqueados frente a las casas sin garaje y obliga a la gente a subir a la planta alta, al techo o a la terraza. Miro a todas partes. Tanto ruido no me deja pensar con claridad. Me tiemblan los pies, pero aun así voy a recostarme en la cama. Allí, sin que me importen los gritos de mis padres y mi hermana, me pregunto si algún día seré capaz de escribir algo sobre la lluvia.


Carlos Mario Aguirre Morales (Colombia)
Estudiante del pregrado en letras: filología hispánica, Universidad de Antioquia. Integrante del taller de escritores BPP, desde 2002


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