En blanco y negro

 


Jorge Miranda Arango

 


No creí mucho en su afición por la fotografía. Ya otras veces había visto nacer en ella la pasión por un hobby que al poco tiempo declinaba. De la goma por el ajedrez era testigo una colección de enciclopedias de apertura; del encanto por la astronomía, un telescopio ruso, adorno del balcón. El apartamento entero estaba decorado con alguna obra inconclusa de un curso hecho a medias o de un pasatiempo abandonado. Ahora se debería buscar espacio para los cuadros.
Poco valió intentar persuadirla; le expliqué de los costos y dificultades de esta actividad, de todas maneras eligió una cámara profesional, por lo que opté dejarla escarmentar en carne propia. Como en otras ocasiones su entretenimiento le ocupaba el día. En la mañana salía a la biblioteca, en la tarde recorríamos las calles en busca de alguna foto insólita. Le interesaba la ciudad y su problemática, pero temíamos adentrarnos en los sitios de reconocida peligrosidad, conformándonos con estampas de gamines y ancianos limosneros. Luego íbamos a un estudio fotográfico a recoger los rollos tomados el día anterior y a entregar el trabajo de la tarde. Salía decepcionada, culpaba a cuanto negocio íbamos de velar sus rollos, no asumía ninguna responsabilidad técnica sobre la calidad de sus fotos y persistía en la necesidad de montar su propio cuarto oscuro. Acondicionó la pieza del servicio para tal efecto. Yo mismo la ayude a conseguir el equipo. Cómo se sorprendía al ir viendo aparecer las imágenes, para ella este acto era mágico. Removía con sus manos desprotegidas el papel mojado en las cubetas sin importarle mis advertencias sobre la peligrosidad de estos líquidos para la piel. De nada servía que le explicase el procedimiento químico por el cual se fijaba la luz, para ella seguía siendo un milagro, un parto cada vez distinto e igualmente inefable.
Aun así los resultados no dejaban de un simple registro de una ciudad frenética. Faltaba en sus composiciones la sensibilidad y ella lo sabía. Sus fotos de velorios colectivos en poco se diferenciaban de las reproducidas por los diarios amarillistas, los cuadros de la ciudad inscritos en ellos adolecían de vitalidad. La vi por algunos días descorazonada, creí, como en otras oportunidades, que su impulso declinaría y terminaría por abandonar su Cannon en un rincón de la casa. No fue así. Por el contrario, multiplicó sus esfuerzos, adquirió equipos más sofisticados, se entregó al estudio de los compuestos fotosensibles, la vi experimentando con filtros y películas, construyó una cámara oscura, reprodujo los ensayos de Dagarre y otros iniciadores de la fotografía. No tenía tiempo para nada más, nuestros encuentros se limitaban a los fines de semana y algunas veces ni a eso. Me consolaba prometiéndome que pronto la dejaría, apenas realizara algunas ideas nuevas y que su primer retrato sería el de mi rostro. Insistí, terminé cansándome, por un tiempo dejé de frecuentarla, fue una decisión pactada, no propiamente un ultimátum.
Por cerca de un mes recorrí los parques y centros comerciales que solíamos visitar. Una noche la encontré por el centro de la ciudad, la vi acabada, vestía un gabán negro, y buscaba caminar por la oscuridad como si la luz hiriese su piel. Me esperanzó hallarla sin su cámara, le pregunté si estaba bien, no me respondió, pidió unas semanas más y terminó explicándome algo sobre la sensibilidad de la piel a la luz que no entendí.
Transcurrió otro mes sin saber de ella. Un día me sorprendí al encontrar su nombre en las páginas culturales del periódico. Acababa de ganar un concurso. La crítica hablaba de su fotografía como un arte fresco, innovador, capaz de captar las emociones circundantes a un espacio. El mismo día visité la exposición con las obras ganadores. En realidad, no se trataba de un trabajo de fotografía clásica, el material utilizado no era el papel corriente, si no una especie de tela escamosa de forma irregular y fragmentada. Fiel a su temática, la foto representaba la destrucción de un parque por la explosión de una bomba, pero había algo más que el registro de un lugar derruido: del negro de las grietas parecían brotar los gritos de las víctimas, del suelo adoquinado exhalaba olor a sangre, el ángulo de enfoque proyectaba una perspectiva furiosa sobre la escultura doblada, la combinación de luces y sombras invitaba a tocar aquella repulsión. Comprendí que no había sido en vano el sacrificio de los meses sin verla. Su trabajo había madurado hasta alcanzar una posibilidad de expresión. Me sentí egoísta. Esa tarde la llamé. Se alegró al oírme y me pidió que fuese a visitarla tan pronto pudiera. Acudí al día siguiente. Entré en silencio para no interrumpirla. El apartamento estaba descuidado, las bombillas habían sido reemplazadas por otras de color violeta. Un olor a químicos, proveniente de una bañera acondicionada en la sala, infectaba el aire. La escuché llamarme desde la alcoba. La encontré acostada, se veía enferma aunque alegre. Rogó no me acercara. Encendí la luz. Observé cómo se sentaba sobre la cama cubriendo su desnudez con un tendido, ofreciéndome la espalda como si ocultara algo. Quise reconvenirla, hablarle de mi ansiedad por verla, de mi preocupación por su salud, felicitarla por el premio, aportar a su arte. Me lo impidió dejando caer la sábana que la protegía. Vi, aterrorizado, su cuerpo despellejado, a excepción de su espalda el resto de su piel se hallaba desprendida. Por mi mente pasaron imágenes de tortura o demencia. Con voz quebrada interrumpió mi asombro para persuadirme de que estuviera callado y quieto, que todo se explicaría por sí solo. Le hice caso. A los pocos minutos lo comprendí. Su blanca epidermis comenzó a teñirse de matices grises. Como el encendido de un viejo televisor en blanco y negro, sus poros se fueron pintando para tatuar sobre ella mis facciones, hasta que la imagen completa de mi rostro cubrió su dorso. Continué en silencio, por unos instantes mi atención se fijó exclusivamente en el retrato; me producía la sensación de que ella estuviera hablando a través de él, como si su piel quisiera expresar lo que el tacto no supo decir. Allí, en esos claros-oscuros estaba resumida mi paciencia, mi insensibilidad a la muerte ajena, mi amor por ella. Después no pude ni quise oponerme a su deseo. De la manera como ella lo venía haciendo, con lentitud, y casi sin importarme su dolor, fui retirando uno a uno los retazos, preparándolos, reuniéndolos hasta conseguir el cuadro final, orgullo de la sala, y última prueba de su afición por las fotografías en blanco y negro.


Jorge Miranda Arango (Colombia)
Ingeniero y escritor. Varios de sus cuentos han resultado favorecidos en concursos. Ganó el de cuento corto del Metro de Medellín 2006.


www.odradekelcuento.com

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