El último rugido

 


Mario Escobar Velásquez

 


Poderoso, rauco, redondo como un trueno, el rugido del tigre se asomó por la serranía y rodó hacia el valle dando tumbos. Lo emitía una garganta muy bien diseñada para expedirlo, alimentada de unos pulmones ampulosos de su fuerza. Brotaba por entre los cuatro colmillos enormes, filosos, puntiagudos, resbalando sobre la larga lengua rosada. Venía repitiéndose a intervalos de la noche, y por muchos kilómetros recorridos en línea recta, sin que hallara respuesta. Era la primera vez que le acontecía al animal la carencia de una respuesta, si bien en las últimas veces había tenido que buscarla demasiado y por múltiples trechos. Llamaba por una hembra a la que venía ansiando con unos ardores supremos que le brotaban de la entraña, urgentes, deseosos de perpetuar la especie en un connubio que estallaría lleno de arrullos violentos, de zarpazos de uñas muy afiladas de la hembra, de dentelladas que sabían doler. Porque así era el amor de las tigresas. De cada uno de esos connubios salió con la piel sajada. De uno, con una de las orejas partida en dos por la acción de la uña peligrosa. Ese amor violento de la hembra, empero, le placía al macho: demoraba la cópula, y esa demora era parte del rito, muy importante porque acrecía el deseo, mejoraba la unión, intensificaba el espasmo hasta el paroxismo.
El rugido copaba unos tres kilómetros cuadrados, a más del aire de arriba. El animal que lo emitía parecía tener conocimiento de ello, porque luego de esperar un lapso prudente avanzaba lo equivalente para cubrir esa área. Esperaba la respuesta sobre las cuatro patas, al aire las antenas capaces de las orejas, la cola impaciente moviéndose en arcos muy medidos. Llevaba ya tres noches de emitir sus rugidos estériles, y una impaciencia que le arañaba las entrañas, con uñas dañinas peormente que las de una tigresa en celo, lo atormentaba. En esas noches con sus días apenas se había detenido a beber en alguna corriente ocasional. Cuando el cielo encendía la lámpara inmensa del día se refugiaba al amparo de algún matorral, y descansaba la garganta seca, las patas, el movimiento de la cola, el radar de las orejas movedizas.
El silencio que sucedía a sus rugidos le estaba enseñando, aunque no había acabado de aprenderlo, que era el último de su especie en una región en la que cabrían más de tres departamentos colombianos. Era un ejemplar alto, de rosas negras sobre un fondo jaro, magnífica esa piel, sedosa, tupida, espesa. La agilidad del animal se apreciaba en cada movimiento y la fuerza de coloso en los tendones gruesos que le iban por las patas delanteras, que serpenteaban por la espalda y las patas de atrás. Cuando un bostezo de cansancio o de hastío abría la rosada caverna de la boca, los cuatro colmillos enormes daban pánico. Algún pájaro que en la seguridad de su rama alta los contemplaba emitía unos chillidos de alarma. Más que puñales los colmillos semejaban yataganes de marfil, o sables en crecimiento. Las uñas, largas, puntiagudas, recias, estaban resguardadas por sus estuches de felpa, pero cuando lo del bostezo y el estiramiento del cuerpo se dieron, las de las patas delanteras asomaron como amenazas de muerte nacaradas.
Ya el sol había asomado su cara de oro allá en la distancia del horizonte cuando el animal emitió el postrero de sus llamados en esa noche que se iba. Un llamado más bien desganado, y no con toda su potencia.
Empero a ése lo recogieron unas orejas para las cuales no estaba destinado. Facundo-Fecundo, al que en la región llamaban Tío Tigre, porque había dado muerte a docenas de esos animales, acababa de levar sus huesos de la dura yacija en donde dormían y estaba esparciendo unos puñados de maíz a sus gallinas. Una sonrisa esplendente descubrió sus dientes bien cuidados, y un alborozo se le pegó del corazón y lo aceleró.
—Acaba de llamarme la canoa que necesito. En esta noche la cazaré.
Eso se dijo a sí mismo, seguro de sus capacidades.
Tenía su rancho edificado junto a un caño de aguas muy anchas que se comunicaba con el río y con una laguna, y Facundo sabía que si bien lograba alguna pesca escasa desde las orillas, si pudiera internarse hondo en la laguna su atarraya sería más efectiva, sobre todo con las presas grandes que iban en los cardúmenes. La piel que vestía al rugido de llamada le daría la canoa. Las pieles de tigre escaseaban ahora, en tanto que su demanda crecía, y con ella los precios. Una piel, cuando abundaban los usuarios de ella, le había permitido aperar modestamente la vivienda para su matrimonio. Otras, después, le aportaron la escopeta de un solo cañón, y cartuchos de posta gruesa. Muchas, después, la vaca, las dos cabras y el caballo. Y unas hamacas de buena pita, y unos anillos y aretes para la mujer y las hijas. Pero hacía ya más de seis meses que no oía la llamada presurosa de un macho que convidaba al connubio, ni la de una hembra. Había llegado ahora a creer que él fue el más eficaz de los que contribuyeron mucho a terminar con la especie tigre. La sonrisa le creció de a pocos, como crece la redondez de la luna. Alcanzó a pensar en un último regalo, en una postrera contribución de la especie manchada a su bienestar.
—La respuesta a sus llamadas la tendrá de la muerte, —se predicó—. Una muerte que me beneficiará en demasía, porque así es como son las cosas.
Miró hacia el amplio potrero de un vecino ricachón y pudo ver que en él los cuadrúpedos estaban inquietos, y que enfocaban la longitud de sus orejas hacia el sitio lejano en donde se había extinguido la llamada del félido: cada uno y todos traían escrita en la sangre la sapiencia de lo que el tigre era, y de lo que era cada uno de ellos: víctima en potencia. Las vacas se habían acercado a los terneros e interpuesto entre el llamado extinguido y ellos, ellas capaces de sacrificarse por sus recentales, ellas capaces de enfrentar al de los colmillos, con sus cuernos, para defenderlos, así arriesgaran la vida. Movían, nerviosas, el rabo alzado, y defecaban una materia casi líquida: el miedo la volvía así. Movían las aspas de las orejas como si quisieran sacudirse lo que oyeron. Era evidente que si hubieran podido habrían emprendido carrera. Y el toro, grande, membrudo, potente, aspiraba el aire que llegaba lontano buscando husmos: el olor del tigre era penetrante. Y sacudía los cuernos poderosos ensartando el aire como si fuera el tigre. Ese animal pelearía a ultranza si el manchado se acercara a la manada. A él no se le notaba miedo ninguno. Ya toda la manada había formado para el día todo y la noche entera lo que en la región llaman “el rodeo”: es decir que habían formado un centro para los recentales, y que los animales más viejos los rodeaban. Tío Tigre abrió la puerta del corral propio y se acercó a las dos vacas que tenía. Ellas mostraban la misma inquietud que tenían los animales ajenos del potrero. Empezó a hablarles con voz tranquila, contándoles que en esa noche acabaría con la amenaza, rogándoles que no fueran a agriar la leche que les ordeñaría dentro de poco, como se creía que ocurriría cuando los animales se intranquilizaran. Se fijó que el bozal que impedía a cada ternero mamar estuviera bien sujeto, y metiéndose en un cobertizo en donde guardaba los aperos sacó unos puñados de sal que les tendió a las vacas, que acabaron lamiendo.
El perro de la casa, flaco como una radiografía, también había escuchado el último llamado. Metiendo la cola por entre las magras patas se había acurrucado debajo de un banco adosado a la pared y gañía débilmente. También él sabía que los perros eran un bocado exquisito para la garganta del manchado, y le pareció sentir en el lomo la garra, y en la nuca los puñales de marfil. Cuando Facundo abrió la puerta del cobertizo se metió en él, aun a sabiendas de que estaba prohibido hacerlo. Tío Tigre se lo permitió porque entendía al animal. Lo vio que se acurrucó debajo de una tarima y que procuraba minimizarse en los encogimientos. Pero todavía tenía los pelos del lomo erizados como púas, y en la garganta se le arrastraba una especie de trueno sordo. Fecundo se preguntaba si salía del miedo o de la ira.
Las múltiples vaharadas de vapor que el sol levantaba del caño y de la laguna hacían húmedo el aire de la región, y por eso Facundo mantenía su escopeta envuelta en una larga tira de material plástico, y así y todo a la momificada la envolvía en una sábana vieja. Se mantenía sobre la cama, sostenida de dos clavos. Antes de desayunar la bajó y la descubrió de sus envoltorios. El arma estaba bien cuidada, y permanecía el negro pavón brillante con que vino. La dejó sobre la cama y se fue a la cocina. En ella su mujer le tendió una totuma con chocolate y una arepa enorme sobre la que reían sus amarillos dos huevos fritos. Antes de dar siquiera un mordisco al manjar apetitoso le confió a su mujer que ya se podría contar con la canoa. Ella agradeció la confidencia, y dijo que desde ella le sería más fácil en adelante lavar la ropa de la casa.
Satisfechas las necesidades del estómago volvió a la pieza y tomó la escopeta. Verificó si el aceite que le ponía al mecanismo de disparo permanecía, y, cuando estuvo seguro, de una caja sacó los cartuchos destinados al tigre, de posta gruesa. Metió un cartucho en la recámara del arma, y dos más en el bolsillo de la camisa, y salió. Muy adelante, en un ribazo del caño, tenía el machán desde el cual había cazado a muchos tigres. Consistía en una plataforma de dos tablas aseguradas entre dos ramas, en las cuales se sentaba a esperar al animal cuando él imitara los sonidos muy parecidos al reclamo del manchado. Iba a verificar la firmeza de las tablas y de los amarres, no fuera que el agua lluvia hubiera dado al traste con ellos.
Se puso de nuevo a observar el rebaño de su vecino rico, que le pareció inquieto. Claro, cada uno de los integrantes tenía orejas para captar, y mejores que las suyas. Pero se sonrió. Se dijo que el tigre peligroso es el que no se hace sentir: a eso no lo sabía la vacada. Empero él mismo iba muy precavido porque tenía sabido que cuando el félido anda en busca de amores lleva malo el genio y pronto el ataque, y no podía saber en dónde había encamado su cuerpo el venido.
Trepó al tronco, muy ágil todavía él, e inspeccionó las tablas, sobre ellas. Se movía con bruscos movimientos para probar que no hubiera chirridos que pudieran delatarlo ante los sensibilísimos oídos del tigre. Halló que estaban bien. Bajó, y dio vueltas alrededor del tronco, y después regresó al rancho. En él, descolgó de un clavo alto en la cocina una olla mediana, de barro, que lucía nueva y sin uso. Se destinaba únicamente a la caza del tigre. Metiendo en ella la boca. Facundo imitaba la llamada del urgido de su sexo, y la olla de un barro muy timbrado le servía de caja de resonancia. Era muy efectiva, y Tío Tigre era un notable imitador del rugido. En sintiéndolo el felino que buscaba compañera se venía recto como una flecha, y con un sentido de la distancia y del sitio, maravillosos, caía exactamente debajo del machan. Entonces era asunto de disparar el tiro fácil a la presa cercana.
Recordó sus dos primeros tigres. Los abatió con una escopeta alquilada, pagando el altísimo precio de la mitad del valor de la piel cobrada. Guardó celoso cada mitad, y con la segunda pudo completar para su propia arma. Vivía muy orgulloso de ella. Le proporcionaba de cuando en vez algún venado, y con frecuencia numerosos patos. Los venados hubiera podido ser muchos más, porque abundaban, pero su cacería la cumplía más por el alimento en sí que la carcaza proporcionaba, que por la emoción. Emoción verdadera no sentía sino con el tigre.
El día se le hizo largo, casi interminable, y cumplió sus labores usuales con un desgano notorio. Pensaba que el tigre había llegado envuelto en la canoa que tanto necesitaba, y que sólo necesitaba cobrarlo y desprenderlo de ella. Pensaba que llevaba más de ocho meses esperándolo, y estaba sintiendo que los de piel manchada estaban acabándose en la región. Antes eran numerosos. No es que fuera muy rezandero, pero tuvo al cielo oraciones pidiéndole que lo ayudara en lo de la noche. Le recalcó al cielo su pobreza, y la necesidad de la canoa.
Desde las cinco de la tarde estuvo encaramado en el parapeto que tenía dispuesto para el oficio de cazador nocturno, la olla a un lado embutida en el muñón de una rama, por seguridad, y la escopeta a un lado, desprovista de la correa que pudiera estorbar o causar sonidos, y amartillada. No quería dejar de montar el gatillo para cuando ya el tigre hubiera respondido y viniera, porque causaba al montarlo un clic muy perceptible. El montado en el parapeto era una mar de mañas, y por eso lograba cazar. En el camino había venido aclarando la garganta mediante toses provocadas, y se había sonado hasta el cansancio la nariz. Y alrededor del tronco había acumulado la hojarasca seca que pudo recoger, con una que otra rama partida. Los pasos del tigre son callados como el silencio, y él quería sentirlo delatado por las hojas cuando llegara al pie del tronco. Se repetía a sí mismo el viejo refrán que su padre le había predicado: “Caza el que calla, el que se previene”.
Alerta, desde arriba, afinaba el oído. Lo mandaba hasta lejos a patrullar. Aunque de ordinario el tigre no empezaba con sus llamadas y su tranco alargado hasta pasadas las siete de la noche, algunos hubo que se adelantaron a esa hora. Percibía cómo la luz iba menguando, y cómo algunos pájaros que llegaban a buscar cobijo en la copa del árbol se asustaban cuando un poco más abajo percibían su silueta vestida de negro. Les oía los aletazos afanados yéndose, y a veces algún indignado chillido de sorpresa.
Desde arriba vio cómo el oro del crepúsculo inundaba el occidente. Y a su alrededor vio las puñaladas de los últimos rayos que subían por la ramazón. Volvió a impetrar la ayuda del cielo, devoto, cerrados los ojos y unidas las manos.
Como a la siete, después de una espera que se le hizo interminable, oyó la llamada premiosa naciendo del sitio en donde había sonado la última anoche. Tomó la olla y la colocó sobre su boca. Entonces emitió una imitación muy convincente del rugido del tigre. La repitió y oyó la respuesta que le tenían. Calculó que el animal estaría a unos dos kilómetros, y que lo tendría debajo en un cuarto de hora. Alzó la escopeta y la apuntó hacia abajo. A lo largo del cañón tenía firmemente amarrada una linterna de tres pilas, que daba una iluminación muy eficaz. En donde pegaba el rayo de luz pegaban las postas de la escopeta. Así lo tenía dispuesto y ensayado. Así no tendría que apuntar, ni que apoyar, para ello, la escopeta en el hombro.
Miró hacia la llanura recubierta de pasto que estaba un poco lejana y vio las constelaciones de luciérnagas que se encendían y apagaban: le pareció un cielo descendido.
Como a los diez minutos sintió desde unos quinientos metros una llamada, queda. Ya no era un rugido. El macho preguntaba en dónde estaba lo que le había tenido una respuesta. Sin ponerse la olla en la boca emitió una respuesta. Tenía sabido de la sensibilidad del oído del félido, y sabía que aun sin la ampliación de la olla su arrullo le llegaría. Un grillo de esos de la tierra, negros y brillantes como de carbón de piedra, estaba hacia rato lanzado también su llamada amorosa en forma de un chirrido prolongado. De pronto se apagó, súbito. Y a poco, no más veinte segundos, Facundo sintió abajo el susurro de la hojarasca pisoteada. Alcanzó a pensar que el grillo había sentido los pasos del tigre, que llegaba al tranco. Entonces corrió el botón que encendía la linterna. El chorro de luz pegó en la espalda del animal, hacia la cabeza, entre los codillos. El iluminado emitió un rezongo de sorpresa, y miró al suelo. Tal vez le pareció que la luz había brotado de entre sus patas. Y entonces sonó el disparo, seco. Nueve postas gruesas y pesadas le entraron por entre los omoplatos y bajaron destrozando el corazón. El herido pegó un salto lateral de unos tres metros, y avanzó acaso otros cinco o seis antes de derrumbarse. Facundo abrió el cerrojo y desalojó el cartucho vacío, e introdujo otro lleno. Ahora la luz de la linterna mostraban el cuerpo extendido, y mostraba los ojos que devolvían una luz rojiza, sanguinolenta, apagada, muy semejante a las de las brasas en los rescoldos.
Facundo esperó como una media hora antes de bajar. Conocía de la peligrosa furia de la fiera herida, y quería estar seguro de que el animal había muerto. Había podido contemplarlo a su gusto, y se decía que no había visto antes una piel más espesa y más sedosa. Con ella se haría a una canoa magnífica. Como había tenido miedo de que un imprevisible merodeador, acaso un zorro, o tal vez una manada de ratas que abundaban por el caño pudiera, atraída por la sangre, dañar la piel, tenía dicho a los suyos que cuando sintieran el disparo se vinieran con candiles de petróleo y unas cuchillas muy afiladas. Cuando le silbaron de lejos con un silbo agudo como una lezna inquiriendo si se podían acercar, les contestó con el silbo convenido. Estuvo hasta después de las once de la noche desollando a su víctima, y pensando cómo en una vez anterior las ratas le habían estropeado por ahí cerca la piel de un venado que había cazado, y la carne, y que dejó en donde cayó para recogerlo en la mañana. En los días de después, cuando visitó la carcaza para llevarse la calavera del tigre, que se vendería muy bien, halló que entre la gallinazada y las ratas habían dejado limpio el esqueleto. Supo de las ratas por las numerosas cagadas que dejaron en los alrededores.
No vino a entender sino hasta mucho después que el suyo había sido el último ejemplar de esa especie en la amplia región. Nunca más les halló las huellas en los sitios pantanosos, ni en otra noche ninguna volvió a oír las llamadas enamoradas. Su arisco corazón sintió alguna especie de tristeza.


Mario Escobar Velásquez (Colombia)
Ganador del Premio Vivencias de Novela con Que pase el ánima sola. Autor de novelas como Muy caribe está, Un hombre llamado Todero, Tierra de cementerio y Toda esa gente, entre otras.


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