El cuarto de costura

 


Lucía Donadio

 


El cuarto de costura de mamá era amplio y bondadoso. Aunque estaba lleno de telas, hilos, revistas, vestidos y retazos, ella nos recibía siempre con carros y balones, muñecas y ollas de cocina, manos sucias y ojos reclamando caricias.
Fue la última ampliación que papá le hizo a la casa antes de morir. Fue construyendo de cuarto en cuarto, de piso en piso, esta casita que soñaba ver revocada y pintada de amarillo. Fue su sueño desde que se vino a la ciudad: tener una casa amarilla y se le fue toda su vida sin lograrlo. Los sueños son a veces pesadas armazones en que se apoya la vida para subsistir, son como mantos que nos abrazan y ahogan en medio del andar de los días.
Cuando papá terminó el cuarto de costura, se le escapó el final del sueño. Él mismo pegaba los ladrillos, hacía las instalaciones eléctricas y sanitarias, revocaba y pintaba de blanco las paredes interiores, en las tardes que le socavaba a su labor de albañil en la firma constructora que lo enganchó desde el año en que nos volvimos de ciudad. Cuando el cuarto de costura estuvo terminado y lo bendijimos con la misa que el padre Orlando dijo ese domingo, todos pensamos que ahora la casa sí estaba completa y el traje amarillo tardaría poco en llegar.
Mamá subió la Singer, la fileteadora, la mesa de corte y el banquito de las pruebas, donde se paraban las señoras para ella tomarles el ruedo y detectar los ajustes necesarios en vestidos, faldas y pantalones. Pegamos el afiche de Sofía Loren de vestido rojo en la pared del fondo y pusimos la mesa de corte contra una de las esquinas y las clientas empezaron a llegar ese lunes por la tarde. Subían las estrechas escaleras entre asustadas y felices, cuando les decíamos que había un nuevo cuarto de costura, que allí estaba mamá esperándolas, que debían subir al tercer piso. ¡Cómo le quedó de lindo doña Alicia! ¡Qué iluminado y amplio! ¡Qué cambio que dio! ¡Qué claridad! ¡Qué amplitud! ¡Qué felicidad! No fue sino nombrarla, se la oímos decir a doña Julia que la dijo y la redijo como si no fuera cierta.
Ese domingo la felicidad del cuarto de costura se descosió por completo. Desde que se inauguró, nadie estaba en su propio cuarto por las tardes. Todos invadíamos el de costura de mamá, quien había sido la primera y la última en tener su espacio propio en la casa. Antes cosía en la sala, pegadita a la puerta de entrada. Ahora parecía como si añorara esa sala oscura y solitaria. Antes apenas la saludábamos al llegar, el beso rápido y el cómo te fue y cada uno escalaba a su cuarto, nadie se interesaba por los vestidos que colgaban de los ganchos en la barra de madera que papá le instaló en otro rincón.
Ahora todos llegabamos derecho al cuarto de costura y jugabamos y hacíamos como si hiciéramos las tareas y soñabamos con que mamá un día volviera a la sala y nos dejara el cuarto de costura, para que las doñas que venían no tuvieran que subir tres pisos por esas escaleras estrechas y empinadas y para que papá no siguiera mirándoles las piernas cuando subían y bajaban y mamá se estremeciera sin saber qué decir. Los ojos de papá fijos en sus piernas espantaron a muchas y el desorden de libros, cuadernos y juguetes y la cara triste de mamá que siempre había soñado con su cuarto de costura en el tercer piso.
Hoy, cuando los de la constructora vinieron a darle el pésame por la muerte de papá y a contarle sobre los beneficios e indemnizaciones que recibirá por muerte accidental del cónyuge, quisieron subir al cuarto de costura, querían ver la escalera por la que rodó mi padre, experto en construcciones, en alturas y que jamás en veinte años de labores tuvo un accidente.
Nadie se atreve a decir que el cuarto de costura fue la perdición de esta familia, que papá no soportaba ver esas señoras hermosas que nunca había visto subir esas estrechas escaleras, que ese domingo salió detrás de una jovencita de vestido amarillo que lo hizo correr escaleras abajo como si fuera un niño, dejando a mamá sola en su cuarto de costura, que hoy es nuestro por fin.


Lucía Donadio (Colombia)
Desde hace seis años dirige el taller Grupo letras en Eafit y otro con mujeres de cincuenta a ochenta y tres años en la Biblioteca Pública Piloto. Publicó Sol de Estremadelio, su primer libro de poemas en 2005. Tiene agüeros con los objetos, los números y las palabras.


www.odradekelcuento.com

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