Una piel nueva para la tristeza

 

 

María Teresa Ramírez Uribe

 

 

La tierra había girado lenta como de costumbre, pero al llegar la tarde y acercarse el fin de la jornada de oficina, Eva percibió el peligro y deseó retroceder en el tiempo para que volviera a amanecer. Hacia las seis, apagó el computador, hizo un montón con los papeles regados sobre el escritorio y fue al baño a arreglarse un poco. Parada frente al espejo se quitó los lentes, y sus ojos le devolvieron la misma duda que había quedado encendida en su interior con la llamada de él. En ese momento no estaba muy segura de si iba o venía de la vida.
Bajó las escaleras desde el tercer piso, caminó por el parqueadero y se dirigió a la salida de la universidad. Mientras esperaba, un estremecimiento leve la recorrió, como un aviso premonitorio de que algo iba a suceder.
—Hola, ¿hace mucho tú esperarr por mí?
—Una media hora.
—Lo siento. Estaba en el centro; creo tomarr el autobús que no erra y a esta horra el tráfico ponerse más... eh... difícil.
—Está bien. Está bien.
—¿Mucho gente ha visto a ti?
—Siempre preguntas lo mismo... Tú sabes que siempre habrá alguien que pueda vernos...
— Sí... Tú decirr verdad... ¿A dónde tú quierres ir?
— A cualquier sitio, siempre y cuando no sea a tu apartamento.
— ¿Y por qué hoy no... mi apartamento?
Eva no dijo nada. Se pegó del brazo fuerte de Regain en un intento de que su calor le prodigara una piel nueva para la tristeza. Dos lágrimas buscaban la salida, pero en su defecto unas gotas de lluvia saltonas comenzaron a caer sobre ambos dejando sus espaldas manchadas de humedad. Anochecía cuando cruzaron la calle. Ahora los goterones caían con fuerza y golpeaban el suelo como pequeñas piedrecillas levantando un vaho con olor a pavimento mojado. El aguacero se desató y mientras ellos corrían por las aceras, los carros pasaban veloces sobre la avenida desplazando hacia los lados el agua contenida en los charcos. Por fin llegaron a la estación de Transmilenio y tomaron una ruta hacia el sur.
Parados en el interior del autobús, Regain se percató de la tristeza de Eva; la miró con ternura y le acarició la mejilla con sus dedos largos y morenos. Ella sonrió. Ahora los ojos de ambos brillaban.
Cuando llegaron al edificio, él abrió con su llave. Mientras subían al segundo piso, por el vacío de las escaleras se filtraba un hedor a orines y a comida barata. Tenía la pintura de las paredes desconchada y ese olor característicos de los edificios viejos. En el umbral de la puerta Regain la tomó en sus brazos, entró con ella y la depositó en la cama. Después, con movimientos lentos y delicados, quitó una a una las prendas mojadas de ella, quien comenzó a temblar. Acto seguido se quitó su ropa también y se tendió junto a ella. La cobijó con su cuerpo caliente y con infinita delicadeza las manos de él comenzaron a ascender y descender calcando sobre la superficie femenina el mapa completo de sus sensaciones. Los cuerpos se reconocían y las caricias tomaban sentido en el camino hacia la piel. La sangre y el deseo apostaban desbocados y las respiraciones iban tomando un ritmo más agitado al tiempo que estrenaban caricias y perfeccionaban las ya conocidas. Desnuda, inerme y tendida de espaldas, allí donde los labios de él se posaban, la piel de ella respondía con un estremecimiento. Por un instante, Eva se olvidó de sus preocupaciones, cerró los ojos y se dejó arrastrar por aquel delicioso torbellino para sentir palmo a palmo la exploración mientras sus labios se abrían y cerraban en una súplica silenciosa. En un segundo, como en un juego de pirotecnia, las luces del placer estallaron frente a ellos y el rayo de la pasión venció a la voluntad. Rendidos, sudorosos, se besaron una y otra vez, y pareció que la llama quedaba sofocada por esa noche.
Hacía casi un año de la misma ceremonia, pero ésta era la última noche; Eva lo sabía. Por alguna extraña razón lo presintió esa mañana. Era martes, y habían pasado el fin de semana juntos. Por eso, cuando escuchó su voz por el teléfono a una hora poco usual, una neblina de preguntas sin respuesta quedó flotando en su mente.
— Hola amorr —dijo él.
— Hola. ¿Por qué me llamas tan temprano?
— No pasarr nada... —su voz sonó falsa—. Sólo parra saberr si esta tarde podemos verrnos.
— Pero, ¿por qué hoy?... ¿No habíamos quedado para el miércoles como siempre? ¿Pasa algo?
— No, perro es mucho tiempo parra mí y necesito verrte.
Sintió un escalofrío antes de colgar. A pesar de que Regain llevaba algún tiempo en Bogotá y de que meses antes en Zambia había tomado clases de español, todavía su acento sonaba extraño. Se saltaba las palabras, conjugaba mal los verbos y omitía algunas conjunciones. Eva se burlaba de él cuando cometía errores e incongruencias gramaticales, pero a veces un falso sentido de protección le impedía corregirlo demasiado. Pensaba que de cierta manera, mientras más imperfecto fuera su español, más dependería de ella.
Recordaba muy bien el día en que lo conoció. Era enero y ella trabajaba en las oficinas de la administración cuando llegó Regain para matricularse en un curso de español. Su figura alta y corpulenta llamaba la atención y la piel negra hacía un contraste perfecto con su sonrisa blanca. Ella tomó sus datos y le expidió el certificado de matrícula. No volvió a verlo hasta dos meses después cuando se encontraron una tarde en la cafetería y él estaba en problemas para pedir un café descafeinado con crema y con azúcar. De allí en adelante se encontraron siempre a la misma hora. Eva ignoraba que el amor se presentara así. Sin pasaporte, sin idioma, sin religión... A veces le hacía preguntas a su conciencia, pero las incógnitas giraban y giraban sin respuesta para quedar vagando en el mismo universo de sus dudas. Así se fueron borrando uno a uno los meses y en medio de los encuentros furtivos, Eva libraba su pequeña batalla, pero sus sueños no coincidían con la apremiante necesidad de vivir.
Regain yacía pensativo al lado de ella, y Eva trató de atrapar su pensamiento antes de que se convirtiera en palabras.
—¿Qué te pasa? —preguntó, acariciándole el pecho.
—Me ha llamado.
—¿Quién?
—Mi superiorr.
—¿Y qué piensas hacer?
—Debo regresarr.
Eva se incorporó súbitamente. Se cubrió con la sábana y lo miró a la cara con la faz desfigurada. Había sucedido. Un sudor frío viajaba por su cuerpo y sus manos se crisparon hasta enterrarse las uñas. Entonces trató de decir algo digno, algo que no sonara a humillación, pero en el intento por decir una frase coherente, su voz sonó quebrada como una queja:
—¡Y entonces! ¿Qué va a pasar con nosotros? ¿Qué va a pasar conmigo?
—Perro tú sabías que esto podía pasarr algún día...
—¡Sí!, ¡pero tú siempre me dijiste que ibas a renunciar! ¡Dios es testigo de que durante todos estos meses he rogado para que eso suceda! ¡Yo me entregué a ti! ¡Te he dado lo mejor de mí! ¡Me seduces, me traes a tu apartamento, me haces el amor!... ¿Y ahora qué? ¿Me dices que te tienes que ir y que lo olvide todo? ¿Es que no tienes sentimientos? ¿Acaso no sabes que el amor es un sentimiento sagrado? ¿Qué clase de hombre eres que juegas así con el amor de una mujer?
Regain la miraba sentado desde la cama. Todo estaba dicho. Entonces, por primera vez la miró con determinación y una expresión desconocida se asomó a su rostro, al tiempo que cogía con su mano el crucifijo de oro que pendía de su cuello y lo ponía frente a ella.
—Él... me está esperrando. Mi consagración como obispo de Zambia es dentrro de dos meses... Debo irr a prepararrme.
Y concluyó:
—Pero tal vez haya un solución. Tú venirr conmigo... África es un continente grande y lo nuestrro seguirá siendo lo nuestrro...

 

María Teresa Ramírez Uribe (Colombia)
La Editorial Universidad de Antioquia le publicó Hombre Pacho, biografía de Francisco Maturana. Textos suyos aparecieron en Antología del Taller de Escritores de la BPP y en Mujeres al pie de la letra.


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