Una maleta llena de juguetes

 

 

Esther Fleisacher

 

 

 

Hoy es la boda de Julián, todo son carreras y alegría; pero el tiempo se abre y de nuevo la pregunta: ¿Cómo pudo elegir no verlo crecer? El recuerdo me atraviesa el cuerpo como un hilo agudo, las ganas imposibles de evitarle al niño lo que ya había sucedido; la rabia con mi hermana que me ponía en esa sin salida de tener que verlo vivir con su ausencia sin entender, buscándola, extrañándola. ¿Qué vio, qué le mostró la vida para preferir no ver crecer a su hijo? Un niño a quien sin duda le había entregado amor; Julián no era triste, ni mal educado, ni arrinconado; era curioso, ávido de vida y se dejaba querer.
Cecilia me pidió que lo recibiera sólo por las vacaciones, tenía un compromiso importante fuera de Bogotá. Mi hermana me despertaba un cariño con hondura. Me llenó de alegría saber que su hijo pasaría con nosotros dos meses; también pensé que era una oportunidad para que Alicia, mi única hija, viviera el día a día con su primito y experimentara compartirlo todo.
El equipaje me pareció exagerado, pero no me alertó de nada. No entendí por qué para unas vacaciones mi hermana había mandado tal cantidad de juguetes, pues la consideraba una mujer práctica. El niño repartió los regalos y me entregó un sobre. Sonó el teléfono, Cecilia quería saber cómo había estado el viaje y despedirse; partía en la madrugada, el pueblo donde tenía la comisión quedaba en el fin del mundo y no había manera de comunicarse. Julián le prometió portarse bien.
Ya por la noche, los niños dormían, me encontré con el sobre en la repisa del teléfono. Antes de abrirlo marqué a Bogotá, quería contarle a Cecilia que Julián era encantador, una presencia que alegraba la vida; estaba feliz de tenerlo con nosotros, era una manera de ella estar presente. Nadie contestó el teléfono.
Desde siempre Cecilia y yo creamos un vínculo especial; cada vez que mi madre se desataba, que era frecuente, un cruce de miradas nos protegía, era nuestro secreto: no queríamos ser como ella. Durante la niñez pensábamos que era mala. Cómo, si la amábamos tanto, podía pensar que derramábamos la leche u olvidábamos la chaqueta en el colegio o embarrábamos los tenis blancos los días de lluvia sólo porque estábamos contra ella, porque no pensábamos en ella y su exceso de trabajo con seis hijos y un marido inútil. Y todo era confusión porque nos peinaba con ternura, nos arropaba en las noches frías y hasta rezaba y agradecía a Dios lo que tenía.
Cuando nos entreteníamos conversando con las amigas, se inventaba los novios con los que nos revolcábamos quién sabe dónde. La cogía con la comida que, según ella, se desaparecía porque no sabíamos comer sino tragar y el resto se lo llevaba la empleada, a la que esculcaba hasta los calzones. Nos atormentaba, con particular dolor, cuando papá era el blanco; no entendíamos por qué él se limitaba a mirarla con tristeza infinita y ella se enardecía más; le decía cualquier cantidad de absurdos para terminar gritándole que era el peor enemigo de la familia.
“Cría cuervos y te sacarán los ojos”, era una de sus frases preferidas. Nunca sabíamos cuándo nos iba a mortificar con su brutal desconfianza, sus sospechas, maldiciones y augurios de mala suerte. A veces pensábamos que ella se había encargado de atraer el infortunio a nuestra casa, siempre había algo de qué preocuparse, siempre la sensación de que algo acechaba. A medida que fuimos creciendo, con dolor en el alma, después de intentar la obediencia, el diálogo, los pactos, tuvimos que aceptar que había algo en ella fuera de control.
Mientras vivimos en la misma ciudad, mi hermana y yo, mantuvimos un vínculo estrecho; éramos un soporte cuando la sombra, como le decía ella, se nos quería instalar en el alma. Entonces hablábamos del miedo, de la impotencia, de sentir que el mundo nos hacia a un lado, de la locura, de cómo poner a salvo a nuestros propios hijos.
Después vino el divorcio, Cecilia no quería correr el riesgo de encontrarse con el patán del exmarido en ninguna parte y pidió el traslado a Bogotá. No estuve de acuerdo, la quería cerca, me hacía falta; además sabía que aunque sus decisiones tajantes la hacían aparecer fuerte, era frágil. Nos hablábamos en los cumpleaños y en el año nuevo, durante los instantes en que nos deseábamos lo mejor algo se renovaba y nos sentíamos cerca, protegidas; siempre me aseguraba que en las próximas vacaciones sí, que nos encontraríamos en el mar, que sólo era cuestión de planearlo.
Abrí la carta, estaba escrita a mano con letra firme:

Querida Sandra, no sé dar razones, desconozco los motivos reales, te fallé y a Julián también. Desde hace meses “la sombra” (¿recuerdas?) me ronda. Me niego a vivir más con ella acechando. No veo nada, sólo esta pared que me debilita. Las cosas están arregladas, vendí todo y el dinero está en la cuenta que aquí te envío. Mañana viernes al medio día mi cuerpo tiene turno en la sala de cremación; mi cuerpo lo debe descubrir Albita cuando venga a hacer el aseo; en una carta están las indicaciones de lo que debe hacer. No quiero que vengas, la funeraria enviará el certificado de defunción para que no quede lugar a dudas. Llevo tres meses planeando esto y sé que nada va a fallar. No hay nada detrás, solo “la sombra”. Julián no puede quedar mejor acompañado. Creéme que es lo mejor.
Cecilia

Eran las once de la noche, volví a marcar, cada timbre resonaba con intensidad en mi oreja, nadie descolgó la bocina. Jorge, mi esposo, que siempre estaba pegado del celular siguiendo las rutas de los carros que transportaban valores, colgó al ver mi rostro descompuesto. Mi primer impulso fue salir para Bogotá; pero pensé en Julián y no fui capaz de no estar a su lado a la mañana siguiente, se me hizo intolerable la idea cuando yo sabía ya que su madre no iba a regresar. Jorge localizó a un primo que vivía en Bogotá. Estaba segura de que ya era tarde, sin embargo no podía dejar de hacerlo.
Las cosas sucedieron tal y como Cecilia las había previsto. Las únicas variaciones fueron la puerta forzada y no fue Albita, estaba inconsolable, sino el primo quien llevó a cabo las indicaciones de la carta.

Julián me abrazó, estaba impecable y feliz, cuando pasó su mano por mi cara sintió la humedad de unas pocas lágrimas.
—Creo que estamos pensando en lo mismo —y me apretó con firmeza la mano.
—Supongo que sí. Todavía la extraño. —Sonreí— Cómo pudo perderse esto: ingeniero, buen mozo y en unos meses padre de familia.
—¿Sabes? En estos días estaba en la ducha y recordé una frase de mamá, se me apareció sin ton ni son, ella hablaba sola con frecuencia y yo me asustaba: “...otra vez la maldita sombra, se me mete en el alma para atormentar a los que más quiero”.

 

Esther Fleisacher (Colombia)
Poeta y narradora.
Ha publicado un libro de cuentos Las tres pasas


***

“El cuento no es un recorte de periódico. No es realismo, es como todas las formas de arte, tomar los materiales cotidianos (o no) y usarlos para elevar la conciencia de nuestras vidas a niveles más altos por medio del arte; es lograr decir algo”.

William Carlos Williams


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