Convidada

 

 

Paloma Pérez Sastre

 

 

…como si el repique de aquella campana
hubiese penetrado en la habitación años atrás,
en algún momento de gran intimidad,
y hubiera pasado de uno a otro para marcharse finalmente,
cargado con el momento como una abeja con su miel
.

Virginia Woolf (Mrs. Dalloway)


Hoy decidí cambiar los horarios de mis sesiones de psicoanálisis. La razón es una mujer que tiene cita los viernes antes que yo. Ella es alta y delgada, de facciones angulosas y una voz tan fuerte que se oye a través de la puerta que comunica con la sala de espera. Yo siempre estaba pendiente de su salida y, en una ocasión, me sorprendió con un vestido negro ceñido que delataba una figura espléndida y que rompía con el esquema de los habituales pantalones y camisas amplias de telas buenas y exquisita costura.

Aunque en algún momento pensé en llamar la atención al psicoanalista sobre la falta de privacidad de su consultorio, preferí seguir con el juego de tratar de adivinar lo que sucedía adentro. Tanto aguzar el oído dio pobres resultados, y creo sólo haber descubierto que tiene trabajo, marido, hijos, servicio doméstico y, al parecer, varios motivos para quejarse. A veces me llegaban trozos de relatos de situaciones absurdas; después, y con frecuencia, ella salía llorando y nunca dejó de decirme, mirándome a los ojos:
—Buenas tardes.

Lo que supe luego, de otra manera, no agregó conocimiento y, en cambio, a mí me dejó marcada.

Un día salí de mi cita secándome las lágrimas, bajé los siete pisos por las escaleras con la ingenua esperanza de llegar al primero sin rastros de llanto, y cuando estuve en la calle, me di cuenta de que ella me estaba esperando.
—¿Tenés carro? —me pregunta.
—No, voy a coger un taxi.
—Te llevo.
—Es lejos —digo para disuadirla.
—No importa —insiste.
—Está bien.

Le doy la dirección de mi estudio, y después de recorrer sin palabras un tramo largo, le digo a mi extraña acompañante:
— Vos también salís llorando.
—Si, casi siempre.

Vuelvo a ser la fisgona de la sala de espera; quiero saber quién es, qué la hace infeliz, y, principalmente, qué quiere de mí, pero su actitud es la de alguien que reza arrodillada en una iglesia, embebida en algo importante y triste. Cuando llegamos, le digo:
—Aquí es.

Sin despedidas, apaga el motor y se baja. La miro desconcertada y como para darme tiempo de decir algo, finjo no encontrar las llaves en el bolso, pero me pueden su resolución y mi curiosidad, y no se me ocurre nada. Al fin y al cabo, mis planes se limitan a contestar la correspondencia y leer un rato.

Abro la puerta y me saluda un olor a madera mezclado con el de la canela que pongo para atraer las buenas energías. Subo las persianas y doy una ojeada a las plantas de la terracita. La visión es halagadora, el curazao rabia de rojo y la orquídea, a la que la última vez he liberado de unos alambres, da muestras de querer florecer.
Mientras ella se sienta en la silla que usaba mi abuela para coser, yo me deshago de mi equipaje y le ofrezco algo de beber.
—¿Hay vino?
—¿Tinto?
—El vino es tinto —contesta con cierta suficiencia.
Pienso que es una fastidiosa, pero su mirada mansa y perdida lo contradice.

Obediente, descorcho la botella, la pongo sobre la mesa de centro y, sin consultarle, hago sonar el disco del Stabat Mater de Pergolesi. Es víspera de la Semana Santa y como en la Navidad, lo que más me gusta es la música, aunque prefiero la Semana Santa, que no tiene ruido de pólvora ni de vallenatos y rancheras. Así adelanto con placer esa melancolía que se apodera de la ciudad por esos días.

Me instalo en el sofá y sirvo dos copas.
—Salud.
—Salud.

Agito el líquido y lo miro a contraluz; observo cómo el vino color cereza cae lento en lágrimas, adherido a las paredes. Aspiro con inmensa fruición el olor de España combinado con frutas y roble. Cato, siento el gusto terso en el paladar y la lengua, mientras mi visitante tiene los ojos fijos en las también mudas y misteriosas máscaras precolombinas de la repisa de enfrente. La observo con prudencia, pero la curiosidad me corroe y tanto silencio me pone nerviosa. Como en otras situaciones, recurro al ya probado mecanismo de fuga: olvido que la tengo al lado.

Me recuesto, tomo un sorbo largo y me dejo llevar por Pergolesi. Me distraigo pensando en el lenguaje indescifrable de la música, y se me ocurre que, a lo mejor, en sus códigos, está el secreto de nuestra salvación. Conmovida por el dúo glorioso, me pregunto si, ignorantes e incautos, no lloraremos de emoción en los pasajes que nos llevan al infierno. Me interrogo sobre el origen de tales ideas y levanto la vista; ella me está mirando.

—Si pudiera hacerla hablar, si pudiera saber qué es lo que quiere, si pudiera entender la razón de su tristeza, si pudiera saber por qué es tan frágil y tan segura a la vez, si pudiera abrazarla, si pudiera estrecharla, eso es todo lo que desearía…—digo para mis adentros y me aterrorizo con la ocurrencia. El aturdimiento es demasiado intenso, y ante la insistencia de esa mirada, la tibieza del ambiente se derrite, y tiemblo. Ya no resisto el mutismo, y la pregunta estúpida sale despacio:
—¿Por qué?
—No sé. Algo pasa cuando te veo. Te había esperado varias veces, pero no me había atrevido a abordarte.
—Buen tema para una sesión —le digo. Ella se ríe y muestra unos dientes hermosos. Es la primera vez que la veo reírse.

Me quedo sin piso, pero entiendo que no puedo continuar estropeando el momento, después de haber fantaseado tantas veces en mi vida con una mujer. Ahora estoy en el aire, como un globo que se ha escapado por descuido de las manos de un niño en el parque, un domingo por la tarde. Ella extiende sus dedos finos y, con un movimiento simple, me toma de la cuerda y me aterriza. Con las yemas dibuja despacio mi rostro y yo le hago coro sorprendida. Es como si las sensaciones táctiles estuvieran sintonizadas con las del vino y la música, siguiendo un libreto que fluye sin esfuerzo bajo órdenes precisas.

El dúo de soprano y contralto no puede ser más sublime; el olor del cuero del sofá se mezcla con el de su pelo y se me revela a plenitud la huella que dejó en Clarisa Dalloway el único beso de Sally Seton. Entiendo que toda su vida llevara consigo el recuerdo de ese beso, el vuelo de esperanza de ese beso, y que nunca encontrara un amor como el que parecía ofrecer ese solo beso.
De improviso, suena un celular. Como salidas de una escopeta de perdigones, las notas nasales y metálicas de la Sinfonía 40 disuelven en el aire las notas de la música sacra. Ella busca nerviosa el aparato en su cartera y contesta con monosílabos. Cuando termina, me dice:
—Disculpáme.

Con un gesto farsante le digo que no importa y desvío la mirada hacia la ventana. Ha atardecido.

Roto el hechizo, la curiosa es ella:
—¿Por qué vas al psicoanálisis? —me pregunta.
—Porque no duermo.

Permanece un rato en silencio, luego se levanta y siento el dorso de su mano en mi mejilla levemente como el roce de un pez en las piernas en un baño de mar. Esa es su despedida.

En Pascua nos volvimos a encontrar en la sala de espera. Sonrió, no dijo “buenas tardes”. Ese día no pude someterme al mandato de la libre asociación preocupada por saber si ella me estaría esperando, pero no. Y así hasta ahora, tres meses después.

 

Paloma Pérez Sastre (Colombia)

Sicóloga. Especialista en Literatura Latinoamericana y Maestra en Literatura Colombiana. Su libro Antología de Autoras Antioqueñas 1919-1950, fue publicado en el 2000.

 

“Todo escritor que crea, es un mentiroso: la literatura es mentira, pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación”.

Juan Rulfo


www.odradekelcuento.com

Anterior | Siguiente