Exilio

 

 

Emma Lucía Ardila

 


 

Iba al parque cuando el dolor y la desesperación la asfixiaban; cuando, abrumada por el tiempo transcurrido, sin haber podido siquiera cruzar una palabra con alguien, veía que el día empezaba a declinar y que le esperaba otra larga noche de insomnio con las mismas imágenes atormentándola. Era una manera de correr, de cerrar puertas al miedo y defenderse. Se ponía el abrigo de cualquier forma y se dejaba llevar por el arrebato, arrastrada por una voluntad que parecía ajena.
Recordaba con entera claridad el día en que, después de mirar por mucho rato la extensión de miseria que la rodeaba, había comprendido. Estaba en el filo de la montaña, luego de subir atravesando montones de tugurios, apoyada en un bordón de palo para no resbalar en aquellas calles llenas de barro rojo. Era inútil, los brazos no alcanzaban; por más recolectas, por más acción comunal, por más trabajo proselitista, por más mítines en los que se empeñaran, no había nada qué hacer. Se había sentado en el suelo derrotada, sin saber muy bien qué determinación tomar; por lo pronto quería hablar con Luis, contarle lo que ahora entendía con tanto dolor. Bajó la loma sintiendo que abandonaba definitivamente algo que hasta entonces había sido su vida. Con Luis había luchado incansable. Nunca se imaginaron que fueran importantes; el liderazgo sólo los enardecía porque se sentían útiles, porque creían que la vida tenía por fin una dirección y un sentido.
Luis tenía veinticuatro años, había terminado derecho, laboraba medio tiempo y el otro medio lo dedicaba a la causa; así llamaban todos las tareas sociales y políticas a las que se dedicaban. Por la causa trabajaban hasta tarde, por la causa escondían papeles y revistas, por la causa eran, más que hermanos, amigos, cómplices y compañeros. Ese día había ido sola al barrio Popular, él mientras tanto estaba en la universidad, en una reunión en donde planeaban qué lineamientos tendría la próxima asamblea. Pocas cuadras antes de llegar a la casa, de regreso de la reunión, lo mataron. Y después, también a ella intentaron asesinarla; los padres, fuera de sí, apenas le dieron tiempo de empacar; como locos, la hicieron subir en el primer vuelo que consiguieron, hacia el primer lugar en donde alguien, algún amigo lejano, un extraño para ella, se había ofrecido a contactar un instituto en dónde pudiera estudiar, pretexto válido para justificar la visa.
Necesitaba olvidar a todo trance el terror de la huida y la soledad; el cuartucho oscuro y las comidas frías preparadas con desgano, de cualquier manera; y por sobre todo eso, el silencio, eso de no existir para nadie, de no poder hablar con nadie; y como si fuera poco, la ausencia de aquél a quien quería y también había tenido que dejar. Era cierto que a veces la llamaba, que siempre le decía que estaba haciendo hasta lo imposible por ir a buscarla y que le repetía que la extrañaba, pero la voz se oía lejana y la realidad estaba aquí, lejos de todo lo que le era querido, en medio del frío y del desconsuelo.
Iba a buscar a un hombre, cualquiera, no importaba cómo se llamara, ni quién pudiera ser; tampoco importaba si no podía hablarle; no era necesario hablar, sólo atraerlo con la mirada. Iba a sentir otra piel, y la tibieza, y a hundirse en el deseo oscuro, y a olvidar. Sería mucho poder ahogar el llanto y volverlo respiración entrecortada, urgencia física, mentira. Buscaba a un hombre que oliera a hombre, que se lo recordara a él, al querido, al abandonado, y al mismo tiempo se lo borrara; buscaba su propia sombra, desgarrada en la huida, y su pertenencia, ésa que ya no tenía asidero posible. Era su sombra, no ella, la que la arrastraba al parque y la volvía invitadora.
Estaba tan distraída pensando en todo esto que no vio al hombre que, al parecer, la miraba desde hacía rato. Al verlo, algo tibio se encendió en ella y un escalofrío le recorrió las piernas. Lo miró fijo, con una mezcla de miedo, esperanza y placer, y le sonrió. Él se acercó, se sentó en la banca del frente, y sin dejar de mirarla, se pasó la lengua por los labios, procaz. Ella sintió de nuevo el escalofrío y a la vez una tristeza muy remota; le sostuvo la mirada y cruzó las piernas, insinuante. El hombre caminó hacia ella. Ella en una banca del parque, el parque en una ciudad extraña, la ciudad en un país del norte.

 

 

Emma Lucía Ardila (Colombia).
Finalista en el Concurso Nacional de Novela, Cuento y Poesía de la Universidad de Antioquia en el año 1996. Ha publicado dos novelas: Sed y Los días ajenos.


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