Memoria

Miguel Ángel Rodrigo Jiménez



Un plato del color del caramelo. La sopa caliente. Aroma con disfraz de caldo de verduras. Y soñando hacia el techo la utopía, un humo débil. Hilera sinuosa, hechizante. Diluida su danza en el ascenso. Porque ser humo es ser nada. Escapan del caramelo la hilera que sueña y el aroma que se disfraza. Es la sopa caliente una sopa blanca; del color del hielo. Es suave. Es sosa. Flotan pistones y estrellitas que tú y la cuchara andáis mareando. La habitación y la estufa de butano y tú. Yo también. Al menos hoy, yo también. La estufa y su calor y tú y yo y nuestros alientos. El cristal de la ventana perlado de nuestra condensación. Fuera no nieva. Ni llueve. No es gris este día ni es blanco ni es negro. Tampoco es del color del caramelo. Ni de ninguno. Sólo es un día. Hoy es cualquier día.
—"No sé si te lo he contado alguna vez", me cuentas, "hasta los quince años estuve convencido de poder recordar mi vida entera. Cada detalle de cada día. Cada minuto. Entonces recordar era sencillo", dices. Y miras la sopa.
—Fue Sonia quien me hizo caer en la cuenta. Hablábamos de los veranos. De que ir al pueblo ya no se llevaba. De que ninguno de los dos había ido nunca de vacaciones a un pueblo. Es curioso, ¿verdad?, sobre todo teniendo en cuenta que nuestros padres sí. Imagínate lo hartos que debieron terminar de fiestas, de pandillas y de orquestas, que no regresaron ni para borrar las huellas. Por eso fue que nunca fuimos. En cambio, y a cambio, cada año nos perdía­mos en algún lugar desconocido. Íbamos acumulando rincones del mundo en la mochila. Viajé mucho de crío. También Sonia. Debo reconocer que hubiese preferido otro tipo de vacaciones. Y es que éramos demasiado niños y los niños están poco hechos a las esencias que aguardan al viajero. De niño, uno no comprende el valor de la distancia porque no ha aprendido todavía a añadir el peso específico que cobra un lugar cuando está lejos. Sí, pienso que fue un despilfarro cognitivo. Un prematuro exceso empírico. En realidad, nos daba igual la Plaza Roja que Port Aventura, el Gran Bazar que La I´lla Diagonal. Tampoco la solera histórica de los enclaves nos impor­taba un pimiento; tardé años en comprender el embrujo que había ejercido sobre mis padres aquella pirámide de cinco mil años que más tarde supe o atendí o quise atender era la tumba de un faraón egipcio llamado Keops —terminas casi sin aliento y tomas aire, y me da la sensación de que te vas a lamentar por algo—: Ay, el pueblo. —Te lamentas. Y suspiras—. Hubiera querido tener uno al que ir. Del pueblo (de los pueblos —matizas—) sólo sabíamos lo que explicaban cada septiembre aquéllos que conservaban allí la casa y aquí la costumbre. Sonia y yo escuchábamos con avidez sus castizas aventuras y admirábamos aquellos bronceados tan estupen­dos. Sanos. Casuales. Categóricos y genuinos. Correlativos al lugar y a la época, como los tonos amarillos son al otoño de montaña. Y así, cada septiembre, tras nuestros viajes respectivos, volvíamos a envidiar el cómo, sencillo y fascinante de los veranos de pueblo.
De piscina con toboganes y ríos limpios; de bicicletas para to­dos y patines sin rodilleras; de amistades profundas y protoamores previos a los amores primeros. Los padres de Sonia no eran mis padres, te lo aclaro —me aclaras— por si me he estado explicando mal —y asiento mientras pienso que en realidad no te has explica­do mal; tampoco esta vez, pienso. Y retomas: Pues eso, que rara vez coincidimos en el destino de nuestros viajes. Recuerdo el verano que nosotros pasamos en Noruega. Los padres de Sonia la habían llevado a Japón. Qué envidia llegué a sentir. Japón me fascinaba. Estaba deseando regresar del frío nórdico para encontrarme con ella y vivir su viaje a través de cada detalle que pudiera hacerle evocar. Y grabármelo a fuego. Claro que por aquel entonces mi idea de Japón y la mística que había construido a su alrededor eran consecuencia directa de aquella costumbre invariable que llegó a ser ver el Goku. Cada tarde después del colegio. —Te detienes y me miras con los ojos muy abiertos. —Vale, ya lo pillo, no hace falta que pongas esa cara —dices mientras tomo conciencia de ella, de mi cara, de su expresión. La examino y compruebo que es normal. Y pienso que me preparas algo. Una broma, tal vez. A ti eso del Goku te suena a chino. Pero es japonés —te ríes y toses y te ahogas y me río yo también sin ahogarme ni toser—. Yo te explico, escucha con atención: hace mucho, mucho tiempo —tu voz es solemne—, en una época misteriosa de la cual nadie ha visto ni oído hablar, en una montaña a kilómetros y kilómetros de la ciudad, vivía un niño completamente solo con la madre naturaleza como única compañía. Me acuerdo bien de cómo empezaba —dices. Pareces estar de buen humor ahora. Los recuerdos son caprichosos, pienso. La memoria una malcriada, maldigo. Y me explicas que el niño se llamaba Goku y que su pelo parecía la copa de una palmera. Me hablas de grandes maestros en artes marciales y de unas bolas mágicas que concentran el poder de conceder cualquier deseo. Querría encontrarlas. Pedirles que vuelvas.
La cuchara llena. Trémula. La acercas a tus labios. Temblones. Bajas la mirada y la fijas en ella. Un océano completa su concavidad. Inoxidable el fondo. Aséptico. Estéril. Un golpe de pulso rompe la tensión de la tensión superficial. Gotas de caldo se arrojan al vacío lleno de sopa que hay en el plato. Cae un pistón y vuela una estre­lla y entonces estalla todo en un géiser de color blanco que huele a verduras. Tu apetito hecho de hielo. Bajas la cuchara de nuevo y la apoyas en el vidrio barato que es del color del caramelo. Me sigues contando: Que fue Sonia quien te hizo caer en la cuenta. Que hablabais de los veranos; de que ir al pueblo ya no se llevaba, me cuentas que hablabais. Y te escucho. Y te quiero.
—Y una tarde —prosigues tras haber dado toda la vuelta—, Sonia me preguntó: ¿Te acuerdas de lo bien que lo pasamos aquel verano en Lyon con André? Recordaba que habíamos coincidido en Lyon un par de años atrás. Sonia y sus padres y los míos y yo. Pero el tal André no tenía cajón alguno asignado en el archivador de mi memoria. ¿André?, inquirí. No. Fue terrorífico. No lo recordaba en absoluto. Sonia me enseñó unas fotos donde se nos veía a los tres juntos bañándonos en la piscina del hotel. Qué bonito era aquel hotel, por cierto. Guardé silencio. Aquellas fotos fueron un batacazo. No lo recordaba todo de mi vida, como hasta entonces había creí­do. No cada detalle de cada día. No cada minuto. ¿Qué otras cosas habrían escapado ya del baúl de los recuerdos? —te miro y no digo nada. Tengo la respuesta pero no te gustaría. Resoplas y continúas.
—Al cabo de pocos días recordé a André. Vagamente al principio y con claridad después. Se lió en Lyon con Sonia. Aquel mismo verano. El único verano en Lyon. Ella y yo teníamos trece años y él tenía ya quince. Yo era muy niño y un niño parecía. Sonia era muy niña pero lo parecía menos. André tenía quince años y una voz más grave que la mía y se afeitaba y hablaba francés. Joder. Y sucedió la última noche. Después de haber bailado y reído y poco a poco haber comprendido que tres son multitud, me fui a no dormir a mi habitación mientras ellos no dormían en el vestuario de la pis­cina. Éramos unos niños pero no lo éramos tanto. Sucede cuando la vida despierta y se deja de dormir o ya se duerme menos, a deshoras. Vaya —suspiras—, reprimí ese recuerdo después del viaje. Qué te parece.
—¿Que si me gustaba Sonia? —preguntas, como si te lo hu­biera preguntado yo. A los trece te gusta lo lejano y desconocido. Sin remisión. Lo idealizas volviéndolo imposible. Y cuanto más imposible lo vuelves, más te gusta. Más lo deseas. Como Japón. Como también Sonia. Luego, el paso del tiempo cambia algunas cosas. La intensidad de las percepciones se ajusta a preferencias nuevas. Por ejemplo, Japón me gustó cuando lo visité, pero hoy elegiría vivir en Noruega, tocan muchos más metros cuadrados por habitante. —Ahora tus pupilas se dilatan—. A Sonia, sin embargo, no la he olvidado.
Se esfuma el humo y llega el turrón. Blando el de Alicante y duro el de Jijona, pugnan ambos por escasear en un plato del color del hielo. El mismo color tiene la sopa que no te has tomado. Y también del hielo toma el frío ahora. Entonces, sopa y cuchara y frío se alejan en un platillo volador del color del caramelo. Y tú que lo observas querrías también escapar, pero no sabes de qué.
—En cambio, creo que Sonia me olvidó enseguida. Qué coño —protestas, carraspeas. Pues claro que me olvidó, le faltó tiempo. La última vez que nos vimos teníamos veinte años. Un desastre absoluto. No habíamos hablado desde los diecisiete. Estaba pre­ciosa. Yo idiota. No supe qué decirle. Ella me explicaba lo suyo y me preguntaba por lo mío. Fue muy dulce, eso sí. Pero percibí que su zalamería era fingida o estudiada. Hecha a medida para zanjar con solvencia aquel reencuentro inoportuno. Pesado. ¿En­tiendes? —Te detienes. Me miras y esperas respuesta. Empatizo y te digo que claro, que lo entiendo. Asientes como si ahora ya pudieras continuar. Y, con seguridad, continúas—: Así que sólo pude sostener en el tiempo mi cara de idiota y contestar idioteces intemporales: que si sí, que si no, que si bueno, que si vale. Y no permitir que ella descubriese que yo había descubierto su prisa, su compromiso conmigo. Qué ridículo. Son curiosas las palabras, ¿no te parece?, pueden llegar a cobrar significados bien distintos. "Su compromiso conmigo" —repites con un susurro que es elegía sin métrica ni rima, pero que sí llora. Y qué será eso que llora, me pregunto—. La esperaban. Algún otro André que me pasaba por delante. ¿Sabes qué hice después? —te miento y te digo que no y me intereso. Tú esperas. Te significas. Y me lo cuentas—: Me monté en el coche y me fundí dos depósitos de gasolina hasta Lyon. Conduje escuchando todo el tiempo a Jamiroquai. Sí, ya lo sé, tu opinión de Jamiroquai es equivalente a la que yo tenía de Estrellita Castro a tu edad. Pero es que era tan funky —dices y te arrancas a cantar el bajo de Cosmic Girl.
Te observo y me pregunto si llega un momento en que sólo somos memoria. Y concluyo que sí. Que ni más ni menos. Y mirándote mirar lo duro que parece el turrón de Jijona, tengo la certeza de que, cuando la perdemos, termina lo que hemos sido aunque vivamos otras vidas en ficciones febriles. Enfermas. Por eso me hace tanto daño saber que Sonia no existe ni ha existido y que nunca has ido más allá de los Pirineos. Que ni siquiera tenías carnet de conducir a los veinte y que has confundido desde siempre China con Japón. No sabes cuánto me duele decirte que sí mil veces mientras mil veces más te escucho con atención aparente y el alma rota. Me duelen cada día tus días cualquiera de sopa sin sal y turrón sin azúcar. Dependes de mí para existir. Para ser memoria. Porque cuando yo desaparezca y no quede nadie que sepa quién fuiste, ya no serás nada. Serás humo. Cómo decirte hoy que para mí lo has sido todo. Piensas en algo ahora. Tal vez en lo blando que parece el turrón de Alicante. Entonces te beso. Y te dejo en la mesita un paquete lleno de vacío con algo que es mi regalo. Y te digo que te quiero. Y que feliz navidad, papá.
Desde el umbral de la puerta te oigo hablar.
—"No sé si te lo he contado alguna vez", —cuentas a nadie, hasta los quince años estuve convencido de poder recordar mi vida en­tera. Cada detalle de cada día. Cada minuto. Entonces recordar era sencillo—, dices. Y miras nada.

Miguel Ángel Rodrigo Jiménez
Nació en Barcelona unos días después de que 1976 estrenara primavera. Sabe que fue hacia las doce del mediodía. Le gusta pensar que hacía sol. Pronunció sus primeras palabras en estilo indirecto libre. Desde entonces, en su voz se funden (y confunden) autor y personaje. Entre ambas conciencias, se le puede encon­trar leyendo alumbrado por una lamparita de led. A veces, las menos, piensa en historias qué contar. Otras, las más, se empeña en escribirlas.


…Escribir, para mí es una manera de entender. Escribien­do comprendo. A veces tengo la sensación de que escribo por simple curiosidad intensa. Es que, al escribir yo me doy las más inesperadas sorpresas. Es en la hora de es­cribir que muchas veces me vuelvo consciente de cosas que no sabía que sabía.

Clarice Lispector

www.odradekelcuento.com

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