Abrázame fuerte


David Betancourt


Lo más importante que ocurre es nada, como cuando el perro no ladra.
Sherlock Holmes

Mientras el agua cae sobre tu cuerpo y las manos como pulpos caminan sobre él, piensas en lo que pudo ocurrir hace cinco minutos en el baño. Mariana afeitándose sus partes más íntimas como lo hace siempre antes de hacerte el amor, acariciándose, imaginando; poniéndose los calzoncitos más diminutos y atractivos que tiene, los brasieres que le levantan el ánimo; peinándose su cabello para que luzca hermoso en la fiesta de la noche, para que todos los ojos la persigan… Te secas, te afeitas, sales. En el reflejo del espejo ves a Mariana más linda que nunca; te mira vestirte: agarras los primeros calzoncillos que encuentras en el clóset, un pantalón cualquiera, una camisa, las medias de ayer, los zapatos… Piensas que tu decisión no fue la más adecuada: ¿por qué decirle a Mariana que fuera tranquila a la fiesta de sus amigos, los físicos, esos aburridos que hablan mal de ti por tu antipatía, que le regalaron versos y serenatas para enamorarla cuando fue estudiante y no te conocía? Lleva más de una hora arreglándose, se pone el mejor vestido que tiene, ése que deja ver la belleza de sus piernas, se echa casi toda la fragancia, se mira al espejo, se vuelve a mirar y se sonríen, la halaga; se siente la más bella de las mujeres. Está feliz. Estás celoso. Mientras buscas no sé qué en el cajón de la pieza, te imaginas lo divertida que estará la fiesta de los físicos: Mariana Fernanda hablando, bailando, gritando, cantando toda la noche, sin vos al lado que la cuide de tanto príncipe azul borracho que se acerca para dañar noviazgos, matrimonios que durarían toda la vida. Te vas para tu fiesta y, aunque la angustia no deja de mortificarte, te tranquiliza un poco saber que en unas cuantas horas Mariana estará desnuda en la cama abrazándote como siempre y diciéndote al oído que te amaba antes de conocerte; te tranquiliza, también, saber que en la noche de mañana estarán fuera del país cumpliendo el sueño de siempre, lejos de físicos, versos, serenatas y príncipes azules que atenten contra tu felicidad, que alboroten tus celos.
Las plumillas empujan las goticas que chocan contra el vidrio del taxi. Te imaginas que son hombrecitos diminutos que caen del cielo y son expulsados sin ninguna consideración. A Mariana le parece extraño que pienses cosas así, no que pienses sino que te las creas; y que cada vez que llueve las repitas hasta el cansancio; pero se ríe de tus tonterías. A veces, cuando está cansada o de mal genio, te hace callar, pero vos seguís imaginando y creyéndotelas, contándolos, compadeciéndolos. Desempañas el vidrio de la ventanilla con tu mano y miras el anillo dorado que te delata, piensas en quitártelo. Le repites la dirección. Estamos cerca, te dice, te mira por el espejo. Mariana te ha dicho muchas veces que necesita libertad, que la monotonía muerde, que sabe de matrimonios acabados por las cadenas y la maldita repetición. Piensas en eso y en si Mariana Fernanda tendrá el anillo puesto, si hablará de vos en su fiesta, si te negará, si te será infiel, si se acordará de vos en la noche… Pagas. Piensas. Te dispersas especulando en cómo los hombrecitos mojarán tu cabeza, tu camisa al bajarte del taxi.
En la mañana tenía la felicidad adentro. Te llevó el desayuno a la cama, te llenó de besos, de palabras bonitas. Vos le respondiste con indiferencia. Piensas, con la inseguridad pendulando en tu cabeza, que tanta atención y cariño es síntoma de que algo malo hará: mientras hablas con tus amigos del viaje de mañana a Francia, del nuevo disco de Pedro Guerra, de la rabia que le tienes a Cervantes por haber matado al Quijote, de las locuras de Charly en su gira por Suramérica, de tus cuentos… Mariana Fernanda Bastos Bastos tendrá los ojos cerrados, la boca muy despierta, la lengua, las manos, las ganas; que te engañará. Piensas, inventas, cavilas, te atormentas… Ella, en la mañana, sabiendo de tu inseguridad, de la creatividad de tu mente, de tus películas que en nada te favorecen, quiso, como pudo, demostrarte lo que le importas; te tiró con el cojín que colocas debajo de las rodillas para dormir y se rió como loca, te tocó la cara jugándote y te cantó al oído un pedacito de "El marido de la peluquera", como para que no se te olvidara jamás: "Y abrázame fuerte que no pueda respirar, tengo miedo de que un día ya no quiera bailar conmigo nunca más", y salió corriendo a subirle todo el volumen a la grabadora para que soltaras aunque fuera una risa, para que cantaras con ella.
Te bajas. Te organizas las cejas con un poco de saliva y, antes de timbrar, piensas en llamar a Mariana que en este preciso momento camina ligero hasta la estación del tren. No la llamas, tu orgullo no te deja, no quieres mostrarte débil, ella seguro te llamará más tarde. ¿Y si no? Timbras. Tavo te ve desde el balcón y te grita algo que no entiendes, una mujer muy bella se ve allí arriba, no la conoces. En el vagón un muchacho le cede el puesto a tu Mariana. Ya es tarde, las mujeres siempre se retrasan, siempre les falta un poco de labial o maquillaje, siempre hay que esperarlas, nunca están como quieren; se deben estar preguntando por ella, no demoran en llamarla para preguntarle dónde vas Mariana, te estamos esperando. Se baja del tren y los ojos de los hombres como manos intentan meterse entre su vestido, entre sus piernas. Piensa en vos y te imagina pegado de una botella de aguardiente para acostar la timidez que te hace parecer antipático, supone que ya estás cantando canciones de los Rollings, The Doors, The Cure; hablando como todo un experto de los libros que algún día leíste, o nunca, pero que sabes de lo que tratan, y todos boquiabiertos de respeto por vos; predicando por qué no existe Dios y afirmando que si existe es su problema… y recitando el poema que nunca falta cuando tienes alcohol en la cabeza, el que ella te enseñó y repite mientras camina al lugar donde impacientes la esperan:

"Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: ésta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso.
Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense".

Ya está cerca. Se ríe de lo que piensa y te olvida contando los pasos, jugando a no pisar las líneas de las baldosas, a recitar el poema sin que nadie la vea abrir la boca como hablando sola:
¡Es hora de embriagarse!
Para no ser esclavos martirizados del Tiempo,
¡embriáguense, embriáguense sin cesar!
De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.
La muchacha que viste en el balcón te ganó la lucha de miradas y eso merece otro aguardiente, ahora después de otros tantos será distinto, piensas. El licor te vuelve inmune a la crítica, al dolor y a la pena de las cachetadas, te suelta la lengua, te pone gracioso e interesante, además cumple el papel del salón de belleza, del cirujano plástico. Te parece hermosa como antes Mariana, como siempre Mariana para los demás, y piensas nuevamente en quitarte el anillo (ya hay motivos); con este tipo de mujeres estorba, aprieta. La miras disimuladamente, desde el frente, por los espacios que dejan los que bailan en mitad de los dos, y llaman tu atención los collares hippies que abundan en su cuello, el escote de su camisa, los anillos de plástico, su pelo abundante, las manillas por docenas en sus muñecas, las gafas culo de botella… "Ésa es la Joplin moderna", piensas, "la Janis Lyn Joplin de la noche, de la mía".
Mariana camina ligero, está a unos pasos de la casa en fiesta. La música que se sale por las ventanas, por cada orificio de la casa, se mete en sus oídos, en su cerebro, le bailan los pies y olvida el juego de las líneas, el poema, que existes, y se llena de felicidad. Toca la puerta. Piensas en acercártele a la Joplin con un trago y brindar por el amor a primera vista, por el aguardiente, por sus ojos grandes, sus dientes blancos…, decirle lo muy atractiva que es para tus ojos, que no has dejado de mirarla en lo que va de la noche, que te produce curiosidad o algo así; pero dudas. Te tomas un trago y otro y otro más. A Mariana la abraza uno y otro y otra, a todos los contenta su presencia, incluso a los que no la conocen. Se toma un vino gigante que le arrebata una risa, le produce libertad. Los escucha a todos a la vez, no entiende nada pero asiente, por eso la quieren tanto; por eso la buscan, por reírse siempre, decirle a todo que sí, escuchar, callar, no contradecir, regalar risas, besos, abrazos… Se toma un vino más, rápido, como apostando carreras. Unos ojos verdes, desconocidos y como esmeraldas, la miran, y eso le gusta; a qué mujer no le agrada que la miren y la deseen, que le valoren las horas de pinturas y polvos frente al espejo, que la repasen mientras se hace la que no se entera, la que nada sabe. Después de un buen rato Mariana Fernanda Bastos Bastos lo mira y ríe, como hace un instante, luego de tus coqueteos a distancia, la Joplin a vos. Así sucede siempre: las mujeres saben que tienen el poder sobre los hombres, que con una mirada insignificante ya están ahí, a sus pies; por eso siguen la fórmula infalible: indiferencia, más indiferencia, una sonrisa, una mirada, una risa cómplice y, luego de sacar provecho, adiós. Pero ay de ellas cuando se enamoran; Mariana, por ejemplo, dejó su especialización para que tuvieras tu comida lista al llegar del trabajo, para que no pensaras que te engañaba con los profesores y amigos, para que el piso brillara y las sábanas olieran a nuevo… A Mariana se le olvidó qué son los amigos y las fiestas, no sabe qué es la calle ni la diversión ni sentarse con una amiga en un centro comercial a conversar un helado o a mirar vitrinas, por eso, porque no soportó el encierro, está allí, en la fiesta que se merecía, en la fiesta donde unos ojos verdes la persiguen, la intimidan y la hacen tomar vino muy seguido.
La Joplin te parece ahora un poco más hermosa; pero bien sabes que todas las mujeres son hermosas después de ocho años viendo a Mariana levantarse todos los días con la cara llena de crema blanca, verde, gris para evitar los barros de la juventud y las arrugas o, antes de acostarse, con pepinos en la frente y los cachetes como una ensalada; y piensas en lo que podría pensar Mariana si te quitaras ese anillo, en lo que haría, en la decepción que le causarías. Miras a la muchacha y te lo quitas. Piensas. Te lo pones. Te le acercas.
Las primeras veces hay muchas cosas nuevas por contar, suficientes palabras certeras para enamorar. Te puedes quedar toda la noche hablando de lo bonito de unos ojos, de la atracción que te causa, de la curiosidad que te produce, diciéndole todo lo que quiere escuchar… Hablarle de su música, su cine, su cuerpo, su vida, sus gustos, preguntarle todo lo que quiera responder, necesite gritar, contar… Sí, las primeras veces todo es más fácil, todo deslumbra, pero luego se mueren las palabras, como ahora sucede con Mariana, se gastan, no suenan igual, no dicen lo mismo así sean las mismas. Ahora, en este preciso momento, sólo basta que a la Joplin le gusten tus ojos o tu boca, y que la suban al cielo tus palabras para que se te arregle la noche. Le ríes. Piensas en Mariana Fernanda Bastos Bastos que no te ha llamado, e imaginas que se porta mal en su fiesta; tu imaginación te da las fuerzas necesarias para sentarte al lado de esa muchacha que te gusta. Le hablas y ya sabes que es muy amable y que de cerquita se ve más linda todavía, que no tiene novio, sabes su nombre y que no lo tienes que recordar nunca más; le encantó que la compararas con Janis Joplin, tomó ese asunto en serio y como un piropo. Te dijo que odia el fútbol y vos tuviste que decir lo mismo, que te parece aburrido. Le endulzaste el oído y eso le agrada, le gusta mucho y quiere saber de vos:
—¿Qué haces?
La pregunta te obliga a contarle que pasas el tiempo en una oficina leyendo cuanta basura te entregan para que pongas los puntos donde deben ir y las comas y las tildes, buscando errores en esas hojas para justificar tu miserable sueldo.
Preguntas y más preguntas. Le mientes, le mientes cuantas veces puedes y sales bien librado. No te importa mentir porque lo único que quieres es lograr tu cometido, ¿qué importa luego que sepa la verdad de las cosas si no la amas, si no te interesa, si ahí está Mariana, si pronto estarás en un avión lejos del país?
—Y… ¿Tienes compañera?
Te quedas callado unos segundos porque sabes lo que significa negar a la mujer de tu vida. Piensas en lo que respondería Mariana Fernanda a esa pregunta en este instante al otro lado de la ciudad, y eso te tortura. Te esculca con los ojos de arriba abajo mientras juega con los collares; le miras los pechos con disimulo, la ropa interior que se asoma por el bluyín cuando se agacha a coger el trago del piso, la cintura y las piernas y los pechos nuevamente antes de responder. Quedas impávido.
—Sí —contestas suavemente como sin querer y coges impulso para enmendar lo que crees fue un error justificable—, pero vamos muy mal, en las últimas. Podría cambiarla, sin duda, por… por…
Sabes que no hay necesidad de completar la frase, todo es intencional. Ella sabe por quién podrías cambiarla, cualquiera lo sabría, sin duda.
—¿Cómo se llama?
Notas algo de interés en sus preguntas. Sabes que en unos minutos te obligará a dejar a Mariana a cambio de un beso, de su cuerpo quizá, pero eso no te preocupa; por esta noche Mariana no existe, así ella lo quiso, te dices.
—Mariana
Mariana, Mariana, Mariana… Siempre te gustó ese nombre, sonoro como el mar de Mariana, aunque común como ver el sol; nombre que no luce a mujer fea, sólo a las Marianas. La Joplin te pide que la esperes que va al baño, seguro a maquillarse, a arreglarse el pelo, a ponerse linda para vos. La miras por detrás y ahora te gusta más que cuando estaba sentada, las nalgas ayudan mucho. Sigues tomando sin parar, como bien lo supone Mariana; estás en tu mundo y no te imaginas que a Mariana Fernanda, en este preciso momento, la hurgan unos ojos verdes y la pretenden unos labios y una boca que no para de hablar, de preguntarle.
—¿Mariana? ¿Mariana qué? Me encanta ese nombre, aunque un poco menos que la dueña.
—Mariana, a secas, solita.
Mariana, a secas, se deja esculcar la vida, no le importa. Le cuenta que tiene algo más de veinte años de respirar y que desde que se conoce le gusta cómo canta Gardel y cómo suena el bandoneón; cómo se endemonia Richy con su piano, cómo siente lo que canta Guerra…; que ama la poesía, ir al cine y al teatro y, de vez en cuando, por qué no, ver Sábados Felices y jugar Pacman en el computador...; que es un placer conocerlo, que se parece a alguien pero que no sabe a quién, a un ex novio tal vez, que con quién vino, que sí, realmente son muy verdes. Que la física es aburrida, pero que da la plata que no dan las letras, que esos ojos tan verdes, que si son de verdad, que un brindis por ese vino tinto seco tan rico, por la vida, por la música, por la fila del baño cuando una está que se orina, por este cigarrillo que sabe a gloria, por la nicotina que quiebra el bolsillo de cualquiera, por la lora de Mariana que no para de hablar, que se muere de frío y está que se orina… El muchacho se quita el buzo disimuladamente para que nadie lo vea ser caballero, para que no se burlen de él. Se lo entrega y Mariana se lo pone sin dudar.
—Ya vuelvo, es que estoy que…
—Te espero, pero no se te olvide que sos muy bonita, la más linda de la fiesta, del mundo —le dice, y aunque a Mariana le suena exagerado y cursi, le sonríe y le mata el ojo como acostumbra hacerlo con todos. Él se ilusiona.
Mientras la Joplin baila con Tavo, te imaginas que Mariana Fernanda Bastos Bastos está desquitándose del encierro en un baño o en una pieza cualquiera con un hombre cualquiera; construyes la escena y te dan ganas de llamarla para decirle lo que se merece, para que reconozca su deslealtad, para que te diga de una vez por todas que le gusta ése que te imaginas, que ya no siente nada por vos y que la está pasando muy bien, como antes nunca… Te torturas creyéndote lo que la imaginación te dice, maldices a Mariana Fernanda y la odias, inventas hombres. Los dibujas grandes, blancos, de ojos claros… como galanes de cine, irresistibles: es que los celos hacen que uno vea a sus rivales gigantescos. Estás decidido a llevarte de la fiesta a la Joplin, quieres hacer con ella lo mismo que Mariana Fernanda está haciendo en este mismo momento, toda la noche, con ése de tu cabeza.
—¿Me demoré mucho? Es que esa canción dura toda una vida, queda una sin ganas de moverse.
—No te puedes quedar sin ganas, me quiero mover con vos toda la noche —le dices en código para que imagine, descifre el acertijo.
—Me gusta el plan. Y… ¿dónde vives?
Le respondes que en la luna para sacarle una sonrisa, se ríe, pero a esta hora, luego de tantas copas y piropos sobran los rodeos. Quieres que sepa de una vez por todas que lo que deseas, en verdad, no es su alma, es su piel.
—Y… ¿en la luna hay cama para dos?
—Sí, hoy la tengo reservada solo para mí y mi acompañante, para nadie más, pero tiene que ser ya, antes de que la ocupen los intrusos. ¿Vamos?
—¿Y Mariana?
—…
—¿Y Mariana?
Mariana no para de hablar con el hombre que la ha subido al cielo toda la noche, no le cabe la felicidad en el cuerpo. Ahora está en el patio de atrás, donde la luna ilumina los dos ojos verdes que encantan, donde el vino tinto seco sabe exquisito por el frío, y el silencio y la soledad, combinados con todo, despiertan las hormonas, abrigada por el buzo que huele a hombre, y un par de brazos fuertes que le gustan. ¿Mariana? Mariana está escuchando palabras que no recriminan ni lastiman ni castigan ni prohíben ni cohíben…
—¿Y Mariana? —insiste.
Piensas, antes de responder, que seguro no está en casa, ya te hubiera llamado para decirte que te espera debajo de las cobijas; piensas que seguro estará ya en la luna viendo estrellas sin vos pasar tan siquiera un segundo por su cabeza. Miras a la Joplin y ahora sí que está más hermosa que nunca, provocativa; la recorres toda con la mirada, la desnudas, imaginas, imaginas, sabes que es tuya. Pero en la casa no, te dices.
—Mariana nada. Ella no importa, importás vos. Vamos ya, me muero de ganas —le dices mientras ella te mira queriéndote, deseándote, desnudándote, comiéndote. Mete su mano por dentro de tu camisa para excitarte y eso te gusta, te impacienta.
—Me despido y salgo. Te espero en la esquina en cinco minutos.
La Joplin no quiere que las lenguas se alboroten como ríos, es discreta; le gustas y no le importa acostarse con el muchacho del anillo dorado que la acompañó en la noche, que le dijo lo que quería escuchar. Mientras se despide de los que aún están despiertos te tomas otro aguardiente doble, sabes que todo está dado. Bebes como loco para dormir los pensamientos que tienes de Mariana Fernanda, para matar el remordimiento, el arrepentimiento, para tener fuerzas para la noche con la Joplin en la luna. Bebes por Mariana, uno tras otro, cada vaso, copa de licor que tienes a tu alcance, el piso se mueve, el sistema nervioso… Apagas el celular para que Mariana no dañe tus planes y, en el silencio de la noche, cantas en la mente el pedazo de "El marido de la peluquera" que se quedó metido en tu cabeza desde la mañana.
Mariana ahora está debajo de las sábanas. Al lado de la cama los calzoncitos, los brasieres, las medias, los zapatos, el vestido… El mundo le da vueltas y vueltas como un long play, pero se siente feliz y no se arrepiente. Vos, sentado en la piedra de la esquina, ahí, al lado de la tristeza, del desconsuelo, ves la salida del sol mientras haces una camiseta con la cajetilla de cigarrillos que te acabaste ahí sentado. Te coges el pelo y te sobas la barba que comienza a salirte, a fastidiarte. Maldices a la Joplin. Miras el cielo, te paras y te vas yendo: dejas la esperanza y te vas con la vergüenza, con las ganas. Le hablas a tu pequeña tragedia, la insultas…, pateas las piedras, te tiemblan las piernas, las manos. El taxi y tu cabeza rebotando contra la ventana. Llegas a casa y ves a Mariana Fernanda dormida, desnuda en la cama como siempre; la denigras por lo que pudo haber hecho en la fiesta; mañana le dirás lo que se merece, le recriminarás que no te haya llamado en toda la noche, le dirás mentirosa, desleal, la gritarás hasta que sus explicaciones te hagan feliz, te den un respiro… Te acuestas a su lado, te tranquiliza que esté ahí, te vuelve seguro, miras su cuerpo todo y ruegas a algún lugar que Mariana te haya sido fiel en su fiesta, que no te haya negado, que el anillo no se haya movido de ese dedo…, pues, piensas, vos no besaste a nadie, no hiciste nada, no tocaste nada, no fuiste a la luna y sería injusto, mucho, que ella te traicionara aunque sea con el pensamiento. Piensas en cómo sería un hijo de los dos, en el viaje de la noche, en lo linda que se ve a tu lado…
El buzo en el piso.

David Betancourt
Nació en Medellín en 1982. Periodista y estudiante de último semestre de Letras: Filología Hispánica. Ha publicado artículos, crónicas y cuentos en revistas y periódicos del país y del exterior. Ha sido ganador y finalista en concursos de cuento y crónica. Proximamente la Editorial Universidad de Antioquia publicará su libro de cuentos Buenos muchachos. En la actualidad adelanta su segundo libro de cuentos.


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