No metas a Dios en esto


Beatriz Villegas


Se acordó de Tito su compañero que le decía: “No metas a Dios en todo, Él está muy ocupado”, para replicarle su costumbre de exclamar ante la eventualidades ¡Oh Dios!, ¡Por Dios! Ahora que la tenía para él, solamente murmuraba : ¡Oh Dios!, ¡Por Dios, eres tan bella!
Tenía la boca seca, la respiración agitada, el pulso denotaba un corazón que pugnaba por salir saltando.
La miraba tendida en la mesa de disección del anfiteatro. Ocupaba la losa de mármol en su fría indiferencia, pálida y bella. La trajeron sus familiares diciendo que la habían encontrado en su cuarto después del sueño largo de la noche que se prolongó sospechosamente hasta el medio día. Nadie oyó nada, nadie vió nada y sólo quedaba un cuerpo hermoso y apacible en su silencio, recostado inalterable entre sus almohadones y sus mantas.
En la tarde ayudó a transportar el cuerpo de la muchacha de una mesa a otra, rozó su pezón izquierdo, duro y firme con la areola violeta. Su sexo lo supo y saltó entre los pantalones, los ojos, lelos en el pubis blanco con un lanugo dorado y escaso, en la hendidura anterior longitudinal rematada en un bulto antes carmesí ahora lívido, en los huesos de la pelvis como dos alas que invitaban al estrujo, en las piernas largas muy flacas, cerúleas, semiabiertas sin pudor pero sin malicia, rematadas en dos pies anchos, cuidados y virados hacia afuera como con desgano. No dejó de mirarla en toda la jornada, se movió diligente con su trabajo y sufrió de celos intensos al ver a su jefe, el patólogo, regodearse en la vista de su muchacha. La sentía suya desde los ojos entornados, la piel pálida del rostro, el cabello delgado revuelto y brillante. La hacía más bella la ausencia de cualquier daño externo, la visitó la muerte y quizá se enamoró del mismo modo que él, dejándola indemne, sin muecas, sin señales; respetó a la joven, él sintió celos de la muerte que la poseyó sin duda lentamente como él ahora deseaba hacerlo.
Quedaría para mañana la diligencia de la autopsia, el trabajo que aportaban los violentos no daba tregua y las órdenes perentorias de los jueces aplazaron el escrutinio de lo que pasó con esa mujer a la que la vida abandonó; el destino le ofrendó a él unas horas más para verla y soñar con sus pestañas negras y curvas, su cuello largo, el abdomen algo excavado como una canoa, a la que deseó subir y navegar con todo su cuerpo y su agonía.
Todos se despidieron fatigados de tanto muerto, tanta herida que desbrozaba los cuerpos y exterminaba muchos sueños. Su recinto de trabajo no era muy grande, pero allí cabían todos los días la infinidad del dolor, de la angustia y de la rabia; él ya tenía callo en el ánimo, su vida se nutría de la muerte inalterable en su designio feroz de canibalismo sin tregua. Mirar para el mesón número dos disipó su melancolía, lo hizo sentir vivo; el deseo ocupó su bajo vientre y la desazón acaparó su alma . Hizo el ademán de irse y la tentación lo llamó desnuda como aquella niña, pura en su mutismo, le invitó a tocar sus manos, a oler en su rostro ese aroma dulzón que ya reconocía en los recién idos; sin aliento, recorrió las costillas en un dialecto agitado de su lengua y sus labios, no tenía prisa, la poseía con lentitud, sin el desespero de quien se siente acosado por otro, no, esto era a su ritmo, la piel fría como una fuente que refrescaba su ardor, con delicadeza, sin impugnarle, dócil se dejó llevar hasta el regocijo del hombre que sentía que ahora el terreno era para el dolor que hacía saltar su pecho y expulsaba gemidos brutales. ¡Oh, Dios! ¡Por Dios, qué es esto!

Beatriz Villegas (Colombia)

Médico. Asistente al taller de Asmedas con Mario Escobar Velásquez y Luis Fernando Macías. Sus cuentos han sido publicados en la revista Agenda Cultural Universidad de Antioquia y Revista Asmedas y en los libros Antología del cuento, por Mario Escobar Velásquez, Historias de mi barrio (Alcaldía de Medellin), Autores Antioqueños, recopilado por el IDEA y en Memorias del taller de escritores de Asmedas. 


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