El flautista


Rodolfo J.M.


Le llamaban el flautista, aunque no tocaba la flauta ni ningún otro instrumento. Era un predicador que desde hacía varios meses había aparecido en las calles de la ciudad. Vestía una túnica color rojo brillante. Llevaba la canosa cabellera larga y suelta, y una barba cerrada que le engrosaba el rostro y cuyas puntas rozaban su pecho. Ahora nadie recuerda cuál era su nombre antes de que comenzaran a llamarle flautista, pero la mayoría coincide en que se llamaba Pablo. Sobre quién lo bautizó hay más controversia; se dice que fueron los medios de comunicación, otros afirma que fue la gente; también se dice que él mismo acuñó el sobrenombre, pero esto último es poco probable. En lo que todos estamos de acuerdo es en la razón del apodo, quizá porque resulta demasiado obvio y nadie se atreve a interpretarlo de diferente manera.
Se sabe que le gustaban los parques y las banquetas amplias del centro de la ciudad —donde además dormía—, porque en esos lugares podía reunirse mucha gente a escucharlo, y también porque había el espacio suficiente para desplegar los cinco carteles que le ayudaban a ilustrar sus sermones. Es un hecho que el flautista pintó aquellos carteles, usando plumones de colores y basándose en los dibujos de las revistas para adultos que solía encontrar en los baños públicos y los parques. Dibujó en cada cartel cuatro rectángulos, dentro de los cuales se mostraba a los personajes de su historia, cada uno de ellos con globos de diálogo sobre sus cabezas. Una vez montado su escenario, el flautista, haciendo bocina con las manos, y a gritos, invitaba a escuchar su sermón a todos los transeúntes. A los vecinos no les importaba mucho la presencia ni los gritos del flautista, lo veían como un personaje inofensivo que incrementaba el encanto turístico de la ciudad. A veces algún despistado se detenía para ver de qué trataba el sermón, incluso hubo quien le tomó alguna foto, pero nadie se quedaba a escucharlo.
Salvo los niños. Pero no los que iban de la mano de sus padres, no los que paseaban en grupos, uniformados y con mochilas en la espalda, sino los otros. Niños sucios, de ropas sucias y rotas, la mayoría descalzos; niños casi salvajes, llenos de piojos; niños solos; niños perfumados con orines y humedad. Al principio fueron sólo unos cuantos, que seguramente sintieron curiosidad por la túnica roja, los dibujos en los carteles, la melena y la barba. Y algo encontraron en las historias del flautista, en lo que irradiaba, en su voz, porque decidieron quedarse a vivir junto a él. Le acompañaban a todas partes, eran su público; y por las noches, a la hora de dormir, se acostaban a su alrededor, como protegiéndolo. Cuando fueron más de diez los seguidores del flautista, los vecinos se encargaron de echarlos de calles y parques del centro. Era molesto encontrarse con aquella visión al salir del trabajo y después de hacer las compras.
El flautista y su sequito abandonaron el centro de la ciudad y comenzaron así su peregrinaje por las colonias de la periferia. No era ningún idiota el flautista, estaba consciente de que su corte llamaba demasiado la atención, pero no hizo nada por evitarlo; al contrario: cada vez eran más. Las gentes hablaron sobre una pandilla de ladrones, sobre un vendedor de droga especializado en niños, sobre un pervertido que promovía la prostitución infantil entre turistas inescrupulosos. Los policías detuvieron algunas veces al flautista, pero no encontraron motivos para encerrar a un viejo vestido de rojo que contaba historias en la calle. El flautista no usaba drogas ni alcohol, no pedía dinero, y aunque su voz era grave y muy alta, era un hombre pacífico, de carácter amable. Los policías le hacían las preguntas de costumbre, lo registraban, pero debió resultar intimidante hacerlo mientras más de cincuenta niños les observaban en silencio. En cada ocasión los policías, temerosos y avergonzados, terminaron retirándose, amenazando con volver de nuevo, preguntándose qué era lo que habían sentido ante aquel hombre y sus fieles, por qué les tenía que haber sucedido a ellos, por qué no lo habían subido a la patrulla simplemente y llevado a la delegación, donde hubieran podido encerrarlo un par de noches por vagancia.
Se dice que eran cien los niños que seguían al flautista cuando se instalaron en el parque chino. Nadie lo sabe con exactitud; al igual que todo lo que hoy sabemos del flautista, nos basamos en los relatos de la gente, en las historias que cuentan los vecinos, ninguna demasiado precisa; fueran cien o cincuenta niños, de lo que sí estamos seguros es de que a partir de entonces no hubo más sermones. Suponemos que todo estaba previsto: el parque, el silencio, los niños, lo que sucedería después; pero quién podía imaginarlo.
El parque chino fue el lugar ideal para ellos, oscuro, abandonado; era además un parque hundido, como si se encontrara al fondo de un embudo, es decir que para llegar a sus veredas y zonas verdes había que bajar las escaleras que le bordeaban. Visto desde el cielo, el parque chino debía de parecer un hoyo rectangular, lleno de hierba, basura y ratas. Y en el centro de aquel hoyo, alrededor de la fuente seca, se hubiera podido observar al flautista y sus niños, como una mariposa rodeada de polillas.
Para entonces la fama del flautista ya había rebasado las calles. El primero en mostrar interés fue un reportero de periódico, joven, armado con grabadora y cámara digital, que se atrevió a internarse en el parque chino, platicar con el flautista y tomar algunas fotografías; a los dos días llegaron tres equipos de distintas televisoras. Fue la noticia de moda durante una semana. Y era curioso que ni el reportero ni las televisoras estuviesen interesados en la historia de ese hombre que les causara tanta gracia, el de largos cabellos y túnica roja, al que seguían los niños como a un “moderno santaclós”, según dijera un conductor de telediario. Uno de los entrevistadores tuvo la osadía de preguntar al flautista qué era lo que prometía a los niños que lo seguían tanto. El flautista dijo que ya no tenía caso hablar de ello, que las señales se habían cumplido y ahora sólo era cosa de esperar unos días. El entrevistador se puso un dedo en la sien e hizo el gesto universal de la locura, compartiendo la complicidad con su público, y enseguida le preguntó quién había diseñado esa túnica roja. A los niños no les preguntaron nada. Gastaron decenas de rollos fotográficos en ellos, y sorpresivamente dejaron constancia de que allí, en el parque chino, no había ninguna pandilla de asaltantes drogadictos, lo que había era una gran familia, muy extraña, pero cordial y unida.
Algunas personas que acostumbraban correr por las mañanas alrededor del parque dicen haber visto a los niños tomados de las manos, formando un amplio círculo alrededor de la fuente. El flautista se encontraba en el centro del círculo, su voz formaba extrañas melodías. Ese día en el cielo, como si la mano de un dios tenebroso estuviese por caer, las nubes formaron un remolino negro y se abrieron. Fue la tormenta más fuerte que viera la ciudad en toda su historia.
Llovió hasta que se hizo de noche. Las calles quedaron desiertas, oscuros ríos recorrieron el asfalto y se estancaron para reflejar un cielo estrellado, sin nubes ya. Una noche perfecta para hablar de fantasmas y decir, como por casualidad, que el tiempo pareciera haberse detenido.
Al día siguiente, o al siguiente, nadie está seguro, alguien notó que el flautista y los niños ya no estaban en el parque. Esa gente es así, diría ese alguien, van y vienen. Con las semanas fue evidente que habían desaparecido. Muertos por la lluvia, dijeron muchos. ¿Y los cuerpos?, preguntaron otros. Como es natural, pronto a nadie le importó y no volvió a tocarse el tema.
Hasta hace unos meses.
A media tarde, en todos los televisores de la ciudad, se interrumpió la programación acostumbrada y tras unos instantes de estática pudo verse en pantalla al flautista. Les tengo un mensaje, dijo, y durante dos minutos su boca escupió cosas sin sentido, palabras que parecían no tener relación entre sí. Se le veía contento, los ojos llenos de luz. Tras él, y a su alrededor, un rincón de playa. La ciudad no fue el único lugar donde sucedió esto: todas las televisoras del mundo recibieron la señal con el mensaje del flautista, y no pudieron hacer nada para evitar su transmisión. Tampoco para detenerla.
Desde ese día las telecomunicaciones de todo el mundo quedaron arruinadas. Si alguien enciende una radio, o si levanta el auricular de un teléfono, escuchará el sonido del viento y el mar, en ocasiones una risa lejana. En los televisores se observa lo que parece ser el fragmento de un paisaje, el mismo en el que apareció el flautista por unos minutos. Es como si alguien hubiese dejado olvidada una cámara encendida y la lente registrara un poco de arena y rocas de mar, otro poco de cielo por el que a veces cruza una nube. Sabemos por los periódicos que nadie ha podido explicar de dónde viene la transmisión ni por qué es imposible bloquearla. Ningún experto ha podido ofrecernos una mentira y regresarnos la tranquilidad.
Los pocos que conocemos la verdad seguimos esforzándonos por reconstruir la historia del flautista: comparamos versiones, realizamos cronogramas, retratos, estudiamos recortes de periódico y fotografías, nos reunimos en el parque chino y meditamos en silencio. Hay quienes dejan ofrendas en la fuente, hay quienes lloran un rato. Incluso, y aunque es seguro que hayan sido destruidos por la lluvia y la intemperie, todavía tenemos la esperanza de encontrar alguno de los carteles que el flautista dibujó, cualquier cosa que nos permita entender su mensaje.
También contamos con gente que pasa todo el tiempo frente al televisor, observando, atentos a cualquier detalle. Estamos seguros de que volverá.

Rodolfo J.M. (Ciudad de México, 1973)
Ingeniero, escritor, editor y periodista. Autor del libro Todo esto sucede bajo el agua (Premio Nacional de cuento Julio Torri, 2007-2008; editorial Tierra Adentro, 2009) y compilador de Negras intenciones (antología del género negro en México; editorial Jus, 2010).


“Por qué se acaba el arte de contar historias es una pregunta que me he hecho siempre que, aburrido, he dejado pasar largas horas de sobremesa con otros comensales”. “... quien no se aburre no sabe narrar. Pero el aburrimiento ya no tiene cabida en nuestro mundo. Han caído en desuso aquellas actividades secretas e íntimamente unidas a él. Ésta y no otra es la razón de que desaparezca el don de contar historias, porque mientras se escuchan, ya no se teje ni se hila, se rasca o se trenza. En una palabra, pues, para que florezcan las historias tiene que darse el orden, la subordinación y el trabajo. Narrar no es sólo un arte, es además un mérito, y en Oriente hasta un oficio”.
Walter Benjamin, “El pañuelo”, Historias y relatos, Muchnik Editores, Barcelona.


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