Última oportunidad


Tim Keppel

Traducción de Patricia Torres Londoño


Casi al final de esa última visita que hice a mi madre en verano, durante la semana de la Convención Nacional de los Demócratas, ella me pidió que la llevara a la clínica para su quimioterapia. Mi hermana era quien había estado al frente de toda la situación mientras yo paseaba despreocupadamente con mis amigos. Siempre había sentido aprensión por las clínicas, de la misma manera en que sentía aprensión cuando estaba cerca de funerarias y cementerios. Como si permitir que la muerte entrara en mi cabeza significara permitir que entrara también en mi cuerpo. Yo prefería la dichosa ignorancia de la negación.
En contraste, Mamá parecía totalmente ajena a la tendencia a negar las cosas y eso me impresionaba. Cuando se trataba del tema de la muerte, Mamá me llevaba una ventaja de años luz. Trabajó como voluntaria con enfermos terminales durante muchos años, nunca faltaba a un funeral y tenía un estante lleno de libros como Sobre la muerte y los moribundos y Sobre la vida después de la muerte, el tipo de libros que yo hacía todo lo posible por evitar. Cierto, yo había leído una buena cantidad de novelas sobre el tema, pero eso parecía de algún modo distinto, pues era como mirar un eclipse a través de lentes especiales, en lugar de mirarlo directamente con los ojos.
Esa tarde de julio sin brisa, el aire olía a asfalto caliente y a tréboles. Mamá parecía más pequeña de lo que era antes mientras avanzaba lentamente con su caminador, su peluca plateada un poco torcida. Adentro, en medio de un aire antiséptico y fresco, ajeno a los cambios de temperatura, las enfermeras me saludaron y les brillaron los ojos.
—¡Ah, este es el famoso hijo que viene de Suramérica! —dijo una enfermera de rostro anguloso-. Hace tiempo estábamos esperando esta visita.
¿Detecté un dejo de sarcasmo? ¿O sólo estaba un poco paranoico?
En la sala de tratamiento había cinco sillones reclinables forrados en cuerina. Sus ocupantes estaban leyendo o tenían los ojos cerrados, o miraban al vacío, como si estuvieran en un salón de belleza. Sólo que no estaban en un salón de belleza. Cada uno estaba conectado a un “gotero”, como lo llamaba Mamá de manera informal. El hombre de la silla de al lado, que tenía una gorra de los Bravos de Atlanta, tenía los ojos cerrados y estaba escuchando algo con sus audífonos. Noté con alarma que era más joven que yo.
Mamá me dijo que podía sacar un jugo de la nevera mientras la conectaban. Es probable que ese pequeño toque casero —jugos gratis— tuviera la intención de hacer que el lugar pareciera menos impersonal. Mamá en su sillón reclinable y yo, en una silla plegable al lado de ella, quedamos sentados frente a una fila de pelucas que reposaban en varias cabezas de maniquí.
—Ojalá me pudiera poner también la cara bonita, no sólo la peluca —dijo Mamá. Me pareció un obvio intento por calmarme. Quizás algo que aprendió en uno de esos libros.
Mientras que el hombre de la gorra de béisbol movía la cabeza al ritmo de la música y las enfermeras charlaban en la estación de enfermería, Mamá sacó del bolso una libreta, un lapicero y una grabadora pequeña.
—Pensé que este podía ser un buen momento para que tomaras algunas notas para mis memorias.
—Mamá, pensé que ibas a pedirle a Como-se-llame que te ayudara con eso.
—Ya te dije, Marlene es bipolar. No es confiable. Además, tú eres el mejor.
—Tengo que hacer unas vueltas.
—¿Qué vueltas?
—Pasar por la oficina de correo y por el centro comercial, a comprar algunas cosas que necesito llevar a Colombia.
—¿Como qué?
—Cosas que no he podido conseguir allá. Como ciertos condimentos. Y como... un quita pelusas. Ya sabes, uno de esos que tienen rodillo.
Mamá estiró la boca con un gesto de escepticismo.
—¿Y con qué frecuencia usas tú un quita pelusas?
—No muy frecuentemente, pero cuando necesitas uno, de verdad lo necesitas.
—Pues el tratamiento dura cuatro horas y la oficina de correo está abierta hasta las seis, así que te puedes quedar un rato conmigo.
Con un suspiro, volví a recostarme en la silla. ¿Qué más podía hacer, fuera de montar una escena y confirmar las sospechas de las enfermeras? ¿Quién entendería a un hijo que vivía tan lejos y no aprovechaba la oportunidad para pasar un rato con su madre? Nadie. Pero ellos no la conocían tanto como yo. Siempre me maravillaba al ver el afecto tan inquebrantable que toda la gente mostraba por sus madres y me preguntaba por qué no podía tener yo una mamá que se pudiera limitar solamente a ser una viejita dulce. Mi madre, en cambio, era demasiado compleja para caer en esa simplificación.
Mamá me alcanzó el lapicero y la libreta.
—Mira, Mamá, aprecio mucho que quieras compartir tus recuerdos, pero ¿por qué no puedes conseguir a alguien más para que te ayude?
—Necesito a alguien que pueda condensar setenta y cuatro años en un relato interesante con valor histórico. Es la historia de una mujer que llegó a la edad adulta en medio de los represivos años cincuenta, maduró intelectualmente durante el movimiento femenino y floreció sexualmente cuando ya era miembro de la Asociación de Jubilados. Es una historia que la gente necesita oír. ¿Cómo te parece este título: Un poco de historia, con ojos de mujer?
—Mmmmm...
—No voy a decir que sea una obra maestra, de acuerdo con tus estándares. Pero estoy segura de que puede tener más lectores que las historias que tú publicas en esas revistas literarias que nadie conoce. Lo siento, pero tú sabes que sólo lo digo porque creo que mereces más reconocimiento.
Me ericé. Mamá siempre estaba diciendo que que yo tenía que promover más mi trabajo. Cada vez que venía de visita, me “organizaba” una serie de entrevistas con los periódicos locales. “Llama a Marty Slocum, del Independent”, me decía tan pronto llegaba. “Quiere hacer un artículo sobre ti”. “¿Y por qué querría hacer un artículo sobre mí?”, preguntaba yo. “¿Sólo porque vivo fuera del país? Eso no es noticia”. “¡Tú eres noticia!”, afirmaba Mamá.
Los maniquíes me observaban fijamente. Sólo fingían ser inanimados.
—Dame gusto, Carl —dijo Mamá—. Después de que me haya ido, no voy a saber si finalmente completaste el proyecto o no.
Acepté el lapicero como si aceptara mi condena. Mamá encendió la grabadora.
—Como dije antes —comenzó—, el libro va a tener cuatro secciones: juventud, maternidad, activismo político y aventuras románticas. Este será el último capítulo de las aventuras románticas: Roy Lee Wells, mi último amor verdadero.
Eché un vistazo alrededor para ver si alguien estaba escuchando.
—Después de Howard, seguí anhelando más que nunca que llegara ese hombre especial. Howard me había despertado la pasión y yo necesitaba encontrar maneras de desfogar toda esa energía.
Me morí de vergüenza al oír la palabra “desfogar”. Nunca me había sentido cómodo al hablar sobre sexo con Mamá. En consecuencia, ella parecía aprovechar cada oportunidad para mostrar lo liberal que era al respecto. Ya me había contado varias veces que, mientras que todas sus amigas estaban aterradas e indignadas con la historia de Bill Clinton y Mónica Lewinsky, ella siempre decía: “Pero ¿cuál es el problema?”.
—Ya iba por el quinto esquema de quimioterapia —siguió diciendo Mamá— y no quedaba casi nada por ensayar. Me sentía cansada la mayor parte del tiempo y me dolía caminar. Ya había dejado de usar los servicios de Senior Mates* por completo. Y precisamente en ese momento, cuando ya toda esperanza parecía perdida, recibí un correo de alguien de mi pasado: Roy Lee Wells, un compañero de la secundaria. Su esposa había muerto hacía poco por un problema cardíaco y él había visto mi nombre en la página de los ex alumnos de Duke.
Aunque eso sonaba factible, también era posible que Mamá siguiera tratando de pescar a alguien a través de Senior Mates. Ya en otras ocasiones había distorsionado los hechos acerca de quién había contactado a quién. Probablemente se imaginaba que la verdad nunca se sabría y, si se sabía, podría echarle la culpa a una falla de la memoria, y si eso no funcionaba, podría restarle importancia, como si fuera un asunto trivial.
—Roy Lee es médico internista y vive en Atlanta —dijo Mamá—. Siempre andaba con los amigos de tu tía Sally, así que yo sólo lo recordaba como un chico pecoso. Pero aparentemente él sí se acordaba muy bien de mí. —Mamá hizo un guiño.
Yo no mostré expresión alguna.
—Comenzamos a escribirnos todos los días. Al comienzo no le conté sobre mi estado de salud y esperaba que no lo descubriera antes de que yo pudiera encontrar el momento oportuno para darle la noticia. Él todavía estaba de luto por la muerte de su esposa y yo tenía la esperanza de que, para el momento en que nos viéramos, yo ya tuviera algo de pelo.
Volví la mirada hacia el tipo de la gorra de béisbol. ¡Parecía diez años menor que yo! Miré el reloj y me pregunté cuánto tiempo más tendría que quedarme allí. Mamá me había dicho varias veces que no le tenía miedo a la muerte. Cuando me preguntó qué sentía yo al respecto, dije: “No es que le tenga miedo. Es que me parece triste”.
Yo sabía que Mamá pensaba que mi incomodidad con respecto al tema de la muerte era resultado de la ausencia de Dios en mi vida, pero, para mí, la falta de fe provenía de todos esos años en que ella me obligó a ir a la iglesia.
—Me estaba divirtiendo mucho con Roy Lee —continuó diciendo Mamá mientras la grabadora seguía corriendo—. Pensé: Este es el hombre perfecto para mí. Lástima que hubiera llegado tan tarde a mi vida. Me apoyaba tanto y valoraba tanto mi disposición a entablar correspondencia. ¡Y cómo era de bueno para contar historias!
De pronto Mamá sacó una carpeta de su bolso y se puso las gafas de cerca:
Esta es la historia de mi último cigarrillo. Prendí un cigarrillo, me subí a mi viejo BT-13 y despegué. Cuando gané altura, miré hacia la barriga del avión. El tanque del ala derecha tenía una fisura y yo estaba frente a un charco de dos centímetros de profundidad de gasolina de 100 octanos... con un cigarrillo prendido en la boca. No había otra opción: me tragué esa mecha potencial, completa y encendida. Desde entonces, no he vuelto a tener estómago para volver a fumar.
—¿Bueno, no? —preguntó Mamá.
Yo farfullé una aprobación.
—Luego me envió esto:
Fran, no tengo ninguna explicación para lo que siento por ti. Ni en un millón de años habría creído en la posibilidad de un romance por correo electrónico. Pero ahora tenemos uno... ¡y a esta edad! ¿Qué pensarán los vecinos y los hijos? ¡Francamente, querida, me importa un c...!
El romance de Mamá me resultaba en cierta forma divertido y curioso, en la medida en que marcaba un cambio fundamental en su actitud.
En los treinta años que habían transcurrido desde que se separó de mi padre, había tenido sus aventuras, pero nunca había llegado a formar una relación estable. ¿Por qué? Jill decía que se debía a la exigencia de sus gustos: además de un pedigrí impresionante y pureza ideológica, Mamá exigía un alto nivel de atractivo físico. (Una vez, cuando le pregunté si consideraría salir con un viejo jubilado que yo conocía, un tipo un poco raro, tengo que admitirlo, ella dijo: “¡Ay, no, es demasiado flacuchento!”) Si le sumamos a eso su insistencia en salirse siempre con la suya, lo más probable es que los hombres que cumplieran con los prerrequisitos no estuvieran dispuestos a seguir su agenda.
Pero ahora, al final de su vida, con Howard y luego con Roy Lee, Mamá parecía estar soltando un poco el control, abriéndose al riesgo y jugándosela toda para conseguirse un hombre. ¿Por qué ahora? ¿Debido a que estaba cerca de la muerte? ¿Acaso eso la había hecho adquirir conciencia de lo que se había estado perdiendo durante todo este tiempo? ¿Sería algo que no había logrado calcular? ¿Habría medido mal los vectores? ¿Y esta transformación se debería a una involuntaria necesidad emocional o a un deseo de terminar su vida con un final dramático?
Mamá tomó un sorbo de su jugo de manzana con pitillo.
—Estaba ansiosa por ver a Roy Lee —dijo—, pero las cosas se complicaron cuando supe que mi nuevo tratamiento no estaba funcionando. Tuve que cambiarme a uno más potente, que me producía náuseas y me tumbaba el pelo. También tenía visión doble y dijeron que tal vez necesitaría radiación en el cerebro. No eran muy buenas noticias, pero yo tenía la esperanza de que el tratamiento solucionaría los problemas.
“Entretanto, Roy Lee estaba haciendo planes para visitarme. Yo todavía no le había contado de mi enfermedad, pero planeaba hacerlo antes de que llegara.
Pero no antes de que hubiera prometido venir, pensé.
—Le escribí a Roy Lee diciéndole que tenía muy poco pelo, poca energía y que andaba con caminador. Le dije que la visita sería una verdadera prueba para nuestra relación. Así fue como respondió:
Fran, ¡mujer de poca fe! Tú deberías saber que no me vas a poder espantar. Me he enamorado de ti y de tu mente, no de tu estado de salud. Y ahora sé sin rastro de duda, que manejarás este problema con tu típico estilo de Molly Brown, la insumergible del Titanic. Soy tu compañero para siempre y me pegaré a ti como un papel atrapamoscas. Recuerda: el pasado ya se fue; el futuro no ha llegado; el presente está aquí y hay que disfrutarlo al máximo.
Me incliné hacia delante para examinar el mensaje. Curioso este Roy Lee, pensé, un hombre de setenta y pico, que acababa de perder a su mujer. Mamá había dicho que, al igual que la mayoría de los médicos, era más bien conservador, pero ya lo estaba “trabajando”. Jill dijo que le había parecido un tipo decente cuando habló con él por teléfono. Él le dijo: “¡Tu madre parece muy fuerte en esos correos!”. Tal vez, al no haberla visto todavía, aún tenía en mente el recuerdo de Mamá cuando era joven.
Mamá presionó con suavidad el esparadrapo que mantenía el tubo intravenoso en su lugar. La piel de alrededor estaba roja e hinchada.
—Ya estaba lista para la visita de Roy Lee cuando mi fémur, debilitado por la radiación, de repente se quebró. Ahí fue cuando me operaron y me pusieron una varilla. Traté de convencer a Roy Lee de que no viniera, pero no me quiso escuchar. Fue dulce de su parte haber venido pero, en cierta forma, desearía que no lo hubiera hecho. Verme por primera vez en una cama de hospital, después de la operación, pálida, con manchas en la cara e hinchada por los medicamentos, no debe haber sido la imagen más atractiva. ¡Él está en tan buena forma y se ve tan joven! Y además no tenía nada más que hacer, excepto sentarse al lado de mi cama, salir a cenar y luego volver a su hotel.
—¿Entonces las cosas empezaron a ir cuesta abajo después de eso? —pregunté.
—Para nada. Nuestra correspondencia continuó con la intensidad de siempre. Esta es otra historia que me envió:
Una vez se me estaba haciendo tarde, así que decidí planear la ruta después de despegar. Mala decisión. Mi BT-13 tenía la cabina abierta y cuando desdoblé el mapa, el viento lo mandó hasta el fondo del avión. Volé durante cerca de una hora, buscando un punto de referencia, pero sin éxito. Estaba comenzando a oscurecer. Finalmente, cuando ya estaba desesperado, me quité el zapato y, estirándome para buscar a tientas entre los tableros del timón, con la mano izquierda en la base de la palanca, el codo izquierdo en el pedal izquierdo del timón y la mano derecha en el pedal derecho, logré atrapar el mapa con los dedos del pie. Pero para ese momento ya estaba tan absolutamente perdido que no sirvió de nada. Tuve que aterrizar en una granja. ¡Gracias Dios mío por la luna llena!
Cuando Mamá miró con curiosidad hacia la libreta que estaba sobre mi regazo, hice unas cuantas anotaciones, sólo para guardar las apariencias. Yo no tenía ninguna intención de escribir sus memorias. Pero, tal como ella dijo, después de muerta ya no se daría cuenta. Además, ¿cuál era el sentido de acabar con esa imagen magnificada que ella tenía de sí misma? ¿En nombre de la verdad? ¿Era tan sagrada la verdad? ¿No era a veces cruel? Además, ¿no creía todo el mundo en secreto que su vida era excepcional?
—No supe nada de Roy Lee durante más de una semana —dijo Mamá—. Estaba muy ocupado tratando de vender su casa...
—Otra vez esa palabra “ocupado” —comenté.
Mamá hizo caso omiso de mi comentario.
—...una casa inmensa en el lago Lanier. El plan era usar el dinero de la venta de la casa para comprarse una propiedad en las Bahamas. También estaba estudiando para renovar su licencia de piloto. Me dijo que lo primero que iba a hacer cuando la recibiera era volar hasta aquí, recogerme y llevarme a su hermosa villa en el Caribe. Dije que tendría listo mi bikini.
Afuera, en el llamativo césped iluminado por el sol que se veía por la ventana, una abeja aterrizó en un terreno lleno de tréboles. Yo me transporté al pasado, a esos veranos en que Mamá solía llevarme hasta la piscina del Centro Comunitario —donde me sumergía en ese ambiente con fuerte olor a cloro y en el que las risas y el chapoteo de la gente rebotaba contra las paredes de baldosa— para recogerme después en la noche y llevarme a casa, todo bronceado, con los ojos rojos y el vestido de baño empapado debajo de las bermudas, y luego comíamos pollo frito y fríjoles de Lima en la mesa del jardín, rodeados de grillos.
—Los mensajes de Roy Lee se estaban volviendo más esporádicos —dijo Mamá—. Yo lo animé a que escribiera otras de sus historias de aviación y le prometí ayudarlo a tratar de publicarlas. Al comienzo no parecía muy entusiasmado, pero después de oírme, decidió que sería un bonito legado para sus hijos y nietos. Yo pedí la asesoría de una mujer de aquí que tiene una editorial.
—¿Una editorial o una imprenta? —pregunté.
—Las dos —dijo Mamá, eludiendo mi trampa semántica.
De nuevo pude ver su estrategia: al sentir que Roy Lee se estaba alejando, Mamá estaba tratando de atraerlo apelando a su ego. (Las pocas veces en que alguien me ha dicho que estoy portándome como mi madre, mi reacción siempre ha sido de sorpresa porque suelo hacer un esfuerzo muy grande para evitar justamente eso. Cuando estaba en el primer año de universidad y no me gustaba el profesor de psicología que me había tocado, le pregunté a la directora si podía cambiarme de curso. En cierto momento de la conversación, ella me dijo: “Usted es como manipulador, ¿no?”. Yo quedé estupefacto. Aunque conocía el término, nunca había pensado mucho en él y ciertamente no creía que me encajara. Por primera vez comencé a preguntarme si habría heredado ese rasgo de mi madre, tal vez no a través de los genes, pero sí a través de nuestros constantes enfrentamientos. Ese día decidí que, aunque tuviera talento para convertirme en un maestro de la manipulación, trataría de no usarlo.)
—Cuando Roy Lee por fin vendió su casa —dijo Mamá—, voló a las Bahamas para ver algunas propiedades. Como todavía no había recibido su licencia de piloto, voló en una aerolínea comercial varias veces con un amigo.
¿Con un amigo? ¿O amiga?, anoté rápidamente en la libreta.
—La sexta quimioterapia fue postergada porque tenía muy bajos los glóbulos blancos. Todavía me sentía desalentada, pero trabajar en el libro de Roy Lee me mantenía animada. Me reuní varias veces con la editora para discutir sobre el diseño del libro y las posibilidades de mercadeo. Estaba ansiosa porque saliera perfecto. Y tenía mucha ilusión de que a Roy Lee le entregaran su licencia de piloto. Luego me envió esto:
Fran, querida, finalmente estoy escribiendo la introducción. ¿Cómo te parece esto para empezar?:
A los que siguen cuando me haya ido, les dejo este breve atisbo de mi vida, de sus emociones y sus improbabilidades. Estas aventuras fueron posibles en gran parte gracias a la época en que viví. Poco después de la Segunda Guerra Mundial, había tantos aviones de sobra que costaban muy poco. Yo compré mi BT-13 por 300 dólares y volé más de mil horas en ese maravilloso amigo. El tiempo que presté servicio en el Cuerpo de Contrainteligencia (CIC) fue posible gracias a la oportunidad de unirme a una unidad de reserva del CIC y luego entré al servicio activo...
—¿No te parece que escribe maravillosamente bien? —preguntó Mamá—. Yo estaba feliz de que Roy Lee por fin hubiese terminado el libro y de que pudiéramos seguir adelante con la publicación. Hice una lista de todos los parientes y amigos de él que podrían querer tener un ejemplar...
Miré mi reloj.
—Lo siento, Mamá, pero si no me voy ahora, no voy a tener tiempo de...
—Está bien —dijo ella—. Vete. Y, recuerda, esta noche es la convención. Quiero que la veamos juntos.
En el centro comercial, un lugar en el que siempre me sentía desorientado, el tiempo se me pasó sin darme cuenta. Por fortuna Mamá tenía razón sobre el horario de la oficina de correo. Hice una larga cola para enviar mis cartas y luego sudé de angustia cuando, al regresar, me metí en un trancón debido a obras en la vía, pero aun así logré llegar a la clínica a las cinco y media. Sin embargo, cuando traté de abrir la puerta de entrada, tuve una extraña sensación.
Estaba cerrada. Toqué pero nadie me abrió. Por fin apareció la enfermera de rostro anguloso, que me miró con indignación.
—Disculpe, ¿mi madre está...?
—Ya se fue —gruñó la enfermera.
Una oleada de calor me pasó por la frente.
—¿Qué?
La enfermera se quedó mirándome un momento para deleitarse con mi angustia.
—Esperamos y esperamos... —Luego hizo otra pausa—. Hasta que finalmente una de las enfermeras tuvo que llevarla a casa.
Quedé paralizado. Cuando comencé a tartamudear, la enfermera cerró la puerta.
Manejé como un loco hasta la casa de Mamá, pegándome a los carros de adelante, pasando en curva y pitando apenas cambiaba el semáforo. ¿Cómo no me di cuenta de que la clínica cerraba a las cinco? Pues claro que cerraba a las cinco. Esa era la hora a la que cerraban todas las oficinas en el país. Tal vez me había confundido debido a que en Colombia todo cerraba a las seis, o porque la oficina de correo cerraba a la seis. O tal vez estaba pensando en un hospital y no en una clínica. En todo caso, lo que había hecho era imperdonable: ¡que un hijo llegue tarde a recoger a su mamá de su quimioterapia! Ese hijo merecía ser fusilado, en especial porque esta era la primera y única vez que la había acompañado.
Al llegar a la casa, me tiré del carro y entré corriendo. Mamá estaba sumergida en el sofá, frente al televisor, y parecía débil y con náuseas después del tratamiento. Tenía una mirada de rabia y de indignación que me hizo sentir débil y con náuseas a mí también. Inmediatamente me lancé a darle una disculpa apasionada, humillándome y azotándome con insultos, declarándome un monstruo horrible antes de que ella lo dijera, rogando que me perdonara, agachándome de manera suplicante y retorciéndome las manos, haciendo todo menos arrodillarme y besarle los pies, aunque estuve a punto de hacer eso también.
Luego esperé su veredicto.
—Eres tan desconsiderado —dijo Mamá, con voz temblorosa y llena de indignación—. Sólo piensas en ti mismo.
En ese momento me di cuenta de que no iba a salir de esta con facilidad.
—Sí, ya sé que lo que hice fue horrible. No puedo creer que haya pasado. Estaba pensando que...
—No, no estabas pensando —me interrumpió Mamá.
—Tienes razón —dije, dispuesto a admitir cualquier cosa con tal de hacer las paces.
—Sólo vete —dijo ella, sin quitar los ojos del televisor—. No quiero hablar contigo.
Sentí una oleada de pánico. No podía soportar que me negara su perdón.
—De verdad lo siento mucho —dije, con un tono agudo de contrición—. Por favor déjame quedar aquí a ver la convención contigo.
—No, no te quiero aquí.
—Mamá, por favor... —Estaba sentado en el borde del sofá, inclinado hacia delante en una extraña posición, con las manos apretadas entre las rodillas, tratando de parecer lo más inofensivo e invisible posible. Y así me quedé, sin atreverme a recostarme cómodamente, por miedo a que mi impertinencia desatara la ira de mi madre.
En ese momento se terminó la pausa comercial y volvió a comenzar la transmisión de la convención desde Boston. Los comentaristas estaban hablando sobre el discurso que Kerry estaba a punto de dar. Mamá y yo nos quedamos allí, sin hablar, en medio de una tensión tan densa como el vapor, reviviendo un drama que habíamos representado miles de veces en el pasado. Al comienzo la balanza del poder se había inclinado hacia mi madre y luego se inclinó hacia mi lado, cuando tuve la opción de alejarme. Pero en este momento yo necesitaba su perdón. Me importaba mucho y ella lo sabía. Me tenía justo donde quería tenerme.
Pasaron veinte minutos mientras mirábamos la pantalla en silencio. Primero habló Joe Biden y después Joe Lieberman. Luego seguía una nota biográfica sobre Kerry. Finalmente me arriesgué a hacer un comentario diseñado de tal manera que le fuera imposible negarse a responder.
—¿Qué piensas de esta estrategia de resaltar el pasado militar de Kerry? —pregunté.
Mamá me hizo sudar por unos segundos más antes de decir:
—Creo que es buenísima.
—¿Por qué? —pregunté, para acabar de tender la trampa.
—Porque los republicanos llevan mucho tiempo apropiándose del tema de la seguridad y presentando a los liberales como unos débiles. Me parece muy inteligente neutralizar esa línea de ataque.
—Tienes razón —dije—. Estoy totalmente de acuerdo.
Sólo en ese momento me acomodé un poco en el sofá.
Mientras veíamos la biografía de Kerry y la entusiasta reacción de los partidarios, todos vestidos con sombreros festivos, sentí una oleada de bienestar. Estos eran nuestros mejores momentos, cuando compartíamos nuestras convicciones políticas. Víctimas de décadas de demagogia conservadora, y de una derrota tras otra, entre otras del robo de las últimas elecciones, cuando el candidato era Gore, habíamos logrado mantener viva la esperanza y esta vez, por fin, recibiríamos nuestra recompensa.
De repente Mamá respiró de una manera tan profunda que pareció cogerla desprevenida. Una inhalación involuntaria y abrupta. Últimamente había notado que eso le sucedía con frecuencia. ¿Qué sería?, me pregunté. ¿Una especie de arritmia? Yo nunca había experimentado algo así, al menos en esa época. Pero desde entonces me pasa a menudo. Y cada vez que pasa pienso en Mamá.
En un rincón de la sala había una pila de cajas de cartón, llenas de ejemplares de las Historias de vuelo de Roy Lee. Muchas de ellas habían sido primorosamente envueltas en papel de regalo por Mamá para los miembros de la familia de él.
—¿Vas a enviarlas por correo? —pregunté.
—No —dijo Mamá—. Se las voy a dar a Roy Lee cuando venga a visitarme.
—¿Has hablado con él últimamente?
—Probablemente llame esta noche.
Le eché un vistazo al teléfono, que reposaba en silencio.
—Y entonces —dijo Mamá, aprovechando el momento—, ¿vas a ayudarme con mis memorias?
—Me parece que la parte acerca de Roy Lee es interesante —dije—. Las cosas sí que eran diferentes en los comienzos de la aviación.
Mamá suspiró con impaciencia.
—¿Me vas a ayudar?
Era evidente que si le mentía, ella nunca lo iba a saber. Tal vez quería que le mintiera. Sin duda estaba demasiado agotado para enfrentar otra pelea.
—Está bien —dije.
La expresión de Mamá se suavizó. Se iluminó. Llegó el momento de la aparición de Kerry. El teléfono parecía estar a punto de sonar. Al parecer yo había sido perdonado. Estábamos muy esperanzados. Durante todo el discurso y la celebración y los aplausos, recostado en ese cómodo sofá en la acogedora casa de mi madre, sentí que surgía entre nosotros una armonía extraordinaria. Era nuestra última oportunidad para encontrar la redención.
Por supuesto, en ese momento no sabíamos que el teléfono nunca iba a sonar, que los libros se quedarían en las cajas y que sólo cinco días después del emotivo discurso de Kerry, los medios de comunicación se verían inundados con los avisos del grupo de veteranos llamado Swift Boat, que atacarían la esencia del discurso de Kerry. Y tampoco sabíamos que en noviembre él perdería las elecciones y que en diciembre Mamá moriría.
Estábamos todavía en julio, los árboles ostentaban su abundante follaje y todos nuestros sueños parecían estar a nuestro alcance. Bañado por ese mar de tranquilidad que provenía de la absolución, yo estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para mostrar mi gratitud, incluso si eso significaba aceptar escribir las memorias de Mamá. Y no de cualquier forma, sino de la forma en que ella quería que se escribieran, con el sesgo exacto.
Terminarían así:
Ella se aproxima a sus últimos días con el recuerdo de Roy Lee fresco en la memoria, la mente tranquila y el corazón pleno. Hay incluso una pequeña chispa en sus ojos. Desde el porche de su casa, observa el cielo azul inmenso y ve una pequeña mancha que poco a poco se va transformando en un avión, un antiguo BT-13, cuyas alas destellan con la luz del sol mientras da círculos en el aire y se prepara para descender, y luego aterriza en el potrero que hay detrás de la casa. La cabina se abre y aparece Roy Lee, muy elegante con su gorra y sus gafas de aviador, y esa bufanda estilo Von Hindenburg. Se impulsa hacia arriba con sus fuertes y ágiles brazos de forma acrobática y corre por la colina hacia el porche, donde sonríe y hace una venia.
—¿Tienes listas tus maletas, jovencita? —pregunta.
—Claro —dice ella y entonces él se la lleva a toda prisa hacia el cielo azul brillante del Caribe.


Tim Keppel (Estados Unidos)
Es un norteamericano radicado en Colombia desde 1995. Enseña literatura de habla inglesa en la Universidad del Valle. Su colección de cuentos, Alerta de terremoto, fue publicado por Alfaguara en 2006. Su novela, Cuestión de familia sale con Alfaguara en septiembre. Ha publicado en El Malpensante, Número, Arcadia, Donjuán, y Revista Universidad de Antioquia, además de revistas en Estados Unidos, Canadá y Inglaterra.


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