Ventana herida


David Alejandro Betancourt Vélez

 


Para Esnedy

 


Solo,
con la ventana
abierta a las estrellas,
entre árboles y muebles que ignoran mi existencia,
sin deseos de irme,
ni ganas de quedarme
a vivir otras noches

O. Girondo

 


Anoche casi no me pude dormir. Di vueltas en la cama como el baloncito de colores de Felipe Rodríguez, así, sin exagerar. Me movía de un lado para otro, daba vueltas y vueltas, y los ojos nada que miraban para adentro, no se cerraban. Me ardía la cara más que nunca, me picaba la cabeza como cuando tenía piojos, y la cobija me fastidiaba tanto como las visitas de mis tías los domingos en la tarde. Preferiría tener pesadillas que estar imaginando cosas, ésas que me caminan por la mente y no me dejan dormir ni comer ni reír, esas torturitas que andan conmigo aferradas desde la noticia de mi madrina.
Es que...Desde aquí veo a Luisa todos los días salir para el colegio, con el pelo mojaíto y los cachetes colorados de maquillaje. Ella sale siempre antes de que el bus pase a recogerla. Se sienta y mira para acá, mira para arriba y para abajo también, sonríe no sé a quién, pero sonríe como si estuviera feliz, se ve feliz, lo está. Es que desde aquí la veo llegar con el uniforme sucio casi siempre. Mi madrina dice que un muchacho triste se identifica por la ropa impecable, y Luisa es feliz, me lo dice la mugre que recoge en el patio del colegio.
Felipe Rodríguez también es feliz, tanto como lo fui yo hasta la noticia de mi madrina. Es que... Desde aquí se puede ser feliz, se puede ver a Felipe cogiendo las piedras para hacer las porterías, escoger su equipo y correr y chutar y sudar y caer y gritar y peliar muchas horas. Se sube al palo de mangos para mirar a Luisa cuando se asoma al balcón. Ella no lo ve o finge no verlo, tampoco me ve espiarla desde la ventana, ni Felipe ni nadie, soy como un fantasma que lo ve todo y lo escucha, pero... pero nadie sabe de mí. Mi madrina también dice eso: que Felipe parece un bejuco, que tiene como cinco pulmones. Y yo pienso igual, parece un bejuco el muy trepador, no para de sudar ni de moverse como una maquinita. A veces pienso que más fácil se cansa el balón que Felipe Rodríguez.
Él es feliz, lo dicen su ropa y su cara y su risa, es feliz cuando patea el balón contra la ventana de mi casa y se desaparece para evitar regaños. Felipe, Felipe Rodríguez, no tenés ni idea de que cuando le pegás a la ventana con tu baloncito se me mete arena a los ojos, o polvo, no sé. No te imaginás que si esa rejita negra no existiera me darías un pelotazo en la cara, pero... no hay de qué preocuparse Rodríguez, no hay de qué, porque si me pegaras, me reiría y te diría también mucho gusto, me llamo Daniel, Daniel Cardona, y te daría la mano y te contaría que llevo un año enterito en el barrio, que tengo 13 años, que no salgo a la calle porque me da pena, que me encanta como jugás, que si seguís así, mi hermano, vas a llegar lejos. Te diría también que no te preocupés por la ventana que sólo vibra y no hace bulla aquí adentro.
Es que... Ayer cuando no podía dormir me dieron ganas de pararme de la cama, ir a la ventana y mirar las hojas caminar y elevarse como pájaros con las alas rotas, ver la cara del señor de la carreta que baja por la loma sus cachivaches para venderlos en un compratodo, mirar las casas del frente imaginando que alguien me espía detrás de una cortina, tocar con los ojos la piel de ese árbol que quiero, escuchar el silencio mientras miro el viento, abrazar el vacío como a un amor mientras miro la luna... Pero... pero me quedé dando vueltas y vueltas y vueltas hasta que me dormí cuando el sol se metió a mi pieza.
Hoy, cuando me levanté, me sentí pequeño como una pulga, como un granito de arena, insignificante, casi invisible. Fui a la ventana antes del grito de mi madrina anunciando la hora de mi baño, y vi a Karol rodando en sus patines y quise saludarla, pero... si no lo hice cuando me sentía mejor, menos sintiéndome así, diminuto. El agua estaba fría, y el agua fría me hace feliz, hoy no tanto, no tan feliz como cuando veo a Karol y a la bruja María y a Pitufo. Es que desde aquí se puede ser feliz, pero... es que la noticia me va matando de a poquitos.
Ayer, mientras esperaba en vano a que los ojos se me apagaran como cuando se apagan las estrellitas al amanecer, así de un momento a otro, pensé que desde aquí se puede ver el mundo como si estuviera encerrado entre rejas, sí, como si estuviera encarcelado, pero el preso no es el mundo, pensé, es uno. Pero... viéndolo bien no me siento recluido porque desde la ventana de mi casa miro ojos azules y cafés, y negros como los míos, y ellos a mí no me ven. Los de Pitufo me dan risa, sí, mucha risa, parecen de conejo pues son rojos casi siempre. El Pitu camina como bailando, desgualetado todo, como un borracho. Lleva su radiecito escuchando música de ésa que no tiene cantante ni guitarras. Se sienta y mira como embobado a Felipe Rodríguez y le grita: pulga, pulga, vos vas a ser el orgullo del barrio, ese balón te va a llevar rodando rápido a Europa, así le grita, no se deje llevar por los vicios que termina como yo. Y Rodríguez se ríe porque es feliz y yo porque soy feliz a mi modo y porque el Pitufo es feliz y porque es flaco, flaco en exceso, y porque tiene los ojos como los conejos.
Hoy, en todo este rato que llevo hablando solo, no he visto a nadie pasar por acá, ¿será muy temprano? Parece que a la gente se la hubiera tragado la tierra, algo así como si esto fuera un lugar fantasma, sí, terreno tan desierto que el viento parece gritar y sus habitantes son como muertos, pero... pero... El mundo que veo a través de mi ventana es real como la luna, como la tristeza, como esa calle sola que veo mientras cuento mis cosas, como la historia que le conté a mi madrina hace poco, pero... sí, lo reconozco, yo me alargo contando las cosas que me gustan. Le dije a mi madrina que la señora María era una bruja, que lo tenía comprobado. Se lo juro, le dije, por el Chuchito lindo que es una bruja, y ella abrió los ojos interesada en mi historia, pero...
Es que... Desde mi ventana, se lo aseguro madrina, desde aquí atrás me di cuenta de que era una bruja, una bruja de las malas, no de ésas que les dan dulces a los niños. La bruja María, así le dicen porque tiene la casa llena de frascos con aguas de colores, aguas que curan el desamor y las enfermedades, además también ayuda a las señoras para que sus maridos no las dejen. Imagínese que escuché de la boca del Pitufo que ella estaba echándole aguas raras a la bandera de Colombia, dizque para que en el país no hubiera más marihuaneros ni guerra ni muertos ni muchachos que chutaran el balón contra la puerta de su casa... Que decía palabras raras como en otro idioma, y que movía las manos como si estuviera apagando un incendio, sí, que parecía un ventilador. La bruja María como que sabe quién está detrás de esta ventana, porque la mira y la vuelve a mirar, y se hace la loca mirando para otro lado y así, rápido como un rayo, voltea para sorprenderme, pero creo que me volví invisible. Ser invisible es mejor que ser fantasma, nadie sabe de uno y uno sí sabe de todos y se divierte viéndolos y escuchándolos, así como Chuchito. Pero... Lo que pasa es que yo me alargo contando las cosas que me gustan, me excedo, sí, y mucho, tanto que cuando me voltié a mirar, mi madrina estaba dormida, así, como muerta, como cuando ella me leía las Mil y una noches y yo caía del sueño.
Mi madrina se aburre con mis historias y poco le gusta saber qué pasa fuera de esta casa. Ella puede salir, nada se lo impide, pero sale poco, no sé por qué. Yo, en cambio, saco mis ojos todos los días a pasiar. Veo paisajes y todo lo que he contado; también dejo que mis oídos se entretengan para tener historias que contarle a mi madrina, para adormecerla. Se duerme siempre con mis historias la muy linda, pero nunca me dice que la aburroarrullo, siga contando, me dice entredormida y yo sigo hasta que me siento solo y salgo, ¿salgo? Me da pena salir a la calle, sí, ya lo dije, soy tímido y tengo mis motivos para serlo, salgo hasta la ventana a veroír el mundo que pronto se me irá.
Sí, lo sé, mis historias aburren pero... Es que desde aquí escucho a los muchachos enamorarse. Felipe apostó con Edwin hace unos días que iba a enamorar a Karol, y Edwin dijo que era imposible, que a ella le gustaban los muchachos mayores y no los niños como Felipe. Felipe compró un banano y se lo dio a Karol cuando salió de la casa, y ella lo miró bonito y Felipe se fue colorado como un tomate de la pena. Yo vi, puedo jurar que ese banano se lo comió el muchacho de la moto que la recogió, pero Felipe anda contento como las olas del mar, muy alegre, y yo... yo ando triste... muy triste porque pronto mi ventana será muro, dijo mi madrina, así dijo: no nos podemos quedar atrás, nos tenemos que modernizar, decidí cambiar el frente de la casa. Le van a poner ladrillo del bonito y lo decorarán con granito lujoso... ¿Y mi ventana? Le pregunté y ella me respondió que está vieja y fea como ella, así me contestó, sin groserías pero así me contestó, las ventanas son para las casas viejas, me dijo. Así dijo y no hay quién la convenza de que me deje solo ese lugar... Ando triste porque mi mundo será pronto de ladrillo y granito, y falta me va a hacer sacar a pasiar mis ojos para que vean las alegrías de los que no se avergüenzan de su cara como yo de la mía quemada.


David Alejandro Betancourt Vélez (Colombia)
Periodista. Ha publicado cuentos y crónicas en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Tiene un libro inédito de crónicas titulado La iglesia, las frutas y las “fufas” de la Veracruz y otras historias.


www.odradekelcuento.com

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