Elogio de la locura de escribir cuentos

 


Lina María Pérez Gaviria

 


Todavía no he sido diagnosticada con enfermedad mental alguna, pero debo confesar que padezco la locura de escribir cuentos. No pertenezco a la clase de escritor que se sienta frente a la pantalla a esperar la iluminación de las musas. Mi obsesión está fuera de mí, en el mundo que llamamos real, con todos sus vericuetos, trampas y seducciones. Porque reales son también los sueños, las fantasías, los deseos, el pasado, el arte, las esquinas, la taza de café, en fin, la vida desbordante de osadías y simplicidades. Los cuentos aparecen en todas partes: los veo en las personas de la calle colgados de sus existencias, de sus gestos, de sus vestidos; los intuyo en sus historias que me sugieren mil y una peripecias. Percibo también los cuentos que me lanzan carnadas como una banca vacía de un parque, o un sombrero agarrado a una mano temblorosa, o un beso provocativo en dos bocas que se juntan, o una frase en el libro de la mesa de noche. Entonces los atrapo al vuelo como en red de mariposa, los selecciono, uno a uno. Enfrento al que me tiende sus alas primero para explorar el pequeño y a la vez enorme universo escondido en su esencia. Me posesiono de una emoción que paraliza cualquier acto que no sea el de contar ése, precisamente ese cuento que corre a través de mis venas, de mi piel, del corazón como un corrientazo, y se instala en mi mente, para anidar en la neurona número tal. Viene la locura, el deleite terco, la obstinación sin freno hasta que el relato se hace palabra.
El cuento me invade de día, se apodera de mí en las noches, me persigue inclemente hasta que se impone y ya no puedo huir de él; entonces se inicia un combate de deleite y tormento a la vez. Los primeros lances se dan entre el argumento y los personajes; luego se desencadena la lucha con el lenguaje, el tono, el ritmo y la atmósfera. El impulso de fabular se centra en moderar los personajes para que no se desboquen en su loco deseo por existir, y en transmitir, de manera contenida y concreta, ese poder de persuasión con que ellos se me sugieren para inventarlos. Es un oficio descarnado por lograr “la unidad de impresión” a la que se refiere Poe, y la “intensidad y unidad interna” que menciona García Márquez como condiciones del cuento.
Antes de escribir la primera frase siento la necesidad de prepararme, de sintonizarme estéticamente con lecturas de algún autor imprescindible. Algo así como un guerrero antes de la batalla. En un ritual muy simple tomo de la biblioteca un libro, preferentemente de poesía y leo varias páginas con las que renuevo la conciencia de estar a punto de emprender un combate estético en el que el ganador debe ser el cuento mismo, rico en imágenes esenciales, totalizantes y ambiguas como corresponde a los territorios del símbolo.
Los primeros síntomas de la desmesura aparecieron cuando comencé a leer libros en la adolescencia. A esas alturas se suponía que ostentaba el uso de razón y que ésta era patente de cordura. Pero no había señales interiores que contradijeran mi destino, pues desde niña, antes de la razón, recibí la imaginación. La sensatez se me fue en usar todos los días el uniforme del colegio y tomar leche para los dientes sanos. Empecé a escribir cuentos sin escribir, con una locura feliz que me permitía suplantar a los autores obligados y trastocar fragmentos de sus obras para convertirlos en cuentos con el mero ejercicio de la fabulación. Así, fue Don Sancho Panza el que de tanto oír la historia de Amadís quiso, con su ingenio primitivo, enfrentar molinos de viento y contrató a Alonso Quijano para que fuera éste quien sufriera la paliza. Y en mi mente, Efraín, el de María, se consigue un bebedizo mágico para salvar la vida de su amada, y a Arturo Cova no se lo traga la manigua sino que un indio lo devuelve a la civilización a cambio de enseñarle a jugar tute. Y un día, por fin, llega a Macondo el correo con la carta para el coronel Aureliano Buendía y de tanto llorar de felicidad se le derrite en las manos.
Mis lecturas fueron entonces transgresoras de otros imaginarios, y antes de tomar el papel y el lápiz escribí con letras invisibles cuanto cuento me contaran otros cuentos. Gracias a mi locura me salvé de un designio de niña “bien” con vestido sastre y tacón puntilla. Cuando tomé la conciencia de narrar, pasé a dar cauce a los textos invisibles en la escritura, a apropiarme física y amorosamente de la palabra. Así, comencé a orquestar todas las desmesuras que intervienen en el dominio del oficio de contar. La observación de una imagen, de una idea, del aliento de una respiración. Ahora lo repito: los cuentos están en todas partes, sólo basta saberlos encontrar. He cultivado un catalejo interior que me permite mirar con las emociones, penetrar esencias que se escapan a la mirada común. También están la voluntad y la disciplina, la responsabilidad y el rigor. Y, ante todo, prevalece el goce como protagonista de la locura. ¿De qué otra manera se puede calificar a una persona que se aísla del mundo porque está enfocando sus miradas interiores en busca de motivos para contar, y luego se encierra días y noches a teclear con un entusiasmo enfermizo?
Me gusta citar este ejemplo. Una tarde, consultaba un libro en una de las librerías más acogedoras de Bogotá. De pronto, sin que mediara ningún movimiento, un enorme jarrón de vidrio lleno de flores estalló inundando el suelo. Los libros de los estantes inferiores comenzaron a navegar entre el agua y las flores. No dábamos abasto para recoger y secar aquel desastre acuático que inmediatamente invadió la vitrina. Pero las voces angustiosas, mis zapatos mojados y el afán de mis manos dejaron de importarme. El uso de razón se bloqueó y la seductora imagen de una librería inundada comenzó a obsesionarme hasta que se convirtió en el cuento “Ni quedan huellas en el agua”.
Acabo de publicar mi novela Mortajas cruzadas. Algunos me preguntan si dejaré de escribir cuentos y pretenden que defina la diferencia entre ambos géneros. Sólo puedo decir que ambos demandan una “verdad estética” basada en sus niveles de significación. La escritura de la novela tomó un arduo trabajo de 7 años para construir un edificio. Paso a paso lo fui elevando a partir de la idea inicial, una cimentación que desde el primer momento exigió la complejidad del género. Y experimenté el goce de acoplar cada uno de sus materiales a una estructura laboriosa que seguía las rutas de mi imaginación. El cuento es otro cuento. Generalmente me toma entre dos y cuatro meses tener la versión definitiva de un relato de diez páginas. Lo escribo con arrebato y lo dejo reposar para que se decante de todo apasionamiento. Pulir, borrar lo que sobra, sacar brillo, cuestionar, exprimir, son parte del proceso.
Los cuentos permiten inventar historias breves, muy intensas, que se leen como quien recibe la sorpresa de un portazo inesperado. En esas historias establezco un pacto con la cuota de perversidad que todos llevamos dentro y que acecha mi imaginación para modular tragedias aletargadas, comedias vibrantes, gritos o carcajadas, sofocos tumbales o el absurdo. Para mí la escritura de cuentos no ha sido un aprendizaje para escribir novela. Cada uno de mis cuentos me ha enseñado a crear el siguiente y a degustar los cuentos espléndidos de otros, presumiendo que han sido inventados, como los de Sherezada, para salvar la vida. Hay que botar a la basura la definición manida de que un cuento es una narración breve con inicio, nudo y desenlace. Los buenos cuentos desafían estas estrecheces. Seducción, ingenio, intensidad, sustancia, síntesis, sorpresa, magia, sonrisas y desgarros, conforman esa lámpara maravillosa cuyo brillo se refleja en una poética. Una poética narrativa que ilumina la sensibilidad y la inteligencia del lector.
Supongo que quienes han aceptado esta invitación habrán intentado crear cuentos. Quiero animarlos. Confíen en sus percepciones, en sus intuiciones, en su dominio del lenguaje, en el amor por la palabra. Los cuentos están ahí, al alcance de su mano y de su imaginación. Abran la puerta a la locura, desalmidonen la solemnidad, escriban con las entrañas, convoquen el ingenio para sintetizar sus ideas, y depositen en él la inmensa fuerza que debe derivar de la totalidad. Escriban historias con rigor lingüístico y una mirada lúdica que permita al lector sostener el cuento hasta el final. No intenten retar al lector con experimentalismos aburridos. No busquen el facilismo, huyan de la grandilocuencia y de copiar su historia. Ésa no le interesa a nadie. Que los personajes sean iluminados con su propia luz interior para que no copien las miserias de sus espejos. Imaginen ficciones que brinden vitalidad en sus paradojas; personajes que exhiban sus contradicciones emocionales, asperezas, deleites y refugios con un guiño de humor. Desdeñen los elementos accesorios y midan cada uno de los materiales de sus cuentos para lograr la difícil y obligada concisión. Acojan la complicidad de los autores que han forjado sus conmociones espirituales y permitan que la resonancia de sus mundos estéticos siembre una sólida conciencia de la escritura. Porque tú-eres-tú-y-tus-lecturas. Recuerden que la literatura seguirá siendo un oficio de terquedad, de disciplina, de feliz desmesura, la mayoría de las veces ejercida en combates inútiles contra la deformidad de los medios. Para éstos no resulta rentable publicar relatos. Por fortuna existen quijotes que, de tanto amar los cuentos, elogian la locura de escribirlos publicándolos. Al llegar a la palabra FIN en sus relatos invoquen a Vladimir Nabokov, quien inculcó en sus alumnos de literatura la emoción ante una buena lectura: “Confíen en el hormigueo de la espina dorsal: es el que realmente dice lo que sintió el autor y lo que quiso que los lectores sintieran”.
Y hablando de emociones, quiero confesar que cuando decidí sacar mis cuentos del baúl al que durante años fueron a parar, tuve que superar sentimientos vergonzosos. Con tímida audacia puse en un sobre mi relato “Silencio de neón” y fui la primera sorprendida cuando obtuve el Premio Internacional Juan Rulfo en la modalidad de género negro. Sentí que desde los territorios de Comala, con sus voces y sus sombras, recibía alientos vivenciales y estéticos para seguir encontrando cuentos en la vida y para convertirlos en palabra, palabra misteriosa con la que, como dice nuestro amigo Rulfo, podemos “traspasar la maraña del sueño llegando hasta el lugar donde anidan los sobresaltos”.


Lina María Pérez Gaviria

Nació en Bogotá pero sus ancestros son antioqueños. Percibe cuentos en todas partes y no descansa hasta transformarlos, con su humor negro, en historias punzantes que pican y hacen cosquillas. Escribe para lectores sin antifaz, sus cómplices literarios. También para gente con o sin los pies sobre la tierra; para personas en busca de asombros, fantasmas que habitan el más acá y espantos que se aburren del más allá. Ha publicado: Cuentos sin antifaz; Vladimir Nabokov: A la sombra de una nínfula; Cuentos punzantes y el relato infantil Martín Tominejo. Su novela Mortajas cruzadas, acaba de ver la luz en la colección Seix Barral de Planeta. Ha obtenido reconocimientos nacionales e internacionales, entre ellos el Premio Internacional de Cuentos Juan Rulfo.


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