La visita


Sol Colmenares

 


Lo mejor de la misa de los domingos era el peto. Y lo mejor del peto eran los pedacitos de queso… yo siempre los dejaba para el final. Me gustaba cogerlos entre los dedos, llevármelos todos a la boca y mascarlos como si fueran chicle. Ese domingo, mientras hacíamos la fila al frente de la olla que contenía el anhelado brebaje lechoso, caliente y espeso, mamá nos informó su decisión de invitar a la tía Alfreda para que nos hiciera una visita.
El padre tiene razón —continuó mamá refiriéndose al sermón que habíamos escuchado—: la familia es un bastión.
Yo no conocía a la tía Alfreda; sabía que era la única hermana de mi papá, pero después de que él se suicidó la tía nunca más había vuelto a visitarnos.
Al día siguiente, o sea, el lunes, mamá se fue temprano para el pueblo. Cuando volvimos de la escuela con mis hermanos mamá no había llegado todavía así que tuvimos que atizar el fogón para hacer arroz y abrir una lata de sardinas. Después del almuerzo me acordé del bastión y me fui a buscar el diccionario. Ahí encontré que bastión era lo mismo que baluarte, pero yo tampoco sabía lo que era un baluarte. ¡Cuánta ignorancia! Y no había ni foto ni dibujo. Me tocó entonces buscar el baluarte; mientras lo buscaba me encontré con una página entera llena de dibujos de barcos; había uno egipcio, uno fenicio, uno romano y uno veneciano. También había un galeón, un vapor de ruedas, un petrolero, una corbeta, un balandro y un enorme transatlántico. El que más me gustó de todos fue el dragón vikingo que de verdad tenía forma de dragón y digo de verdad porque la mayoría de las cosas no se parecen al nombre que tienen.
Si el tiempo corriera hacia atrás y yo pudiera ser grande en el pasado, me gustaría subirme a un dragón vikingo y navegar por los mares con un parche en un ojo y una pata de palo. Tomaría la siesta sobre la proa y soñaría con un montón de baluartes que en realidad se parecerían bastante a los pulpos, pero serían de color dorado y habría miles de ellos rodeándome y subiendo hacia la superficie del mar buscando yo no sé qué. El agua es fría y el sol allá arriba está caliente. No quiero salirme del agua pero los baluartes me acosan y me obligan a ascender tras ellos. Con resignación volteo las páginas y busco baluarte aunque justo después de balotar la página aparece en blanco y en la página siguiente la primera palabra que hay es banas. ¡Qué mala suerte!, me voy a quedar sin saber lo que es baluarte y si no sé lo que es baluarte, tampoco podré saber lo que es bastión. Habrá que esperar hasta que venga de visita la tía Alfreda para ver si así entiendo.
Ya estaba anocheciendo cuando regresó mamá. Traía un papelito doblado entre el seno y una sonrisa en la cara. Mi mamá se veía linda cuando mostraba los dientes: blanquísimos a punta de bicarbonato y sal. En el papelito traía anotado el número de teléfono de la tía Alfreda. “Ya está muy tarde para llamar a su tía hoy, pero voy a llamar mañana, nos informó. A mí me gustaba cuando mamá decía mañana” con todas esas aes… mamá pegaba y despegaba la boca suavecito y mientras yo la miraba, pensaba en los campos donde teníamos el maíz y en el cultivo de auyamas que aparecían como tesoros verdes y amarillentos a nuestros pies. Mañana-maíz-auyamas mamá llamaría a la tía Alfreda para invitarla a que nos hiciera una visita. ¿Qué dirá el Larousse de visitar? Me pregunté con esa manía mía por las palabras. Ir a ver por cortesanía, deber, curiosidad o caridad. ¿Por cuál de las cuatro iría la tía Alfreda? Ojalá que sea por caridad para que nos traiga regalos, pensé.
El martes, en el camino de la escuela a la casa, nos fuimos a nadar al pozo de las madreselvas. Yo gané todas las carreras, en la tarde me dio tos y mi mamá me dio una aspirina para que no me enfermara antes de la visita. Estaba contenta mamá. Nos dijo que la tía Alfreda había sido muy amable con ella. Al principio no le reconoció la voz porque ¡claro! hace cuánto que no me oía. ¡Imagínese!, si lo de su papá fue hace once años y cuando eso ella tenía por ahí diecisiete. Alfreda adoraba a su papá: le arreglaba la ropa y le echaba el perfume. Para que parezca un galán de telenovela, le decía. Era muy bonita Alfreda. Quién sabe cómo estará ahora, pero en esa época era muy bonita. Una penca’e morena, con unos ojazos negros así como los de su papá. Y de cuerpo también era bonita, buenas piernas, buenos pechos.
Cuando mamá describió a la tía Alfreda yo no sé por qué empecé a sentir como un nerviosismo. Para escabullirme, escogí una palabra y me fui a buscarla en el Larousse. Penca. Me había gustado como mamá había dicho penca. Una penca’e morena. Hoja carnosa de ciertas plantas. Azote con que se castigaba a los delincuentes. Hoja o espata del maíz. Espadañada. Chorro de sangre. Racimo de plátanos. Borrachera. A la pura penca. Desnudo. ¿Querría mamá decir que la tía Alfreda era como una hoja carnosa? ¿Significaba esto que la tía Alfreda era de piel suave y de gruesos labios? Yo había oído hablar de mujeres de carnosos labios pero no lograba entender cómo una hoja podía parecerse a unos labios, ¿o sería más bien que la tía Alfreda era una de esas mujeres que hace sufrir a los hombres como un azote con que se castiga a los delincuentes? ¿O la sangre? ¿O los plátanos? ¿O la borrachera? ¿O la desnudez? La foto me confundió todavía más porque mostraba un cactus; decidí irme a dormir. Mi sueño estuvo poblado de cactus enormes que en vez de espinas tenían dientes, una morena se me acercaba llorando y me pedía que le sacara las espinas que le chuzaban todo el cuerpo. Yo accedía y ella se sentaba frente a mí y yo iba sacando las espinas con mucho cuidado para que no le doliera, pero de todas maneras le dolía. Después de mucho tiempo, cuando por fin lograba sacarle la última espina, ella se volvía un río de sangre y se alejaba por entre los cactus llenos de dientes.
Alfreda, nos dijo madre al día siguiente, tiene la voz igualitica, no le ha cambiado nada. Le conté lo que había dicho el padre en la misa del domingo y ella me dijo que claro que el padre tenía razón y que la familia era un bastión y que han pasado tantos años, aunque yo los recuerdo mucho sino que… usted sabe, el trabajo. Ahora mismo voy en un taxi, acabé de llegar a Bogotá y estoy saliendo del aeropuerto para mi casa. Mi marido tuvo que quedarse cerrando unos negocios, pero yo sí me vine porque es que uno no puede dejar la empresa sola... usted ¿qué opina? Y yo le dije que claro que uno no puede dejar la empresa sola y que cómo era eso de que se había casado. Sí, hace un año. Ah, no. Pero es que está en plena luna de miel. Y ella, muerta’e la risa. Ahí me preguntó por todos. Del nombre de todos se acordaba. Que qué más de Elisa y de Ángeles. Que si Rodolfo y Wilson estaban igual de simpáticos y que si seguían todos siendo unos pechichones.
Hasta ese momento, gracias a la fuerza y la emoción con que madre hilvanaba las palabras del relato, yo había logrado acomodarme en el taxi, al lado del chofer, viendo cómo subían y bajaban los pechos de la penca ‘e morena mientras hablaba por el teléfono y algo en mi entrepierna se humedecía por primera vez. Pero el carro paró en seco cuando mamá dijo pechichones. Que la penca’e morena nos recordara como unos pechichones hizo que me sintiera como el día en que vimos toda la cosecha de fríjol germinada. El mal genio se apoderó de mí y ya no quise saber nada más acerca de la visita de la tía Alfreda. Me levanté de la mesa y me fui a cubrir los semilleros de tabaco. Pechichones. Con lo que detesto las palabras que tienen ch. Chuchumeco, chorizo, achacoso, chucha, chupón. Empecé a sentir que se me revolvía el estómago y la arepa con queso rallado se me vino toda hasta la garganta y me tocó vomitar ahí mismo, detrás del caney para que nadie se diera cuenta y vinieran a hacerme preguntas para las que no tendría respuestas.
Los sueños de esa noche fueron feos y desordenados. Menos mal en la mañana no me acordaba bien de lo que había soñado. Lo que sí sabía era que habían sido sueños oscuros, llenos de aguas turbias. Cuando me desperté tenía fiebre y todo el día estuve delirando con crucigramas enormes que debían llenarse con palabras que llevaran la letra ch. En la tarde pude levantarme, pero todavía sentía mareo. Sudando fui a la cocina a tomar agua de panela y ahí supe por Elisa que la tía Alfreda nos visitaría el sábado y que mamá haría buñuelos y conserva porque a ella le encantaban. En eso sí no se parece a su papá que no volteaba ni a mirar la conserva que hacíamos con su abuela que dizque porque ese color no le gustaba. Él se daba tres caídas era por el arroz de dulce. De eso sí se comía los plataos cada vez que yo hacía y decía que el arroz de dulce mío era el mejor del mundo, que inclusive era mejor que el que hacía la mamá de él y eso era mucho decir.
Sábado. La penca’e morena nos visitaría el sábado…
El jueves mamá nos dio plata para que fuéramos donde doña Leidi a “pelucarnos”. A mí me gustaba mucho ir a la casa de esa señora porque además de peluquera, doña Leidi era modista y su casa estaba llena de retazos de telas, botones, cremalleras, cepillos, peinillas, peinetas. Todo revuelto y desordenado, no como en la casa, donde mamá no admitía que nada estuviera fuera de su puesto. Yo dejé que mis hermanos pasaran primero porque sabía que después de peluqueados ya no iban a querer esperar y entonces yo podría por fin hacer realidad mi sueño de calvearme; aunque se lo había pedido a mamá varias veces, nunca me lo había permitido. Ese día, sin saber por qué extraña razón tuve el coraje suficiente para pedirle a doña Leidi que me dejara el pelo al rape. Al principio ella dudó. Me preguntó si mamá sabía y yo le dije que claro, que ella misma me lo había aconsejado porque ya estaba aburrida de curarme los piojos. Fue un momento de inspiración. Doña Leidi me creyó y cuando terminó yo le chanté un beso que la dejó medio pasmada y le dije que muchas gracias, que Dios le guardara las manos y que me había dado una súbita alegría. Ella sonrió con cara de no entender lo de súbita y yo salí corriendo loma arriba preguntándome si era así que se decía. Pero sí, yo había leído hacía unos días en el periódico que don Roque colgaba en su tienda: más niños mueren de muerte súbita y yo había buscado en el Larousse y decía que súbito era repentino, que sucede de pronto y así era la alegría que doña Leidi me había dado.
A mamá no le gustó ni cinco mi corte: “¡Cómo te picoteaste el pelo! ¡Tan bonito que lo tenías!” Pero felizmente para mí, ya no había nada que hacer. El viernes me levanté temprano y me fui al caney a recoger las hojas de tabaco que ya estaban secas para hacer los atados. Mamá nos había dicho que la tía Alfreda llegaría el sábado como a las cuatro. A la hora del almuerzo me las arreglé para que Rodolfo se comiera mi arroz con pollo sin que mamá se diera cuenta; no tenía hambre, sentía la garganta apretada como la noche que me soñé que un grandote me levantaba por detrás y me cogía por el pescuezo con unas tenazas. Elisa estaba muy emocionada porque iba a ponerse la pinta que se había estrenado para la confirmación. Era un vestido blanco con flores en la parte de abajo y doña Leidi le había hecho una diadema que llevaba las mismas flores, pero más pequeñas para adornarle la cabeza. Lo que mamá no sabía era que Elisa no sólo estaba emocionada por el vestido sino también porque Lisandro, el muchacho que había llegado a trabajar en la tienda de don Roque, había insistido en pagarle el peto del domingo y se había venido con nosotros todo el camino de regreso recogiendo piedritas blancas que después le puso en la mano mientras la miraba con una fijeza que yo solamente le había visto a los caballos cuando tenían miedo. Yo, la verdad, no entendía cómo a Elisa le podía gustar Lisandro: tenía la piel rosada como los marranos de la finca y se le salían los pedos después de tomar peto. ¡Qué asco!
Por fin llegó el ansiado sábado. A eso de las dos de la tarde, me fui al río para bañarme. Me llevé una pastilla de jabón nueva, tomé un largo baño y me tendí al sol. Calculé que había pasado ya una hora y me froté el cuerpo con la colonia de Rodolfo, que había cogido a escondidas. Me gustaba como olía esa colonia; era un olor ácido, fresco, como de naranja con madera, no como los que usaban mamá y Elisa que tenían un olor dulzón. Subí despacio hasta la casa para no sudar y me encerré en la pieza a cambiarme: camisa blanca de dacrón y pantalón marrón de pana. A las 3:20 ya me había vestido y tenía enfrente de mí cuarenta largos minutos antes de que llegara la tía Alfreda. No quería salir todavía consciente de que mamá no aprobaría la ropa que había escogido. Me revisé los dientes enfrente del espejo y me senté a esperar. A las 3:34 estaba sintiendo muchos nervios y entonces me puse a ver el álbum de chocolatinas jet y a leer las leyendas de los cromos: “Envuelta por su atmósfera, que ha permitido el surgimiento de la vida en su superficie, la Tierra evoluciona a través del firmamento, obedeciendo las leyes de la gravitación y de la mecánica celeste. Con una tercera parte de superficie continental y dos terceras partes de océanos, es nuestro hogar.” Me fui a buscar el Larousse para ver qué era gravitación. “Fuerza en virtud de la cual se atraen recíprocamente todos los cuerpos en razón directa de su masa y en razón inversa del cuadrado de su distancia. Atracción”. De pronto escuché el sonido de un carro acercándose; se oía claramente el resquebrajar de las ramas de los palos de mandarina, ángeles guardianes del camino que conducía a la casa…
Está aquí. Es ella. La visita ha llegado. Quiero levantarme pero las piernas no me obedecen. Mis extremidades parecen no recibir la orden que les envía mi cerebro. Escucho los pasos que se apresuran hacia la puerta principal. Rodolfo y Wilson están abriendo la reja y puedo sentir el alborozo que se apodera de la casa. Está aquí. Es ella. Y yo no puedo moverme. Bendición tía Alfreda, grita Elisa. Ella se ríe. Y su risa parece la risa de una penca’e morena. Su risa se desparrama hasta caer al suelo de baldosas rojas y empieza a rebotar por toda la casa como una pelotica de ping-pong de color anaranjado. La pelota entra por debajo del quicio de mi puerta y se queda mirándome con atención. Mi mamá comienza a llamarme. Tengo que hacer algo pero, ¿qué? Desprender el tronco de las piernas. ¡Eso! Que se queden ahí sentadas si quieren. Me desplazo hacia la puerta y la abro. La visión me entumece el pecho y los brazos: el negro pelo le cae a borbotones cubriéndole los hombros hasta llegar a la cintura, está parada en la puerta de la cocina, tiene unas nalgas lindas y redondas. Las piernas, tal como dijo mamá, son torneadas, fuertes y morenas. Tiene un vestido de rayas verticales de colores y por el espejo del bifé que hay en la cocina puedo verle el escote y la amplia sonrisa. Me doy cuenta de que me parezco a ella. Las largas y onduladas pestañas, los ojos grandes y negros, la nariz recta, la frente ancha y el lunar de pelos debajo del lóbulo de la oreja derecha. Tengo que acercarme, quiero verla de cerca, pero el pecho y los brazos no me responden. Tengo que hacer algo, así que desprendo la cabeza. Girando llego hasta sus pies y desde abajo me quedo contemplándola.
Mi mamá se da cuenta de mi éxtasis:
—¡Ángeles! ¡Ángeles!
—¿Ah?
Mi mamá se ríe.
—Ángeles, ¿vos cuando grande te querés parecer a la tía Alfreda?
Salí corriendo de allí. Y en mi cabeza:
—No, yo no quiero parecerme a ella. Yo quiero que ella sea mi novia.

……..

La comida transcurrió tranquila. Elisa y yo preparamos un sudao de pollo que, según dijo la tía Alfreda, nos quedó delicioso. Después de tomarnos la aguadepanela caliente con pedacitos de lulo, mamá les pidió a los muchachos que lavaran los platos. Me sorprendió que la tía se comiera todo. Cuando nos visitaba gente de afuera, casi siempre dejaban algo. Algunos no comían nada. Ella devoró el pollo y hasta repitió aguadepanela, me acuerdo bien. Mis hermanos Wilson y Rodolfo contaron chistes y Elisa recitó una poesía larguísima que le habían hecho aprenderse en el colegio: “María camina”. Yo estaba un poco fastidiada con todo el espectáculo. Lo único que quería era escuchar la voz de la tía Alfreda y preguntarle un montón de cosas, pero no me atrevía, menos aún delante de todos. Dos veces le sonó el teléfono y ella se alejó un poco para hablar. Después de la segunda vez, dijo que estaba cansada y que quería irse a dormir. Mamá me ordenó que la acompañara. Yo fui hasta su carro para sacar la maleta (una maleta roja, linda, que aun ahora, después de veinte años, insisto en usar para mis viajes) y regresé corriendo para llevarla hasta el cuarto que preparamos especialmente para ella. Habíamos dispuesto una colcha mullida, un par de almohadas rollizas e inmaculadas, un ramo de margaritas sobre la mesa, una jarra de agua y un vaso al lado. Todo blanco, perfecto y acogedor.
¿Tienes de casualidad un cenicero? —me preguntó, sentándose en la cama para sacarse los zapatos.
Aquí nadie fuma —le dije, sorprendiéndome porque nunca había pensado en eso, siendo que nos dedicábamos a cultivar tabaco. (Ahora fumo un paquete diario de Pielroja, que era lo que ella fumaba aquella noche).
Después de pasar dos horas intentando dormirme, decidí que no lo conseguiría, así que me levanté y salí de la habitación cuidando de no despertar a Elisa. La noche estaba despejada y el cielo lleno de estrellas. Deambulé por ahí hasta llegar al caney. Para mi sorpresa y secreta alegría, la tía Alfreda también estaba levantada, fumando. Supe enseguida que la habían picado los zancudos porque se rascaba las piernas, desesperada, y lamenté no haber pensado en ello antes para haberle puesto un mosquitero.
—Le dieron una muenda —dije.
—¿Ah? —exclamó ella volviéndose sobresaltada.
—Los zancudos —insistí, señalando las ronchas que se le hinchaban— le dieron una muenda.
—Ah, sí. Me olvidé de traer el repelente. ¿Qué haces levantada a esta hora? —quiso saber.
—No me podía dormir. Cuando no logro coger el sueño, vengo y me acuesto aquí —le respondí con simpleza, encogiendo los hombros.
—¿Y no te pican los bichos? —preguntó con sincera admiración.
—No, a mí ya me conocen la sangre. En cambio usted es una novedad.
Creí que mi afirmación le merecería algún comentario, pero no dijo nada, más bien pareció ponerse triste y fijó la mirada en algún punto del oscuro horizonte.
—¿Quiere acostarse? —la invité, mostrándole la frazada que traía bajo el brazo, en un intento de reconciliación.
—Bueno.
Entre las dos extendimos el trapo sobre el pasto húmedo. Después de unos minutos, señalando tres estrellas en hilera la tía Alfreda dijo:
—Esos de allá son los tres reyes magos.
—Ah sí —le respondí, pensando en otra cosa.
Yo sabía que aquel era un tiempo precioso, que debía aprovechar la oportunidad.
—Ese lavadero no existía antes —dijo ella.
—Lo hicimos el año pasado.
—¡Qué bonitos los diseños! Son un tucán y una lagartija, ¿cierto?
—Sí.
—¿Quién los hizo?
—Wilson y yo.
—¿Te gusta dibujar?
—A veces.
—¿Y qué material es ese?
—Piedritas.
—Claro, ¡qué boba!
—…
—Cuando era niña me gustaba perseguir las lagartijas.
—¿Y ya no?
—No, no hay lagartijas donde vivo —me contestó riéndose.
Era en ese instante o nunca, yo tenía que saber.
—Mamá dice que los que se suicidan no pueden ir al cielo, se quedan en un lugar que se llama el limbo, errando por toda la eternidad.
Esperé.
Y seguí esperando hasta que mis palabras se anegaron en el charco donde se apareaban los sapos.
—Eso es demasiado tiempo —me contestó por fin ella después de mucho pensar y volvió a sumergirse en el silencio.
Después de un largo rato me preguntó:
—¿Ya has pensado qué quieres estudiar?
—Mamá quiere que sea maestra o enfermera —le informé yo, apesadumbrada previendo las próximas preguntas sonsas que todos los que dejaban de vernos por un tiempo nos hacían, no sin antes revolvernos el pelo con la conocida frase: ¡Cómo está de grande!
—¿Y tú qué quieres? —insistió ella haciendo especial énfasis en el tú.
—A mí me gusta leer, me gustan los diccionarios —y el entusiasmo debió notárseme—. ¿Qué estudia la gente que hace los diccionarios? —pregunté honestamente interesada.
—Bueno, pues eso depende de qué tipo de diccionario sea.
—¿Cómo así?
—Sí, porque puede ser de Historia y entonces lo hace un historiador, o de Filosofía y entonces lo hace un filósofo.
—O una filósofa —señalé yo, muy seria.
—Sí, tienes razón, o una historiadora —me concedió ella sonriendo.
—No, pero yo digo los comunes y corrientes, como el que yo tengo.
—Ah, pues ese yo creo que lo hace alguien que estudió etimología.
—¡El origen de las palabras!
—Sabes muchas cosas.
—Lo aprendí en el diccionario.
El croar de los sapos y el chillar de los grillos servía de música de fondo a nuestra conversación. Lo pensé mucho antes de decidirme a preguntarle, pero tenía que saber.
—¿Por qué nunca vino a vernos? —le espeté.
La tía Alfreda se incorporó y me abrazó. También me pareció que había lágrimas en sus ojos, pero no estoy segura.
—Perdóname —me dijo, conmovida.
Yo me deshice del abrazo un poco incómoda aunque al mismo tiempo emocionada al sentir su cuerpo abrigado cerca del mío.
—¿Por qué se va mañana? —le pregunté mirándola con devoción, rogándole con los ojos que no se marchara, que se quedara a vivir conmigo entre las lagartijas y las chicharras.
—Tengo cosas que hacer, debo trabajar.
—¿En qué?
—Estoy diseñando el vestuario para una obra de teatro.
—O sea que usted es modista, como la señora Leidi —concluí tontamente.
—Bueno, en realidad yo no coso, diseño la ropa y otras personas se encargan de coserla.
—Ah, ¿y usted actúa? —que la tía Alfreda fuera actriz encajaba perfectamente con la idea que yo quería tener de ella.
—No, no. Sólo diseño el vestuario.
—Y el vestido que tenía hoy, ¿lo hizo usted?
—Lo diseñó Ricardo, mi esposo. ¿Te gusta?
—Sí, es bonito.
—Si quieres, te lo regalo.
—Yo no uso vestidos. Me gusta verlos, pero no ponérmelos, no me quedan bien.
—Eso lo dudo. Tú eres una chica muy linda.
—¿Cómo se llama la obra? —le pregunté, un poco turbada por su comentario.
—Vasijas color de rosa.
—Ah. ¿Y de qué se trata? —dije intentado disimular que no lograba imaginar una vasija color de rosa… las rosas tienen tantos colores..., ¿cómo hablar de un color de rosa?
—Bueno, es un poco difícil de explicar. Es una obra sobre el dolor humano. En realidad, es una combinación entre danza y teatro. ¿Tú alguna vez has visto teatro?
—El año pasado presentaron en la escuela una obra con títeres —respondí, un poco avergonzada por no saber nada de teatro.
—¿Ah sí?
—Sí.
—¿Y te gustó?
—Sí, era muy chistosa. Había un rey y una reina. El rey era muy grosero, se la pasaba diciendo groserías y queriendo comerse a la reina —el recuerdo me produjo risa.
—¿Y dejaron presentar eso en la escuela?
—No los dejaron terminar —le informé, aún riéndome.
—Yo podría traer la obra de teatro en la que trabajo.
—¿De verdad?
—Sí, tendría que hablar con Ariel, el director. No creo que haya problema. ¿Te gustaría?
—Claro, podríamos presentarla en el parque o en la escuela.
—Entonces está arreglado.
Una zarigüeya nos espiaba entre los arbustos. Sus ojillos brillantes parecían decirme: Dale, pregúntale, pregúntale otra vez.
—¿Por qué no vino antes a vernos? —obedecí a la zarigüeya.
—No lo sé. Tal vez tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
—De volver —contestó en tono de impaciencia agitando las manos para ahuyentar los zancudos, pero también, pensé yo, para ahuyentar los recuerdos.
—¿Es verdad que yo me parezco a mi papá? —continué yo, terca.
La tía se quedó mirándome. Era una mirada extraña como de asombro, tristeza, nostalgia y alegría, todo a la vez.
—Sí, mucho. Físicamente te pareces mucho, tienen la misma contextura, los mismos ojos, la misma boca —la pregunta pareció gustarle porque se soltó un poco.
—O sea que usted también se parece a él —la animé.
—Pues sí, eso dicen.
—¿Cómo era la voz de él?
—¿La voz?
—Sí.
—Uy, qué pregunta difícil —en este instante soltó del todo y puso cara de ensoñación; es la imagen que mejor conservo de aquella noche— ¿Cómo se describe una voz? —le preguntó a la noche en un tono dulcísimo—. A ver, pues era gruesa y cálida. Lo que más recuerdo es su risa... se reía a carcajadas, unas carcajadas grandes que se oían por toda la casa.
—¿Cómo eran sus manos? —me entusiasmé yo.
—Como las tuyas, de dedos delgados y largos.
Al decir esto, la tía Alfreda rozó mis manos levemente. Yo las retiré nerviosa, sintiendo que se me calentaban los cachetes.
—Mamá dice que era muy inteligente.
—Sí, así es.
—¿Usted sabe por qué se mató? —solté la pregunta que hacía años crecía entre mis manos como una pelota pegajosa. Temí que al caer, la pregunta-pelota se estrellase contra el suelo y despertara a todos en la casa, pero en cambió se quedó inerte, pegada al suelo, sin rebotar y sin despedazarse.
—Yo creo que fue la angustia. Estaba muy angustiado. Y triste —dijo ella después de una pausa. La respuesta tampoco hizo ruido.
—Mamá dice que lo estaban buscando para matarlo y que él prefirió matarse primero.
—Sí, eso dijeron.
—Los animales no se suicidan —afirmé, con la esperanza de que ella dijera más cosas.
—¿Cómo sabes eso? —se limitó a preguntar.
—Nos lo dijo la maestra.
La tía se quedó callada nuevamente, durante un tiempo larguísimo. Yo supuse que ya no quería hablar más así que decidí dejar todas mis otras preguntas para después. Pero debía asegurarme de tenerla de nuevo para mí sola, para que pudiéramos hablar:
—Yo una vez recogí un pajarito muerto que se había caído de un nido. Si se queda hasta el lunes, la llevo mañana al pozo y le muestro dónde.
—Está bien, Ángeles. Está bien. —Esta vez sí estuve segura de que lloraba.

………

Al día siguiente, cuando me levanté, descubrí que la tía Alfreda se había marchado. En vano busqué una nota que —pensaba yo— tendría que haberme dejado escondida entre las páginas del Larousse. Lo que sí dejó, en cambio, fue su maleta roja y dentro de ella, el vestido a rayas. Mamá intentó localizarla algunas veces, pero ella nunca contestó nuestras llamadas. Al principio sentí rabia y decepción, pensé que era una egoísta, como mi papá. Y que a ella, al igual que a él, le habíamos importado muy poco. Muchas veces la perdoné pensando en que debía considerarnos vulgares y simples. También consideré la posibilidad de que fuera estúpida, tan estúpida que no podía reconocer el amor ni siquiera teniéndolo en frente.
Ahí donde yo quería respuestas sólo encontré una maleta roja, un vestido a rayas, la adicción a los Pielroja y una vocación: el teatro. O en otras palabras, aprendí lo que es la decepción. Eso fue todo. Con el tiempo la olvidamos. Yo la olvidé todas las veces que pude de la misma manera en que olvidé a mi padre: mientras hacía los atados de hojas de tabaco, cuando iba al pozo de las madreselvas para buscar pajaritos muertos, al encontrar palabras en mi diccionario. Los olvidé también todas las mañanas, todas las tardes, todas las noches. Los olvidé en los orgasmos, en las auyamas y en los barcos. Y ahora mismo mientras escribo esto, a mis treinta años, sigo olvidándolos.


Sol Colmenares Rodríguez
Profesora de la Universidad del Valle

 

A mí me han criticado mucho mis paisanos que cuento mentiras, que no hago historia, o que todo lo que platico o escribo, dicen, nunca ha sucedido y es así. Para mí lo primero es la imaginación;… antes está la imaginación circulando; la imaginación es infinita, no tiene límites, y hay que romper donde cierra el círculo; hay una puerta, puede haber una puerta de escape y por esa puerta hay que desembocar, hay que irse. Así aparece otra cosa que se llama intuición: la intuición lo lleva a uno a pensar algo que no ha sucedido, pero que está sucediendo en la escritura.


Juan Rulfo

 


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