Pronombres personales

 


Alejandra López González

 


I. Yo:


Santiago y yo estuvimos en una fiesta anoche en una casa con patio grande cerca de la Nacional. Mucha gente. Vodka fino y vodka barato. Europeos. Estudiantes de la Nacional. Marihuana en exceso.
Jairo, el amigo de Santiago, andaba fumando en las esquinas y hablando alemán del que se habla en Suiza, hasta que se acercó a mí y me ofreció de su cigarro.
—Usted sabe que esa vaina no me gusta —le dije.
A la media hora apareció otra vez junto a una austriaca que frente a mis ojos abrió una cajita de galletas y me mostró unas bolitas de color café mientras sonreía sin hablar una sola palabra de español.
—Si no se la puede fumar entonces cómasela —me dijo Jairo.
Me metí la bolita a la boca, sabía a maní dulce con ajonjolí. Me la comí con calma, despacio, sin afán. Me senté en el piso y pensé que la marihuana no hacía nada. Tomé otro trago de mi vaso de vodka fino. Me paré un momento y fui a buscar a Santiago que andaba hablando alemán con los amigos de Jairo.
—Me acabo de comer una bolita de marihuana. Si me pasa algo no me vaya a dejar aquí tirada —le dije.
Regresé a mi rincón y me senté junto a un estudiante de la Nacional amigo de Santiago. Hablamos de cosas y de repente me encontré diciéndole a este fulano que el cielo estaba divino esa noche, que lo mirara, que estaba todo rojo, como Dinamarca a las doce de la noche, como el círculo polar en verano cuando el sol nunca se pone, cuando la noche nunca llega, cuando nunca salen las estrellas. A mí en realidad me pareció que esa noche el cielo bogotano era divino, más divino que el círculo polar, más divino que toda Europa junta, a mí me pareció que Bogotá-Colombia-Suramérica era el mejor lugar del mundo. Y el otro empezó a reírse.
—¿De qué te reís? —le pregunté con rabia
Pero la risa del otro era contagiosa, así es que empezamos los dos a reírnos a carcajadas. Nos reíamos de que Bogotá era divina, de que el cielo estaba rojo, como en Dinamarca, de la existencia lejana del círculo polar y ya no podíamos parar de la risa hasta que nos empezó a doler el estómago y yo empecé a hablarle en danés.
—¿Por qué no hablás danés, sos idiota o qué? —le pregunté cuando noté que no me estaba entendiendo.
Y entonces él se enojó y antes de abandonarme a mi suerte, tirada en mi rincón, me dijo que estábamos en Colombia y acá no se hablaba danés y que a la mierda con mi danés de mierda, con mi danés de locos, con mi danés de seis millones de habitantes, que a la mierda conmigo y con Dinamarca y con mi cielo rojo.
De la nada apareció Santiago. Le pregunté que por qué nadie más nos entendía, pero él me respondió en alemán (y yo no entiendo alemán), así que me aburrí.
Empecé a sentirme enferma. Vomité. Pensé en Dinamarca, en el mar del Norte, en las espadas de los vikingos y en el martillo de Thor. Recordé la letra completa de una canción en danés para niños, pero cuando iba a cantarla en lugar de música lo que salió de mi boca fue un vómito amargo. Alguien me trajo un vaso con agua. Bebí y miré otra vez el cielo bogotano que seguía rojo sin estrellas ni luna. Lloré.
Santiago vino y se acuclilló frente a mí, me dijo que no llorara, y como ni siquiera lo miré, se levantó y se fue por donde había venido. En ese momento supe que no podía pararme, que no podía caminar, ni hablar, ni cantar. Pensé que se me había corrido la pestañina y el delineador y me sentí fea. El cielo aún estaba rojo.
Al final alguien —que no era Santiago— me levantó, me subió a un carro y me llevó a un apartamento en Ciudad Salitre, muy cerca del terminal de transporte. De aquello sólo recuerdo la ventana del carro abierta y el viento frío que me revolcaba el pelo.
Al otro día desperté en el apartamento de alguien que no conocía, con toda la ropa puesta (cosa que me tranquilizó) y sin guayabo, ni físico ni moral. Tenía eso sí cierta tristeza, o más bien nostalgia, pero no sé muy bien por qué. ¿Dónde se había quedado Santiago?

 

II. Tú:


Tú me dejaste con el vaso de agua en la mano. Dijiste que no llorara más, que estábamos en Bogotá-Colombia, que Dinamarca quedaba muy lejos, que eso había sido una etapa de la vida que había que guardar.
Luego te ví entre el suelo y el cielo rojo, te ví hablando con una mujer que jamás había visto. Era callada, rara, de piel oscura. Había algo extraño en ti, en tu actitud, en tu manera de hablar. Estabas bailando y tú nunca bailas, tú no sabes bailar, y ahora andabas bailando vallenatos, salsa y son cubano. Bailabas como los campesinos de Boyacá y estabas cogiendo a la mujer de las manos, haciendo que diera vueltas, dando vueltas tú mismo, apretándola contra tu cintura.
La mujer rara llegó con tu profesor, ese que dice que puede convertirse en pantera cuando fuma opio. Ella estaba divina. Cuando la viste seguro pensaste que era la mujer más hermosa del mundo, seguro que nunca habías visto unos ojos así, una piel así, un cuerpo así, una mirada así.
Y la mujer te miró tímida y sonrió con sus dientes blancos y perfectos. A ella también le pareciste divino, a ella seguro le pareció que eras algún dios de la mitología azteca. La reencarnación de Quetzalcóatl.
A pesar de que los hombres le daban asco, y sobre todo, miedo, hubo algo en ti que a esta mujer le gustó. Este hombre flaco y de ojos verdes que hablaba muchos idiomas, que era gracioso, que bailaba vallenato dando vueltas con la botella de vodka en la mano, este hombre que eras tú, no le daba miedo, no le daba asco y además la hacía reír.
Tú entonces la cogiste de la cintura y la sacaste a bailar “Este es el amor, amor el amor que me divierte cuando estoy en la parranda no me acuerdo de la muerte...”, y cantabas a todo volumen, tomabas a pico botella, le ofrecías a ella, ella te recibía y tomaba contigo y ambos daban vueltas a toda velocidad, reían y bailaban felices bajo el cielo rojo bogotano.
Tú la descubriste perfecta bajo su vestidito negro y no la podías mirar a los ojos porque sentías que ese brillo te encandilaba y te hacía ir los efectos del vodka y de la marihuana, esos efectos que te gustan tanto.
Te ví acercando tu cuerpo flaco a su cintura, deslizando tu mano por su cadera, bailando así pegadito con tu cabeza apoyada en el hombro de ella, como bailan los colombianos cuando están prendidos, y le hablabas al oído, le preguntabas de dónde era y ella te decía México, soy de México, y en ese momento tu adoraste México, pero de lo único que te pudiste acordar fue de Cantinflas y sin querer empezaste a bailar como Cantinflas mientras ella se moría de la risa al verte.
Ella estaba alegre, no había estado así de alegre desde hace años. Estaba contenta. Y tú, que bailabas con ella y le apretabas la cintura, le gustabas. Era la primera vez desde que tenía memoria que un hombre le gustaba de veras.
Entonces te lo dijo.
—Usted me gusta señor.
Y tú le sonreíste y le dijiste: “usted también me gusta señora”.
Y siguieron bailando música cubana, música latina, música alegre, música con tambores, percusiones, pianos, trompetas y saxofones. Y una gaita y un lamento de gitano y otra vez esos tambores ahora con timbales que alguien aprendió a tocar tan bien, y ya qué alemán, ni qué inglés, ni qué danés, ni qué mierda, ya qué Europa civilizada si aquí en Colombia tenemos todo, todo en uno, la felicidad al alcance de la mano, como los planes Decamerón todo incluido.
Seguiste bailando cuerpo a cuerpo con tu princesa azteca, hasta que por fin te decidiste y la besaste. Primero despacito, como para tantear el terreno, y luego sí como debe ser, como besas tú.
Ella no sintió miedo, no sintió asco ni náusea por el género masculino, esta vez se entregó totalmente a ti y dejó que tu saliva entrara en su boca. Se dejó tocar la lengua con tu lengua y ella también jugueteó mordiéndote los labios, sintió cosquillitas en el vientre y mariposas en el estómago y esa sensación de hormigueo en las piernas le encantó.
El cielo ya no era rojo, había salido la luna en Bogotá y las estrellas también. Bogotá estaba preciosa esa noche fría que ahora ya no era tan fría.
¿Y la fiesta?
¿Y la música?
¿Y los tambores?
¿Y los borrachos?
¿Y la marihuana?
¿Dónde se había ido todo el mundo?
Es que todo el mundo había desaparecido. Todo el mundo había desaparecido para que tú y tu mexicana pudieran estar ahí en ese patio de esa casa cerca de la Nacional y para que Bogotá pudiera ser tuya, sólo tuya esta noche de esta Bogotá divina.

 


IV. Ellos


Los encontré sentados en una mesa del fondo en el Café Pasaje. Cerca de los baños. Tomaban cerveza y él fumaba cigarrillo. Me sorprendió verlo fumar. Él no fumaba sino en las fiestas. Él leía un libro en alemán cuyo nombre es un misterio para la humanidad. Ella, a su lado, me vio llegar y saludó sin sonreír.
—Mucho gusto —le dije
Ella, sin extender la mano y aún sin sonreír, respondió con una mueca.
—Quiubo —le dije a Santiago.
Él, sin levantar la cabeza y sin dejar el libro de lado, respondió con un gesto extraño.
Sonaba esa canción que tanto me gusta. La que hace llorar a mi papá porque dice que se acuerda de mí.

“Que se quede el infinito sin estrellas
O que pierda el ancho mar su inmensidad
Pero el negro de tus ojos que no muera
Y el canela de tu piel se quede igual…”

Santiago seguía concentrado en el libro.
Y en ese momento me sentí como una estúpida, parada ahí en ese lugar absurdo del centro de Bogotá, de noche.

“Si perdiera el arcoiris su belleza
Y las flores su perfume y su color...”
La mujer miraba hacía el infinito. Parecía estar buscando el cerro de Monserrate, y como no podía verlo, parecía estar haciendo un esfuerzo muy grande, como si quisiera tener poderes mágicos, para desaparecer los edificios que le impedían ver la montaña.

“Me importas tú y tú y tú
Y solamente tú y tú y tú...”

Nadie habló. Ni ellos ni yo. Esperé a que se terminara la canción.
La canté mentalmente. Toda.
No sé si ellos hicieron lo mismo.
La mesera me preguntó qué quería.
—Nada —respondí.
—Tómese algo —dijo Santiago.
—No, yo sólo vine porque usted me llamó.
—Es que quería presentarle a mi novia.
—Bueno, pues mucho gusto, ya la conocí. ¿Algo más? —me dio rabia esta frase, me dio rabia porque no quería que la otra se diera cuenta que estaba celosa, y la frase estaba llena de veneno.
—No, nada más —dijo Santiago sin dejar de leer el libro.
—Bueno, entonces nos vemos.
Y sin despedirme de ellos, ni de ella ni de él, salí de aquel lugar, que en ese momento me pareció el peor de la tierra, y paré un taxi en la Jiménez con Séptima.
IV. Nosotros
Santiago y yo estuvimos en una fiesta anoche en una casa con patio grande en La Candelaria. Muchos árboles iluminados con bombillos amarillos llenaban el jardín. Bombillitos de colores —como los de los pesebres— adornaban las mesas. Mucha gente. Mucho whisky. Nada más. Sólo whisky. Y cocaína en platicos de plata. El embajador de Francia nos ofreció un poco. No aceptamos.
Era el cumpleaños del embajador de Alemania. Hubo alemán y francés. Y como yo no hablaba ninguno de los dos, tuve que hablar toda la noche en inglés. Al final nos fuimos a la casa temprano y en sano juicio. Nos cogimos de la mano mientras caminábamos hasta un parqueadero cercano.
—Eran más divertidas las fiestas de la época de la universidad —fue lo único que comentó Santiago.
Entonces, no sé por qué, recordé aquella fiesta lejana en donde comí marihuana y en la que Santiago conoció a la mexicana a la que recordé con toda claridad, y por la que no tuve en ese momento ningún sentimiento concreto, como si jamás hubiera existido en nuestras vidas.
—A mí no me parece. Simplemente los tiempos cambian —comenté yo.
En ese momento ambos pudimos ver una estrella fugaz, el perro del parqueadero ladró, Santiago prendió el carro y yo sentí como si el mundo entero hubiera desaparecido para que nosotros pudiéramos estar ahí, para que la ciudad pudiera ser nuestra, sólo para nosotros esa noche de esa Bogotá divina.

Alejandra López González (??)


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