En el jardín del frente

 


Ana María Cadavid M.

 


¡Guillo! Fue el grito que nos despertó temprano. Mara salió de la cama y ladró enloquecida. Guillermo corrió a la puerta y volvió renegando.
—¿Qué paso?
—El perro del frente se llama Guillo.
A través de la ventana los vi. Eran los vecinos que llegaban con un trasteo pequeño. Cada mueble que bajaron se transparentó por los empaques de plástico. Todos eran nuevos y modernos. Escondida detrás del velo seguí mirando hasta ver sus caras. Eran jóvenes. Él, delgado, firme, piel acanelada, rasgos finos. Ella, esbelta, bien torneada, de cara limpia, clásica. Una pareja de bellos, un par de hermosos... y bellos.
—Deja de mirar que te van a ver.
—No pueden ver, aquí está oscuro.
—Te van a ver.
—No.
—Y si prendo la luz.
—Idiota —le dije abandonando la ventana.
.......

En la mañana no tuve tiempo de ir a la vidriera, pero en la tarde miré por ratos. El perro, Guillo, corría de un lado a otro; grande, mal encarado, ñato. Mara daba saltitos, agitaba sus crespos blancos y ladraba. La cargué. Silenciosa miró desde la ventana. Más tarde sentí otra vez al perro, el animal avisaba algo... la mujer apareció con una bata y un turbante de toalla blanca. Una chica spa. Se dio vuelta, abrió la bata y continuó su paseó en bikini para luego extenderse en una silla playera. Su imagen dorada, perfecta, resplandecía en el jardín.

Dejé la ventana. Tomé una revista de moda y me senté a mirarla. Unos gemidos acompañados de unos rasguños en mi pierna, me interrumpieron. Abrí la puerta y dejé salir a Mara.
.......

—¿Qué ha pasado?
—Nada, por aquí no pasa nada.
—Y los del frente, ¿en qué van?
—Ella se asolea en la tarde.
—¿Bonita?
........
Guillermo llegó temprano. Entró en la casa y volvió a salir. Lo vi sentado en el corredor mirando el jardín del frente. Abrí, saqué a Mara y ella se echó al sol, junto a sus pies.
—¿Por qué viniste tan temprano? —Pregunté cuando comíamos.
—¿No puedo venir temprano?
—Sí, claro que sí, lo prefiero a que llegues tarde.

Le serví la sobremesa.
—¿Bonita? —Se quedó callado, fue a la cama y llamó a Mara. Juntos vieron la televisión.
.......

En la mañana, antes de tomar la escoba, caí al mirador de la ventana. Cuando decidí que no iba a perder tiempo en tonterías, apareció él... ¡Precioso! Frente a mis ojos, en medio del prado, un David en bóxer blanco. El sol azotaba la blancura inmaculada del algodón y le recorría la piel. Desfiló en cámara lenta. Se agachó y le lanzó al perro un hueso. ¡El discóbolo! Mara gimió desde el suelo y me quite de la ventana. Agachada, mirándola a los ojos, le dije: ¡en el jardín del frente, hay un monumento!
.........

¡Guillo! Nos despertó el sábado a las siete. Volteamos la almohada y seguimos durmiendo. Nos levantamos tarde. No hice desayuno. Me lavé el pelo y decidí que aprovecharíamos el verano para almorzar en el jardín.

—Prende el asador, —dije desde el vapor de la ducha.
—Difícil, hace mucho que no lo usamos.
—Hazlo, dame gusto, hoy quiero un almuerzo al aire libre. —Me vestí playera. Peiné mi pelo mojado hacia atrás y en el espejo me maquille un poco. Cuando salí del baño, le dije:
—Vístete bien, ponte bonito.
—Pero si estoy en mi casa... en sábado.
Preparé unas piñas coladas. Estaba de buen ánimo. Ensarté trozos de cerdo. Los barnicé con salsa de cebollas, pimentón y tomate. Guillermo encendió el fogón. El humo iba y venía con el viento. El olor de la carne, el aire, el sol y los tragos, nos avivaron el ánimo.
—¿Qué dirían los vecinos de esta carne? —Le dije sentándome en sus piernas.
—Ellos deben ser vegetarianos.
—Y yo con este apetito. —Volví a pararme, volteé la carne, serví otras bebidas y las llené de hielos.
—Brindemos por nosotros.
—Y, ¿eso?
—Te acuerdas, ¿cómo éramos? —volví a sus piernas con los vasos llenos—. Estuve viendo las fotos viejas.
—Y descubriste que...
—En serio, hacía mucho tiempo que no las miraba. Éramos lindos. Me encantabas, —le di un beso.
—Estás hablando en pasado, —me lo reprochó con humor pasándome la mano por la cintura.
—De verdad, vi las fotos del viaje al Cabo de la Vela, y las de Panamá... estabas todo talladito, bronceado, con tu pantaloneta Hawaiana... y yo en bikini. ¿Te imaginas?
—Se nos va a quemar la carne.
—Que se queme.
En ese instante un chasquido de madera avisó el cataclismo... Al suelo, de culos, caímos al suelo. La silla se reventó y nos botó a la tierra. Uno encima del otro. Rodamos en nudo. Nos bañamos en ron. Mara se nos echó encima lamiéndonos la cara. Estallamos en carcajadas.
¡Guillo! Los vecinos salieron al jardín. Nos paramos. Tambaleantes, volteamos la carne. ¡Guillo! Volvieron a gritar lanzando un hueso. El perro se quedó mirándonos. Servimos los platos y nos fuimos a comer adentro.
Después, por la tarde, volví a mirar las fotos. Escogí la mejor. Los dos, en la playa, frescos, hermosos. La puse en un portarretratos sobre la mesa de noche. Cuerpos bronceados, sonrisa blanca, pelo desarreglado, viento... Esa noche, él miró la foto, rezongó y se acostó a dormir.
.........

Al día siguiente Guillermo llegó antes del atardecer... con tragos. Se sentó en el corredor. Bebió una, tras otra, cinco cervezas. Mara se echó junto a él. Después de un rato, la mujer del frente salió lanzando un hueso. Mara saltó. Pasó la calle. Se prendió al hueso. El perro se plantó desafiándola en gruñidos. Le mostró los dientes. Guillermo se puso de pie. La mujer agarró una toalla. “¡Guillo, Guillo, Guillo!”, gritó. Mara aferrada al hueso lo miró. El perro la agarró del cuello. La zarandeó... Le arrancó el hueso. “¡Mara!”, clamó Guillermo. Tambaleante cruzó la calle con una rama. “¡Maldito perro!”, exhaló empuñando el palo. Salió el hombre del boxer blanco... se interpuso. “¡Perro cochino!” En el pecho, atajó el golpe. “¡Maldito borracho! ¡Mal nacido! ¡Cerdo repulsivo!”. Lo zarandeó. ¡Váyase a donde su mujer!
Mara vino corriendo y saltó a mis brazos. Guillermo quebró la rama con la rodilla. Vacilante, regresó a la casa. Lo recibí con la puerta abierta. Le dije que viniera al cuarto, que se acostara, que yo iba a la cocina por un caldito. Cuando volví, ya estaba dormido.
Le quité los zapatos, corrí la cortina, guardé la foto y me acosté a su lado.


Ana María Cadavid M. (Colombia)
De niña era la hija de Alberto y Leonor, después pasé a ser la mujer de Rodríguez, la mamá de Santiago y Sergio; hace poco alguien me presentó como la que se ganó el Malpensante... supongo que uno siempre es alguien en virtud de otro.


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