La sonrisa del parque

 


Esther Fleisacher

 


No pensaba (un espectador, un mirón, podría pensar eso). Miraba al frente y seguía atentamente la conversación que sostenían dos mujeres cuarentonas en la banca de al lado, en el parque.
—¿Puedes creer? Siempre se pareció al padre —decía la de la blusa azul cielo—, y ahora, cuando estamos juntas, todos nos encuentran el parecido.
—¿Sabes? Yo también lo he notado, está linda, cada vez se te parece más —afirmó la que sostenía el bolso en el regazo, como si lo fuera a abrir en cualquier momento.
—Me gusta mucho que se me parezca..., pero eso de la genética y el fenotipo es extraño —mientras hablaba se doblaba las mangas de la camisa azul cielo. El sol había empezado a calentar—. ¿Puede uno cambiar, así, de un día para otro?
—Yo no sé mucho, pero hace poco una amiga psicoanalista hablaba de que uno se va pareciendo a las identificaciones que va haciendo... —por fin abrió el bolso y sacó un paquete de maní.
—¿Entonces el asunto genético no es una determinación fija?
A Andrea la cansó el tema y sacó el libro de Truman Capote, Desayuno en Tiffany’ s. La hacía sonreír.
Llevaba una semana de vacaciones, todo encajaba para estar tranquila, pero la ola le enfriaba los pies cuando menos lo esperaba; buscaba compañía, abrazos, conversación, cine, buena mesa, vino o un libro. A veces funcionaba y los pies recobraban su temperatura; pero otras veces la ola era obstinada, entonces sentía que la vida era una fila interminable y ella estaba de última, con frío.
Esa mañana había ido al parque de su niñez. Llevaba meses pensando en eso. Quería recorrer el barrio donde había crecido, visitar la que había sido su casa —construída especialmente por sus papás. Primero compraron el lote y después tuvieron que pensar en todo: quién dormiría con quién, la altura del techo, el lugar para las escaleras, el color de los baños—. Se volvió grande e insegura: por los hermanos casados, los viajes, las muertes, el trabajo. A menudo pensaba en esa casa, en el papá y la mamá, trabajadores, que consiguieron una casa propia para la familia. No la compraron, hicieron levantar cada muro.
Ahora vivía sola, en un apartaestudio confortable, situado en un barrio nuevo. No había niños en el edificio, lo buscó a propósito, no quería llantos. Sin embargo, cuando tenía la oportunidad le gustaba escuchar sus voces y sonreía. Se imaginaba a otra mujer, veinticinco años atrás, que se paraba a ver los juegos de ella con sus hermanos y sonreía.
El frente de la casa lo recordaba con un arbusto. Le pareció extraño, se demoró en darse cuenta de que el arbusto ya era un árbol de mango. Miró con detenimiento la fachada, era imperdonable: la puerta de entrada y los hermosos pasamanos tallados de los balcones estaban pintados de blanco. Habían escondido el color de la madera.
Desistió de pedir permiso para entrar a la casa, como había sido su intención inicial, y se fue al parque. Aún era temprano y los niños no habían salido de la escuela. Quiso sentarse un rato, allí escuchó la conversación anterior a la lectura de Desayuno en Tyffany’s. Cuando levantó la mirada del libro las mujeres ya no estaban.

Alcanzó a ducharse. Manuel llegó a la hora acordada, fueron a cine y después a comer. Al día siguiente él la llevaría al aeropuerto, esta vez había decidido viajar sola. Una semana en Cartagena.
—¿Si lo que te gusta es el mar, por qué Cartagena? Si siempre la desechamos por sucia y atiborrada.
—Esta vez es diferente.
—¿Ya no te gusta el mar? —Manuel trataba de no mover las manos.
—Claro, voy a las Islas del Rosario también. Pero quiero ciudad, me gusta mirar y escuchar a la gente.
—Mirar y escuchar, cada vez entiendo menos. Entonces quédate aquí —Manuel apretó la mano de Andrea, pasando el brazo por encima de la mesa.
—Quiero estar cerca del mar —Andrea sonrió, como imaginó que lo haría alguien que los estuviera escuchando.

En dos días viajaría de regreso, la imaginación y la realidad habían estado bastante cerca. Miró y escuchó a hombres jugando dominó, mujeres en el mercado, niños detrás de una pelota, conversaciones en las mesas vecinas, en el ascensor del hotel, en la playa. Y al mar enorme.
Pero esa noche el frío se le acercó a los pies. Bajó a la discoteca a ver bailar y a bailar. Por la mañana la temperatura de los pies estaba bien, era su última mañana y prefirió quedarse en la habitación. Le gustaba la sensación de estar de paso en un lugar impersonal, a pesar de las flores de Manuel.
Recordó la conversación de las mujeres en el parque.
Frente al espejo no lograba saber por ella misma a quién se parecía. Cuando era niña le decían a la abuela paterna; ahora que a la madre, cuando ven su foto en la repisa. Pero no se acomoda en ninguna. Las dos son demasiado serias y a ella le gusta sonreír.
Fue la primera vez que se le ocurrió que el frío y la sonrisa debían de tener alguna relación, eran inesperadas y de una intimidad similar.
Y si lo que esas mujeres en el parque habían dicho era cierto, entonces, en los primeros años de su infancia la abuela Gloria había sido su personaje predilecto, siempre le decían que era su retrato. La abuela, después del baño, incluso ya grande, la hacía salir al sol para calentarse. Después se fueron a la ciudad, la abuela se quedó en el pueblo. Durante mucho tiempo no supo más a quién se parecía, nadie decía nada.
—Y ahora resulta que a mi madre. Bueno, que uno quiera ser como la mamá debe ser normal —le decía Andrea a su imagen en el espejo—. ¿Pero será posible que uno quiera imitar la sonrisa de la mujer en el parque?
A pesar de la distancia con que se trataban su madre y la abuela, para ser de la familia, Andrea sentía como si hubiera crecido en la casa de los abuelos; como si el parque hubiera sido su lugar de juegos, el mismo del padre, hasta que apareció la loca. Cuando la sentaba al sol, la abuela Gloria, le contaba las historias del parque. Quedaba al lado de la casa, tenía palmeras altas, bancas de cemento y senderos con flores amarillas; era pequeño.
—La loca gritaba por la noche. Se la llevaban y en cualquier momento volvía a aparecer. Durante el día siempre sonreía y nunca le hizo nada a nadie. Quería tocarle la cabeza a los niños, pero nos daba miedo y asco. Fueron unos pocos meses, pero ya nadie se sentía tranquilo. El parque desde entonces está solo. —Cuando llegaba a este punto la abuela se cogía la oreja y empezaba a hablar de las compras para el almuerzo o de los hijos que la visitaban poco.
Para Andrea el relato era tan vívido que hasta recordaba a la loca y su sonrisa. En secreto siempre le reprochó a la abuela no haber dejado que les tocara la cabeza a los niños. Con seguridad le habría hecho bien, se decía y sonreía, como pensaba que lo hubiera hecho la loca, con un poco de ternura.


Esther Fleisacher (Colombia)
Lectora, escritora, psicoanalista y editora. Su libro de poemas, Cable a tierra, obtuvo en el 2000, una beca de los Fondos Mixtos para el Arte y la Cultura en Antioquia. Publicó en 1999 Las tres pasas (Editorial Universidad de Antioquia). La sonrisa del parque es su segundo libro de cuentos, todavia inédito.

 

***


Pero ya sabes lo que siempre digo: me desespera que, cuando una mujer escribe una novela protagonizada por una mujer, todo el mundo piense que está escribiendo sobre mujeres, mientras que cuando un hombre escribe una novela protagonizada por un hombre, todos piensen que está escribiendo sobre el género humano... No sé, salvando las distancias, a nadie se le ocurre decir que en El Quijote los personajes masculinos son mucho más ricos que los femeninos.
Rosa Montero


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