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Alexandra Arenas

 

 

La sonrisa dulzona, como una mofa, es la que no deja olvidar a Sahan. Posee esa clase de almíbar que no sólo invita sino que incluso obliga a corresponderla, y se deja entonces uno llevar entre esa risa sin explicación aparente hasta que se escucha el juego de melodías arrítmicas de sus palabras y se descubren sus verdaderas intenciones por obtener unos minutos de compañía; por eso se le huye en la primera oportunidad y se le deja a la deriva, pues no está este mundo para andar perdiendo el tiempo por ahí con alguien como él, regalando minutos cuando está el diario por leer, la novela del mes, o los informes de las citas para el otro día.
Lo había estado observando, satisfaciendo mi apetito enfermizo de llenar con las historias de otros mi propia historia, durante los minutos que esperaba el tren en la estación de Eschborn. Sabía que después de involucrar con su sonrisa a unos cuantos incautos, pronto terminaría solo y se aproximaría a mí.
Al contrario de los demás, yo esperaba este encuentro. Quería probar esa clase de felicidad conseguida que reflejaba su rostro. Quería saber con certeza los mensajes que producía una boca como la suya que no dejaba de sonreír, aunque se tuviera un día como esos, o un tren retrasado, una cita inaplazable y las noticias anunciaran, como en los últimos meses, la desenfrenada subida de la tasa de desempleo.
Así que cuando llegó el momento no lo evité, lo miré a los ojos y le respondí con serenidad lo que me preguntaba. Quería saber de dónde venía: la voz salió de su boca sonriente con tales tonos disonantes que no logré en un primer momento comprender la pregunta. La repitió más claramente y le contesté que de un país como el suyo. Ningún comentario hasta que formuló la segunda, que esta vez sonó aún más arrítmica. Quería saber si le podía ayudar a subir al tren. Asentí, no sin sentirme incómoda por un cierto complejo de filantropía, que me atribuirían las miradas condescendientes de los que no querían involucrarse más que como espectadores de esta historia.
Nada más iluso que esa idea. Al tiempo que ellos veían cómo apoyaba su mano en mi mano y esperaba con impaciencia el paso eterno con el que subiría por fin a la máquina, no pensaba en él sino en mí, y en la comezón morbosa que me consume, de cuando en cuando, con intensidad.
Al servir de soporte pude notar que sus pasos también eran disparejos, como su voz. Tenía un calzado especial para igualar la distancia inigualable de sus piernas, que hacía el defecto más evidente.
Cuando por fin subió al vagón no tuvo ninguna dificultad en alcanzar con sus propios pasos el asiento. Y entonces me di cuenta de su habilidad en la torpeza. En cambio yo, con mi terrible sentido de orientación, necesitaba su ayuda.
Una vez sentados me habló con la voz de melodía gangosa que acompasaba todo el tiempo sus preguntas. Me quiso contar también sobre las tinieblas de sus días y los vía crucis de sus sueños. Pero los mensajes se distorsionaron como siempre en los tonos arrítmicos de su voz y las intenciones de seriedad, en su sonrisa.
Y entonces vino la pregunta, de cómo me encontraba, y yo le respondí con la más mentirosa de las respuestas, que bien. No dudé en no retornarla por la obviedad de las circunstancias. Él la contestó sin embargo, me dijo que a él no le iba bien.
Me gustó entonces todo esto de ver salir de su sonrisa idiota este “no me va bien” y una historia como la suya, sin presentes, ni pasados, ni futuros, ni lógicas. Lo del accidente y peor aún las risas que provocaba su propia risa, cuando lo que realmente buscaba era clamar a gritos y llantos un mínimo estremecimiento por lo horrible de su realidad.
Su sonrisa dulzona daba tintes de burla a los más terribles dolores de su historia.
Me imaginé por un momento observando salir de su boca todas las atrocidades del mundo contadas como una gran burla. Las presentadoras solemnes de los noticieros relatando los siniestros del día, el hambre, las catástrofes, las guerras con sonrisas tan tontas como la de Sahan. Y la gente riendo a carcajadas a causa del dolor ajeno. Entre más dolor, más risas. Y entonces vino la censura y me repudié por lo absurdo de la idea. ¿Quién podría encontrar goce ante tanto dolor? Claro, los perturbados mentales, los degenerados, como los denomina la vecina, “que deberían ser cortados en pedacitos”. La vecina, la mujer cuya conmiseración por los demás es igual o más indeseable que ella. Un dolor quejumbroso por las desgracias ajenas: “imagínese mi amiga, la pobre, la que su amiga le robó su amigo”.
Dejé a un lado el sentimiento de molestia que me producía y recordé que cada vez que salía a relatarme los dolores ajenos, sonreía. Y entonces no me repudié tanto.
Sahan me devolvió a su lógica, preguntándome de nuevo que de dónde venía. Quería también otro chocolate. La avería de su mente le dejaba discernir por segundos discursos equilibrados, hasta que volvía a rompérsele la memoria y volvía con sus preguntas de cómo me encontraba yo en comparación con lo mal que él se sentía.
Estábamos por llegar a la estación Taunusanlage. Se abrieron las puertas del tren y salió una romería de sacos y corbatas y trajes y maletines y portátiles, empleados, que ingresaban como colegiales en el pasillo que los conduciría a las oficinas de los bancos más grandes de Alemania. Gente seria que no tenía tiempo para andar sonriendo sin razón. Mientras viajaban ninguno notó la presencia de Sahan, es más, ninguno notó nada y si así lo hizo, fue como si no lo hiciese.
A la altura de la estación principal Hauptbahnhof, saciada mi curiosidad por su historia, sentí el primer impulso de abandonarle. Esperé entonces una estación más y sin decirle palabra, cuando él creía haber logrado tejer los hilos de una relación imperecedera, me marché, como tantos otros que le habían dejado, buscando la puerta trasera.
Desde allí lo pude observar de nuevo. El tren semivacío y él. Desde atrás se veía como otro pasajero más, hasta que la mirada se posó sobre su escaso pelo enmarañado. La horripilante cicatriz, se enterraba como un gusano de mil patas en la base craneal, ésa, como otra de sus preguntas sin respuesta, hacía la diferencia.
El tren abre sus puertas y camino alejándome del vagón al mismo tiempo que él se aleja de mí.
Pienso entonces en la vecina, en el grupo de empleados, en mí y en la horrible cicatriz. Sonrío, no sin asco, porque no es la de Sahan la que veo.

Alexandra Arenas (Colombia)
Periodista. Reside actualmente en Alemania.


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