El álbum

 

 

Arabella Salaverry Pardo


 

Yo tenía ocho años y una bicicleta verde. Tenía además la piel morena, muchos huesos y pocas carnes, un flequillo mal recortado que cubría media frente, dos vestidos de dominguear, ninguna amiga, me faltaban también dos dientes, una maestra dulce y hermosa que se llamaba Clara Mercedes y era monja, y una gran soledad.
No recuerdo el día exacto en que Miss Hoover apareció en mi vida o yo me metí en la de ella. Supongo, con la poca clarividencia de los niños para considerar la edad de un adulto, que rondaría los cuarenta o cincuenta años. No sé tampoco si era inglesa o norteamericana. Recuerdo sí con precisión su cuerpo rollizo y maternal, los ojos llenos de luz y de risas, su cabello impecable acomodado en suaves ondas, la cofia blanca con un ribete negro, su uniforme oloroso a plancha y engomado, pero sobre todo, el aire de felicidad que iba dejando a su paso.
Miss Hoover era la matrona del hospital de la Zona. Es decir, la jefa del cuerpo de enfermeras del hospital que la compañía bananera afincada en Puerto Limón había instalado especialmente para sus altos empleados, y ocasionalmente, en casos muy particulares, para el resto de los mortales.
Tanto el hospital como la casa de Miss Hoover se encontraban allí, en la Zona, el maravilloso ghetto construído por la compañía para los elegidos. Una isla de trópico domesticado en medio de la furia verde que era la naturaleza en la región.
Por un lado la carretera, de la cual se separaba por setos vivos de hibiscos, pintados con el esplendor rojo de sus frágiles flores, de enormes y sensuales pistilos, corolas delicadas que se marchitan con sólo mirarlas fijamente. Por el otro lado la frontera era el mar, cortado de la tierra firme por una lengua rocosa en donde se adherían enormes almendros, los árboles de magnolia de flores carnosas cuyo perfume se sentía desde el portón de acceso a la Zona.
Diseminadas aquí y allá, estaban las casas, inmersas en jardines alucinantes, con enormes árboles de mango, copas de verde profundo, un verde casi noche, racimos de frutas colgando, troncos de diámetros gigantes, corteza rugosa y antigua. Al lado, crotos con hojas de todos los colores: amarillo de incendio, bermellón, hojas rizadas, enormes hojas para cubrir miserias, verdes con ribetes blancos, hojas de naranja intenso.
Todo allí era magnífico y distinto. Las calles tenían otro pavimento, los jardines tenían otro olor, las casas otros colores.
Esas únicas casas neocoloniales de enormes techos a cuatro aguas, pirámides verdes para desafiar al sol, la madera de sus paredes pintadas de amarillo pálido y cubiertas con finísimas capas de arena y concha molida para rechazar la luz y que las convertía en lugares mágicos a los ojos de la infancia. Casas sobre pilotes de cemento huyendo de la humedad, circundadas por enormes corredores cubiertos sus espacios libres con cedazos que impedían la agresión de los mosquitos; habitaciones de techos altísimos, sus enormes abanicos acechantes, de ventanas internas para dejar el paso libre a la brisa marina. Casas para vivir y soñar.
En una de estas maravillas vivía Miss Hoover.
No recuerdo claramente cómo comenzó nuestra amistad. Sólo recuerdo que todos los sábados teníamos una cita. Me ponía uno de los vestidos de domingo, con más frecuencia el blanco para no desentonar con su entorno, me montaba en la bicicleta, y hacía el, para mí largo camino hasta la Zona, sin perder de vista ni por un momento el mar que me acompañaba, contenido por el tajamar hecho a cincel en la roca y que muchas veces, sobre todo cuando soplaba el aire de tormenta, no era suficiente para detener su furia.
Al llegar, tenía que identificarme con el guarda que dormitaba en la caseta de la entrada. Era negro. De un hermoso color de chocolate, ojos amables y sonrisa dispuesta. Pienso ahora que no debía entender muy bien mi presencia en aquel lugar todos los sábados. No era parte de la casta de los elegidos, tampoco prestaba servicios a los ungidos. Aún para mí, ahora, es inexplicable. Lo cierto es que ese era un momento crítico, sobre todo porque no dominaba muy bien el arte del manejo de la bicicleta. Era necesario detenerse, hablar con el señor y prácticamente, sin tener espacio para impulsarme, volver a la precaria situación de equilibrio, mientras trataba de amortiguar el efecto de las suaves hondonadas dispuestas para evitar la velocidad de los escasos automóviles que invadían el paraíso.
A esa altura del camino el corazón era una golondrina asustada, golpeteándome en el pecho, un poco por el cansancio del intenso pedaleo y otro poco por la excitación del encuentro, esperado durante una larga semana.
Tocaba tímidamente a la puerta. Aunque ya de antemano el ruido de la cadena de la bicicleta me había anunciado.
Y aparecía ella. Luminosa, espléndida, con una sonrisa que la vestía de cuerpo entero, me invitaba a pasar. Su casa era como ella. No tenía el tono uniforme de las otras casas de la Zona. Se las había arreglado para hacerla única. De las paredes colgaban tapices tejidos por las manos sabias del norte de Africa. Tapices que llevaban pegados todo el color y la luz de paisajes insólitos, absolutamente desconocidos para mí.
Había también máscaras rituales de quién sabe qué culturas milenarias, piezas de cobre de figuras extrañas. Nos acomodábamos en un gran sillón cubierto con una tela blanca, fresca y ligeramente áspera, y enfrentándonos, unas enormes butacas de cuero cuya procedencia se me hacía desconocida, pero que eran acogedoras y cálidas como mi anfitriona.
Una vez instaladas, y antes de emplearnos a fondo en nuestras conversaciones, venía el único momento incómodo de la sesión. Miss Hoover se retiraba a la cocina. Regresaba con una bandeja de madera oscura, sobre ésta un hermoso mantelito bordado y encima un gran vaso de vidrio, conteniendo unos cubos de hielo brillantes y adiamantados. A su lado, cubierto de gotas de agua que me remitían al frío de un refrigerador, un envase metálico, con una etiqueta de fondo blanco sobre la cual sobresalían ocho vegetales. Recuerdo con precisión el tomate, el apio con un penacho de hojas verdes, las zanahorias, la remolacha. “V8”, era su nombre. Jugo de ocho vegetales. Su sabor ácido y levemente salado no era el más apropiado para el paladar de una niña. Sin embargo, como un pequeño escollo en el camino de una tarde especial, trataba de superarlo con valor. Agradecía la gentileza, lo servía rápidamente en el vaso y más rápidamente aún, sin respirar, casi en un suspiro, me lo tragaba. Ahora sí, cumplido el rito, podíamos dedicarnos a conversar.
Imagino que Miss Hoover se proponía nutrirme. No sé si era por deformación profesional o porque mi aspecto la conmovía.
Miss Hoover sólo hablaba inglés y yo sólo hablaba español. Pero conversábamos largamente. Me contaba de sus viajes por lugares remotos, de los sueños sobre países nuevos, de gentes, de olores, de comidas únicas.
Pero el mejor momento era cuando sacaba su álbum de fotos. Tapas de cuero oscuro, brillante y repujado en diseños que parecían filigranas. Flores que se desdoblaban en cadenas sin fin, hojas que se inclinaban mecidas por vientos del desierto, cintas y encajes casi transparentes.
Tocarlo era un deleite completo. La superficie lustrosa, por tramos lisa, después con leves rugosidades inesperadas, era antesala de lo que seguía. Abría aquella tapa fantástica y aparecía el complemento de las historias de viajes, personas, lugares, comidas. Miss Hoover sobre un camello. Miss Hoover en una mezquita, Miss Hoover en cuclillas comiendo con sus dedos...
Y el viaje continuaba… Sacaba de su habitación unas babuchas blancas, un albornoz de tela rústica y firme, enormes mantos también blancos. Me los entregaba, y yo, en una ceremonia única y especial, me los ponía lentamente, mientras al galope me trasladaba a todos y cada uno de los sitios atisbados en las fotografías, ya descoloridas por el tiempo y la humedad del trópico.
Luego de una maravillosa sesión de viajes y aventuras, cuando el atardecer prematuro del trópico iba inundando la tarde, ansiosa y triste me despedía de Miss Hoover, deseando que fuera sábado de nuevo y poder entonces vivir y viajar por todos esos sueños sin fronteras.
Y así por varios meses.
Hasta que una tarde, tarde de chapuzón y frío, de tormenta con golondrinas muertas, me escapé de mi casa porque era sábado y porque Miss Hoover me esperaba. Pedalee fuertemente, un poco para huir de la lluvia y otro poco para calentarme.
El mar se batía. Una gran masa gris a mi derecha, que a cada trecho se levantaba, cortina furiosa que golpeaba estrepitosamente contra la calle. Casi estaba asustada y casi estaba al borde de las lágrimas. Fue un viaje largo. Fue también un viaje breve. No sé aún cómo lo recuerdo. Llegué a la caseta del guarda. Detuve la bicicleta tratando de acomodarme el impermeable para detener el camino del agua que se me escurría por la espalda.
El aguacero era como son los aguaceros del trópico. Intenso y a veces maligno. Grandes nubarrones negros sobre el mar y el ruido de los relámpagos que apagan todo otro sonido. Con gestos me llamó el guarda. Se cubría también con su impermeable amarillo y con un enorme paraguas negro. Me extrañó que me detuviera. Sobre todo en una tarde como aquella. Sentí un leve desasosiego en el estómago pero traté de no darle importancia. Recosté mi bicicleta verde sobre la pared de la caseta, pero el agua que caía del techo me inundó por completo. Empapada me acerqué a la ventana.
Desde allí, Berty, que así se llamaba el señor, intentó explicarme con palabras amables que Miss Hoover no estaba más, que había tenido que irse del país, pero que le había pedido que me dijera lo mucho que me estimaba. Todo esto mientras extendía un paquete envuelto en un papel gris con una hermosa cinta azul. Concluyó diciendo que era para mí.
Regresé a la casa. Ya sin fuerzas. Ahora un intenso ahogo me cerraba el pecho. Pensé que el mundo era un lugar extenso y que era triste perder amigos. Subí las escaleras lentamente. Entré a mi cuarto. No había cerrado la ventana y el agua había anegado la cama. No me importó. Igual estaba mojada… No sé cuánto tiempo pasó. El paquete gris con la cinta azul estaba en mi regazo. Me quedé dormida.
A la mañana siguiente el sol enceguecía. El aire era limpio y la luz se metía por todos los rincones. Poco a poco recordé lo sucedido. Con esa enorme capacidad de borrar el dolor sentí que no era conmigo. Al lado estaba el paquete gris. Lo desenvolví sin prisas. Encontré un álbum de fotografías limpio, cuyas tapas estaban repujadas siguiendo los más delicados patrones, similares a los de otro que yo había visitado con frecuencia, pero éste esperaba por mí, sólo por mí.

 

 

Arabella Salaverry Pardo (Costa Rica)

Actriz, escritora, egresada del Teatro Coyocán (México). Ha participado como actriz en mas de 50 montajes con la Compañía Nacional de Teatro, el Teatro Nacional, el Teatro Arlequín, el Teatro Universitario, el Teatro Tiempo, entre otros.


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