Noé bajo el caleidoscopio y otros cuentos impíos

 

 

Guillermo Bustamante Z.

 

 

Semblanza

Noé encontró gracia a los ojos de Yavé. Sin embargo, no era alguien especial (la etimología de su nombre es “el cómodo”). Lo que Yavé veía en él como virtud no era más que un silencio acomodaticio. Los demás habían tenido el valor de pasar a los hechos; él, en cambio, era lo bastante inseguro como para detenerse siempre en el umbral de la acción y otorgarse, una y otra vez, un tiempo más para seguir pensando. Eso lo hacía aparentemente bueno, cuando en realidad no podía actuar. Y cuando lo hizo, su cólera lo llevó al punto de condenar a un hijo a encabezar la descendencia de un pueblo servil, sólo por no haber tenido recursos y haber prorrumpido en risas nerviosas cuando de pronto se halló ante la desnudez de su padre dormido.
Esta soberbia era, no obstante, la que Dios condenaba en los congéneres de Noé, aquella de la que seguramente también estaba provisto el Señor cuando tomó la décisión de ahogarlos a todos por pecar, motivados quizá de igual forma por cierto nerviosismo ante su autoridad desmesurada.
Yavé salvó a Noé porque era el único que estaba hecho verdaderamente a su Imagen y Semejanza.

 

El sentido del viaje

La mayoría de los hombres debía morir bajo el diluvio a causa de su equivocada elección, pues los hombres saben del bien y del mal. En cambio, los animales que morirían bajo el furor de las aguas no habían pecado, porque no tienen ese discernimiento; sencillamente no cabían todos en el arca. Los hombres sobrevivientes eran buenos, a diferencia de los exterminados; mientras que los animales sobrevivientes eran tan buenos como los que perecerían. Parecía justo, entonces, introducir una pareja de cada especie, pues ellas restablecerían luego el panorama de un mundo poblado con gran variedad.
Las promesas se cumplieron y luego del diluvio hubo un mundo para morar. Noé —fiel a sus costumbres— levantó un altar para ofrendar a su Señor. Para ello sacrificó los últimos especímenes de algunos animales que, finalmente, habían hecho el viaje sólo para aportar ese olor que el Señor sintió y que le inspiró la Alianza.

 

Cosa de hombres

—Mujer, nuestro Señor me ha hecho un pedido —dijo Noé.
—¿Y por qué Él siempre se dirige a ustedes los hombres?
—No sé. El caso es que ve el mal lo suficientemente propagado como para que una catequesis personalizada ya no sea posible. Quiere pasar a las vías de hecho y acabar de una vez con todos.
—¿Todos y todas?
—Y, ¿a qué viene esa pregunta, mujer?
—Si Dios ve el mal igualmente distribuido entre hombres y mujeres, pues que acabe con todos y con todas.
—En realidad me parece haberle entendido que el mal no está distribuido de manera homogénea entre hombres y mujeres...
—¿Si ves? Bueno, ¿y por qué habrás tú de sobrevivir?
—Él me ha escogido por ser temeroso del Señor.
—Perdóname, esposo mío, pero esa virtud la veo redoblada en la mayoría de las mujeres, temerosas no sólo del Señor, sino también de nuestros esposos.
—Bueno, ¿y por qué también habré de salvarme yo? Él ha dicho que eres tú quien cae bien a sus ojos. ¿Será que el Señor cree que los atributos de la personalidad son de transmisión sexual?
—¡Mujer!
—¿Y nuestros hijos? ¿Se salvarán porque Yavé cree que los atributos de la personalidad son hereditarios? De ser así, todos tendríamos los atributos del Señor y, en tal caso, Él también debería perecer en el diluvio...
—¡Cuida tu lengua, mujer! ¿Te das cuenta por qué el asunto es entre hombres?

 

Calla mientras

Noé no buscó una posición de privilegio y no la entendió. Sobrevivir no fue un premio, pues no dejaba de horrorizarse por las espantosas escenas que constituyeron los hechos ocurridos.
Luego de que las aguas, siempre en crecida, levantaron en alto el arca, los elementos jugaron con aquel reducto de vida hasta donde las leyes físicas entonces vigentes lo permitieron. Adentro reinaba un caos muy cercano al que reinaba afuera. Atender a todos esos animales, explicar a su familia, entender él... eran labores imposibles.
Luego de terminado el diluvio, hubo un año más de zozobra e incertidumbre antes de poder salir. ¿Por qué?, se preguntaba Noé. Frente a todo eso, ¿qué podría hacer o pensar que no fuera de la dimensión de lo que había sido castigado en los otros? Noé no descendió contento del arca; descendió hastiado. Hizo el holocausto de rigor, más por exorcismo que por agradecimiento. Y ahora, cargaba él con la responsabilidad de volver a poblar la tierra; una tierra de hombres respetuosos de Dios. Pero, ¿con qué convicción iba él a lograr semejante tarea?
Se le dijo que ahora empezaría a comer carne, a cobrar la sangre de hombre derramada, cosas que nunca había hecho, que no sabía cómo hacer, que no sabía por qué hacer. Entonces, se embriagó con vino hecho de su viña y se quedó dormido, medio desnudo. Con este acto, inédito para él, pero suyo, empezó su nueva vida.

 

Mientras calla

—Veo llegado el fin de toda carne, porque la tierra está toda llena de inequidad por causa de los hombres. He aquí que voy a exterminarlos a todos ellos, juntamente con la tierra —informó Dios a Noé.
“O sea que yo, como soy hombre, moriré”, concluyó mentalmente Noé, que tenía uso de razón.
—Contigo, en cambio, estableceré mi Alianza —dijo Dios en calidad de respuesta, ya que leía el pensamiento.
“Una de dos —no pudo dejar de pensar Noé, pese a saber que el Señor percibía sus meditaciones—: si me salvo, no soy un hombre, porque dijo que los exterminará a todos; o bien no es cierto que acabará con todos, si es que habrá de salvarme a mí”.
—Me caes bien, Noé, pero no te pongas de lógico conmigo. Mira: gracias a que eres un hombre y te salvarás, podré decir que exterminé al hombre. De otra manera, ¿en qué cifraría mi aserto? Si nada hay de algo, ¿cómo verificar que tal estado se produjo por acción de quien se lo reivindica?
¡Cualquiera podría hacer de Dios inventando haber destruido completamente algo de lo que nada hay! El todo no puede formarse sin al menos un elemento que quede por fuera.
Noé, efectivamente, se salvó. Lo que no pudo prever Yavé fue que se instalara en él un socavante remordimiento. No se sentía culpable del comportamiento humano, pues Dios mismo lo había encontrado exento de pecado. Se sentía culpable del comportamiento divino: no soportaba ser el argumento que hizo posible hablar de la exterminación del hombre. Sentía culpa por pensar esas cosas que no escapaban al conocimiento del Señor.

 

Comprensibilidad

Y díjole Yavé a Noé: “Hazte un arca de maderas resinosas, divídela en compartimentos y calafatéala con pez por dentro”. Noé no entendió nada.
Temía preguntarle al Señor, pues como no ostentaba muy buen genio, había la posibilidad de que le repitiera la misma frase con dobles signos de admiración. De manera que, después de escuchar todas las instrucciones, se fue al diccionario, y encontró que “arca” es cofre. Esto lo alentó: tenía que hacer un cofre de maderas resinosas para meter allí todos los animales. Raro, pero comprensible. Ahora bien, ¿qué es “resinoso”? Que tiene o destila resina. De manera que buscó “resina”: sustancia sólida o de consistencia pastosa, insoluble en agua, soluble en alcohol y aceites esenciales, y capaz de arder. Las resinas son duras, fusibles, quebradizas, amorfas, de factura concoidea y malas conductoras del calor y de la electricidad. Se originan por oxidación o polimerización de terpenos.
Ahora no sólo no sabía qué eran maderas resinosas, sino que estaba ante un enjambre de palabras igualmente desconocidas: fusible, concoidea, polimerización, terpenos... Pero se empeñó en aprender. El diccionario continuaba: ... las más importantes son dammar, manila, pontianac, mástic, colofonia, copal, kauri. Noé desesperó, fue a cada palabra y el panorama de la claridad se alejaba cada vez más, empujado por docenas de palabras nuevas, por conexiones desconocidas para él.
Todavía le faltaba entender la expresión “calafatéala”, aunque “pez”, él sí sabía que se trataba de unos animales que viven en el agua y de los cuales no iba a tener que escoger para meter al arca.

 

El arte de verosimilizar

Yavé no era dios de aparecerse personalmente ante ninguna criatura. De manera que a Noé se le presentó fue alguien que decía hablar en su nombre. Como Noé necesitaba creer, unas escenas tan animadas como las que se le describieron, y que además lo promovían al estatuto de protagonista, le resultaron verosímiles.
Yavé tampoco era dios de ocuparse de los destinos de los particulares.
Ya había inventado el libre albedrío para unos, y las leyes de la naturaleza para otros. Allá cada cual, que creyera e hiciera a su antojo. En el juicio final, todo se ponderaría.
Noé ejecutó todo lo que le dijeron que había mandado Yavé. La broma era monumental, pues todos querían que pagara por su megalomanía y por las injustas acusaciones que hacía a los demás. Todos disfrutaban viéndolo aplicarse convencido a cada cosa: la construcción, el aprovisionamiento, la selección de los animales. Se metió al arca y los bromistas cerraron tras él. Provocaron los ruidos y movimientos necesarios para que adentro creyeran que el fenómeno relatado se había producido efectivamente.
Los dejaron allí durante un año largo, hasta que vieron salir un cuervo por la parte de arriba. Trabajo les costó hacer que otro cuervo se metiera. A los días fue una paloma. Tuvieron que espantarla de todas partes para que retornara al arca. A la semana volvió a salir, y esta vez tenían amaestrado un ejemplar que se le presentó a Noé con una rama de olivo en el pico; algo estereotipada la figura, pero estuvo apenas para que Noé creyera que habían disminuido las aguas de encima de la tierra. Entonces retiró la cubierta del arca, miró afuera y juzgó que la situación —idéntica a la que había dejado— era la nueva condición, acaecida luego de su imaginario diluvio.

 

Instinto gregario

Los animales estaban advertidos. De manera que cuando Noé fue al campo, dispuesto a escoger una pareja de cada especie, se hallaban todos amotinados. Protestaban por la decisión, no estaban de acuerdo en que el castigo —seguramente merecido— a los hombres pecadores, implicara la muerte de la inmensa mayoría de los animales. Los hombres eran una especie entre miles y, sin embargo, se la tomaba como la medida de todas las otras.
Se habían puesto de acuerdo: ninguno que fuera escogido aceptaría la vergonzosa prerrogativa; ¿cómo viviría en adelante, cargando con semejante culpa? O Yavé conseguía otra manera de castigar al hombre, que no pasara por diezmar a los animales, o estaban dispuestos a morir todos bajo las aguas del diluvio. Es más: apartaron a Noé de su certeza, mostrándole que su situación era similar: ¿toleraría la responsabilidad de haber permitido que sus congéneres perecieran?, ¿eso no lo hacía un cómplice de la masacre? Además, ¿por qué habría de participar en la muerte de tantos animales inocentes, él que ni siquiera comía carne?
El amotinamiento se volvió unánime, pues Noé se les unió.
Yavé dejó las cosas como estaban, y por eso ahora estamos como estamos.

 


Guillermo Bustamante Z. (Colombia).
Fundador y codirector de la revista de minicuentos Ekuóreo. Ganador del premio Jorge Isaacs de cuento (2002), con el libro Convicciones y otras debilidades mentales.


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