El último día en Beirut


Luis Fayad


Cuando Samira se asomó al cuarto encontró a su abuelo Nayib parado frente a la ventana. Nayib miraba la luz de la tarde que bajaba por los cerros y contemplaba el verde iluminado de los árboles y de la maleza, como lo había contemplado durante sesenta y cinco años, desde que llegó a Bogotá a lomo de mula por las laderas de la cordillera central. Antes de ese trayecto había bajado en un vapor por el río Magdalena y antes había hecho la travesía en barco desde el Líbano. En todos esos años también había visto el verdor cubierto de lluvia, oscuro, que casi había que adivinarlo, y otro que se iba aclarando cuando la noche empezaba a despejarse. Las hojas surgían entonces a la luz con gotas de rocío y se secaban con las primeras luces. Él las había tocado. En el año de su llegada todavía se vivía más cerca de esas cosas.
Samira me contó de su sorpresa al asomarse al cuarto y verlo de pie. Primero asomó la cabeza con cuidado para no molestarlo. El día anterior Nayib no se había levantado de la cama y los días anteriores había pasado la mayor parte del tiempo acostado. Todos temían que pronto no se levantaría más. Cuando Samira se asomó, él volvió la cara aunque no se había oído ningún ruido y ella le oyó musitar algo en su idioma árabe, del que ella no conocía más que palabras sueltas, pero le pareció que era "mamá". Lo vio sonreír, con una sonrisa que se burlaba de su desvarío o que celebraba un buen recuerdo. No mostraba debilidad y eso ayudaba a encubrir su rostro demacrado. Samira se acercó a saludarlo con un beso en la mejilla. No le dijo que estaba contenta de verlo levantado, ni le contó que la tarde anterior había venido a visitarlo y que sólo pudo verlo desde la puerta, mientras él seguía tendido en la cama con los ojos cerrados. Le preguntó si podía traerle algo de comer o de beber, o si quería que lo acompañara un rato o qué se le ofrecía. "¿Quiere que abra la ventana, abuelo? No está haciendo frío". "Qué linda estás, Samira, ve abajo, yo bajo enseguida". Ella bajó a la sala, donde se encontraban sus tíos y un matrimonio de visita, y les dijo que su abuelo estaba levantado y que venía a reunirse con ellos. La tía se puso de pie alarmada:
—¿Solo? ¿Va a bajar solo las escaleras? Eso no es cierto.
Mientras me lo contaba, Samira se rió. Ella y yo nos habíamos conocido en un proyecto de películas documentales sobre la educación primaria en el país, no en nada que tuviera que ver con antepasados libaneses. El proyecto resultó un éxito, pero no podía esperarse menos. No era difícil para quien tuviera el interés de Samira, quien se iniciaba en la experiencia, y para quien fuera capaz de redactar diez cuartillas sin grandes errores gramaticales y necesitara ganarse unos pesos como yo. El pago era modesto, pero el gusto y la diversión compensaron el trabajo.
Lo recuerdo ahora porque hace poco me encontré con Samira después de mucho tiempo, aunque esta vez no hablamos de su abuelo Nayib. No creo que ella lo haya recordado. Hablamos un rato parados en la calle y nos alegramos de que a ambos nos fuera más o menos bien en nuestros oficios. Después me acordé de lo que le oí decir un día de hace años.
—Mi tía me miró como si yo hubiera obligado al abuelo a bajar solo.
Sus tíos corrieron a las escaleras. Samira fue detrás de ellos, no por socorrer al abuelo sino con sentimiento de culpa.
—Cuidado, papá —le dijo la tía desde abajo con los brazos abiertos para parar una caída que creía segura. El abuelo estaba en el primer escalón de arriba y bajó la mirada para inspeccionar los otros escalones.
—¿Qué pasa?
—Cuidado, no bajes las escaleras.
—¿Por qué?, ¿están resbalosas?
—Espera, yo te ayudo— dijo ella y subió para tomarlo del brazo. Él sonrió como un niño que espera una aclaración.
—¿Por qué estás tan asustada?
—Cuidado te caes.
—¿Caerme?, ¿por qué?
El tío de Samira también subió pero no supo qué hacer. Nayib tenía una mano en la baranda y de la otra lo tomaba su hija. Samira los miraba desde abajo. Veía las cuatro manos de sus tíos llevando una porcelana de un lado a otro.
—No me cojas tan duro— le dijo Nayib a su hija y miró a su yerno—, y tú quítate de ahí que no me dejas bajar las escaleras.
Samira lo vio bajar a paso lento pero seguro, sin mirar los escalones, con la mano de su hija agarrada a su brazo. Él no se la apartó, pero se veía que no le hacía falta. En la sala caminó a su sillón con el mismo paso seguro y pareció sentir el descanso, no porque se lo pidiera su falta de salud sino por haberles cumplido a los que lo estaban esperando. La hija se sentó a su lado y le tomó una mano:
—¿Qué tal te sientes?
—Bien, yo descansé un rato —dijo él— , ¿y tú qué tal estás?
Ella lo miró con la misma preocupación y se quedó en silencio, atenta a sus movimientos por si de pronto tenía una convulsión. A él le pasó inadvertido el asombro de su hija y de su yerno, de su nieta, del otro matrimonio y de una pariente que llegó a visitarlos.
—¡Qué alegría verlo aquí abajo, tío Nayib!— le dijo ella. Él la miró con una curiosidad risueña, buscando el motivo de su alegría. Samira le ayudó a su tía a traer café y té de la cocina. Luego llegaron sus primas y primos. Venían de hacer una ronda por las librerías del centro en busca de sus libros para la universidad. No sé por qué Samira me lo contó, pues eso no interesa al recordar a Nayib. Lo saludaron con tono de fiesta. Llegaron los padres de Samira y su hermano menor. Vinieron de prisa, exaltados, porque ya sabían que Nayib no estaba en la cama esperando la muerte sino abajo en la sala. Todos querían agrandar la celebración por algo de lo que él no se daba cuenta. El hermano de Samira, el menor de los nietos de Nayib, trajo un dibujo hecho por él como regalo para su abuelo. Durante la tarde también vinieron sus otros hijos y otros nietos. Unos venían y otros se iban al poco rato, sobre todo los más jóvenes. Pero antes de que ellos se fueran Nayib ya había hecho algún comentario sobre su cara o sobre su cuerpo que recordaba a los viejos parientes, aclarando si era por el lado materno o el paterno.
—Esta se parece a Fatiha— dijo señalando a una mujer de aspecto robusto. Ninguno de los que estaban en la sala había conocido a su antepasada que nació y murió en el Líbano, pero Nayib la había mencionado otras veces, desde hacía años, aunque hacía mucho no la recordaba. Contaba anécdotas que en su tiempo tuvieron prestigio y que los trasladaba a todos a visitas de otras épocas en otros sitios. De los que habían oído algo de Fatiha seguramente no todos la recordaban. Después de cumplir los cincuenta años, y con más intensidad después de los sesenta, Nayib había empezado a hablar de las colinas del Líbano y de sus recuerdos. Al comienzo musitaba con el tono íntimo de los secretos que no son para compartir. Ya para entonces había desarrollado empresas, como la de vapores que navegaban por el Atrato, había aconsejado a sus paisanos en los negocios y había fundado un barrio en el que se congregaron muchos de ellos, aunque nunca formaron una colonia aparte. Tampoco los reunía en su mayoría el Club Colombolibanés, del que algunos no habían oído hablar y muchos conocían sólo de nombre. Con una voz pausada de pequeñas variaciones, como si apartara detalles de un lienzo, Nayib contó que el padre de Ibrahim ibn Ibrahimi no era Ibrahim sino Chakir y de las trampas que un tal Rafah le hizo a su padre en un negocio.
Esa tarde su voz recuperó el acento de hacía años, quizás el de hacía veinte, desde antes que Samira lo oyera hablar de sus recuerdos. Samira le oyó decir a su madre que también esa era su manera de estar sentado, con las manos apoyadas en las piernas y los brazos desplegados hacia adelante. Nayib mencionó otra vez a Fatiha, un nombre que a nadie le interesaba y un recuerdo sin emoción que no significaba nada en el álbum de familia. Habló de su naturaleza recia y señaló a uno de los jóvenes como la muestra de su herencia. El joven sonrió con presunción por ser el elegido, aunque no supiera qué ganaba con el elogio. De los jóvenes no quedaban sino él y otro y no se demoraron en la visita, se fueron levantando la mano con leves movimientos de despedida y con pasos silenciosos para no molestar.
—Pero la familia de Fatiha no vivía en Baabda —dijo Nayib—, vivía en las colinas del sur de Beirut.
Echó el cuerpo lento y suelto hacia el espaldar del sillón y dejó que los recuerdos vinieran sin ordenarlos y sin procurar que significaran algo para los demás. Fatiha ya no era el personaje en esa nueva secuencia de imágenes. A ella la veían en el mercado de la parte baja de la colina, al empezar la tierra de Baabda, por donde también vivía parte de la familia de Nayib. Con ellos se encontraban en el camino de ida o de vuelta, en las tiendas pequeñas y en la compra del pan. Se visitaban entre parientes y conocidos, sin invitación, y con otros lejanos mediante el anuncio de la visita, y entre una y otra se convenían los matrimonios, los desfiles a la iglesia para los bautismos y los cortejos de los entierros. Cuando Nayib hacía una pausa para alargar un recuerdo, se oía mejor el murmullo de las conversaciones de los que estaban de visita, y alguno de ellos, vecino del barrio, se despedía con la promesa de volver al día siguiente. Nayib recordó el día en que fue con su padre a la casa de los Kathab.
—Él me llevó —dijo—, pero la visita fue una equivocación.
Se quedó callado, escuchando lo que se hablaba en un tiempo y en un sitio lejanos, e inclinó el cuerpo hacia adelante con la apariencia de continuar una vieja visita, con movimientos más lentos pero con la misma postura. No reflejaba nada de lo que sentía por dentro, porque no se trataba de mostrarles a los demás su estado de ánimo. Mientras Samira y los demás lo escuchaban, hablaba su voz y no sus sentimientos. Su padre lo llevó por equivocación. El señor Kathab creyó que iban en una visita de vecinos y le pareció raro. Nayib se lo notó en la manera de darles la bienvenida, pero también le notó que se alegraba de verlos. La señora Kathab vino a recibirlos y antes de saludarlos los miró con deseos de preguntarles si se habían equivocado de camino, o si iban a pedirles algo, pero también se alegró de verlos. "Este es mi hijo Nayib", les dijo su padre. Los Kathab lo sabían y asintieron con la misma sonrisa de bienvenida. "Es un honor tenerlos aquí", dijo el señor Kathab. La señora Kathab les ofreció té y antes de ir a traerlo les preguntó con gran franqueza qué los traía por ahí. Nayib y su padre se miraron desconcertados porque los Kathab eran los primeros que debían saber de su visita. Eso le dijo el padre a Nayib antes de venir: "Los Kathab quieren vernos, no sé el motivo pero nos esperan cuando nosotros podamos ir". La señora Kathab trajo el té y se sentó despacio, casi indecisa, con temor de molestar. Nadie sabía de qué hablar entre tanta cordialidad que llenaba el vacío de las palabras. No les venía ninguna porque no tenían un motivo para concebirlas. "Aquí vinimos y estamos a sus órdenes", dijo el padre de Nayib. "Y nosotros estamos a las suyas", dijo el señor Kathab. "Aquí estamos como ustedes nos pidieron", dijo el padre de Nayib. Los Kathab se miraron buscando cada uno en el otro una respuesta. Su mirada era de meditación, de extrañeza y de preocupación. En el silencio completo empezó a aparecer una sonrisa en el rostro de la señora Kathab. Su voz salió lenta, acompañada de la sonrisa: "Ya entiendo". El señor Kathab, quien también acababa de entender, se echó hacia atrás en su asiento, contrariado con las circunstancias: "¡Qué vergüenza con ustedes!". Los Kathab querían encontrarse con otro Nayib y con su padre, parientes de los que estaban en ese momento de visita. Les gustaría conocer al joven Nayib que vivía en la parte sur de la bahía, el que tenía parientes en Trípoli. La hija de los Kathab les había hablado de él y de amor.
—Querían hablar con otro Nayib y del amor de su hija —dijo Nayib—, no conmigo ni de mi amor, porque yo ya conocía a Rasha.
Pasó la mirada alrededor de la sala, muy despacio, buscando a su Rasha para que ella confirmara lo que él decía, pero enseguida recordó que ella nunca volvería a estar presente. Se inclinó hacia adelante con las piernas separadas, los antebrazos sobre los muslos y los dedos entrelazados. La madre y los tíos de Samira recordaron esa visión de cuando eran niños y jóvenes, otra vez con la apariencia de continuar una vieja visita, aunque otra vez con movimientos más lentos, pero ninguno de los que quedaban en la visita, que ya no eran más que dos amigos cercanos, recordaba que él hubiera hablado de cementerios.
—Al regresar de la casa de los Kathab pasamos por el cementerio nuevo, el que más cerca queda del centro, y mi padre rezó una oración por su padre y por su abuelo —Nayib hizo un corto silencio antes de agregar—: y ahora ahí están enterrados mi padre Hasbun, mi abuelo Nayib y mi bisabuelo Hasbun.
Recordó que al descender por el occidente de la colina hablaron de los viñedos del otro lado, en un espacio no muy grande, que el propietario quiso transformar en un campo de naranjos y terminó siendo una ladrillería, un negocio de éxito por el aumento de la construcción en la parte baja de Beirut. Más adelante se veían los cimientos y las primeras tapias de lo que iba a ser un nuevo hotel y a un lado, por la calle vieja, se daba a la sastrería de Kadalani. Pero en ese momento ningún recuerdo era completo y el que venía se ataba cortado al otro. A su paso por la sastrería, él y su padre presenciaron la disputa de Kadalani con un cliente y vieron la patrulla de la policía que se los llevó a los dos a la comisaría. Nayib hizo una pausa y se recostó en el espaldar del sillón con un movimiento más lento que los anteriores, con un asomo de cansancio por primera vez desde que bajó a la sala. Por la calle vieja en dirección a la playa quedaba la tienda de frutos secos que distribuía almendras importadas, las preferidas de la madre de Nayib para preparar el arroz tradicional de su barrio, pero ella decía que en Betchay también era una tradición prepararlo con esas almendras. Otros recuerdos le llegaron como ecos sueltos y otros aparecieron más nítidos. En la última esquina de la calle vieja se abrían los caminos hacia el otro lado de la colina, a los balnearios y al puerto. La bahía era una franja curva de arena sembrada de pequeñas piedras de colores que el rayo del sol volvía joyas brillantes.
—El camino al puerto era el más ancho —dijo Nayib—, cabían dos carretas.
Por ese camino pasaron él y Rasha la mañana en que iban al puerto a tomar el barco. Los dos fueron al puerto en una pequeña carreta con parte del equipaje, seguidos de un primo de Nayib en otra carreta con la otra parte. Antes de tomar el camino de la costa vieron los campos despejados, con algunas mujeres que cargaban canastos en la cabeza y hombres que iban y venían de la ciudad, y más adelante, en una parte más edificada, vieron niños que corrían a llevar algún recado y otros que jugaban con un perro. La mañana era clara, con un sol que en esa estación del año no calentaba mucho pero cortaba el aire frío que soplaba del mar. En el puerto había un gran movimiento de estibadores y comerciantes. De los tres barcos anclados en el muelle sólo uno era de pasajeros, el de menos calado, con una ruta que iba por el Mediterráneo y llegaba hasta Marsella o hasta Cádiz, donde los pasajeros hacían el transbordo para cruzar el Atlántico. Nayib y Rasha vieron cargar su equipaje y entraron en una caseta destinada a los pasajeros que esperaban la partida del barco. Entre los pasajeros había otro joven matrimonio, varios comerciantes, un grupo de turistas y uno de diplomáticos extranjeros. El primo de Nayib los acompañó a la escalinata y esperó abajo a que ellos aparecieran en la borda y le hicieran señas de despedida. Él se las contestó hasta que el barco partió y se alejó en el mar.
—Es mi primo Hichán, el que se embarcó después y se iba reunir con nosotros pero se quedó a vivir en el Puerto de Sabanilla— dijo Nayib con una voz débil por el cansancio pero sin titubear porque el recuerdo era claro. Él y Rasha le hicieron señas a Hichán hasta perderlo de vista y estuvieron apoyados en la baranda con la mirada en la costa, viendo cómo se hacía cada vez más pequeña. Primero vieron una línea, luego un punto y luego nada. Al atardecer fueron al camarote a desempacar las maletas y a dejar a la mano lo que iban a utilizar hasta el último puerto. En la bodega venían los dos baúles y las dos maletas grandes que completaban su equipaje y que contenían objetos que ellos no conocían, empacados como regalo por la hermana de Rasha. A la hora de la comida se cambiaron de ropa y fueron al comedor. Esa noche se sentaron solos en el amplio salón iluminado con lámparas modernas, bien adornado con arandelas y cortinas recogidas, con las mesas cubiertas con manteles blancos. De los pasajeros que había a un lado y a otro no sabían con quién volverían a encontrarse cuando cambiaran de barco. Nayib y Rasha salieron a la borda a ver el mar y las estrellas reflejadas en el agua oscura. La salida de la luna se anunciaba con un reflejo que venía de arriba del horizonte como una estela de plata y se disolvía antes de llegar a la superficie ondulada. Cuando volvieron al camarote la luna todavía estaba escondida. Era la hora habitual en que en Beirut se retiraban a su alcoba y en ese momento no estaban cansados ni había nada más que poner en orden en su nueva habitación, pero en sus movimientos se veía que estaban llenos de dudas, que no sabían qué hacer ni cómo deshacerse de la vieja rutina y acomodarse a la nueva en ese pequeño espacio del camarote, lejos de casa, lejos de la tierra firme.
—Rasha no habló mucho esa noche —dijo Nayib—, se acostó y se durmió pronto.
Él se demoró otro rato mirando una cartilla de aprendizaje del castellano y pensó en revisar las facturas de la mercancía de telas que debían llegar después de ellos al Puerto de Sabanilla, pero fue sólo por costumbre y no las sacó del maletín. Miró afuera por la ventana y no tuvo la seguridad de distinguir la línea en que el mar se juntaba con el cielo sino una bóveda sin horizonte que debía ser el universo. Se acostó despacio al lado de Rasha, en la cama que no conocía, más estrecha que la que dejaron en Beirut. Rasha respiró profundo e hizo un leve movimiento con la cabeza y siguió dormida. A él se demoró en llegarle el sueño.
—Por la ventana vi que la luna ya había salido y pensé en que esa seguía siendo la luna de Beirut y en que allá también la estaban viendo.
Hizo silencio y los pocos que quedaban en la visita creyeron que era una de sus pausas para recordar algo más del viaje, pero el silencio se alargó y los murmullos que se oyeron venían de donde estaban sentadas la mamá y la tía de Samira. Luego volvió a oírse la voz de Nayib:
—Tengo sueño.
La mamá y la tía de Samira se le acercaron y cada una lo cogió de un brazo. Enseguida se acercó Samira y se puso entre las dos: "Vamos arriba, abuelo", y entre las tres lo ayudaron a levantarse y muy despacio caminaron con él a las escaleras. Los demás los siguieron unos pasos y le desearon las buenas noches a Nayib. Él subió apoyado en los brazos de sus dos hijas y de su nieta, con una mano en la baranda, poniendo un pie y luego el otro en cada escalón. Cuando llegaron arriba, Samira les dijo a su mamá y a su tía que ella acostaba al abuelo y lo sostuvo ella sola para entrar en el cuarto. Por la ventana se veía la oscuridad de afuera y el cielo sin luna, pero la luz que venía del pasillo bastaba para ver bien y no encender la lámpara de la mesita de noche. Samira le ayudó a Nayib a quitarse la bata y a sentarse en la cama, y cuando iba a correr las cortinas de la ventana él le hizo una seña para que las dejara abiertas. Le sonrió para compartir con ella la razón de que esa noche las cortinas quedaran abiertas, y dijo algo, bajito, para él mismo y no para que se le entendiera. Samira lo ayudó a tenderse en la cama y le echó la cobija encima, por última vez en la última noche de su abuelo. Él no cerró los ojos pero no se dio cuenta de que ella todavía estaba en el cuarto y que lo contemplaba antes de cerrar la puerta. Miraba a la ventana como debió ser su mirada a través de la ventana del camarote en su primera noche en el barco, y vio la luna que no estaba en este cielo pero que vio en otro lado y que venía esa noche para que él volviera a verla.

Luis Fayad
Vive en Berlín-Alemania desde 1986. Se desempeña como escritor, periodista y traductor. Ha desarrollado varios proyectos culturales con las universidades alemanas y con entidades culturales. Tiene traducidos al alemán una novela y varios cuentos en antologías y selecciones de cuento.

Sus libros publicados son:
Novela: Los parientes de Ester (1978), Compañeros de viaje (1991), La caída de los puntos cardinales (2000), Testamento de un hombre de negocios (2004).
Relato: La carta del futuro (1993), El regreso de los ecos (1993), Un espejo después (1995).
Cuento: Los sonidos del fuego (1968), Olor de lluvia (1974), Una lección de vida (1984), Cuentos reunidos (2008).


www.odradekelcuento.com

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