Post-easy-rider...


Aquiles Cuervo


Una mañana

Si me faltaran palabras para narrar, sólo podría cantar una oxidada canción de Nick Drake: “Can you now recall all that you have known?”... “If you know the way to blue?”… Copio y pego estas palabras en mi diario que alguna vez me supe de memoria. Las aprendí una noche de verano. Y creí aprenderlas para siempre. Creía entonces en tantos siempres. ¿Blue? ¿Qué quería decir ese blue? No hablo de traducciones, ni literales ni de esas que llaman “metafóricas”. Ese blue era algo más, algo grande, algo distinto. No era eso que los franceses llaman azur. No era un poema en clave simbolista para unos pocos iniciados. Era otra cosa, algo que ya no recuerdo…
Drake, Cave o el que sea; uno de esos cantores que escuchas toda tu vida y te va mostrando todo lo que vas dejando de ser. Lo que se va evaporando de tus días. Una cierta euforia mezclada con una oscura repugnancia por la realidad que te tocó vivir. Y eso que más allá de lo que yo quiera decir ahora nunca fui como ellos o como quienes los seguían. Por algo estoy vivo. Pero no es gran cosa. Es ahora, cuando ya estoy sintiéndome viejo, que miro hacia atrás y me llegan sus canciones. Me dicen algo. Cuando tenía veinte años, no me gustaban ni la música ni el cine de carretera. Vivía en casa de mis padres. Es decir: vivía en la casa que fue de mis padres, y más exactamente en el garaje. Era una casa de los suburbios, y aunque cada mes veía cómo uno de mis amigos se escapaba de su casa, yo no me sentía mal del todo. Era una sensación parecida a la del personaje de Camus en El extranjero. No, yo nunca me fui. Me quedé por la fuerza de la costumbre. Pasaron muchos años, casi veinte, y vi volver a casi todos mis amigos, unos casados, otros separados. Unos con hijos. Otros simplemente no volvieron. Se quedaron enterrados en otras partes, rezando pro nobis sus propios Apocalipsis. Después de la muerte de mis padres en ese accidente de moto, alquilé la casa y adecué el garaje para mí. Me dediqué durante meses a reconstruir, pieza por pieza, lo que había quedado de esa moto. Una Harley Davidson de los cincuenta. Del cincuenta y seis. Tuve que pedir repuestos del extranjero y más de una vez creí que no lo lograría. Cuando me desanimaba, iba al viejo tocadiscos y escuchaba el único disco que conservé de ellos.
Mi nacimiento los tomó por sorpresa. Fue en el verano del 71. Hasta me atrevería a decir que nací por casualidad, pues los dos estaban decididos a abortar(me), pero al final no se decidieron. Nunca supe por qué. Nuestra relación, aunque distante, siempre fue cariñosa. Ninguno de los dos trabajaba y vivían de la renta que les había dejado un hermano de mi madre muerto en Vietnam: un par de locales comerciales en el centro de la ciudad. Se perdían durante semanas en su moto. A veces me llevaban, y cuando no, me dejaban donde un primo de mi madre, Augusto, vendedor de seguros de vida. Ahora que lo pienso, no deja de ser irónico que Augusto tuviera ese trabajo. Nunca pudo venderles un seguro a mis padres. Aún lo recuerdo durante el entierro, diciéndome en voz baja: “No me hicieron caso. No pensaron en ti. En tu futuro, en tus estudios. Un día tendrás que casarte y necesitarás dinero para ser alguien. Muchas veces les dije que me compraran un seguro para ti. Y mira ahora. Mira lo que ha pasado…”. Yo lo miraba y no entendía bien eso de los “seguros de vida”, pues yo veía a mis padres en sus ataúdes y me preguntaba para qué hubieran servido esos seguros.
Entonces yo tenía veinte años. Ahora tengo cuarenta y uno. Casi la edad que mis padres tenían cuando yo nací. Pocas veces me pongo a pensar en su accidente. Una amiga de mi madre me dice que la reparación de la moto fue mi terapia, y que si hago cuentas, a la larga me salió más barato que visitar un psicoanalista. Aunque al final me dice que de todas formas debería ir donde un terapeuta. Pues no sé. ¡Esas terapias son tan caras! Además, ¿para qué iba a someterme a una terapia? No maté a mi madre con un martillo. Sólo se murieron, y ya.
La moto sigue ahí, arreglada desde hace veinticinco años, parqueada en mi garaje. La prendo de vez en cuando, pero nunca la he usado. Incluso he tenido ganas de venderla. Una vez puse un aviso en el periódico y vinieron a verla de todas partes. Todos me ofrecieron una fortuna, pero no la vendí. Supongo que no quise hacerlo porque yo sigo aquí, igual que la moto. Mis padres siguen en ese retrato de mi mesita de noche. Yo sigo durmiendo en este garaje —que más parece una cava—. Los inquilinos de la casa siguen ahí. Veinte años viviendo en mi casa, pagándome religiosamente la renta, invitándome cada mes a comer con ellos y ofreciéndome como aperitivo los mismos litchis de Madagascar de siempre. No sé por qué lo hacen. Me refiero a los litchis. ¿Por qué sólo litchis? Igual siempre termino comiéndome todos los que me sirven y me traigo algunas semillas para el garaje. Nunca las he contado, pero debo tener más de cien. Mis vecinos siguen ahí, yendo a misa cada domingo. Las campanas de la iglesia suenan todos los días a la misma hora. Aquí todo funciona igual. Nada llega a destiempo. La vieja de los rulos amarillos camina con su perro salchicha a las seis de la tarde. A las seis de la mañana reparten los periódicos, y a las nueve todo el mundo se ha ido a trabajar. En la radio, el periodista que informa el clima —siempre el mismo, con ese nombre de Sombrilla— da siempre su mismo informe y se escuchan los mismos comerciales. Afuera, las guerras sólo cambian de nombre y de lugar. Al almuerzo, un sándwich con mermelada de maní y una cerveza local. En la tarde unos van al billar y otros a la peluquería. En la noche todos ven televisión y se duermen.


Una tarde

Hoy me he sentado en la moto por primera vez. Al fin me decido a sacarla del garaje. Había viajado en moto con ellos, pero nunca solo. Tomo la ruta 77 y veo la noche llena de murmullos, de colores y de luces lejanas. Como una música de alas. Al principio me mareo. Por momentos cierro los ojos y acelero.
Debe ser una buena forma de morir. Esta noche no hay tráfico pesado por la autopista. El camionero que se encontró con mis padres debe estar durmiendo una plácida siesta. La ruta está desierta. Una que otra moto me sobrepasa. Una llovizna tenue perfuma el paisaje desolado.
Mis padres fumaban en la carretera. Joint without me. Seguro paraban por el camino y hacían el amor con una canción de Mama Cass. Volvían al amanecer, sin despertarme. No estaría mal ir hasta un bar de carretera y tomarme un par de cervezas. Terminar borracho en la barra y contarle al barman toda esta historia. Brindar con extraños, como dice la canción. O brindar como lo hacía Bukowski. Jugar billar o apostar a los caballos. Amanecer en un motel cualquiera, con alguien o sólo. O simplemente no amanecer…
Cuando regreso a la casa, me pongo a ver de nuevo la foto de mis padres en mi mesita de noche. Están ahí, mirándome sin decirme nada, como siempre. Es una foto de un par de años antes de que yo naciera. Hoy se ven diferentes. Los veo más jóvenes que otros días. Si estuvieran vivos… ¿Y qué si estuvieran vivos? ¿Cómo me verían ellos? No tenemos ni una foto juntos. ¿Pensaban en mí cuando sentían el viento en su frente esa última vez? Y cuando ese camión se cruzó por su camino y lo vieron precipitarse hacia ellos… ¿Se acordarían de mí?
Tiene que haber algo en casa que me diga algo sobre ellos. Tuvieron que dejarme algo. No podían irse así, sin más, y dejarme a un lado del camino, llevando una vida prestada para siempre. Tiene que haber algo escondido en alguna parte... Una carta. Sí, eso es, ellos me dejaron una carta. La habrá escrito mi padre con su caligrafía de tercero de primaría, un falso estilo “script” que garabateaba apenas para firmar su nombre. Tiene que ser su letra. A mi madre nunca la vi escribir. Ahora que lo pienso, recuerdo más a mi padre, con su overol gris y sus herramientas en la mano. De mi madre sólo me queda el olor de su pelo. En esa carta me dirán lo que le dicen todos los padres a sus hijos cuando ya se han ido de la casa. Las cursilerías trilladas que me han hecho falta.
Las cosas de mis padres las tengo guardadas en cinco cajas. Lo poco que quise guardar sin haberme sentado nunca a ver qué había allí. Lo guardé todo el día del entierro: sus discos, sus libros, sus cartas y cuadernos, sus fotos, sus recortes de periódicos, sus recibos sin pagar, la convocación al ejército de mi padre sin llenar, las cartas de la abuela sin responder, algunas jeringas, algunas pastillas, algunas fichas de ajedrez y un termo. Seguro había otras cosas que se me escapan ahora. Ropa, más facturas, las herramientas de mi padre y un montón de cobijas, paquetes de cigarrillos, botellas vacías, novelas de Jim Thompson, horóscopos, mancuernas, medallas de mi abuelo y almanaques. Seguro había muchos almanaques.
Me siento frente a las cajas y las abro una por una. Riego todo por el piso. No hay nada sobre mí. Es su vida —la de ellos, no la nuestra—. Busco en vano una carta o algún mensaje. Algún recuerdo para su futuro hijo. Nada. Nada. Miro hacia el tocadiscos y quiero escuchar alguno de sus discos de colección. No encuentro ninguno. Claro. Ahora lo recuerdo. Ese día, la mañana que me dediqué a guardar sus recuerdos, quemé y boté muchas cosas sin detenerme a pensar en que algún día me harían falta. Me ensañé con sus discos. Hubiera podido regalárselos a alguien. Alguien que los apreciara. Eso también me lo dijo la amiga de mi madre: “… debiste guardar esas reliquias. Algún día valdrán oro para coleccionistas. Te hubieras hecho rico en una subasta y así hubieras pagado tu terapeuta…”. Yo sólo pensaba en la moto. Rompí todos sus discos.
Ya desanimado, voy hacia el tocadiscos y pongo el mismo sencillo que lleva ahí tantos años. Es todo lo que queda de sus álbumes queridos. Es de Blind Faith: “Can’t find my way home”… Lo escucho de nuevo. Tiene un estribillo corto. Es una road-song-movie. Lo escucho varias veces como si nunca lo hubiera oído. Veo las cajas vacías con sus cosas. Todo lleno de polvo y de manchas de pintura. Ahí está la moto parqueada, como antes, como siempre, y el solo de guitarra me revienta por dentro. Si no lloro ahora, no lo haré nunca. Sería la catarsis final. La cura que tanto dicen que necesito la amiga de mi madre y Augusto (el ex-vendedor de seguros, ahora ambientalista). Quito el disco y veo unas palabras escritas en el acetato. Es la letra de mi padre: “… just the taste… the taste of the wind”…

Aquiles Cuervo (seudónimo de Alberto Bejarano) (Colombia)

Escritor semi-heteronímico de “atmósferas”, dedicado a explorar “el mal de Montano” en muchas de sus variantes. Sus obsesiones son el absurdo, el minimalismo y la espera. También es un Personaje literario creado en parte por autores (ya publicados) como Gabriela Amar, Aquiles Cuervo y Paul von Leopold, aunque en ocasiones sólo es un Bartleby. Publicaciones en: “El último padrón”, en Revista literaria El puñal, Chile, 2010. “Cinema penalty”, en Relatos, cuentos y ensayos sobre cine clubes, Cartagena, 2009.


www.odradekelcuento.com

Anterior | Siguiente