Proceso a Porcuno de Reims


Adam Gai

 


Todos los animales son iguales
George Orwell. Rebelión en la granja


¿Por qué será que en los espejos de barro que son los otros, no sólo uno no se ve, sino que se hunde? Un enigma al que, en calidad de persona, Porcuno de Reims no pudo responder. La desgracia recayó sobre él una mañana lluviosa y antigua, no registrada en los anales de la parroquia natal, pero sí documentada en nuestra traducción española, que ciertos expertos ignominiosamente afirman que es una manoseada trascripción de relaciones orales dignas de fe.
Héla aquí: A la madrugada de un día funesto de un mes impreciso del año 1479, conducía un campesino una piara de cerdos estoicos, por las calles rigurosamente estrechas de Reims, cuando escuchó gritos provenientes del camino que había recorrido, y que se volvieron visuales cuando el campesino miró hacia atrás. Un hombre y una mujer, que debía ser la esposa, surgieron de las últimas sombras. El hombre llevaba en los brazos un bulto, que luego se identificó como el de un niño pequeño, su hijo, el cual había sido, se comprobó después, mordido hasta la muerte en varias partes del cuerpo. Se sabe que el porquero, al ser interrogado, testimonió que, al aproximarse a ver lo sucedido, le había sorprendido que las heridas de la víctima estaban secas y la sangre coagulada, lo que lo hizo dudar sobre que el crimen había sido cometido justo al paso de los cerdos, y por obra de alguno de ellos, como los padres de la víctima y luego el alguacil indujeron a suponer. La justicia iba a hacer oídos sordos a esta declaración del testigo y ningún caso a los movimientos de cabeza y chillidos incomprensibles del reo, destinados a negar rotundamente la acusación. Pero volvamos a la escena del delito. Los gritos desgarrados de los padres del niño y los casi humanos de la piara asustada, despertaron a la población de la ciudad, aun a los más soñolientos, y la calle se llenó de gente y vocerío, como en las mejores jornadas de mercado. Todos se preguntaban y se contestaban sobre el suceso, al tiempo que se restregaban los ojos tan prematuramente activados.
Era, no olvidemos, una época en que la necesidad de imponer la ley se tornaba acuciosa, en una Europa que empezaba a acostumbrase a la concentración urbana y pretendía combatir los peligros derivados de ella, mediante el profuso dictado de nuevas normas y la germinación de un numeroso plantel de profesionales del derecho. (Véase el erudito artículo de Peter Dinzelbacher en Journal of Interdisciplinary History XXXII).
Como la imposición exagerada del orden acarrea impensadamente un renovado culto del desorden, los seres vivos, de cualquier género y hasta los menos prestigiosos, se constituyeron en materia propicia de juicio civil, a excepción de pulgas, langostas, moscas y otros insectos que, dotados de un talento ancestral para escurrirse de las manos y de las trampas de sus perseguidores, quedaron únicamente sujetos al anatema eclesiástico. Lo que a nosotros interesa destacar es que, por los años setenta del siglo XV, numerosos cerdos del continente fueron considerados idóneos para ser sometidos a juicio, como cualquier hijo de vecino. Al achacárseles de pronto una natural capacidad de raciocinio, hubieron de pagar con sangre y vida, a causa de su controvertible personería jurídica, y no meramente por la calidad de su carne sabrosa.
Retornando al quid de nuestra cuestión, diremos que la guardia civil obligó al campesino, propietario de la piara, a llevarla en su totalidad al patio de la casa del alguacil. Allí fueron cacheados e interrogados sumariamente, en grupo y por separado, apartándose y dejándose preso al que resultó poseer una fisonomía más inquietante que la de sus congéneres. Despachados estos de nuevo a la granja, juntamente con su dueño, éste fue coaccionado a retornar, a primera hora del día siguiente, con suficiente tela como para ocultar la desnudez del sospechoso y presentarlo decentemente ante el tribunal. En el ínterin, se designó un abogado que trató, con adversa fortuna, de trazar conjuntamente con su involuntario cliente una posible línea de defensa, pero el acusado se empecinó en asumir una cochina actitud de indiferencia y fatalismo que en nada iba a favorecerlo. A la primera sesión del juicio acudió una populosa audiencia, en la que no faltaron algunos animales traídos a la fuerza, para que tomaran mayor conciencia de los riesgos que implica una conducta inclinada al delito.
Se inició la sesión, llamando a declarar al padre del niño muerto, que en representación suya y de su mujer, relató con detallada crudeza el desenvolvimiento de los sucesos. Vestido apenas con un paño y atacado por previsibles arrebatos de rabia, el reo —cuya jaula fue instalada, al efecto, en un rincón apartado de la sala para evitar, en lo posible, la difusión del mal olor que despedía—, pareció escuchar el relato del testigo principal y de otros que juraron haber presenciado, desde las ventanas de sus casas, el acto de homicidio a pesar de la limitada visibilidad, resultante de la oscuridad y de la lluvia copiosa. Invitado a comparecer, sin que se lo trasladara de su jaula hasta el banquillo de los acusados, el fiscal le preguntó, en un lenguaje supuestamente accesible, incluso para el menos cultivado de los oyentes, cuáles habían sido los móviles que lo impulsaron al crimen. Porcuno de Reims, que así se decidió denominarlo para concederle identidad jurídica, no prestó declaración pero emitió unos gruñidos que la acusación interpretó como una grosera manera de no asumir responsabilidades, y el abogado defensor, como réplica natural de quien quiere certificar su prístina condición de animal y, por ende, de su innata incapacidad de pronunciar palabra y de entenderla.
El fiscal no se dio por vencido y, por el contrario, multiplicó sus invectivas, con el objeto de suscitar una respuesta furibunda, que finalmente llevaría a la solicitada admisión de la culpa. Subida la temperatura de la sala por el calor de los ánimos y los efluvios de los animales mezclados entre el público, el juez suspendió la sesión hasta la semana siguiente. Porcuno fue escoltado, bajo severa vigilancia, a otra jaula, instalada en la prisión de la ciudad. El breve recinto, más miserable que su pocilga, y escasamente iluminado, iba a reducir las acciones de su triste morador a desplazarse, pesadamente, de los fierros de un lado a los fierros del otro, perorando sin pausa sobre su desdichada situación. Tal vez por el tono airado de los acusadores, creía estar comenzando a entender el lenguaje de estos y, paralelamente, a experimentar sus sentimientos y razones. Para su sorpresa, se percibió perorando como aquellos. Con un volumen de voz que probablemente pudo ser registrada a través de las rejas de celdas próximas, dijo con soltura, en el francés de la época, lo que luego correría de boca en boca y de hocico en hocico:
Miserable de mí, que guiado por mi amo por las tenebrosas callejuelas de Reims vi a una pareja de seres pretendidamente superiores asomados a una ventana y tratando de arrancarse uno al otro un bulto que finalmente cayó a mis patas y pisé sin premeditación. Mi amo, que iba más adelante, no se dio cuenta de lo sucedido. Sólo pasados unos minutos, miró hacia atrás al oír voces altisonantes. Fue entonces cuando yo también torné la cabeza y advertí, casí a mi lado, un par de bocas humanas abiertas por el grito y humedecidas por un líquido que parecía sangre.
Este recuerdo vagamente dibujado en mi mente fue mejor elaborado por mí después de que en la corte de justicia se me impuso un nombre y, por encanto de la denominación, me reconocí de pronto parlante y pensante, aunque no me atreví enseguida a demostrarlo. Creo ser el primer cerdo de la Baja Edad Media que puede expresar lo que estuvo hasta hace poquísimo profundamente escondido en nuestro corazón y cubierto por las densas capas de grasas con las que los de mi especie hemos intentado protegernos de los suplicios que sufrimos desde tiempo inmemorial. Lástima que se me ha concedido el don del habla tardíamente, cuando lo que únicamente puedo hacer es ver desde aquí la sombra de la horca en el patíbulo de la plaza donde me colgarán, una vez acabado este proceso en el que fue dictada sentencia aun antes de ser analizadas todas las declaraciones y todos los testimonios. Es muy natural convertir en chivo expiatorio a un animal que carece de los recursos humanos para sobornar a los testigos, a los jueces o en última instancia al verdugo. Si mi amada puerca y mi cría alcanzaran a oírme, les recomendaría fugarse, en la ocasión más propicia, adonde nadie les hiciera este juego inmundo y donde pudieran vivir limpios de cuerpo y de culpa, hozando en paz un suelo de margaritas echadas sin recelo.

El reo terminó de monologar y de moverse de un lado a otro. La sombra de su cuerpo, en el suelo de polvo y basuras aplastadas, fue atravesada por un rayo de luna caído sobre la jaula.
Siete días después, como se esperaba, la justicia corroboró lo dictado en el jucio y Porcuno fue conducido a la rastra, con una soga atada a las patas que iban a garabatear, durante el viaje, una suerte de testamento sobre el barro. Ascendido al tablado, le fueron vendados los ojos. Se oyó, entonces, el griterío triunfal del populacho y el llanto a moco tendido de su compañera y de sus tiernos lechoncitos, ubicados en primera fila por el alguacil, para que sintieran muy de cerca lo que es el castigo de las malas acciones. Pronunciada la orden de ejecución, hubo redoble de tambores y las patas del padre y amante esposo se estremecieron en el aire.
La plebe humana, aturdida por la algarabía de sus propias voces, no descifró la exacta maldición de los gruñidos: Vuelvo al barro, despedazado. No dejaré, por eso, de ser vuestra imagen y semejanza.

Adam Gai I (Argentina)
Nació en Buenos Aires en 1941. Estudió la carrera de Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado artículos sobre la narrativa de Anderson Imbert, Benedetti, Bianco, Bioy Casares, Borges, Carpentier, Cervantes, Cortázar y Valle Inclán. Recibió el Premio Fundación Rosario Castellanos (1980-1981), por su estudio de doctorado sobre la obra narrativa de Juan Rulfo en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Vive en Israel.


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