El amor de Carmela me va a matar


Martiniano Acosta

 


Sabrá Dios qué será de Carmela en este día. Evaristo se casó a temprana edad con ella y desde los primeros meses el matrimonio anduvo en conflictos porque ella salía continuamente y regresaba en la madrugada, con el vestido impregnado de un fuerte olor a licor y a cigarrillos. Circunstancias que, tal vez, encontró disponible Demetrio —hermano de Evaristo— para confesarme con sinceridad que cuando miraba de reojo a Carmela con las faldas por encima de la rodilla y los yines apretados en donde se prefiguran los muslos gruesos, macizos y atractivos, la respiración se le acortaba y apretaba los labios en señal de una profunda avidez sexual.
Demetrio percibía muy bien la magia y la sensualidad de Carmela, capaz de desordenarle el corazón a cualquier hombre por más fiel que intentara serlo. Aquella confesión de Demetrio me inquietaba. Por eso, procuraba ganar la delantera en esta silenciosa lucha por alcanzar el amor de Carmela. Yo no desperdiciaba oportunidad para escribirle en una servilleta uno de esos viejos boleros cuyas letras alegran el alma y alimentan las ilusiones: “Si yo pudiera algún día remontarme a las estrellas, conmigo te llevaría a donde nadie nos viera”. Carmela dejaba escapar la sonrisa coqueta y me murmuraba al oído: “Lo último que se pierde es la esperanza”. Para mí era doloroso, pero debía ser discreto en el amor, no quería herir a nadie y creo que fue justo el momento para concluir que en esta vida lo mejor es callar y esperar. En muchas ocasiones busqué sus ojos de fuego, sus manos suaves, sus labios rojos y encontré algunas veces una respuesta positiva que me hizo feliz. Sin embargo, su actitud a veces me desconcertaba y llegaba hasta pensar que le molestaba mi acoso, lo cual me hacía sentir como un hombre sin suerte en el amor. Todo el día la recordaba y por las noches para dormirme imaginaba su rostro como un paliativo para el insomnio y yo entonaba en voz baja “No sé qué tienen tus ojos, no sé qué tiene tu boca, que iluminan mis antojos, y a mi sangre vuelven loca”. No ocurría el milagro del amor y la madrugada me cogía despierto.
Demetrio se convirtió en su esclavo y amo. Yo me encontraba en la misma situación, pero con cierta particularidad, todo lo mío estaba a escondidas, se cocinaba entre las sombras. Él también la hostigaba en cualquier sitio. Una noche alunada, los dos torcieron el destino. Debajo de un ciruelo, se saciaron sin guardar el menor respeto por Evaristo. Allí varias veces los vi y un impulso asesino estremeció mis manos. Semanas después, el amor fue tan grande y ambos decidieron, como dos inexpertos jóvenes, fugarse. Ella, con un solo vestido; él, con la misma ropa de varios días. Se largaron a vivir para que nadie les molestara, en una pieza alquilada, en las faldas de unos cerros escarpados que rodean a Bahía del Mar.
Evaristo, casi noqueado por los acontecimientos repentinos, trataba de liberarse de la depresión con canciones, pero los efectos eran contrarios: “en la vida hay amores que nunca pueden olvidarse, imborrables recuerdos que siempre guarda el corazón” y finalizaba llorando como un niño perdido entre la multitud. Los amigos ya ni siquiera lo invitaban a jugar billar ni a emborracharse en la orilla del mar hasta altas horas de la noche para escuchar boleros. Dado su estoicismo, jamás se le escuchó un reproche contra la pareja porque en el fondo de su corazón ansiaba regresar a vivir con Carmela.
Un treinta y uno de diciembre a las doce en punto, Evaristo se desplomó sin vida sentado en la puerta de la casa. Una bala “caída del cielo” le atravesó el cráneo. Ese fue el comentario que corrió por todo el barrio encendido de luces, pitos, música y voces parranderas. De repente, el barrio se silenció. Ese silencio particular que produce la muerte de alguien a quien se le aprecia mucho.
Cinco noches atrás, Carmela ya había abandonado a Demetrio y se había fugado con el dueño de un granero quien la conquistó prometiéndole que la colmaría de joyas, dinero, casa y carro. Lo único que pudo conseguir de él —me dijeron en tono de burla— fue una bicicleta vieja.
Meses después, la honra y la hombría de Demetrio se pusieron al descubierto. Era tanto el despecho que empezó a gritar en plena calle para vergüenza de él mismo, que “ni piense que la recibiré cuando el cachaco la bote” y se iba directo a las tabernas dispuesto a olvidar las penas a punta de vallenato y licor. Por supuesto, nunca lo consiguió.

Siento el olor dulzón a tinto y a cigarrillos que flota por encima del aroma de las escasas coronas de flores que cubren el ataúd. Escucho que los asistentes no dejan en paz las aventuras escandalosas de Carmela ni la memoria del difunto, relacionándolo con la mala suerte que siempre le persiguió, sobre todo con las mujeres. Las personas imaginan que la situación se tornará conflictiva cuando Demetrio y Carmela se asomen por aquí “Va a formarse una pelotera”, dicen.
Demetrio traspasa en silencio el umbral con su figura que infunde miedo, se aproxima al ataúd, mira a su hermano a través del vidrio rectangular, no suelta una lágrima como esperamos todos, se saca el pañuelo, se limpia el sudor y se acomoda en un rincón de la sala, en medio de otras visitas que ni siquiera se atreven a lanzarle un saludo, un pésame o una mirada de soslayo. No ha terminado un cigarrillo cuando ya está encendido el otro. La gente percibe sorprendida que el odio entre hermanos está saldado.
Carmela no asistirá al sepelio. Me he enterado que ya anda, por ahí, sin compromiso y en su corazón llueve soledad porque no encuentra todavía el amor que le va a dar feliz reposo.
Escucho los llantos y las alharacas que alborotan la última despedida. Demetrio, inmutable, el rostro estragado por el trasnocho y el abandono de Carmela, se arquea para poner sobre su hombro una esquina del ataúd, actitud que ya había decidido desde antes de entrar a la casa. Yo prefiero ir detrás hilvanando mi propia desventura. Diez cuadras largas, caminata lenta con un sol sin clemencia. Alguien a mi lado expresa: “este maldito sol de playa”. Otro murmura una frase lapidaria, sin equivocaciones: “sólo se necesita estar vivo para morirse”. Yo percibo el rastrillar de los zapatos contra el pavimento. En mis oídos el rumor se alarga y se contrae. El ataúd en los hombros de los hombres bambolea, ellos mantienen la mirada recta e indiferente. El sofoco de la tarde desespera y no se distingue el movimiento de una hoja en los árboles. Desde la taberna surge la melodía apropiada o chocante para el momento: “Fue un juego y yo perdí, y esa es mi suerte, y pago porque soy buen jugador”.
En el rostro de Demetrio se acentúa el cargo de conciencia y soporta el peso del cajón en el hombro como si el muerto pesara más para su lado. No ha derramado ni una lágrima ni tampoco ha solicitado ayuda. Después de las palabras del sacerdote: “descanse en paz y brille la luz perpetua para Evaristo”, y de las paladas de barro negro encima del féretro, el ritmo de la vida continúa de igual manera para todos, menos para Demetrio quien, ya en la casa, se mira al espejo y observa con desagrado su rostro demacrado.
No abandono mi propósito. Sigo paso a paso el espanto que envuelve y martiriza a Demetrio desde la muerte de su hermano. Estados febriles le aparecen en forma intermitente. Por las noches, padece de insomnio. Se pasea en pantaloncillos por la habitación apestosa a herrumbre, a sudor, maldice a Dios y lanza improperios contra el Diablo. Siempre se le oye repetir un nombre de mujer: Carmela. El tiempo se le va acabando como papel encendido y no hay remedio que detenga la desazón. Demetrio ya no es Demetrio: aquel tomador de tragos, jugador de dominó y mujeriego, se ha convertido en un hombre desencajado y de mal humor.
Desde la ventana de la pieza, acostado observa el lento pasar de los nubarrones y no sabe si es realidad o sueño cuando frente a él surge la figura luminosa de su hermano Evaristo quien le mira con el mismo odio que siempre había escondido en su corazón.
Yo, cerca de la ventana, le veo tendido en el camastro. Le fijo la mirada y sé que mi rostro le muestra un gesto de repugnancia y con el mismo impulso con el que apunté a Evaristo, el arma vibra en mi mano por segunda vez.


Martiniano Acosta (Colombia)
“La literatura ha sido una de mis mayores pasiones y el cuento de mi vida ha sido el cuento. Leo y escribo para existir. En estos momentos, me la juego con dos novelas cuyas temáticas giran alrededor de la violencia cotidiana, del poder y del exilio”.  
Nació en Baranoa, Atlántico. Escritor, docente. Publicó De cara contra el suelo, La ciudad de las ventanas, Once galopes en el tiempo.


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