La travesía del desierto

 


Gabriel Uribe Carreño

 


A Lina María Pérez Gaviria


En general los autores que han vivido largos años fuera de su tierra, no sitúan sus ficciones en su país ni en el sitio donde escriben, sino en una especie de lugar soñado, territorio secreto de su incansable viaje.

Peter Schultze-Kraft

 

 


I


Creyó que era la camioneta recalentada lo que hacía el aire irrespirable. Detuvo el motor, descendió del vehículo y dio unos pasos, pero fue peor, un fogaje quemante lo rodeó, se le metió en los pulmones, entonces regresó corriendo y se refugió en la cabina. El sol caía a pico sobre la camioneta verde y él estaba ahí, encerrado, sin ganas de seguir adelante, con la camioneta cubierta de polvo, los vidrios empañados. No tenía sed a pesar del calor, ni sudaba tampoco, era como si el mismo calor que lo rodeaba le impidiera sudar. Se pasó la mano por la frente. Seca. A lo mejor el sudor se evaporaba apenas asomaba a los poros, pensó. Todo lo que veía desde su asiento era la tierra rojiza del desierto. Una tierra reseca, con yerbajos intermitentes, con pequeñas ondulaciones en el terreno, con algunas alturas que semejaban colinas, pero él sabía que no eran colinas, se lo habían advertido; son montículos que, por efectos ópticos, a la distancia, dan la impresión de ser colinas, pero no había que dejarse engañar, no era nada de lo que creía ver, sólo desierto. Entonces vio la muchacha, es decir, vio la camioneta donde ella venía, en sentido contrario al suyo, una camioneta cubierta de polvo como la suya, pero más vieja, más gastada, hasta el punto de que viéndola venir él se preguntaba cómo podía andar aún tal vehículo. Y apenas vio la única persona que iba dentro, conduciendo, se dio cuenta de que era una mujer, a pesar de la distancia a la que se hallaba la camioneta cuando la divisó por primera vez. No era un espejismo, era algo real, pues el espejismo está ahí de pronto y de pronto desaparece, la camioneta de la mujer no, la camioneta venía acercándose, muy lentamente, y él volvió a preguntarse cómo podía haber alguien que se resolviera a atravesar el desierto en semejante cacharro. Cuando la mujer llegó a su altura volvió la cabeza hacia él, que estaba sentado, con la mano sobre el volante como esperando a alguien, inmóvil, y se había quedado mirándola. Ella lo saludó con un simple sacudón de cabeza, como si fuera a echarse hacia atrás el pelo que le estorbaba en la cara y él contestó al saludo de la misma manera, sacudiendo la cabeza hacia atrás. Luego, recordando que de todas maneras era una mujer, se llevó dos dedos la cien y volvió a poner la mano sobre el volante. En ese instante, la camioneta, que pasaba ya a su lado, se atascó, como ahogada, dio varios sacudones, como si saltara sobre el terreno plano, y se detuvo. Él se quedó observando a la mujer y ella se quedó mirándolo. “Se acabó la gasolina”, dijo la mujer. Y bajó del vehículo. Él hizo lo mismo, bajó. Descendió rápidamente, como en un caso de emergencia, como cuando se cree que todavía se puede hacer algo. Abrió el capó sin dirigir siquiera la palabra a la mujer que se quedó ahí esperando, y empezó a meter los dedos por aquí y por allá, como un mecánico. Ella le repitió que era la gasolina, pero él no hizo caso. Luego cerró el capó de un solo golpe. Le propuso llevarla creyendo que la mujer no aceptaría dejar ahí el vehículo, como abandonado. Pero ella no dijo nada acerca de eso, dijo apenas que no quería molestarlo, y cuando él le preguntó a dónde la llevaba, ella giró, miró hacia todas partes como buscando un punto en el desierto y finalmente señaló hacia atrás, hacia el camino que había dejado tras ella. El miró como si en realidad pudiera ver la continuación de una carretera, sabiendo que lo último que se parecía a una carretera o a una simple ruta en el desierto él lo había dejado atrás hacía tres días. Tres días llevaba en esa soledad, deteniéndose sólo para dormir, en las noches, o para reposarse, después del mediodía, cuando el calor abrasante lo obligaba a meterse bajo la camioneta y esperar, no que el calor menguara, sino que el cuerpo se sintiera menos sofocado y aceptara seguir adelante. Le hizo un gesto a la mujer de que viniera, y subió a la camioneta. Ella se sentó a su lado, se arregló la cabellera como una mujer apenas saliendo del baño y se quedó quieta, sin decir una palabra, esperando que él se acomodara, buscara las llaves que había metido en el bolsillo del pantalón y prendiera al fin la camioneta. Era como si los dos se sintieran obligados, él a llevarla y ella a aceptar ese viaje. La camioneta arrancó (era una camioneta verde, prestada, de un modelo no viejo, pero ya nada nuevo, en buen estado, eso sí, un vehículo con el cual él podía contar y al arrancar sabía que, en compañía de la mujer, quizás el camino se le haría menos largo, tal vez pudiera ir más rápido, sobre todo cuando ella dejara su mutismo y le hablara para olvidarse del desierto y para distraerlo a él en el viaje). Durante dos horas rodaron por ese desierto sin cambiar una sola palabra, y él no se atrevía ni a mirarla, miraba siempre adelante como si enfrente tuviera una línea bien marcada de pavimento o de carretera de tierra, en lugar de ese terreno inmenso que nada delimitaba. Hasta que el sol, tal como había sucedido en los días anteriores, lo obligó a detenerse. Se detuvo. Paró el motor y por primera vez miró a la mujer y le habló. Le dijo que tenía que hacer una pausa, que no podía soportar ese horno (se lo dijo así, señalándole el entorno de la camioneta) y que tenía que recuperar sus energías debajo de la camioneta, un par de horas, luego podrían continuar el viaje. La mujer lo dejó que terminara de hablar y sólo cuando él hizo el ademán de descender, como dando por descontado que ella descendería también y podrían descansar bajo la camioneta, dijo ella que nada la movería de su puesto hasta no estar en su casa de regreso. Había hablado sin mirarlo, con la vista fija adelante, como si estuviera viendo el punto exacto donde estaba su casa, de la que sin duda había partido con la ilusión de atravesar el desierto en su destartalada camioneta. El hombre se conformó con oírle la voz, y descendió sin insistir, pensando sólo : “Si quiere achicharrarse ahí, allá ella”. Descansó dos horas, igual que los días anteriores, sin preocuparse por lo que pudiera pasar con la mujer allá encima, en la cabina, que debería estar ardiendo a esa hora con el vehículo detenido y sin un soplo de brisa. A lo mejor la mujer, como él, se había quedado dormida. Ni siquiera la había sentido moverse. Cuando subió al vehículo se dio cuenta de que se había equivocado en sus suposiciones, la mujer tenía los ojos completamente abiertos y parecía estar meditando algo, con una concentración forzada y casi gozosa. Por primera vez se fijó en ella. Le pareció casi bella, casi bonita y se dijo que era efecto de la soledad, de ese desierto, del calor y de la siesta que había hecho y que lo mejor, si quería llegar sin contratiempos al final de su viaje, era ignorarla y seguir adelante. Como ella parecía no darse cuenta de que él había regresado, como no hizo ningún movimiento ni dijo nada, con una falta total de interés por la persona que la conducía a su casa que rayaba en la descortesía y hasta en la grosería, él decidió comportarse lo mismo. Arrancó el vehículo, y la camioneta comenzó a devorar de nuevo tierra reseca, kilómetro tras kilómetro, y siempre él con esa sensación de que no se avanzaba, de que sólo el día se movía a medida que bajaba el sol, pues el paisaje seguía siendo idéntico, no sólo del que había dejado atrás cuando se cruzó con la camioneta de la mujer, sino idéntico al paisaje del primer día cuando empezó a atravesar el desierto. En un momento de distracción se dejó llevar por sus pensamientos y se dijo que a lo mejor la mujer temía que él pudiera hacerle algo, alguna afrenta, forzarla. Un hombre solo, en el desierto, en una camioneta y que se ofrece a llevar una desconocida no era un sujeto para confiarse. Además, después de tres días de desierto, sin lavarse y sin afeitarse, comiendo esos enlatados que llevaba en el saco y durmiendo mal, quién sabe qué cara horrible tendría ahora. Pero evitó hacer el mínimo gesto para darse confianza, lo mejor, pensó, era dejar ir las cosas. Cuando ella se convenciera de que no tenía nada que temer de parte de él, la mujer cambiaría y entonces el viaje se haría de veras agradable. No sólo trataba de no mirarla, sino que quiso olvidar que en un momento le había parecido una mujer bonita. Pero por más que quería pensar en otra cosa, volvía a pensar en ella, volvía a verla como la vio la primera vez, cuando descendió de la camioneta a prestarle ayuda. Si seguía viéndola en el recuerdo y al mismo tiempo guardando en la conciencia el hecho de que la tenía tan cerca, ahí a su lado, que podía tocarla con sólo estirar la mano, la presencia de la mujer se le iba a tornar obsesiva. Prefirió detenerse y caminar unos pasos para que el cuerpo se desentumeciera y la cabeza se ocupara de otras cosas. Detuvo la camioneta y apagó el motor. Pero antes de que se bajara, la mujer le habló. Estaba señalando un punto distante allá en el horizonte, lo señalaba con el dedo y él miró hacia allá, pero no vio nada. “Allá está mi casa”, dijo ella. Y agregó que no valía la pena descansar aquí, ahora, pudiendo hacerlo allá. Él se extrañó de que pudiera haber una casa en pleno desierto y se quedó mirándola, sin decirle nada, temiendo que la mujer, que no había querido descender de la camioneta en las horas de más calor ni tomar nada, estuviera desvariando. Trató luego de ver allá el punto que ella nombraba como su casa, pero no vio nada y pensó que él, después de tres días de camino, se había librado con suerte de los espejismos, aunque quizás el caso de la mujer no fuera el mismo y a lo mejor ella estaba viendo su casa en un sitio donde sólo había tierra seca. Se bajó de todas maneras y dio varias vueltas alrededor de la camioneta. La mujer seguía mirando al frente con su mirada casi gozosa, indescifrable. Y cuando él se sentó de nuevo en su puesto ante el volante la mujer comenzó a agradecerle que la hubiera recogido. Por primera vez le pareció una persona normal y se atrevió a mirarla a la cara. Sí, era bella, no había duda. La mujer estaba diciendo que le proponía descansar en su casa, luego podría, con nuevas fuerzas, continuar el viaje. Hablaba como la persona más sensata del mundo, pero seguía insistiendo en el tema de una casa que él no veía por ninguna parte. Decidió dejarla que hablara, que dijera todo lo que quisiera decir, y no dejarse llevar por los delirios de esa chiflada que había recogido en el camino, aunque no pudo evitar oír lo que ella estaba diciendo ahora, que si quería pasar la noche en su casa podría hacerlo también, se recuperaría mejor durmiendo en una cama, y, si quería, incluso podría pasar la noche con ella. Entonces no quiso volver a mirarla, se obstinó en mirar hacia adelante y seguir avanzando, tenía que seguir sin hacer caso de su pasajera si quería llegar a su destino, pues a lo mejor la mujer que le proponía todo eso no estaba loca sino era sólo parte de un espejismo. Estaba mirando tan concentrado, hacia adelante, que cuando vio la casa la tenía casi en sus narices. Pero eso podía ser también espejismo, se dijo. Entonces ella habló. “Aquí es, ya llegamos”. Y él no pudo evitar creer que lo que estaba viendo era una casa de veras y que la mujer que estaba ahí a su lado era de carne y hueso, porque lo tocó en ese instante con una mano suave invitándolo a que bajara, y lo que había ahí, a un lado de la imaginaria carretera que él había seguido durante tres días, era una casa de verdad, de dos plantas, levantada en pleno desierto. Pero, ¿a quién se le había podido ocurrir eso, edificar ahí? La mujer le contestó antes que él se lo preguntara. Fue por hacer obra de caridad, le dijo. “Mi casa es un hotel”. Sí, de acuerdo, pensó él, ¿pero en pleno desierto? Y no pudo pensar más porque una señora había abierto la puerta y con una sonrisa, como la de cualquier hotelero de zona turística, los esperaba de pie en el umbral. Él alcanzó a ver el deteriorado aviso : “Los cuatro vientos”.


II


Sólo horas más tarde comprendió que la mujer que los había recibido no era la madre sino la tía de la muchacha, o la madrina o algo así, en todo caso la encargada de atender, la cosa no quedó clara. Él decidió quedarse en esa casa tan destartalada como la camioneta que ella conducía, en medio del desierto, diciéndose que cuando mucho eso representaría un día de retraso en su viaje. En el par de horas que permaneció dentro de la casa al resguardo del calor y de la luz de afuera sintió que su cuerpo se reposaba, y de repente las ganas de acostarse con la muchacha y el recuerdo de lo que ella le había dicho, que hasta podían dormir juntos si así lo quería, lo decidió a pasar la noche. Cuando lo dijo, la señora tuvo un gesto de agrado y la muchacha pareció también haber obtenido algo que se había propuesto, algo que a lo mejor había salido expresamente a buscar. Cenaron los tres, la señora después de preparar se sentó a la mesa con la pareja y él se preguntaba si eso era lo normal en estas tierras, que la gente de servicio se sentara junto a los que pagaban. Decidió no pensar en lo que veía. Pagó su pieza y la comida de los tres y el desayuno del día siguiente. Su cuarto era un recinto estrecho, con una ventana desde la que se podía ver afuera la camioneta como una especie de animal agazapado en la noche del desierto. Estaba contemplando el vehículo cuando la muchacha entró al cuarto sin hacer ruido. Él la sintió, sin embargo, no se volvió a verla sino hasta un rato después. Ella estaba en ropa interior, como esperando que él abandonara la ventana. Él le sonrió y ella le dijo su precio. El hombre dijo que sí con la cabeza y ella empezó entonces a quitarse la ropa que faltaba. Desnuda, se dejó contemplar unos instantes y luego se sentó en una esquina de la cama. Parecía estar acostumbrada a ese ritual, repetirlo cada vez que en pleno desierto lograba atrapar un cliente. Pero, igualmente, y ahora él lo veía todo mejor, darse era algo que hacía contra su voluntad, como quien pasa un puente porque es absolutamente necesario y tiene que hacer de tripas corazón para no pensar en el vacío ni en las aguas arremolinadas bajo el puente. Ella estaba esperando que él le dijera algo, le insinuara, le indicara lo que tenía que hacer, y se sorprendió cuando el hombre, sin sonreírle, le largó los billetes y antes de que ella dijera algo, antes de que ella explicara que se los podía dar después, cuando ya estuviera vestido y dispuesto a irse, le decía él que recibiera eso por haber venido hasta su cuarto, mientras sacaba algunos billetes más y agregaba que recibiera el doble por dejarlo tranquilo. La muchacha se vistió apresuradamente y cuando estuvo lista, con los billetes en la mano, le preguntó qué no le había gustado, y él le sonrió abiertamente por primera vez. No le gustaba, dijo, nunca le había gustado ver lo que la gente tenía que hacer obligada. Y como eso, que veía que para ella era un simple trabajo, no era para él estrictamente necesario, que tomara el dinero no más. No le importaba. La muchacha le agradeció con una sonrisa igualmente abierta y franca, y por primera vez pareció no estar asustada. Se retiró, sin dar más gracias, deseándole las buenas noches y que no hiciera caso de los ruidos nocturnos del desierto, que en esta zona parecían ser más insistentes que en otros lados. Se acostó después de quitarse la ropa y, tendido en la cama, estuvo repasando los sucesos del día y de los días anteriores, desde que partió para hacer esa travesía que debía llevarlo hasta San Joaquín, donde su mejor amigo había comprado una casa y donde, según habían convenido, también él se retiraría a descansar, en la soledad de ese pueblo abandonado, cada vez que se le hiciera insoportable la vida tan agitada de la ciudad. Por la ventana abierta veía la claridad nocturna del desierto y empezaba a oír los primeros ruidos del fondo de la noche. La camioneta inmóvil parecía hacer parte del paisaje. Algo, como un golpe, sonó en alguna parte y él creyó que había sido fuera de la casa, pero luego se oyeron como los chirridos de las tablas del piso y pensó que los ruidos de que ella le había hablado eran a lo mejor sólo los ecos nocturnos de los ruidos del día. Estaba oyendo crujir la madera cuando se abrió la puerta y comprendió que lo que había oído eran los pasos de la mujer saliendo de su cuarto, subiendo las escaleras, y que la tenía ahí ahora, enfrente. Cuando ella se acercó a la cama, adivinándola más que entreviéndola en la oscuridad del cuarto, él se dio cuenta de que había atravesado la casa desnuda. Luego la sintió tenderse a su lado, y sintió casi en seguida los brazos de ella tocándolo, despertándole el cuerpo, ayudándolo a escapar al fin de los últimos rastros de calor en la noche de ese desierto.

 


III


Al día siguiente desayunó solo, y la señora del hotel lo miraba todo el tiempo como desconfiada. Él se abstuvo de preguntar nada, aunque cuando regresó a su cuarto a preparar sus cosas se dio cuenta, al mirar por la ventana, que la camioneta no estaba donde él la había dejado. Bajó enseguida a preguntarle a la señora, pero ésta se limitó a decirle que a lo mejor ella, la muchacha, había ido a buscar su camioneta, la destartalada, lo mejor era que la esperara. Él subió entonces de nuevo al cuarto con un principio de cólera y el presentimiento de haber sido engañado. Se sintió peor cuando descubrió que la alforja donde tenía su muda de ropa, sus papeles y el dinero había desaparecido. Bajó corriendo a decírselo a la señora del hotel, le gritó que su sobrina era una ladrona, pero la señora, extrañadísi­ma, le dijo que cuál sobrina si ella en ese desierto no tuvo nunca familia y vivía sola desde hacía muchos años. Y luego, como si al mismo tiempo que hablara empezara ella a comprender, le explicó que esa muchacha había pasado ahí la noche anterior a la de anoche, que había venido sola y manejando esa especie de chatarra inservible y que ayer, al atardecer, después de irse había regresado con él, y, para terminar, que a ella no le interesaban los tratos y líos entre parejas, los dejaba hacer siempre y cuando no hubiera escándalos en su casa. Lo miraba ahora como culpándolo, y seguía diciéndole cómo la muchacha, cuando había vuelto con él en su camioneta, le había explicado que su marido la había encontrado al fin y le había pedido perdón por lo que le había hecho (sin aclarar qué era lo que él le había hecho) y ella, la señora, aceptó su historia, la aceptó completamente y hasta creyó poder contribuir a la felicidad de la pareja cuando la muchacha le propuso que para aliviar la tensión entre ellos, los acompañara en la mesa. A medida que la señora contaba él se iba convenciendo de que la muchacha le había mentido todo el tiempo. Se puso furioso primero y después triste y luego de nuevo furioso y sin saber qué hacer ni qué creer finalmente se fue a su cuarto. Iba subiendo las escaleras cuando la señora dijo a sus espaldas que menos mal por lo menos el cuarto ya estaba pago. El hombre se detuvo, se volvió, se quedó mirando a la mujer y compredió que no podía ser la madre de la otra, pues no era más vieja, cuando mucho le llevaría unos diez años. A mediodía la señora le llevó de comer en un plato a su cuarto, nueces y frutas secas, dátiles del desierto, nada que fuera preparado en una cocina. Le puso el plato en la mesita de noche, le dijo que esperara hasta la tarde. Él, que no sabía qué hacer aún, se quedó sin comprender la frase. A las cuatro de la tarde, cuando la señora vino de nuevo al cuarto, él comprendió sus palabras. Como la muchacha no había regresado aún y a lo mejor no regresaría nunca, ella no tenía más remedio que echarlo, pues no podía tener ahí a nadie de balde. Él dijo que lo dejara pasar la noche mientras se le ocurría una solución y la señora respondió que no, tenía una hora para irse. Luego le trajo una especie de lona enrollada y una vieja cantimplora con agua, junto con una mochila de dátiles partidos en pedacitos como se hace cuando se le lleva de comer a los animales del zoológico, puso todo sobre la mesa y le dijo sin mirarlo a la cara que si caminaba de noche, guiándose por las estrellas, podría dormir de día bajo esa lona puesta como una tienda, y si sabía economizar la comida podría subsistir con sólo dátiles largo tiempo en el desierto. Le explicó cómo armar la tienda. Dos horas despues él no se había decidido aún a irse; esperaba, sin saber qué. Entonces volvió a oír los pasos, resueltos esta vez, de la señora. A lo mejor había cambiado de parecer y lo dejaría pasar la noche ahí, de todas maneras eso no sería hospitalidad sino, teniendo en cuenta su insólita situación, un simple acto de caridad. Pero la señora tenía algo en las manos que le costaba sostener y que él al comienzo no distinguió bien, no supo lo que era, pues ella estaba en el zaguán, en la penumbra, y sólo cuando alzó la voz se fijó completamente en su figura. Ella dijo, como si diera una orden, señalándole el atado con la lona puesto aún sobre el piso y la mesita, que cogiera sus cosas y se largara ya, y él entonces vio el arma que la mujer sostenía con dificultad en sus manos, la escopeta de dos cañones que parecía seguirlo hacia donde él se moviera, como un par de ojos vigilantes. Cogió el atado con la lona y descendió la escalera, los pasos de ella sonando detrás, y salió al desierto y empezó a caminar hacia el rumbo que ella le había indicado. Caminó hasta perder de vista la casa, entonces cayó en la cuenta de que, según los principios elementales de astronomía que recordaba, estaba caminando con rumbo perdido, y que si quería llegar al lugar de su destino debía volverse algo hacia la izquierda y guiarse por las dos estrellas lejanas que, allá en el fondo de la noche del desierto, ya habían salido para indicarle su verdadero camino. Orientándose por ellas y sintiendo ahora el frío nocturno que ya comenzaba a desalojar el calor del día, empezó a caminar. Oscureció. Y él seguía caminando. Meditaba al tiempo en lo que le había sucedido, recordando la carta que le envió su amigo desde el pueblo lejano al que se dirigía, San Joaquín, y las instrucciones precisas que le había dado, que no se detuviera de día en ninguna parte del desierto, que no hiciera caso de nada, que llevara suficiente carburante y comida y agua suficientes, al menos para cuatro días de viaje, y que no confiara, ni en lo que veía ni en lo que oía mientras hiciera la travesía del desierto, pues en el desierto los espejismos no sólo eran frecuentes sino inevitables.
* * *


Gabriel Uribe Carreño
(Socorro, Santander, 1947)
Reside en Estrasburgo, Francia, desde 1980. Su novela histórica Maquiavelo en Verona, fue publicada por la UIS, Bucaramanga, 1998. El último retrato de Cecilia Tovar, novela, la editó Vericuetos-Escargots au Galop, París, 2006. Panamericana Editorial, en su Colección Cien Personajes, le publicó Nicolás Maquiavelo: la conducta de los poderosos, Bogotá, 2006.


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