La segunda muerte de Miroslava

 


Elkin Restrepo

 


¿Contarlo otra vez? ¿Por enésima vez? Ni que me pagaran. ¿Que es una historia muy difícil de creer? Sí, por supuesto, ¿pero no creen acaso que Cristo resucitó al tercer día y subió a los cielos? ¿Que estoy blasfemando? Okay, okay, me echo una bendición, no vaya a caerme un rayo encima ¿Que a lo mejor todo son mentiras y que no es la primera vez que intento tomarles el pelo? Vamos, ofrézcanme un whisky y le damos, pues, otra vez al cuento. Pídanle, eso sí, a Richardito que apague de una vez el piano, que con tanta repetidera de Falgás me tiene hasta las pelotas, ¡qué tristeza tan berraca! Y que sea doble y del bueno, ¡no vayan a meterme gato por liebre! ¿Qué pida otra cosa? Pero con quién creen que están tratando los cabrones, yo en esto soy un lord, ¡whisky o nada! Y díganle a Richardito que sea Buchanan. ¿Que no, que el fiado se terminó, y que nadie le quita a Falgás, que el patrón aquí es él y que al que no le guste que se vaya? ¡Qué grosería! ¡Vaya con el matón de Richardito! ¡Hasta será verdad que tiene varios a cuestas! ¿Será cierto que guarda un revólver bajo el mostrador? Dicen los que saben, que quien le fabricó tamaña cicatriz en la cara fue una mujer, mejor dicho, un hombre vestido de mujer, por allá en Lovaina, una noche en que todos los gatos eran pardos y él no supo diferenciar, y ya fue tarde cuando reaccionó, ¡ni marica que fuera!, pero el otro le salió adelante y con un cuchillo de zapatería le hizo lo que le hizo, y los amigos de una con él para la Policlínica, aguantándose las ganas de vomitarse encima, pues la herida le dejaba al descubierto colmillos y muelas, como si ya fuera una calavera, y el pobre Richardito tuvo que cerrar el negocio dos meses, mientras la calavera volvía a metérsele adentro, quedándose sin blanca, y todo por ponerse de delicado en el momento que no era. Dicen que una vez salió del hospital, más curado que pescado seco, lo primero que hizo fue buscar al travesti que lo desfiguró, pero éste, advertido por un adivino, se olvidó de enaguas y coloretes por un tiempo, entregándose a su verdadero rol protagónico como chofer en las Empresas Públicas, donde nadie lo distinguía de nada, menos de ser la señora Hyde en noches de luna llena Lovaina abajo. El caso es que… ¡Richardito, traete el whisky que me muero de sed, y apuntalo a mi cuenta, si no confiás en la firma de estos zánganos, y podés quedarte con Falgás, si tanto te gusta! ¿Que de dónde acá tanta risita? Tú, tranquilo, Richardito, si tanto te molesta, nos vamos para el bar de al lado, donde el trago es más barato y Falgás no canta. ¿Que podemos irnos cuando queramos? Está bien, está bien, trae el whisky y ofrecele una ronda de guaro a la distinguida audiencia, todo a mi cargo. El caso es que un martes envolatado como éste, un pajarito vino y le contó a Richardito quién era el culpable de sus males y dónde podía chequiarlo, y una tarde se fue allá y lo esperó a la salida del trabajo, en una esquina del parque Rojas Pinilla, enfrentándolo con una puñaleta, pero allí el asunto no pasó a mayores, no pudo pasar a mayores, porque Richardito, a pesar de que es varón probado, cayó enseguida, hay quienes dice que enyerbado, bajo los efluvios magnéticos de su enemigo, un mocetón de veintipico de años, que además de lagrimearle y pedirle perdón de rodillas, le contó que el culpable de todo, y de su doble vida, era el padrastro, quien lo había violado cuando tenía cinco años y aún seguía haciéndolo. Que él no era más que un hada descarriada en busca de comprensión y afecto. Hipnotizado, a pesar de que tenía del cogote al responsable de la cicatriz que le cruzaba la cara, dejándolo como calabaza de día de brujas, Richardito tuvo compasión de él y, olvidándose de su sed de venganza, en lugar de apuñalarlo y zanjar de una vez el asunto, pues lo que estaba en cuestión era el honor, aceptó en cambio tomarse unas cervezas con el fulano en la terraza del Hotel Nutibara, donde, atrapado aún más por su charla, poco a poco, no sin alarma, fue advirtiendo que todo su odio se esfumaba y que, ¡vaya sorpresa!, comenzaba a tener sentimientos raros, de esos que un hombre no puede alimentar respecto a otro hombre, por bello que sea, y éste lo era en grado sumo, ¿acaso no fue esto lo que lo engañó allá en Lovaina? Cabreándose por supuesto, pero con la idea de tomar el asunto a la guasa, por mero juego, lo que es, digo yo, jugar con candela. Al rato, quizá porque la suave luz de la tarde se hizo difusa, o por efecto de las cervezas, o por ambas cosas, el otro le pidió que, ya que eran tan íntimos, lo llamara Miroslava, sí, así, como la actriz mexicana, la que se mató el día que Luis Miguel Dominguín, su novio, se casó con Lucía Bosé, dejándola, como se dice, con un palmo de narices; ¡qué desperdicio!, ¡mujer como ésa no había dos!, y Ricardito, sin caer en cuenta de que las cosas iban ya muy lejos, déle que déle a la cerveza, oyendo lo que no debía oír, y el otro déle que déle a sus penas de travesti y a su sueño de encontrar un día, que podía ser ése, su príncipe azul. Olvidándose de que estaban en un lugar público, atestado además de clientes, Miroslava fue entonces más directa en su coqueteo y, tarde que temprano, empezó a buscar piernas arriba de su amistad lo que no se le había perdido, y Richardito, que todo esperaba menos esto, paralizado, devino en bloque de mármol, viendo además cómo aquella bestia díscola se le echaba encima. En un santiamén, Miroslava le echó los brazos al cuello, estampándole un beso en la boca y, sin importarle un carajo el escándalo que armaba, a voz en cuello, empezó a gritarle ¡mi amor! ¡ mi amor!, que él era el hombre de sus sueños. ¡Que le perdonaba todo lo sucedido antes! Testigos de semejante atropello comentaron luego que el beso que le dio el maricón a Richardito fue de lengua, en una palabra, un beso francés que ni en cine, traspasando así todos los límites de la decencia y sin dejarle otra alternativa a éste, para que pasara lo que pasó. Para Richardito, santo seglar, ésta fue la gota que rebasó el vaso. Héroe en Corea y Mr. Antioquia en no sé qué año, si no lo sabían, Richardito era también un paquete perfecto de puros músculos, tan distinto a la masa gelatinosa que es ahora, algo que no tuvo en cuenta el otro. El hecho es que Miroslava no debió liarse con un héroe de la guerra, sin calcular antes con quién se metía. Horrorizado con lo que sucedía y con la manera como se pisoteaba su honor, despabilándose al fin, éste lo aferró con su par de manazas y, sin pensarlo dos veces, negro de la ira, lo levantó en el aire, estrellándolo contra la pared, quedando sus sesos regados por todas partes. Cuando llegó la policía preguntando, todo el mundo estuvo de acuerdo con que Richardito, sí, ése que está ahí, tras el mostrador, haciéndose el bobo para no traernos el pedido, había actuado en legítima defensa del honor, pues el difunto lo había irrespetado de múltiples maneras, con actos y palabras que un varón no tiene por qué aceptar. Y que el otro, metido a águila, había pagado así su atrevimiento. Ante tal testimonio, a Richardito lo soltaron enseguida y, con la herencia que recibió del muerto, quien, lo había nombrado heredero universal, se compró este cuchitril de cantina, que ni para morirse da.


Elkin Restrepo
Director de la Revista Universidad de Antioquia. La editorial Panamericana publicará próximamente su libro de cuentos La bondad de las almas muertas. Acompaña en la mensajería de esta revista a la escritora Claudia Ivonne Giraldo.


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