La casa más cierta

 


Jairo Morales

 


Su cerebro le dice con toda claridad que el camión de trasteos ha partido hace horas. Pero lo siente aún al frente de esta casa adonde se han pasado hoy. Trece años y nueve trasteos en el cuerpo —y bien adentro—. Recuenta y suma: son nueve. Hubo otros dos, según le ha dicho su mamá, pero no guarda memoria de ellos. No puede conciliar el sueño. Tampoco lo desea. Tiene las manos cruzadas bajo la cabeza y los ojos abiertos indagan en la oscuridad las vigas del techo, las formas perturbadoras de las manchas de humedad, las sombras cerradas. Más que su mente son sus sentidos y músculos los que pugnan por ir más allá de sus límites y posibilidades para adivinar las nuevas calles, callejones, solares, mangones y atajos del suburbio en el que habrá de vivir ahora… hasta el siguiente trasteo, hasta que el carro de mudanzas aparezca un atardecer (siempre ha sido a esa hora) al frente de esta casa y deban otra vez empacarlo todo apresuradamente y partir. Hasta que ese camión —que se le antoja si no el mismo, sí parte de una misma flota siniestra, con su banda de choferes enfundados en sacos gruesos, el rostro ensombrecido y anónimo bajo la visera o el ala de gorras y sombreros— sórdido, inapelable, imponga la pesadilla de su presencia como una inédita ave de rapiña que se posa en las ramas de un sueño, segura, indiferente, sabedora de que es sólo asunto de tiempo la consumación de nuestro despedazamiento.
Ser arrancado así de una casa, una calle, unos amigos, sacudía como nada. Estrujaba el alma hasta que nada se asomaba a los ojos y el cuerpo parecía írsele en una distancia enrarecida y desganada. Ni siquiera había conciencia de dolor, eso habría sido un alivio. Aquello estaba más cerca de la carencia sentida por un ciego de nacimiento cuando lo ahoga el ansia súbita de ver. No podía haber lágrimas, era algo tal vez más cercano a un desconcierto animal que a otra cosa. ¿Cuánto tiempo vivirían aquí? ¿Cuatro, seis meses si mucho? ¿Qué día, de regreso de hacer las tareas escolares en la casa de un amigo o de jugar un partido de potrero verá el camión estacionado frente a esta casa y a un hombre saliendo de ella con un colchón al hombro, a otro con los largueros de un catre y a su padre en el centro de la sala, orquestándolo todo desde su terrible energía física, en los ojos esa mirada rebosante de desdén para los ojos acorralados de los suyos, abismo no sólo de toda objeción y asombro sino hasta de las preguntas más simples como: ¿Adónde nos vamos a pasar? Esa energía que igual quema si se contiene en un silencio radiante de furor, que si florece en estallidos verbales o combate sin palabras el ocio dominical de sus hijos desde el cincel o la navaja que dejará un trozo de naranjo o guayabo convertido en algo parecido a un animal o una cuchara al final de la tarde, sin que le importe el hecho de lo que en realidad sea aquello porque en cualquier caso no se llena así ninguna necesidad especial de la casa.
Ya comenzaba a extrañarlo. Sus pasos resuenan lejanos y lentos y como extraviados, pero insistentes. Lo busca y pronto dará con él. Es ese frío común a toda casa recién ocupada y que él conoce tan bien. Hostil, ansioso como una queja animal. Un frío que parece buscar algo sin encontrarlo porque no es una presencia omnímoda sino móvil, con la movilidad del desasosiego. Siente que sus dedos lo exploran y rechazan. Luego vendrán los ruidos con su canción de orfandad. La rama que, ante los embates de una brisa tan rala como ella, golpea con sequedades de ausencia el tejadillo; el ala de una puerta que en su insistencia sobre la jamba puede reclamar la mano que la ajustaba bien en la madrugada; una tabla desajustada que en el piso de la cocina quiere pasar inadvertida; algo que se resquebraja (¿desde cuándo?) en alguna parte del techo o de la pared; quizás el lamento de un intersticio; un indefinible murmullo sostenido, de cuya realidad es inevitable dudar; de pronto el eco de la tos que nunca fue oída, aún presa del temor de ser escuchada más allá de las paredes de la cocina. También ellos, en su decantada formación de estalactitas del silencio, lo repelen con su linaje añejo.
Es entonces cuando se mueven sus defensas. En realidad, lo ha convertido en un juego, en su juego secreto. Las casas y calles donde ha vivido dan comienzo a una danza espontánea en una zona media del aire de la pieza a oscuras; poco después, aburridas de aquel aire viejo, traspasan el techo y flotan como hadas de la noche, ingrávidas, libres y suyas a la vez, en un espectral aire azul que gusta suponer. Luego toma el control, ordena el juego, dispone su desquite. Inmoviliza el vuelo de uno de aquellos hogares transitorios, al azar: durante los siguientes minutos lo recorrerá paso a paso, color a olor, resquebrajadura del piso a humedad de la pared, sonido de la lluvia en bajantes a rayo de sol que traspasa el ventanal roto de la cocina, cromo abandonado a señal de marco en la pared, sala estrecha a saloncito de costura con vista a patio triste, cálida voz de despensa a domingo al pie del radio. Una sensación de triunfo le ensancha el pecho cuando sus dedos reconocen, al final del recorrido, la forma y rugosidad exactas de la abertura en el muro de tierra apisonada que separa el solar del de la casa de atrás, por donde mira largos minutos cuando está solo, pues más que solar lo que hay allí es un jardín donde, no sabría decir por qué, él supone la existencia de enanos diminutos, a los que bien pudiera tapar la hoja de una veranera. El hecho de salir siempre triunfante no toca de monotonía el juego: en cada ocasión nuevos detalles son exhumados del olvido. Las únicas derrotas vienen del lado de rostros cuyos nombres se resisten a ser apresados. Pero estas frustraciones se hacen polvo en el resplandor de cosas como el regreso nítido de los ojos de la niña enferma que, tras los barrotes de su ventana, vio jugar durante tardes enteras en la calle ardida bajo la luz de ese sol de vacaciones en el aire acaramelado de junio.
Sin embargo, por primera vez lo ronda una premonición indefinida, un vago pero persistente sabor de deficiencia que desde la sombra reduce brillo a su victoria, como si algo hubiera escapado a este nuevo regreso implacable en el tiempo. La extrañeza aumenta porque en el juego de esta noche, de eso está seguro, ha incorporado de manera definitiva nuevos territorios a la geografía de su reconocimiento secreto, estratos inéditos a esa geología desesperada de la memoria. Acaban de responder al feroz imán de su rastreo porciones de su tránsito por esos hogares de paso hasta ese momento sepultados, como la erizada guardia de picos de botella que custodió en el patio trasero interminables tedios dominicales; las hortensias, cuyo efluvio era un lamento en esas horas, y la geometría abúlica de unas baldosas, a la que ni siquiera redimía la bendición del rayo de sol que, al atravesar los vidrios de colores de la puerta, se hacía cosmos flotante de motitas de polvo aprisionadas en el sortilegio de su poliedro de luz.
Muy lejos pasa un carro. Cuando ya el ruido del motor entra en el límite de la extinción, escucha los pasos de su mamá acercándose a la cama cuna. Todo su ser se concentra en esos pasos. Se han detenido al pie de esa respiración nueva entre ellos. Ve con tanta claridad a su mamá como si estuviera espiándola tras la cortina. Se ha impuesto una inmovilidad inútil. Inútil no tanto porque de hecho no mueva un músculo y su madre difícilmente podrá tener algún indicio auditivo de que su hijo mayor no duerme, sino por todo lo contrario: porque más allá de toda precaución ella lo sabe y él sabe que ella lo sabe. Sólo forzando mucho el oído puede sentir el roce de las puntas de los pies en su camino de regreso. Cuando ya no es posible seguir oyéndolo porque ella se ha metido en la cama, lo posee la sensación irracional de que de alguna manera su madre continúa en el cuarto de al lado, que se asoma al suyo y mira hacia la cama donde él finge que duerme, y que luego pasa al último cuarto y hace lo mismo con los cuerpos dormidos de sus otros dos hermanos. Este eco, que no controla, desata otros con la rapidez y anarquía del fantasma que, en el castillo a oscuras del cuento, se complace en desconcertar al hombre que busca refugiarse del aguacero encendiendo antorchas en lugares y rincones muy apartados entre sí, sin que el hombre, aterido de frío y miedo, pueda hacerse a la más mínima composición de lugar. Se fundían en uno los pequeñísimos cuartos o rincones que su madre destinó al planchado de ropa: siempre fue tan agradable estarse allí, libro o revista en mano, tirado encima de ese tibio cojín de calma creado por la sola presencia de ella, flotante en una burbuja de sábanas, silencio y canciones apenas musitadas; repicaron los sones quejumbrosos de una de tantas tardes de lluvia, cuyas brumas de tedio deshacían las lunas blancas de los merengues hechos en casa y la flotilla suicida de buques de papel lanzándose a toda vela en los arroyos transitorios; se encabritaron en una sola estampida alborotada los cervatillos del sol de unos escasos sábados de júbilo en la quebrada, donde ella ejercía de remanso; las mariposas de su risa volvían a eludir las horas artesonadas en el plomo de las ausencias del padre y a colorear las alas blancas de las horas más tristes: las que llueven sobre nosotros esa ceniza que desciende de ninguna parte .Todas las enfermedades apagaron sus rescoldos con el musgo fresco de sus manos y cercanía, que alcanzaban, sin palabras, para ahogos de soledades.
Y todo eso estaba allí y adonde fueran. Siempre había sido así y no se lo llevaría ningún carro de trasteos. Fue una convicción que lo atravesó del cuero cabelludo a la planta de los pies. Sentado en la cama se dejó estar con la frente reclinada en el abrazo de la noche, perplejo por el descubrimiento, reconciliado en una zona que tardaría en ascender a la conciencia pero que disolvía hasta el último grumo de esa melancolía secreta en un sosiego anchuroso, sedante como los cristales más suaves de la lluvia. Se supo igual a todos. La noche era por primera vez una ecuación de claridades. Entonces se durmió.


Jairo Morales
Nació en Medellín en 1946. Estudió Filosofía y Letras. Es Coordinador de la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín y director del Taller de Escritores de esa misma entidad. Ha publicado los libros: Desencuentros; José Restrepo Jaramillo: un devenir estético contra la retórica; El texto y la mirada; El carpintero soñador y La ciudad y sus escribas.


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