Inclinada junto al estanque


Palimpsesto

 


Paloma Pérez


Lo he dicho ya y volveré a decirlo,
nunca es igual. Hay que volver a decir.

Marguerite Duras


Para Marvel Moreno y Helena Araújo,
porque siempre fue de ellas


Puse en mi regazo la bandejita de madera con las cuentas del collar roto; me calé los lentes y empecé a ensartar. El almuerzo me había quedado delicioso: la entrada crema de almendras; el fuerte confit de canard con habichuelas en salsa holandesa, y crèmé boulé para el postre. Sentados en el corredor, frente al jardín, bajo la pérgola, mis invitados se toman una taza de café. Un sol nuevo calienta mi cuerpo.
En un congreso, Pilar se había enredado con Celia; se iría con ella para California dentro de poco, se iría. Eso, que perdería a Pilar, me había producido una pena hiriente que ninguno de mis calmantes había logrado disipar: meses de dolor, meses de silencio; a nadie le había comentado mi intolerable sufrimiento al imaginar a Pilar viviendo con Celia, justamente con Celia. Duro había sido despedirme de ella varios años atrás, cuando me dejó y se fue para Bogotá a la oficina principal de la ONG donde trabajaba, apresando al vuelo la oportunidad que le ofrecían para alejarse. No soportaba verme postrada en una cama, a oscuras, atiborrándome de somníferos.
Hacía poco habían concluido las insistentes lluvias, el cielo resplandecía y en el jardín los guayacanes estaban encendidos de amarillo. Con la luz, mi depresión se disolvía, salía de las tinieblas a una bruma transparente en la cual me era posible alimentarme, leer, poner flores en los jarrones. Las visitas de Pilar me hacían sentir, casi feliz. Me engañaba con la idea de que nuestra separación era pasajera, que ella de algún modo seguía ahí y me amaba. Eran los domingos en que invitábamos a nuestros pocos amigos y preparábamos aquellos almuerzos que me hacían recordar otros días, años atrás, joven y decidida a ser dichosa con ella.
En Sabaneta, en la casa que había construido al lado de la de mi hermana en el terreno que habíamos heredado de nuestra madre, me había convertido en la mujer dedicada a su casa que por tanto tiempo me había negado a ser; me ocupaba en cocinar, lavar la ropa y arreglar el jardín. La partida de mi joven amada había dejado sin piso mi vida y terminado definitivamente mi frustrante vida sexual. Sin embargo, las depresiones habían comenzado antes de su partida, envolviéndome en vientos de demencia, precipitándome en abismos de muerte, dejándome maltratada y sola. Mi hermana se comportaba muy bien conmigo, debía reconocerlo; me traía cada día las escasas frutas que toleraba, y me daba somníferos y calmantes para evitarme la tentación de un suicidio: que, en el fondo, todos, hasta mi propio psicoanalista, sabían irrevocable. Cuando Pilar se marchara, ¿qué obstáculo encontraría?
Sentí sobre mí la mirada inquieta de Pilar, y tuve la impresión de que, una vez más, había captado mis pensamientos; poseía antenas con las cuales sondeaba mi mente: tantas veces me había escuchado hablar durante mis delirios depresivos, que un ligero gesto en la boca, un fruncimiento de ceño o el solapado roer de uñas, le permitían adivinar las congojas de mi espíritu. Me quité los lentes para ofrecer a mis invitados otra taza de café. Me gustaba imaginarme así: vestida con pantalón y blusa blancos de lino, las uñas sin pintar y el rostro sin maquillaje, a fin de demostrarle a todo el mundo mi indiferencia ante los primeros visos de madurez; me gustaba dar la impresión de ser equilibrada, serena, y sentirme admirada por mis almuerzos, mi café, el orden de mi casa. Aquel acto de ensartar un collar, al parecer anodino, me ayudaba a ejercer control sobre mi mente, a ofrecerle a Pilar una imagen de paz: componer el collar era una disculpa para calmar los nervios, y ella podía irse sin sentirse culpable.
Sí, también mi hermana lo sabía desde el momento mismo en que tomé aquella decisión definitiva y secreta cuando me enteré de los planes de Pilar. Despreocupada, como si anunciara la lluvia, me había dicho que vendría a visitarme cada vez que pudiera: se lo oí decir, y en mi pecho sentí el sonido destemplado de un violín al que de un golpe le revientan todas las cuerdas; entonces, pensé, nada podrá atajarme, ninguna razón me queda para seguir aquí. Mi vida se reducía a una lucha permanente contra las ideas lúgubres y los recuerdos tristes. Había pensado aquello y mi hermana comprendió en el acto.
Celia, tenía que ser ella, mi compañera de la universidad. Ella parecía diez años menor que yo. Era profesora de literatura de una universidad norteamericana. A fuerza de paciencia y tenacidad obtuvo lo que quiso, a pesar de su falta de talento: hacer un doctorado y trabajar en Estados Unidos. Debía odiarme por mis triunfos editoriales, de lo contrario, no se habría conquistado a Pilar a sabiendas del dolor inmenso que me causaba. Con qué gratuita crueldad me la arrebataba ahora.
Desde el principio me había hecho cargo de la situación aceptando con humor la heterogénea tropa de invitados: Libia, la pintora alcohólica; Raquel, la escritora judía; Javier, mi antiguo profesor de filosofía fascinado por el arte griego; Felipe, mi sobrino, voluntariamente silencioso porque sólo podía hablar de carreras de fórmula uno, y sabía que a mí me mortificaba; y mi hermana, mi dulce cómplice de toda la vida, cubierta por un sombrero de paja y con el delantal de jardinería todavía puesto. Pilar quería a mi hermana. Siempre había respetado su estoicismo y la dignidad con que había soportado los avatares de la vida. Sólo yo sabía cuántas lágrimas y noches en vela habían forjado aquel decoro. Ella y yo habíamos escuchado a nuestra madre lamentarse sin cesar de su suerte, reprobar la conducta de mi padre, que nos había abandonado para irse con una empleada de su finca ganadera en Cereté, a orillas del Sinú.
Habían sido tiempos muy duros: mi hermana de trece años y yo, un año menor, éramos las únicas confidentes de mi madre. Ese drama me había impedido conocer la adolescencia, pasando sin darme cuenta de la infancia a la edad adulta. Los libros me habían servido de abrigo. A veces se me ocurría pensar que mi madre no habría debido poner sobre nuestros hombros una carga semejante; finalmente, éramos entonces unas niñas y los problemas de los mayores nos resultaban confusos y dolorosos; bastante habíamos sufrido cuando mi padre se fue, para escuchar día tras día, apenas represábamos del colegio, las quejas y reproches de una mujer desesperada.
A veces tenía la impresión de que todos aquellos años de sufrimiento me habían desviado de mi destino, y de que la relación con Pilar, la jovencita brillante, en cuya educación me había ocupado, había sido un modo de permitirme emprender una unión feliz. Mi hermana había resistido, en nada se parecía ahora a la imagen de mi madre atormentada por el abandono. Ella se convirtió en una persona tranquila, capaz de mirar de lejos y con paciencia la gritería humana; y yo, la niña, la joven que durante años había intentado arrancar a mi madre de su pena, entré en los sombríos laberintos de la melancolía.
Pilar había terminado de poner los platos en la máquina de lavar, y entraba en el corredor: bella, con la cara limpia y el cuerpo saludable; llevaba un bluyín y una camiseta negra, y se había puesto en la cabeza una pañoleta de seda. En lugar de sentarse bajo la pérgola, se quedó detrás de nosotros, recostada sobre la pared. Tenía una actitud distante; quizás el grupo le parecía demasiado disparatado; debía de encontrarme excéntrica. ¿Me querría? Sí, sentía por mí el afecto de una hija y un poco de compasión. Aunque jamás lo mencionara, debía de acordarse con espanto de aquella amante mayor deshecha, arrastrándose por los pasillos a tumbos y tropezones para ir a buscar un vaso de agua. Recordé de pronto los ojos aterrados de Pilar suplicándome volver al cuarto, y maquinalmente me pasé la mano por la cara como espantando un bicho.
Me volteé a mirarla: me sonrió. Con esa sonrisa, pensé, buscando en mi bandejita una nueva cuenta, Pilar lo esquivaba todo, se mantenía al margen de todo; me había hablado de aquella novia odiosa sin pestañear. Pero las angustias de la vida la alcanzarían tarde o temprano: no se abandonan así no más los proyectos asociados a diez años de convivencia para irse detrás de una profesora sin brillo. Yo nada había dicho; para Pilar, mis palabras eran el eco de un cerebro enfermo, incapaz de controlar las emociones, que por cualquier tontería se sumía en la tristeza. A veces, al escuchar mi voz en el teléfono, adivinaba mi estado de ánimo y al instante enmudecía como un animal asustado dispuesto a huir a la primera ocasión; por eso, yo me abstenía de llamarla y hasta evitaba responder cuando me encontraba mal. Entonces me sentía más infeliz que nunca: no podía hablar con ella, y amargaba los años de mi hermana. Todo eso, sin embargo, no duraría mucho tiempo, pensé de repente, dos meses a lo sumo, tres, quizá. ¿Qué sentido tenía pues reparar aquel collar? Ninguno, me dije a mí misma y abandoné la labor.
Más allá del corredor, el sol resplandecía sobre las ramas del rugoso guayacán que se elevaba en el jardín, y una ligera brisa agitaba la copa de las palmeras. Javier advirtió una soledad, y todos pudimos apreciar su cuerpo rollizo y su larga cola verde azul tornasolado. Se oía el piar de los pájaros; todas las mañanas ponía plátanos maduros para atraerlos, y ahora había montones que volaban, se posaban sobre el prado, o bebían en el estanque, donde nadaba un pececito naranja, que yo creía perdido. Mi sorpresa había sido grande al verlo aparecer entre un montón de hojas muertas. Pensándolo bien, mi hermana era capaz de haberlo traído sólo para darme esa alegría. Porque ella hacía cualquier cosa con tal de demostrarme que la vida valía la pena, y si aquel pececito había logrado sobrevivir a mi abandono, ¿no podría yo vencer mis crisis a fuerza de voluntad? No, no podía; de nada servía contarle que una puerta se había cerrado detrás de mí cuando, deslumbrada todavía por el éxito de mi novela, en medio de los aplausos por el premio, había tomado la inexplicable decisión de nunca más volver a escribir. Viéndolo de lejos, aquello no tenía sentido, como no fuese un castigo que me hubiese infligido a mí misma sin razón. Sí, sin razón alguna me había mutilado, cortado los lazos que me unían a la vida. Un error, la primera manifestación de mi locura. Sentí en mi cuerpo una corriente de frío.
—Pilar —dije sin voltear a mirarla—, ¿le das de comer al pez? —y me di cuenta de que la seguía tratando como si fuese mía; como cuando me complacía en la ilusión de que ella era la única posesión exclusiva de que había gozado en mi vida.
La oí entrar en la casa y descender luego los escalones que conducían al jardín. Sobre la hierba brillaban las flores amarillas del guayacán, que llevaban dos días cayendo como trompos. En aquel escenario, Pilar se veía hermosa. Las loras volaron de un árbol a otro escandalizando con sus voces carrasposas. Al fondo del jardín, los sietecueros aparecían cubiertos de puntos color púrpura, y reflejos verdes salían de las aguas del estanque, frente al cual Pilar se había detenido en secreto recogimiento. Así recordaría su silueta oscura en el jardín iluminado: de pie, con la cabeza inclinada. Y entonces tuve la certeza de que aquella imagen haría presencia cuando mis ojos ya no vieran. Con una inspiración profunda reprimí una súbita invasión de lágrimas.


Paloma Pérez
(Colombia)
Nació en Jericó, Antioquia y escribe cuentos. En el 2000, publicó Antología de escritoras antioqueñas, 1919-1950. Actualmente es profesora en la Universidad de Antioquia.


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