Parábola del lobo y el cordero

 


José Libardo Porras Vallejo

 


Un hacendado contrató a un pastor para que pastoreara a una oveja.

No debes matar al lobo, le advirtió, sin él ninguna hacienda está completa.

 


Jorge me había telefoneado para que acudiera a acompañarlos en el parque, a él y a Alfredo, un camarada de la vieja guardia. Yo me puse un suéter y volé a su lado porque eso debe hacer una mujer cuando el marido la requiere, no sea que por su negligencia alguna avispada le usurpe su lugar. Casos se han visto. Cuando llegué ahí estaba Marta, la novia de Alfredo, pues habían decidido celebrar una noche de parejas. Sentados en una banca a la luz de una farola, igual que numerosos muchachos esparcidos en grupos por la grama y por el pavimento, bebían vino tinto en vasos de plástico.
Alfredo, un militante de izquierdas insigne en su época de universitario, había devenido en comerciante de frutas, legumbres y verduras: compraba por anticipado las cosechas a los labriegos de su pueblo natal y, según la demanda, a los de los pueblos vecinos, y abastecía las sucursales de las dos o tres cadenas de supertiendas que dominaban el mercado local. El negocio prosperaba: ya le había rendido para comprar un predio en tierra caliente y otro en tierra fría, en los que había construido sendas cabañas de lujo para pasar vacaciones y fines de semana. Marta, de carácter recatado, prefería la de tierra fría. Con frecuencia iba a recogerse allí por temporadas en las que se dedicaba a pintar. Porque era artista plástica y desde su graduación en la Escuela de Bellas Artes, dos o tres años atrás, había resuelto entregarse de lleno a su pasión: pintaba o esculpía desde la madrugada hasta el anochecer febrilmente, desmentía su apariencia frágil. Una apariencia en contraste, lo mismo que su ca­rácter, con la de Alfredo: un tipo quince o dieciséis años mayor, macizo, más bien basto, bonachón, una versión contemporánea de nuestros antepasados arrieros y campesinos. Era un misterio de qué podían hablar esa gota de agua y esa gota de aceite, qué las unía. O a lo mejor fuera esa incompatibilidad evidente lo que los unía, al fin y al cabo, como suele afirmarse, los polos opuestos se atraen.
Poco a poco nos fuimos apartando en la conversación, hombres por un lado y mujeres por otro. Asuntos masculinos y asuntos femeninos. Marta me reprochó que pese a su insistencia aún no hubiéramos aceptado, ninguno de los dos, ni Jorge ni yo, ir con ellos al campo, donde nos estaría permitido holgar, leer, caminar por entre el bosque, escuchar música, emborracharnos, hacer cuanto se nos antojara mientras ella se dedicaba a su trabajo creativo.
Al escucharla la tierra giraba a mi alrededor y una lanza me atravesaba el pecho. Desconcertada como si acabara de recibir una pedrada, improvisé una disculpa y le di pie para que se embarcara en cualquier cháchara mientras yo daba vueltas a la revelación que sin darse cuenta había acabado de proporcionarme: dos meses antes Jorge se había ido de paseo con Alfredo y su novia a una de las fincas, o al menos eso dijo. Con Alfredo y su novia. Yo debí empacarle el equipaje. Y al cabo resultaba que nunca, ni él ni yo, habíamos aceptado sus invitaciones. Jorge había mentido. Y saberlo me dolió porque duele pasar de la ignorancia al conocimiento. ¿Había mentido entonces por primera vez? Imposible. Nunca se miente por primera vez. Si alguien asegura con toda franqueza que ha mentido por primera vez, ese alguien es, aparte de mentiroso, un desmemoriado. ¿Qué otras mentiras me había dicho? ¿Con quién y dónde había estado durante esos días? ¿Haciendo qué?
El par de amigos, animados por el vino, le daban a la política: la extradición de nacionales a Estados Unidos, la reelección presidencial, las conversaciones de paz con grupos armados ilegales, el Tratado de Libre Comercio... Desde luego no decían nada profundo, sólo lugares comunes como es de esperarse de dos tipos corrientes que un día lejano habían jugado a ser rebeldes.
Sus voces me sonaban anónimas. La luna de junio parecía una naranja madura suspendida de un cielorraso negro. La luz de la lámpara pringaba el rostro y los brazos de Jorge de brillos dorados y lo convertía en estatua; a ramalazos, el viento le removía el cabello. La luna, el cielo, la luz artificial y el viento me estaban jalando la manga, me estaban hablando en su lenguaje peculiar: me advertían que ese Jorge no era el Jorge mío. Ése llevaba una vida ajena a mí, quizás una vida irreconciliable con la del Jorge que convivía conmigo: otros hábitos, otros intereses, otras amistades, otros amores. Otro universo. Un universo del que yo estaba excluida y del cual lo ignoraba todo. ¿Cómo se divertía? ¿Qué cosas lo conmovían, indignaban o enorgullecían? ¿Qué era yo para ese Jorge? ¿Cuál era su opinión respecto de mis gustos, ideas, sentimientos y actitudes? ¿Estaría conmigo porque era el sustituto de un sueño suyo imposible, un sueño que no dejaría de perseguir? Llevaba años compartiendo la cama con un extraño, tal vez un enemigo, e intenté odiarlo, pero eso que había sentido por él durante años se acrecentó. ¿Qué era eso? Ya no estaba segura de que hubiera sido amor. Ya no estaba segura de saber qué era el amor.
A Jorge siempre lo había considerado un hombre ecuánime, claro, consecuente. Un hombre limpio, sin dobleces. Un hombre amante del hogar, doméstico. Y de improviso un descubrimiento: el cordero ocultaba a un ser ignoto, probablemente a una fiera, a un lobo que, acosado por su instinto —o quién sabe por qué otros móviles que yo sería incapaz de digerir—, no podía renunciar a sus excursiones de caza. ¿Preferiría las presas morenas o rubias, altas o bajas, gordas o delgadas? No lograba dilucidar cómo conseguían esos dos antagonistas atávicos coexistir sin estorbarse, turnándose para salir al escenario: nunca sorprendí al Jorge mío en un desliz delator, digamos que confundiera mi nombre o me involucrara en anécdotas de las que yo ni siquiera tenía noticia; jamás un indicio de una existencia paralela, jamás un cuerpo del delito. Incluso cuando alguien de mala fe me llegaba con chismes ya él me había enterado de la cuestión. Un encuentro casual con una amiga de juventud, decía, un agasajo a una clienta de otra ciudad. Nada serio, a fin de cuentas. Quizá me lo contaba todo con una sinceridad a medias, que es la manera más efectiva de ocultar lo que a uno podría comprometerlo.
Se acabó el vino y las conversaciones empezaron a languidecer. El parque se despobló. Los perros callejeros husmeaban en la basura restos de comida. Algunas ratas se aventuraban fuera de sus madrigueras. Perros y ratas en un contubernio animal. Llegó la hora de la despedida. ¡Adiós! ¡Nos veremos pronto! ¡No olviden que las fincas están disponibles!
Al regreso me mantuve seca, distante. ¡Que no me saliera con galanteos! ¿Con quién y dónde había estado durante esos días? ¿Haciendo qué? ¿Estaría derrochando, malgastando la ternura que me pertenecía? Sus manos y su piel se hallaban sucias, manchadas, impregnadas de los perfumes de otras, de los sexos de otras; habían sido instrumentos de una traición. Y tal vez continuaban siéndolo. Por donde lo examinara, Jorge me había hecho objeto de su deslealtad. Y sin importar las consecuencias le sacaría la verdad.
—¡Con que de mucho paseo en la finca de Alfredo! —le solté.
Me miró a los ojos como si le urgiera conocer lo que yo, su víctima, pensaba de él. Mi sonrisa, mi ferocidad o lo que quiera que flotase en mi rostro debió dolerle; y asimismo informarle de un brochazo toda la situación. Me dirigió una mirada de indulgencia. Tomó aire y repuso:
—¿De qué hablaron?
Dispuesta a no darle tiempo de armar su defensa, sin detenerme a pensar, dije:
—Me aseguró que hace dos meses no fuiste con ellos a ningún paseo, que ella no te había visto en lo corrido del año.
Esbozó un gesto ambiguo de alarma y enojo.
—¿Le contaste que estuve con Alfredo y una amiga suya en su finca de tierra fría? —alegó que en ningún momento me había dicho que se tratara de Marta, sólo de una novia, otra novia, una novia más, a lo que tenía derecho por ser soltero, ¿o acaso tenían las mismas obligaciones de nosotros, un par de esposos con hijos? Y agregó: —Lo metiste en problemas. Ahora ella va a matarlo por sus infidelidades...
Su defensa fue el ataque. Me hizo una lista de las secuelas de mi impertinencia. ¡Cuál más grave! Así pasé de víctima a victimaria. Por mi culpa, por mi lengua suelta, una pareja estable, probada por tres o cuatro años, peligraba, corría el riesgo de volverse añicos. Yo era la reina de la indiscreción.
¿En qué momento había maquinado ese argumento para salvarse y, de paso, hundirme? ¿Había diseñado su táctica mientras fingía parlotear de política? O era probable que no mintiera, que, en efecto, hubiera ido allá en las circunstancias que decía y el pérfido no fuera él sino su amigo, y a lo sumo yo podría acusarlo de alcahuetería, de ser una celestina. Una falta leve que, de acuerdo con las leyes de la amistad, tiende a virtud.
Al ver lágrimas en mis ojos se puso a consolarme: que no había que hacer un mar de un vaso de agua, que un desatino podía tenerlo cualquiera, que ya hallarían la manera de arreglarse Marta y Alfredo. Incluso se carcajeó cuando le aclaré que yo había guardado silencio. Mas mi llanto no se debía a un sentimiento de culpa, como creyera Jorge, sino a la rabia y a la desilusión. Suponiendo veraz su historia, que hubiesen estado allá los dos amigos con una tercera, una doña nadie, prevalecía un hecho: a Marta la habían traicionado, y dicha traición, o al menos su posibilidad, se extendía a mí y a todas las mujeres. Si traicionaban a Marta, una joven inteligente, vivaz y bonita, ¿que podía esperar yo que en nada le llegaba a los tobillos?, ¿qué podíamos esperar las demás? Pero lo más doloroso era que no me cabía aceptar tal suposición, carecía de la ingenuidad y la ceguera necesarias para hacerlo: la verdad consistía en que los dos amigotes se habían ido de juerga durante un fin de semana con dos busconas, se habían escapado, y uno al otro se cuidarían la espalda. O, peor, se había escapado Jorge y todo ese cuento de Alfredo, la finca y la novia clandestina era una invención retorcida. ¿Quién sería la alevosa, cuál de ésas con las que él se preciaba de tener relaciones limpias de amistad estaba sonsacándomelo? ¿O sería una engañada, una que ni siquiera sabía de mí? Empecé a atar cabos: cierta periodicidad de los encuentros con amigas de juventud, cortesía exagerada con clientas de otras ciudades.
Después de mi aclaración y mi calma fingida, Jorge se había relajado e intentaba echarle tierra al asunto hablando de lo que haríamos en las próximas vacaciones, de las mejoras que introduciría en nuestra vivienda. Palabras huecas. Yo, imbuida en mis dudas, no pasaba de responder a sus inquietudes con monosílabos. Sí. No. No sé. Al llegar al antejardín lo detuve y lo atravesé con la mirada. Él me miró como si un ladrón le hubiera ordenado ponerse manos arriba para despojarlo de la billetera. Bajo los ojos se le insinuaban bolsas violáceas. No parpadeó.
—Quiero la verdad. ¿Con quién estuviste en la tierra fría?
Antes de finalizar la palabra “fría” ya me hallaba arrepentida de haber formulado la pregunta. ¡Qué patética! Quizá lo ofendiera mi desconfianza y, con lo deleznable que es el amor, eso podría estropear nuestra unión: para conservar un matrimonio hay ciertas cosas de las que es más conveniente no hablar. Además no estaba segura de poder soportar la respuesta. Si admitía que con una fulana cualquiera, ¿cuál debía ser mi comportamiento? Una confesión de tamaño calibre al mismo tiempo pondría a prueba mi sentido de la dignidad y mi sensatez. En cuanto a la dignidad, debería divorciarme, separarme de él y huir lo más lejos posible a llorar la pérdida y a tratar de sacar un clavo con otro clavo. La vida, que hasta el momento había pasado volando, se haría eterna, y todo lo vivido juntos habría sido para nada. Años cuidándolo, mimándolo, esforzándome por él, para nada. En cuanto a la sensatez, hacer de tripas corazón y preservar lo que en adelante no podrían ser más que hilachas de deseo y ternura, resignarme a vivir de las migajas que cayeran de la mesa de su amor, con la dolorosa conciencia de haber sido su comensal.
El futuro me olía a mierda. Ya fuera una mujer digna o una mujer sensata, sería un cadáver: se me habría roto el hilo de la vida. Me maldije por no haberme mordido la lengua diez veces. La verborrea me iba a matar.
Jorge hizo un ademán como para limpiar del aire mis aprensiones, apretó mi cabeza contra su pecho y me musitó al oído:
—Ya te lo dije. Estuve con Alfredo y con esa otra novia, con nadie más.
Tal vez me había leído el pensamiento. El pecho le palpitaba, cálido y vivo. Sentí su mano tibia en mi cuello y por entre el pelo. Le agradecí sus palabras y lo amé por ellas. ¿Qué habría pasado por sus ojos al pronunciarlas? Si eran embuste no me importaba. No insistí. No indagué más. No recavé. Él no cedería: podría ponerle las manos al fuego, cortárselas, arrancarle el alma, y se sostendría en lo dicho. Sentí que así es cuando dos personas se aman: una expresa sus incertidumbres y miedos y la otra la abraza y tranquiliza.
Entramos en casa. Rehusé su propuesta de beber otra copa de vino; lo dejé en la sala ante una botella, oyendo su música, y subí al cuarto a dormir. A intentar dormir.
¿Con quiénes se acostaba mi marido? ¿Quiénes podían refocilarse con él sin estar sometidas a cuidarlo y a sufrirlo, a salvo de sus raptos de ogro? ¿Quiénes se llevaban sólo las mieles y el oro? Pero, ¿cuántas de mis allegadas se contentarían con migajas de ternura y amor como las que él me arrojaba, y hasta con migajas más pequeñas? Yo era una desagradecida. Sabiendo que yo obtenía de él bastante para llenarme, ¿debería importarme que a él le sobrara para saciar a otras? No. Ya tenía mi parte. No me era lícito decir que Jorge me hubiera defraudado: cuanto prometió darme o, mejor, cuanto yo interpreté que él prometía darme, me lo había dado durante años sin escatimar: horas y horas, días y días memorables; aparte de dos hijos hermosos. Así que no procedía reclamar ni juzgar, menos condenar. Lo más cuerdo y lo más digno de mi parte sería permitirle ser lo que él quería ser y, en vez de convertirme en obstáculo, esforzarme y acompañarlo hombro con hombro en lo que él me necesitara, sin abrumarlo, sin entrometerme en esas zonas cuyas puertas me hubiera cerrado, sin invadirlo. El destino me había entregado una parcela de Jorge y mi deber era cultivarla y responder por ella. ¿Sería capaz de cumplir la tarea, ser su esposa con todas las de la ley sin desgraciarlo? Desde luego que sí. ¡Ya llegaría el tiempo en que ese andar hombro con hombro constituiría para ambos un acto natural! Lo que hoy parece un engaño imperdonable no es más que la protesta del otro por el aburrimiento al que uno lo ha sometido, por la cruz a la que lo ha clavado, una protesta que con los años, capaces de barrerlo todo, se verá como un simple malentendido; o aunque haya sido una catástrofe no hay por qué acusar a nadie si uno logró sobrevivir. Lo amaba, y porque lo amaba debía consentir que él me amara a su modo, incluso condescender a amarlo yo al modo suyo... Si no estaba en su carácter ser fiel, ¿quién era yo para exigirle que lo fuera conmigo? Agotada, a ideas de esas les daba vueltas para dormirme porque barajar ideas así aleja de la realidad y relaja. Y me alegraba pensar que gracias a esas ideas que hacían de mí una mujer más libre, más de avanzada, más posmoderna, más a su altura, Jorge me amaría más. Sin embargo, a mi pesar, volvían, semejantes a olas, las vacilaciones. ¿Tendrá otras mujeres? ¿Serán más jóvenes que yo? ¿Qué comparten? ¿Qué expectativas alimentan ellas con él y él con ellas? ¿Y si alguna de ellas es una sirena y lo emboba con su canto? ¿Cómo podría conservarlo?
De la sala ascendían las canciones de Víctor Jara, Violeta Parra, Quilapayún. A Jorge el encuentro con su antiguo compinche lo había puesto nostálgico. A mí me había dañado el sueño. Y la vida.


José Libardo Porras Vallejo (Colombia)
Mis amigos poetas me recomiendan dedicarme a la prosa; mis amigos prosistas, a la poesia. En prueba de mi fe ciega hacia ellos he escrito mucho de todo, tanto que he publicado más de siete libros. Un amigo que no es ni poeta ni narrador sino ecologista dice que he talado más de siete bosques inútilmente.

***


El mundo novelesco no es sino la corrección de este mundo, de acuerdo con el deseo profundo del hombre. Pues se trata, desde luego, del mismo mundo. El sufrimiento, la mentira y el amor son los mismos. Los protagonistas hablan nuestro idioma y poseen nuestras debilidades y nuestras fuerzas. Pero ellos, por lo menos, corren hasta el final de su destino, y nunca hay protagonistas tan trastornadores como los que van hasta el extremo de su pasión, Kirilov y Stavroguin, Madame Graslin, Julien Sorel o el príncipe Clèves. Aquí es donde perdemos su medida, pues terminan entonces lo que nosotros no acabamos nunca.

Albert Camus


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