Vestido nuevo

 


Lina María Pérez

 


Vivir era eso: perder, ir dejando atrás,
en la senda andada, despojarse...

Bomarzo, Manuel Mujica Laínez

 

Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace
Pedro Páramo, Juan Rulfo


Amanecer sin dolores es una señal que la anatomía de Urbano Escamilla agradece. El café lo despabila del todo. Un zumbido monótono le recuerda que se durmió frente al televisor la noche anterior con una escena reproducida hasta el cansancio de lo que le pareció una mala película de Hollywood. Aún lo perturba la estrafalaria imagen de un avión enorme embistiendo un rascacielos al lado de otro idéntico y humeante en una ciudad altanera. Confía en que el olvido se la lleve para siempre con el pavor que le causó. Hay amagos de lluvia. La fecha de su cumpleaños siempre viene con agua, pero no por eso se deja coger ventaja de la desolación de un día gris. Los achaques del cuerpo y del ánimo, a veces turbio, le confirman, paso a paso, que la vejez lo atropelló y se le enquistó vestida de momia. Socarrona y paciente, lleva años instalándose en la piel, en los huesos y en su cerebro, y disminuye sus alientos. Moverse, pensar, decidir y, sobretodo, recordar, son actos a veces lerdos, confusos. Su serena resignación es lo que nos hace pensar que Urbano ya no le pide demasiado a la vida.
Su cara sonríe en el estrecho espejo del corredor de su apartamento en La Candelaria. Hoy se siente contento con su apariencia. El paño rayado del vestido nuevo le da un porte altivo a pesar del encorvamiento de la espalda; la camisa impecable y la corbata de seda completan el atuendo visible de la cintura hacia arriba. Estrenar cada año, en la fecha del cumpleaños ha sido una costumbre cultivada con entusiasmo. Ayer terminaron las visitas a la sastrería de su amigo Peregrino Alba, que se dedicó con devoción a confeccionar saco, pantalón y chaleco a la medida de su cuerpo delgado. Con él escogió los zapatos y la camisa. El único motivo para la ropa nueva, es ese sencillo placer de sentirse remozado. Le molesta la apariencia desaliñada de sus amigos a quienes dispara dardos sobre el decoro personal. Para él los cementerios están llenos de ancianos a los que se les agotó la vanidad antes de tiempo. Ajusta la corbata, sube el mentón para estirar la papada y cierra la puerta tras de sí. El aire con agua de colonia apresada dentro del apartamento es el único testigo de la radio que habla para nadie. En los últimos tiempos Urbano olvida apagarla al salir, y al regresar se reprende por el descuido.
En el portón del edificio, doña Francina y su hija Eugenia, fisgonean. Siempre lo hacen, pero ahora, sus cuatro ojos inquisitivos lo fulminan sin pestañear. Las dos mujeres cuchichean sin consideración. Como siempre, él desea evitarlas, pero hoy hace alardes de ese porte tan distinguido que le da su vestido nuevo.
—Buenos días doña Francina.
—¡Señor Escamilla por Dios Santo! —hizo una pausa sin dejar de examinarlo de pies a cabeza— ¿Se ha visto usted? Debería...
—Usted debería ocuparse de sus oficios —la interrumpe con un tono seco.
—... llevar la gabardina. Se puede resfriar.
—Agradezco su consejo. Hoy amanecí con ganas de espantar la lluvia.
Eugenia intenta atajarlo con alguna pirueta maternal. Sabe que debe ser discreta. Es bien conocida la fama de cascarrabias que él se ha ganado. Toca ligeramente su brazo:
—Tal vez debería subir a ver si todo está bien, usted sabe, algún descuido imprudente... no se ofenda, por favor...—insiste insidiosa —quizás otro olvido involuntario... a todos nos sucede...
La mira de reojo a ver si de una vez se calla:
—Todo está bien, se lo aseguro.
—¿Cerró las ventanas? ¿Revisó la estufa?
—Ya lo hice. Lo de ayer no se volverá a repetir. —Con una mueca ignora los sutiles rodeos de las dos mujeres y archiva el engorroso episodio. El día anterior había salido a recoger su ajuar de cumpleaños dejando una olla hirviente. ¡Ay, las benditas lagunas cada vez más perturbadoras!
Urbano, con un discreto gesto de presunción, se dirige hacia la carrera Séptima. Mira el reloj. La simetría de sus rutinas es una de sus estrategias para mantener la mente alerta y espantar el acecho de esos pequeños extravíos que lo hacen parecer despistado a los ojos de los demás y a los de su propia estima. Todos los días, después de un frugal desayuno, pone su mejor empeño en un programa de ejercicios matemáticos. Lo llama gimnasia mental para fortalecer la memoria; engorrosas ecuaciones algebraicas y complejos torneos de geometría se han visto reducidos en los últimos meses a las operaciones elementales. Las mismas calles, siempre las mismas, acogen la calma de sus pasos en caminatas cotidianas. En ellas ventila los pulmones y revive diálogos con murmullos y silencios atrapados en los muros, en los ángulos de las calles y en los balcones. Parece un típico personaje que carga sobre sus hombros un anticuario de nostalgias y modales decimonónicos.
Hoy, como todos los años en esta fecha cumple con un ritual de la memoria. Visita la tumba de Romelia y deja un ramo de pensamientos. Ese sencillo acto le da nuevos bríos a la nostalgia; echar mano de las evocaciones cálidas contrarresta los pequeños descuidos de la vida diaria. Es una manera de sentirse vivo, de arrancar las telarañas que se empeñan en atascar los recuerdos.
El sol no se atreve a salir del todo, y el cielo bogotano está forrado de gigantes algodones grises. Espera que el frío no termine por entumecerle las piernas en las que se clava un hielo punzante; quizá debió atender la sugerencia de usar la gabardina. La lluvia es un desastre en un vestido nuevo. Camina con cautela y le imprime a su personalidad cierta ingenua vanidad que para quien lo ve pasar es una vanidad triste. Urbano desfila orgulloso, como desafiando con un mírame pero no me toques y abriéndose paso con alardes de modelo, inocente de sus propias trampas. Para cualquier transeúnte la frágil figura de Urbano es un disparate que pide con urgencia un ángel guardián. Avanza hacia la calle Veintiséis sin hacer caso a las gentes que cruzan su ruta. Algunas clavan sus ojos en él de arriba abajo; otras, más prudentes, fisgonean su silueta con el rabillo del ojo. Urbano Escamilla los ignora, saca pecho y levanta la barbilla y lo demás no le importa.
Y no se crea que estamos ante un viejo derrotado. Mantener el ánimo contento es una determinación que demuestra en sus salidas mañaneras. La de hoy tiene el signo de su talante magnífico, opuesto al de tantos conocidos que hacen de sus viviendas sarcófagos desapacibles, y se encierran a esperar la hora de la muerte. De sus amigos —Joaco, Marino, Eduardo—, sólo queda un pálido epitafio, símbolo de derrotas que él no quiere imitar. Sus pasos tienen la misma determinación de sus pensamientos, pero la velocidad de los carros y el afán de los peatones lo aturden. ¿Y cuánto tiempo tendrá que soportar este maldito frío que tritura las piernas? Tres cuadras adelante alcanza la Biblioteca Nacional.
Parece evidente que ese hombre con su triste figura también arrastra su trago amargo. Desde la absurda muerte de Romelia que motivó la clausura de la librería La urna de cristal, Urbano abandonó su taller de encuadernador. Romelia compraba en los archivos muertos de las editoriales los originales desechados como resmas de papel. Una de sus tareas más devotas era la de rescatarlos del olvido, y él, misionero de sueños y palabras como ella, los encuadernaba. Fue una larga relación iniciada en la pasión por la literatura; un amor sereno alivió esos destinos solitarios con una cálida cercanía; sus corazones y sus pieles encontraron un refugio complaciente. Sin Romelia, Urbano abandonó prensas, papeles amarillentos, polvo y pegantes, y arrendó el espacioso local en la misma calle de su edificio. Empezó a cansarse cada vez más y a convivir con dolores y malestares en todos sus puntos cardinales. Los bríos de su abundante pelo se fueron apagando hasta dejarle medallones calvos. El insomnio, los retortijones de las tripas y otras imprudencias de su organismo comenzaron a alertarlo. Pero las zancadillas de la memoria eran el peor desconsuelo. Maldecía las llaves, las gafas, el recibo del agua, las pantuflas, el pan con mantequilla, las cuchillas de afeitar. Todos y cada uno se empañaban en buscar escondrijos absurdos en sus propias narices. Y cómo olvidar aquella tarde que insultó a doña Francina por atreverse a detenerlo al salir a visitar a Peregrino Alba con el saco bien puesto y los pantalones de la piyama.
Para Urbano la muerte es un monigote engendrado con la misma pasión con la que nos engendraron y en ese preciso acto. Ella crece como una piel gemela, que husmea, se burla de uno, amenaza, atosiga. Lo mejor es no encogerse ni hacerle mucho caso. Cuando se ha hartado de estar ahí pretende liberarse de un salto mortal y nos quita la vida. En ese instante ella pierde su razón de ser y la entierran en nuestro mismo cajón. Y qué se va a hacer si las cosas se hicieron así. No es como la pintan, con una túnica negra y una cara aterradora. “Cuando mi muerte me quiera matar, a la orden”. Total, a su edad y sin dejar vacíos como el que le produjo Romelia, está listo para su funeral. “Por ese empeño absurdo de durar la gente se olvida de vivir. La muerte llega sin tanta alharaca, y en ese momento, que es igual a cualquier otro, uno le guiña el ojo a la historia personal. Lo demás es una guerra inútil contra la lógica”. Eso decía Ignacio, el escritor que lleva años haciéndole el quite a un cáncer y con quien frecuenta las librerías de viejo. De él aprendió esa sabia simplicidad de vivir sin precisar muy bien para qué, sin hacerse preguntas sobre el sentido de su existencia. No quería que el resto de sus días fueran los de un trasto viejo, desvencijado y achacoso. Para eso están los ejemplos de sus admirados Verdi y Cervantes que trabajaron hasta el último día de sus vidas.
A Urbano Escamilla la memoria no le pone trabas para repasar la infancia con su tejido de emociones en el álbum desteñido de fotografías. Las más recientes pertenecen a gentes que lo miran desde sus territorios en blanco y negro con sus identidades desdibujadas. En esos momentos se impacienta porque no tiene alguien que le diga quién es este que ríe como tonto, y quién es aquella que posa con cara de pendeja. En los días monótonos llena sus horas, y nostalgias con esas referencias entrañables que le da su colección de discos long play de bambucos, habaneras, boleros y sus óperas favoritas. Fue la semana pasada, ¿o la anterior?, cuando se salió de sus casillas buscando los tangos de Carlos Gardel. Rebuscó por todo el apartamento; maldijo y renegó inútilmente. Al día siguiente, dentro de la nevera, al lado de la botella de leche, la cara altanera del Zorzal Criollo, estampada en la carátula, le sonrió. Son esa clase de señales abrumadoras y desconcertantes las que le manifiestan que sus recuerdos se le escapan sin remedio.
—¿Se siente bien, señor Escamilla? —Pregunta con cierta reserva María Elvia, la muchacha que atiende el puesto de mantecadas en el cruce de la carrera Séptima. Urbano mira de reojo los encantos provocadores que sobresalen en sus bluyines ajustados.
—Nunca me había sentido mejor. Tal vez un poco de frío que se cuela en los huesos, no es más. Una aguadepanela, por favor.
Ella le extiende un tazón humeante y lo observa con sospechosa curiosidad.
—No debería estar tan lejos de su casa, ¿quiere que le consiga un taxi?
—Prefiero caminar, especialmente hoy.
—Yo lo decía por... Tal vez usted no ha...
Urbano la interrumpe con una generosa sonrisa, y se ajusta la corbata contento de estrenar su vestido nuevo. Deja una moneda en el mostrador.
—No se preocupe. Regresaré antes de que comience a llover.
Reanimado con la bebida caliente emprende la ruta. En la plazoleta de La Rebeca llama su atención un pedestal improvisado, con un simulacro de estatua de emperador romano. A su lado, un mimo convoca la caridad de los peatones en el mejor estilo de Chaplin extendiendo un sombrero. Urbano está atrapado en el corrillo en torno a los actores callejeros. El bufón, vestido de negro y con la cara pintada de blanco, imita por turnos a algunos de los curiosos como si estuvieran ante un espejo; a una señora con un elaborado peinado se le planta al frente, y con movimientos caricaturescos remeda la acción de peinarse. Todos ríen, y él se burla de las risas. Urbano pone varias monedas, y antes de que pueda reaccionar, el actorzuelo toma su mano y lo hala hacia el centro del círculo parodiando la elegancia del atuendo. La estatua romana le hace una venia de cortesía. Urbano se espiga, alza la cabeza y sonríe con la intención de colaborar unos instantes en el juego. Es una manera de agradecer el gesto de los comediantes que resaltan el acierto de su vestimenta. Se siente ligeramente turbado en medio del bullicio callejero y del silencio que acompaña los ágiles movimientos de sus compañeros de escena improvisada. Le sobran las manos, el frío en las piernas es insoportable; el cuerpo todo se convierte en un jumento tímido que no sabe cómo hacerse partícipe de una actuación que le va pareciendo una burla. Ha caído en una emboscada inocente, mientras el otro, con sus gestos teatrales, remeda a un hombre que se viste, prenda, por prenda ante un espejo. Cuando termina, se planta al frente de Urbano, lo señala de pies a cabeza, hace la mímica de llorar sin consuelo, y en contraste, palmotea en silencio con sus manos enguantadas de blanco. Urbano, confundido, reconoce que nunca ha comprendido las representaciones de los mimos; se sale del círculo mientras los curiosos ríen y aplauden. Alguien debería intervenir a ver si dejan tranquilo al pobre hombre, no abusen, ¿no ven que está senil? Irritado, apura el paso para disimular la fatiga.
Cruza la avenida Caracas por el sendero peatonal con la esperanza de no ser atropellado. El gesto de repasar el suave paño de las solapas y tocar los botones del saco le recuerda la invitación de Peregrino Alba para tomar una copa de oporto. Confía en que la memoria no le ponga otra trampa y le permita acudir después de su cita con Romelia en el cementerio.
Se detiene ante un cartel atrevido de Los Aterciopelados; Urbano se fija en la sonrisa de la joven estrafalaria sin saber con certeza de quién se trata. Ya olvidó que la semana pasada arañó sus ahorros para comprar un CD con idéntica imagen a la del cartel para felicitar a su sobrina por sus quince años.
—Dos docenas de pensamientos, por favor.
—¿Está solo, el señor? —Pregunta la vendedora de flores, una anciana parlanchina y medio lunática que clava sus ojos inquisidores en Urbano y le mide el cuerpo entero con gesto de curiosidad y disgusto. —No se moleste, es que a esta edad no se puede esperar nada bueno de la calle...
—Sólo voy al cementerio, pero no a morirme, sino a visitar a alguien.
—Allá Usted. Pero insisto en que debería estar acompañado; lo digo por esos disparates que nos da por hacer... Fíjese que un domingo entregué un puñado de lentejas en la iglesia a la hora de la limosna... Me lo contó el Betulio, mi yerno, y yo ni le creí...
Urbano alza los hombros impaciente con ganas de decirle que se calle de una vez, que ese tono de voz y la forma de mirar me estorba, adiós señora, váyase al diablo, quiero seguir mi camino. Pero ella insiste:
—Desde entonces mis familiares me hostigan, desconfían de mí, se avergüenzan... Ya no me llaman Otilia, sino La Lenteja... eso de ser viejo es una cosa, pero viejo y chiflado es otra... y yo no me quiero parecer a La Loca Margarita, cuídese don...
—Urbano Escamilla, a sus órdenes. ¿Cuánto le debo?
—Diez mil pesos... Cualquiera lo puede comparar con el Bobo del tranvía... No me pare bolas. Viéndolo mejor, así como está de pintoso y con estas flores, para mí que está como un loco margarito...
Con una carcajada y un guiño confianzudo, la mujer le entrega el cambio.
—Cuente las monedas, no son lentejas...
—Que tenga un buen día, doña Otilia.
—Habrá que ver, porque usted...
Esos loquitos nada tienen que ver con él. En la entrada del cementerio Central algunos vendedores de veladoras y lápidas voltean la cabeza para observarlo. Es casi seguro que ya ha olvidado el episodio de pantomima. Evidentemente le gusta ser objeto de la atención de tantas personas, y para él su figura es la de un caballero que luce orgulloso el sobrio vestido nuevo.
Urbano localiza la tumba de Romelia en el ala este. Una tenue lluvia empieza a caer. Se detiene en un lote en el que descansan, junto a la de ella, las lápidas paternas y la de un hermano muerto en su juventud. Con paciente ternura organiza las flores y habla solo sabiendo que ella no le va a responder. Alguna mano piadosa debería congelar la imagen de este instante preciso cuando el viejo sonríe satisfecho. Y, ¿por qué no, un milagro que lo lleve a su apartamento para arroparlo con una cobija? Imposible paralizar los segundos que conducen al acto elemental del instante siguiente. Motivado por el cansancio y animado por la confianza del recuerdo de Romelia, Urbano se sienta sobre la tumba.
Un cataclismo se extiende a lo largo de todo su cuerpo: la loza helada se encalla en sus escuálidas nalgas, mientras las gotas de lluvia puntillosa y fría caen sobre sus piernas en cueros. Un pánico demoledor pesa sobre su espalda; verse con el saco y el chaleco de fino corte, la camisa y la corbata impecables, los zapatos brillantes, y allí, de la cintura para abajo, el desnudo altanero; donde deberían estar los pantalones nuevos, sólo habita el vacío, la nada instalada en esos huesos tristes enfundados en la piel apergaminada y pálida. Es un atropello a la vista, pero sobretodo, una puñalada a su decoro, la peor burla de su cabeza desmemoriada. Se siente desolado, inerte, torpe, abandonado.
—¡Ay Romelia, mira en lo que me he convertido!
Urbano se recuesta sobre la tumba; está cansado, muy cansado. Una campana repentina anuncia el entierro de las doce.


Lina María Pérez Gaviria
“Escribo con la obligación ética y estética de hacerlo lo mejor que puedo para mirar, cuestionar e interpretar la realidad. Escribo para proponer un pacto con el lector, un pacto de esencias y misterios que invite al deleite de la palabra y al más puro goce de la inteligencia. Bajo ese postulado nacieron Cuentos sin antifaz (Arango Editores,2000), Vladimir Nabokov: A la sombra de una nínfula (Panamericana Editorial, 2004) , y otros relatos publicados en revistas literarias y antologías que se reúnen en un volumen próximo a salir”.


***

Positiva satisfacción nos ha producido este brote de arte femenil muy digno de aprecio, y con agradable sorpresa comprobamos que anduvo la Sociedad de Mejoras Públicas bien inspirada en lo que juzgábamos vana empresa y a la cual —incrédulos pesimistas— augurábamos un segundo fracaso. Acostumbrados a considerar a la mujer, siguiendo inconscientemente un criterio social unánime y falso, como madre, esposa, hija, hermanas, y nada más, descubrimos, complacidos, en esta ocasión, que ella —la incomprendida eterna— ha sabido convertir, calladamente y por vocación instintiva, la preciosa semilla del sentimiento que en su corazón puro se incuba y en abnegación se traduce, en hermosas floraciones artísticas que acreditan su intelectualidad y de su cultura nos hablan.
Carlos E. Restrepo – Revista Colombia- 1919
(Sobre el concurso para señoras y señoritas de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín)


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