La salvación de las almas

 

Juan Fernando Merino

 

 

Mulaló. A 16 de noviembre de 1846
¡En nombre de Dios Todo Poderoso! Yo, Miguel Fernández y Fernández, Presbítero miembro de la Santa Compañía de Jesús, San Ignacio de Loyola, natural de Valladolid Provincia de España, ¡confesando como confieso huir de la persecución desatada contra la Iglesia Católica en Nueva Granada por el tirano y actual presidente José Hilario López!
La comunidad de los Jesuitas, dueños del convento de San Ignacio en Popayán me nombró su tesorero. Fue así como ayudado por los dos fieles esclavos Aquilino Cuero y Alcibíades Caicedo, nacidos y criados en la hacienda de Mulaló y a mí otorgados de por vida, y con tres mulos, me enviaron a la ciudad de Cartagena de Indias donde un bergantín nos esperaba para llevar el tesoro del convento a la madre Patria España y entregarlo al Superior de la Comunidad Jesuita en la ciudad de Valladolid.
Pero… ¡cuán vanos son los designios humanos cuando una Voluntad Superior ha ordenado las cosas de otra manera! ¡Y qué lejos estaba yo de vislumbrar la espantosa tragedia que me acechaba! Señor, me has hecho ver muchas angustias y males, pero imploro que volverás a darme vida y de nuevo me levantarás de los abismos de la tierra.

 

 

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Popayán. A 6 de noviembre de 1846
Mi muy amada y preciadísima Leonor:
Ya se ha puesto en marcha hacia tu ciudad de Santiago de Cali y lugares más al norte el presbítero Fernández y Fernández, escoltado tan sólo por dos jóvenes esclavos, muy poco conocedores de las maneras de pensar y barruntar que tienen los hombres libres o emancipados, por lo que nada van a recelar o interponerse en lo que haya menester hacer para llevar lo nuestro a buen puerto.
Puedes confiar a ojos cerrados en el portador de ésta, Diego Velandia Albornoz, hijo segundo de mi querida tía Teresa, residente en la villa de Buga. Él está al tanto de lo esencial y ha dado muestras de sobra de ser merecedor de mi más alta confianza. De igual modo, llegado el momento, podrás hacerlo en Teresa, tía dilecta y confidente en mis años previos al convento.
El presbítero Fernández y Fernández con su cargamento debe estar llegando a Santiago de Cali al día siguiente o como muy tarde dos días después de que recibas esta misiva, por lo cual es preciso que actúes con la mayor premura posible. No hay tiempo para la menor dilación, Leonor querida. Ayer mismo en el refectorio se me acercó el hermano Servando y me confió en un susurro que no da por cierta, y que Dios lo perdone, la razón que para el viaje de Fernández y Fernández adujo el reverendo padre superior durante la misa de maitines, a saber que el Presbítero tesorero partía en misión de recaudar fondos y asegurar albergues y escondrijos por si pasaran a mayores las amenazas e injerencias en los asuntos divinos por parte del tirano Presidente López.
Lo que lleva consigo el tesorero es a todas luces considerable, no me cabe duda, y por ello el riesgo de que trascienda la magnitud de su valor aumenta con los días, los minutos y las horas. El día de su partida, a pesar del sigilo de los preparativos y de que la comitiva se puso en marcha varias horas antes del alba, yo, que una vez más me encontraba desvelado, alcancé a distinguir las sombras de varios clérigos que atisbaban desde tres de los ventanucos, quizás cuatro. No podía negarse lo que nuestros ojos constataban: el tesorero y sus esclavos partían bien equipados hacia un viaje prolongado y exigente.
Así pues, mi amadísima Leonor, que en concierto con el portador desta, mi primo don Diego, tenéis que poner manos a la obra sin dilación. Lo más indicado sería aprovechar la ausencia temporal de vuestro marido para viajar, en horas de la noche, a la villa de Buga, donde Fernández y Fernández por fuerza habrá de hacer una escala de aprovisionamiento. Allí tendréis alojamiento en casa de mi tía Teresa, de cuya residencia no deberéis salir en ningún momento y por ninguna razón hasta que llegue la señal precisa. Durante la permanencia en Buga del Presbítero tesorero una persona de su confianza se encargará de suministrarle una sustancia que lo adormecerá por un largo período, en cualquier caso el tiempo suficiente para substraerle aquello que de todas maneras no habría de llegar a su destino final y que puesto a buen recaudo y acertado uso asegurará el porvenir holgado de mi querido primo don Diego y su hermosa prometida, el de mi tía Teresa y el resto de su familia, asegurará nuestro bienaventurado viaje a España, y sobre todas las cosas, propiciará el espacio de la libertad para este amor nuestro que ya no admite más separaciones, trabas ni aplazamientos.
Cuando todo se haya cumplido de acuerdo con lo convenido, mi buen primo Diego os indicará en qué villa o granja y en qué lugar preciso habrás de esperarme para emprender viaje hacia el bergantín y el océano de Nuestra Libertad.
Por la adoración que te debo, nuestro amor incombustible y el futuro que nos aguarda, te encarezco que en cuanto termines de leer estas líneas, rasgues la misiva en los trozos más diminutos que materialmente posible sea, hasta que quede irreparablemente destruida.
Tuyo hasta la muerte,
Joaquín Vélez y González, S.J. Doctor en Catequética

 

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Popayán, a día ocho de noviembre de 1846
Nuestra edificación se erige señera en lo alto de una callejuela empinada y desde los ventanucos del piso superior se divisan en un sentido las estribaciones de la cordillera que ondulantes se alejan por los rumbos del volcán nevado de Puracé, mientras que en sentido contrario se revelan lustrosas y serenas las casas administrativas y mansiones encaladas de esta villa de Popayán que tanto te recordaría a tu amada Tordesillas y más aún en las primeras horas del día y las que anteceden al crepúsculo.
¡Aquí habríamos sido felices!
Juntos en el Nuevo Mundo y compartiendo los privilegios de mi alto cargo en el convento, habríamos dado rienda suelta a la felicidad tan largamente postergada.
Juntos tú y yo, sin testigos inoportunos y sin fatigosos océanos de por medio, por fin me habría sido posible compartir mi arraigado amor por ti con el Servicio devoto a Dios Nuestro Señor para su mayor honor y gloria y en pro de la causa de la Cristiandad, tan comprometida en estas tierras de Nueva Granada en la que indígenas y africanos se resisten a abandonar a sus fetiches, ídolos y falsas creencias para aceptar la religión verdadera de Nuestro Señor Jesucristo y su Santa Iglesia.
Aquí habría sido posible combinar todo ello y mucho más. Aquí habría podido hacerte tan feliz como mereces y como tanto he anhelado hacerlo durante nuestra prolongada y dolorosísima separación.
Aquí, amado mío, con las prerrogativas a mí confiadas, habría podido asignarte uno de los mejores aposentos del convento, a sólo cinco puertas de distancia del mío propio. También habrías tenido a tu disposición las llaves de mi alacena y de mi bodega personal en caso de que los vinos del refectorio y las viandas que prepara el hermano Federico no alcanzarán a complacer tu refinado gusto. Aquí, mi veleidoso amado, te habrían correspondido sólo las labores de tu preferencia dentro de los muros del convento o en el huerto aledaño, dejándote así tiempo de sobra para el dibujo, la pintura, tus lecturas caprichosa y la transcripción de aquellos textos que tanto te cautivan…
¡No lo has querido! ¡no has aceptado el honroso sacrificio de tomar los hábitos —o al menos vestirlos—! y viajar al Nuevo Mundo para estar juntos, sin escollos ni impedimentos, y por tu reticencia ahora me obligas a renunciar a mi principado en los Andes por aquel otro reino entre tus brazos. ¡Y me obligas a infringir preceptos que no habría querido mancillar! No es un reproche a ti ni una queja al Cielo, pues Dios Nuestro Señor sabrá perdonar mis faltas en aras de un amor tan desmesurado que sólo puede existir por designio divino, pero para asegurar mi viaje hacia ti, tu bienestar y nuestro futuro compartido, tendré que disponer de ciertos bienes materiales a mí encomendados y apartar del camino, quizá de modo permanente, a quienes por su propio mal y torcido destino han tratado de husmear mis designios y adivinar mis pasos subsiguientes. ¡Ellos se lo han buscado!
¡Que el Señor se apiade de sus almas! ¡Y nos perdone lo que haya menester perdonar!
Baste con decir por el momento que el emisario de nuestra dicha ya se ha puesto en camino hacia Valladolid, sin tener la menor suspicacia de que no llegará tan lejos y que su destino final lo espera en un callejón de Sevilla por el que obligadamente habrá de pasar.
Confía en mí, amado mío, como yo confío en ti, como confío en este mensajero probadamente fiel y discreto, repetidamente remunerado.
¡Aún nos queda esta oportunidad de ser el uno en el otro!
Hernando de Segura y Sandoval. Superior del convento de San Ignacio de Popayán.

 

 

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¡Cuida a los enfermos, Cristo Señor; otorga reposo a los cansados, consuela a los que sufren, compadécete de los afligidos, bendice a los moribundos, escuda a los gozosos!

 

 

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… y cuán vanos son los designios humanos cuando se interponen fuerzas superiores.
En el camino y en el lugar llamado Paso de la Torre a la orilla del río Cauca a cinco leguas de la ciudad de Cali y a ocho de llegar a la villa de Buga decidí descansar la noche con Aquilino y Alcibíades, mis dos fieles esclavos, recibidos de posada en el rancho pajizo en las afueras de la aldea de Mulaló, rancho en el que vive en soledad el indio Felipe, converso y bautizado, asentado junto a la vera y orilla del majestuoso río Cauca.
Habiéndome sentido enfermo desde que me detuve a merendar en Santiago de Cali, me agravé al llegar al rancho y más aún entrada la noche cuando al constatar para acrecentar mi angustia ¡que estaba atacado por el cólera negro! Sabía que habría de morir…

 

 

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Convento de San Ignacio en Popayán, a siete días de noviembre de 1846
Querida hermana:
Él, ¡malhaya sea!, prefiere las féminas. Ahora, convencido ya, con las irrefutables evidencias en mis manos, absorto como estoy en el dolor me niego a caer en la desesperanza.
Tú me conoces más que nadie, has presenciado mi difícil devenir y sabes de sobra que nunca habría imaginado que éste fuese mi triste destino. Con respeto y convicción seguí tu consejo de ingresar en este convento y no te lo echo en cara en lo más mínimo. En este sitio habría podido descubrir sin trabas y sin reproches ajenos la vertiente del amor terreno que en su infinita sabiduría eligió Dios Nuestro Señor para éste su siervo. Máxime en la presencia constante de tantos jóvenes que como yo de manera simultánea anhelan dar libre expresión a su vocación religiosa y a su naturaleza amorosa.
Nunca jamás habría podido imaginarme que me enamoraría de un hombre mucho mayor; además tan inalcanzable por su belleza y autoridad como es el profesor de Teología y Catequesis. Pero desde el momento mismo que posé ojos en él, que escuché su voz aderezada por el cantarín acento de Andalucía y lo vi caminar por el claustro en compañía del presbítero Hernando, el Superior, sentí, imprudentemente, que él, Joaquín, era todo lo que mi alma deseaba y mi corazón me pedía.
Ay, hermana; ahora sé con certeza que prefiere a las mujeres y que ama a una dama casada. La palabra escrita no miente, las cartas son evidencia palpable. Todo ello, querida hermana, he aprendido en estos días de tristeza y desconsuelo durante mis indagaciones en el interior de los aposentos del convento mientras los clérigos y novicios rezaban, comían o amaban. Siempre hay un momento apropiado.
Ahora no me queda más que servirle en silencio, amarle en la distancia y hacer méritos para algún día merecer su mirada, su mano, su aliento. Y protegerle. Ponerlo a salvo como sea necesario de quienes maquinan en su contra. A los que en secreto difaman de su prójimo haré callar; ojos engreídos, corazones arrogantes no los puedo soportar.
No temas por mí, hermana mía, el Maligno tiene sus designios, pero Dios también creó los abrazos.
El esplendor de la luz del Todopoderoso en las mañanas sabrá guiar mis pasos.
A nuestra madre como siempre un beso, como siempre ni una palabra de lo mío que le pueda producir pena.
Cornelio S. Novicio en el convento de San Ignacio de Popayán.

 

 

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Santiago de Cali, 6 de noviembre de 1846
Mi muy dilecto J:
Se ha presentado un terrible imprevisto. Mi esposo ha regresado de su viaje cinco días antes de lo anunciado. Ignoro si sospecha o no lo nuestro, pero lo noto de mal continente. Te ruego que extremes las precauciones y revises todo detalle de los planes, en especial las palabras que cruces con tus confidentes en el convento, los emisarios que elijas, las rutas que siguen, el contenido de las misivas… Yo sabré entender si dices poco e incluso cuando digas lo contrario.
Tuya amantísima,

 

 

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… sabía que habría de morir. Para no dejar testigos, preparé un brebaje con veneno que llevaba conmigo. ¡Le di a beber a mis esclavos Aquilino Cuero y Alcibíades Caicedo y al indio converso Felipe! Estos murieron en el acto, yo arrojé los cadáveres al río Cauca que corría muy crecido y embravecido. Luego procedí a hacer una excavación. En ella deposité los bienes a mí confiados. Juro como saber que hay Dios que los bienes que aquí dejo depositados son los siguientes: quinientas barras de oro (500) de una libra cada una, quinientas morrocotas de oro (500), doscientos cincuenta medias morrocotas (250), mi custodia de oficiar llena de rubíes, esmeraldas y diamantes con un valor incalculable. Por último, mi fino anillo de oro macizo con una esmeralda de cinco kilates.
Todo esto está a corta distancia de donde escondo y se me encuentra el presente documento que coloco en zurrón doble de cuero, único testamento que otorgo.
El corazón y los sentidos exacerbados me dicen que ya no me queda mucho tiempo. Pero no puedo evitar, al mirar mis manos, pensar, ¿y si no fuera el cólera negro?
Pero prefiero no dar cabida a esta triste sospecha en mis postreras horas. Me resisto a pensar que buscaran mi mal aquellos con quienes tantas mañanas partimos el pan y tantas noches libamos el vino de Castilla.
¡No me abandones, oh Señor, a pesar de todos mis pecados! ¿Quién me llevará a la ciudad fortificada?, ¿quién me llevará hasta Edom, si tú, oh Dios, me has desechado?
Mortal o mortales que pasaréis por aquí, en vos o vosotros confío.
Mortal o mortales que tuvieseis la dicha de encontrar este testamento, no podréis proseguir con excavación alguna para localizar el tesoro por mí enterrado sin antes cumplir con los siguientes pedimentos:
Primero, mando y ordeno mandaréis decir treinta misas gregorianas cantadas a tres voces en la iglesia más antigua de la villa de Buga. Conseguiréis, si no lo tuviereis en el momento, a costa de todo sacrificio, el valor de tres barras de oro, al precio del día del encuentro. Envolveréis este valor en un trapo negro bendito, lo colocaréis en santa consagración en un altar que improvisaréis en el sitio privado que más os convenga durante nueve días mientras hacen la novena a las benditas Almas del Purgatorio por el eterno descanso de mi pobre alma en pena. Pidiendo perdón a Dios por todos mis pecados. Cumplidos todos estos mandatos, podréis continuar y terminar la excavación y sacar este tesoro que os hará inmensamente ricos y felices, recomendándoos hacer buenas obras de caridad, porque si no hicieréis las cosas como ordeno mi espíritu hará desaparecer el tesoro en las entrañas del río Cauca y de la tierra, ¡os mandará enfermedades de por vida hasta la cuarta generación!.
El dinero que pondréis en el improvisado altar y en consagración no lo podréis mirar ni tocar ni siquiera gastar durante los nueve días de su santa consagración.
Leído el presente, ¡entendido en cada una de sus partes, será quemado!, sus cenizas arrojadas al Río Cauca en el Paso de la Torre, donde fue encontrado.
Mi pobre alma en pena aguardará esperanzada en las tinieblas del averno que atendáis mi súplica y la ayuda que os requiere este arrepentido pecador.
Para que Dios me perdone y me conceda algún día su gracia allá en los siglos de los siglos, ¡Amén!
Firmo de mi puño y letra,
Miguel Fernández y Fernández
De la Provincia de Valladolid (España)
Tesorero de la Comunidad de los Jesuitas en la ciudad de Popayán.
Año de gracia MDCCCXXXXVI

Juan Fernando Merino (Colombia)
Narrador, traductor literario y periodista colombiano residente en Nueva York, donde está vinculado a la sección de Arte y Cultura del Diario La Prensa.


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