Peor es amor que fiebre alta...

 



Helena Araújo

 

 

El viaje. El viaje-elviaje-el viaje. Una tarde de invierno, años después del rompimiento con Alonso, a Zoila se le viene el recuerdo del tren. El viaje en tren. El-viaje-en-tren. El viaje. Uno de muchos. Y con Samuel, cómo no. Zoila dudó entre venir y no venir, aunque tuviera esa urgencia de conocer el país de la lengua de Oc. Occitania, como decía Samuel. Zoila no debía, no debió venir, pero vino, viene por más de que le adviertan del madrugón, el tren de segunda, y una casa anunciada, caramba, una casa ofrecida, cedida, regalada durante un week-end de promoción de turismo. Eso sí, por desgracia, en una zona poco apta para un Representante General de la Federación Nacional de Cafeteros, bastante literato, además. Dios mío ¿a quién se le hubiera ocurrido? Cosas de Samuel, qué remedio. Grandes distancias, ocho horas en lo que llaman Tren Talgo, con gente hablando recio y sacando fiambres y comiendo y bebiendo y buscando el modo de colarse sin tiquete de reservación, porque a cada rato estallan acalorados alegatos si el cobrador pasa amenazando a otra pareja desarrapada y mugrosa, ambos con esa manera de gesticular pretextando que por pura inadvertencia compraron el pasaje incompleto y están cansadísimos, porque se desgonzan ahí mismo sobre las silletas y el cobrador a despertarlos a gritos y Alonso y Zoila se tapan los oídos y Samuel se marcha en busca de un scotch tibio porque el bar queda a cinco vagones de distancia y el hielo se le derrite en el trayecto, o por lo menos esa disculpa da Samuel por traer el vaso vacío y venir tan excitado, hablando y hablando sobre los cátaros.
Santo cielo, a pesar del traqueteo del tren, Samuel habla y habla de lo mismo sin darse cuenta de que agudiza el tono exagerando los gestos, como si no pudiera disimular cierto nerviosismo por promocionar un viaje tan poco digno de un funcionario bien trajeado, con su agraciada secretaria y un subalterno con pantalones de lino y una camisa lila que le iría de maravilla si no transpirara tanto. ¿Cómo describir a Samuel? Moreno y más bien menudo, flaco y fibroso, cara aguileña y ojos nocturnos... Alonso lo llama a ratos Gitano y seguro que ahora lo llamará Perfecto, porque Perfectos llamaban en Occitania a los cismáticos que tanto defiende Samuel cuando Alonso (por molestarlo) se pone a hablar sobre el Siglo XIII y la cruzada aquella de los albigones, los albigenses o como se diga, caray, Alonso elogiando al Papa Inocencio y hasta al matarife de Montfort que -dice Samuel- arrancaba a los presos la nariz y los labios por puro escarmiento. “¡Falso!” -protesta Alonso con la frente húmeda y las gafas empañadas que ahí mismo limpia con un pañuelo de olían mientras alega que Montfort es un caballero ejemplar y capitán emérito quien -interrumpe Zoila- entierra a una dama en un pozo de su castillo para castigarla por albergar herejes. Y claro que Zoila diría mucho más si no estuviera tan acalorada y tan ofuzcada y por eso mejor se va al bar del tren en busca de una gaseosa, mientras Alonso insiste en que esa misma iglesia que organiza cruzadas concede a las mujeres derechos de elegir marido «para que» (interrumpe otra vez Zoila antes de irse al bar), “las encierren en sus fortalezas y les pongan un candado donde sabemos”.
Uy, qué adefesio, ni los tejemanejes del tren ni las reprimendas de los cobradores impiden a Samuel meter la cuchara a destiempo con eso de que la Inquisición era una Gestapo, el inquisidor juez y fiscal, la tortura legal y los testigos bastaban para... ¡Bah! Alonso no se da por vencido y cuando Zoila llega sudando con una botella de limonada y dos vasos, ya está echando el cuento de un inquisidor linchado por un grupo de heréticos, y claro, eso inspira a Samuel una revancha en la evocación de un castillo sitiado y luego incendiado mientras los obispos cantan el Veni Creator para santificar el saqueo. Verdad, Samuel se deleita en la descripción de quienes se asan a fuego lento por no adherir a esa Fe que, -insiste Zoila- era más bien codicia y voluntad de poder, ¿cierto? Ciertísimo. Zoila ha bebido suficiente limonada como para condenar todas las cruzadas, incluyendo la última, mis queridos amigos, la del Nuevo Mundo, ¿verdad? Pero no, no, Samuel no quiere hablar de eso ahora. Anda interesado, o sea apasionado, o sea obsesionado, por la fortaleza que va a visitar en la tarde, una fortaleza histórica y trágica, una fortaleza sitiada y luego incendiada, ardida y quemada y con un nombre que ya Zoila va recordando, porque no es Puilaurens ni es Peypertuse sino que es la mismísima Monsegur de las leyendas taumatúrgicas. ¿Acaso Samuel no disfruta y casi que deleita en la descripción de la quema, el crepitar de las llamas, el hedor de la carne chamuscada en ese viento de muerte? El tren sigue tra­queteando, a Samuel se le ha humedecido la cara y empapado la camisa morada y Alonso se arranca la corbata de pronto y Zoila suda en silencio hasta la parada final del famoso vagón veraniego en la estación donde los espera un auto de la agencia Herz.

El caserío a donde llegan luego se llama Julio, derivado de Julius Casus, o sea Casa de Julio en tiempos romanos y desde el Medioevo aglomeración de granjas, graneros, establos prendidos a una ladera boscosa y pedregosa. ¿Quién lo hubiera creído? Allí mismo hay una aldea; construcciones de piedra, calles como corredores, muros altísimos, solares con higuera y parral agitándose, estremeciéndose, descoyuntándose por culpa de un ventarrón que barre las nubes y se arremolina levantando tierra y casi que barriéndolos también a los tres cuando se apean del auto tapándose la boca y los ojos, pero de todas maneras comiendo bocanadas de polvo mientras Samuel chilla eso de Mistral de Midí, tosiendo y silvando las íes con los ojos enrojecidos por el whisky del tren y estornudando ante ese portón con cerradura de hierro y una llave oxidada que chirria antes de que los goznes chirríen también y todos tres queden adentro pero a oscuras y tanteando el interruptor de una lámpara como de petróleo pero eléctrica que cuelga sobre una mesa redonda con un mantel con bordados y un papel con un plano de la casa: dónde las alcobas, los baños, dónde las sábanas, los platos, cómo enchufar la nevera y demás.

Al encender la luz, encandelillados, notan que el recibo tiene suelo de lajas y arriba unas vigas vetustas sobre una chimenea campesina, con ollas de cobre colgando de una cornisa superpuesta. Dos pasos adelante, una entrada sin puerta da a una alcoba de muros blanqueados con un catre de dos plazas y un tocador centenario. A la izquierda, en un recoveco, una escalera entorchada lleva a un baño con ducha y un desván vecino, a tres piezas con dos camas y dos ventanas con postigos que se golpean como otra vez se golpeó el portón dando una sacudida a la casa que se estremece y traquea y se agita y otra vez el viento va arremolinándose en cada ráfaga contra postigos que siguen cerrados pero el viento se filtra bramando, se cuela silvando, Samuel dice que se llevará las paredes porque esa argamasa es liviana, qué viento. Samuel ríe de nervios, ahora le da por subir a escoger su propia pieza, mirar si hay toallas de baño, caramba, de pronto grita que el viento ha traído miasmas de... ¡fó! ¿Será el pozo séptico? ¡Santa Bárbara Bendita! ¡Qué olor! Samuel baja la escalera a saltos con la nariz tapada.

-Yo aquí no me quedo. ¡Eso huele a diablos!

Samuel no se queda, no puede quedarse, no quiere quedarse. Ya le entró el afán de turistear. Quiere ir a una aldea con un templo donde los cruzados encerraron a por lo menos cien víctimas antes de prender fuego a herejes y fieles, con la ejemplar intención de que el Señor salvara a los suyos. ¿Qué tal? Samuel echa un discurso sobre el fanatismo religioso, atragantándose de buenos sentimientos antes de anunciar que se va, aunque Alonso abra los brazos de pura desolación y Zoila disimule la indiferencia que siente cuando Samuel se despide, previa promesa de enviar otro auto alquilado para que los dos salgan esa noche si el viento amaina. ¡Adiós! Samuel se aleja con el polvo prendido al sudor de la cara y ese enervamiento al trepar al auto y tomar el timón y acelerar una hora antes de que el mistral se fatigue y el vendaval languidezca dejándolo todo en quietud.

Son tal vez las tres de la tarde. Zoila se encierra en su pieza para una siesta que no duerme antes de abrir la ventana y quedarse un buen rato mirando esa perspectiva de cerros y arboledas. El cielo casi blanco, ni una hoja se mueve, ni siquiera hay cigarras silvando. Zoila casi puede escuchar, desde arriba, la respiración de Alonso en el tramo inferior. Estará durmiendo los whiskies, la fatiga del tren -y el madrugón, claro-. Encogiéndose de hombros, Zoila se concentra en el paisaje. Afuera se ve un olivar a la sombra de un campanario que brota de una ladera adherida a un oleaje de cerros deslizándose hacia el valle. Zoila sigue inmóvil, como hipnotizada. Verdad que no vuelve en sí hasta sentir tieso el cuello, envarada la espalda, un calor y un sopor y una gana de echarse aunque Alonso se esté levantando. Ya lo siente, lo presiente, lo oye en el tramo de abajo. Estará mirando el reloj, dándole cuerda, tratando de buscar un vaso en ese aparador desvencijado, vertiéndose de la botella que dejó Samuel por ahí, sacando hielo de la nevera, metiendo un cubo dentro del vaso y volviendo por fin a la alcoba a gritarle a Zoila que baje cuando quiera.

-Ya voy.

Desde arriba, lo imagina bebiendo, apurando el rescoldo con un resoplo de satisfacción antes de acomodarse en el patio con los periódicos. ¿Estará bajo el parral, en la silla de mimbre, pasando hoja tras hoja, saltando de noticia en noticia hasta detenerse en los suplementos culturales? Seguro, ya irá enfrascándose en una lectura más concentrada aunque por lo mismo más apta para el cabeceo de otra siesta, sí, sí, Alonso acalorado, con la calva todavía sudorosa y las gafas a media nariz. Verdad, Alonso domirá mientras Zoila se canse y por fin también se resigne a la siesta, mejor dicho, se tienda sobre una de las camas con cubrelecho floreado, dejándose estar y poco a poco cayendo en un sopor que puede ser sueño o embotamiento o reposo o pereza o lo que sea, hasta la hora del concierto que Samuel insistió en planificar con detalles. Por ejemplo, el auto que vendrá a buscar a Zoila y a Alonso después de que improvisen una cena con frutas y conservas halladas en la despensa. ¿Pero cuándo se alistan? ¿Se duchan? ¿Se visten? Zoila ni se da cuenta qué comen ni sobre qué hablan. Algo comentan, -tal vez lo poco que se ven últimamente. Sí, sí, engranan en las ausencias de Zoila, con ella disculpándose y Alonso riñéndola como la riñe en París cuando llama algún sábado por la mañana y después al medio día y después por la tarde y después por la noche y hasta el domingo no la consigue. Virgen Santa, se la ha pasado quién sabe en dónde. ¿Y por qué no? Es su derecho. ¿Acaso no fue Alonso quien comenzó con lo del club de bridge martes y jueves por la tarde? Antes iban al Museo de los Impresionistas o a las galerías del Barrio Latino, metiéndose luego a algún teatro y luego a ese bistró de la rué Dauphine donde se habían conocido cuando Zoila aún trabajaba en Avianca y Alonso buscaba una secretaria para la Federación. Samuel, qué desgracia, andaba con alergias y gripas y otros achaques, seguro somatizando el trabajo que nunca había logrado poner al día. Carambas, correspondencia, contratos, licitaciones acumuladas por el funcionario anterior y liquidadas por Zoila durante los primeros, mágicos meses, en que a ella y a Alonso les faltaba tiempo para organizar la oficina, andar de conferencia en conferencia, de librería en librería, de exposición en exposición, con un frenesí tan simbiótico que Samuel los llamaba ratones gemelos. De biblioteca, claro. En esa época (que Zoila recordaba como la Edad de Oro), no le habían salido aun ojeras, ni había aumentado tanto de peso, ni acudido a la tintura rojiza que Alonso consideraba vulgar aunque no se lo dijera. En esa época, bendito sea Dios, no había martes y jueves vacantes, ni week-ends en blanco, ni discusiones como las que se les venían encima cuando tocaban el tema de Samuel. Entonces, qué diantre, Zoila se atrevía a ser indiscreta o a diagnosticar una dependencia enfermiza, un complejo paterno, filial, o quien sabe qué. Alonso, claro, respondía que la enfermiza era ella. ¿Por qué las mujeres no podían quedarse solteras sin volverse neuróticas? Bueno, ahí Zoila también se reía sin ganas y principiaba a hablar de cualquier cosa, o a introducir otros temas. Por ejemplo, si estaban -como esa tarde- en un patio occitano, se llegaba la hora de evocar trovadores y cátaros, con Zoila insistiendo en que los cruzados condenaban el amor cortés y Alonso defendiéndolos por traer del oriente una sensualidad que enmarcaría tantos idilios provenzales, ¿verdad? Sí, sí, Alonso citaría, recitaría, Alonso cita y recita y recita ya eso de “peor es amor que fiebre alta”...

-“Ni con sudores se cura” -dice Zoila.
-“Es como escalofriarse y temblar” -dice Alonso.
-“Y suspirar y bostezar” -dice Zoila.
-“Y perder el comer y el beber”, prosigue Alonso, o mejor dicho canturrea ya en la casa, de pie ante el tocador de su alcoba, rociándose colonia e insistiendo en una melopea más parecida a las arias de Monteverdi que a las poesías de Ventadour. Dios mío, Alonso sigue cantando y perfumándose, como si debiera convencerla de ir esa noche al concierto anunciado en el folleto que les entregaron en la agencia turística con otros folletos sobre abadías y castillos, aunque de todas maneras escogieran un recital en esa capilla embutida en las rocas y vecina a un monasterio que existe desde el año del Señor 899.

Por la noche irán al concierto, pero afuera no ha oscurecido, hay todavía mucha luz. El trayecto, en otro auto de alquiler enviado por Samuel, incluye un chofer pelicrespo, gordo y jovial que pide excusas cada vez que el motor del Toyota jadea al trepar la colina y esforzarse en esa carretera prendida a las breñas, qué susto, curvas y más curvas hasta la bendita iglesia rodeada de cerezos y lápidas.

-Un románico muy definido, -anticipa Alonso. -Sobre todo en el ábside, -agrega al entrar.

La bóveda está apuntalada por vigas y ornada con vitrales que Alonso observa mientras la brisa agita los frutales del huerto y el campanario da la hora tan lento que en el sacro recinto la soprano sonríe diez veces antes de imponer silencio y arrancar con Monteverdi.

-¿Lo de Tancredo y Clorinda? -interroga Zoila en voz baja.

Alonso no le pone atención. Rígido en la butaca, parece una estatua. ¿Habrá entrado en trance, Virgen Santa? A lo mejor, porque no le quita los ojos (ni los oídos) a esa Clorinda mal disfrazada de rubia ferviente y robusta. Ay, ay, Clorinda hiriendo a quien la hiere de amor, Clorinda desangrándose a gritos en una interpelación que -dice Alonso luego- resulta demasiado melódica allí donde el texto es más expresivo, ¿verdad? Zoila no le responde. No siente ganas de hablarle. No le habla ni allí ni al salir hacia el atrio, ni al sentarse en el auto, ni al mirar hacia afuera dejando la ventanilla abierta.

Cuando vuelven a la casa la encuentran oscura. En el patio, la brisa hace crujir ramas y hojas. Arriba, un cielo sin nubes. A ambos les duele la nuca de tanto mirar para lo alto en esa terraza con silletas de mimbre donde se instalan a observar las estrellas.

-¿Así sería la ruta de Orión hace siglos?

Zoila sabe que Alonso entrará otra vez en temas juglarescos, con pajes, laúdes y quién sabe qué más. En la corte de Eleanor de Aquitania, María de Champaña y Emergarda de Narbona, se celebraban debates sobre el arte de amar. ¿Cuánto se ha de respetar a la amada? Mirarla desnuda es rendirle homenaje. El asag, juego amoroso, incita a la prueba suprema: tendido en el lecho, el amante prodiga caricias y elogios sin atreverse nunca a... ¡demonios! ¿Qué peor sacrificio?

-“Amor es agitarse y conmoverse” -murmura Zoila.

-“Enrojecer y palidecer”, -prosigue Alonso, preguntando luego, con vehemencia, si la poesía de Ventadour no podría recitarse como melopea en torno a una dama siempre distante, con un trovador acercándose y aproximándose sin nunca llegar a... en fin, cuando Alonso engrana en el amor cortés no hay quién lo calle. Y menos una noche de tantos luceros y de tantas cigarras. ¿A qué horas se irán a acostar?

En algún momento, Zoila sube a su pieza y se desnuda antes de apagar la luz y tenderse en la cama a maldecir los mosquitos. Por Dios, aunque corra la cortina de la ventana, se entran a zumbar y Zoila sigue sudando y rascándose aquí y allí, en un sueño pesado y pegajoso. ¿Duerme? ¿No duerme? Cuando el reloj de la chimenea del salón da las dos, se levanta por fin, qué sofoco, le urge salir a respirar aire. Más allá de la alcoba, el ladrillo del piso le refresca los pies cuando va tanteando en lo oscuro la pared del desván y contando despacio los trece escalones hasta el suelo de lajas. Está abajo, ¿verdad? La puerta del patio queda al frente y Zoila podría salir, pero no sale. Sin saber bien por qué, da media vuelta y busca a tientas el silencio acalorado de la alcoba de Alonso. ¿Cómo llega hasta allí? De verdad que no sabe. Quizás quiere abrir la ventana. Enterarse si Alonso duerme. ¿Regresaría ya Samuel? Creyó escuchar pasos, susurros. ¿Alonso se habrá levantado? A lo mejor intenta dormir aún. En lo oscuro no puede verlo, pero sí imaginarlo tendido de medio lado en la cama, encorvado y giboso, con esa flacura que no desmiente su vientre allí donde se le marca la cicatriz de una úlcera que le operaron hace años. La pieza huele a sudor y Zoila ahí quieta, en lo oscuro, siente de pronto ese sabor en la boca, ese gusto a piel salada. ¿Por qué la respiración se le adensa? ¿Por qué oye un jadeo alternando con otro jadeo alternando con un roce de manos y piernas frotándose y entrelazándose? ¿Por qué oye esas voces?

-“Amor es protestar y quejarse”, -dice una.
-“Sollozar y velar”, -dice la otra.

 

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Helena Araújo (Colombia)
Ensayista y narradora. Actualmente vive en Lausanne, Suiza. La editora, Mauch Editor, Barcelona, en su colección Biblioteca Íntima, publicó en el año 2003 su novela Las cuitas de Carlota.

 

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En definitiva, cuando un escritor inventa un argumento siente que ha descubierto algo, una pequeña América.

Adolfo Bioy Casares


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