El tango de la viuda

 

 

Mario Escobar Velásquez

 

 

Para Claudia Ivonne Giraldo.




Cuando ya estuvo en el ataúd, lavado, sin trazas de sangre por ninguna parte porque los de la funeraria cumplieron un trabajo excelente, me estuve sentada a un lado mirándole la cara por más de tres horas, detallándole el largo espolón de la nariz, y la cerrada caracola de la oreja derecha, y el tajo pálido de entre los labios sumidos. Mirando cómo la palidez se le acentuaba con las horas, hasta parecer de alabastro, casi translúcido. Sintiendo desde no tan cerca el frío que ya lo copaba, hielo con huesos y formas alargadas. Como el largo velón de la izquierda empezaba a deslumbrarme, lo apagué de un soplo como en una fiesta de cumpleaños y sé que eso no le gustó a muchas. A muchas de esas hipócritas que ven la paja en el ojo ajeno e ignoran la viga que tienen en el propio. Pero los más y las más me alabaron esas horas quietas de miradas quietas. Dijeron después que yo había querido capturar en la memoria ese rostro para no olvidarlo. Pero eso no fue cierto. Yo no sé qué quería ver.

Sé con seguridad de qué conversaban las malignas señoras a las cuales no les gustó que yo apagara un velón: conversaban de que las viudas que él había construido con su degüello eran muchas, y que deberían estar acá, como yo, y que no estaban. Que ellas sabían el nombre de muchas.

Yo las ignoraba, a las malignas.

Estuve tratando de entender cómo podía ahora ser más pálido que antes de morir. Está claro que perdió mucha sangre cuando el cráneo atravesó el vidrio del auto, y el vidrio lo degolló. Cuando lo retiraron, después de acabar de volver pedacitos el parabrisas, para poder, no le quedaba gota arriba. Ni una sola. Pero desde antes, desde que lo conocí, ya parecía no tener ninguna. Los excesos de toda índole se las chupaban. Si el cuerpo fabricaba un poquito, el licor, las mujeres de ocasión y las de rutina, el cigarrillo y el poco comer, lo gastaban. Lo que yo estuve pensando en esas horas quietas, hasta cuando me retiré y prendieron de nuevo el velón, que volvió a cabecear como con sueño, era cómo la parafina traslúcida podía llegar a ser más clara, más transparente el alabastro, o más pálida su piel. Eso parecía, todo, imposible.

Pero se daba con esa piel que yo había besado en antes.

Iba con una gordita, en su carro, y los expertos que me dieron, después, detalles del choque, me aseguraron que iban a más de cien kilómetros por hora. Pero cuando se chocaron ella llevaba el volante. Ella llevaba sobre sí nada más que la blusa, y desabotonada. De ahí para abajo estaba desnuda. Ni calzaba siquiera los zapatos. Y él lo mismo: apenas la camisa sobre el cuero que estaba sobre el esqueleto. Así había diseñado yo el asunto, antes, en los buenos tiempos nuestros, y ellos lo copiaban. Era como si me robaran. Con la gordita me dio una rasquiña rara: ¿por qué no podía ella idearse cosas como yo me las ideé? En las noches, después de los ardores, yo me socarraba los sesos pensando qué otra cosa podría idear para retener a ese que siempre estaba ávido de las emociones nuevas, y que no repetía emociones, conmigo al menos. Era esa una manera, la que les sirvió del choque mortal, se lo dije cuando la iniciamos, “de volar bajito”. La manera de “agregar emociones a las emociones del momento”. Esa forma de multiplicar excitaciones la utilizamos en los tiempos buenos en que él creía que yo era todo un harén, y no llegué nunca a imaginar que la copiara con otra. Pero nosotros la practicábamos sin licor. Y con velocidades prudentes. A veces no alcanzábamos ni a cerrar la puerta del garaje, cuando llegábamos, con una fiebre estuosa en cada tira de piel, en los dedos extendidos, en la sed de la garganta, en los ojos ávidos, en el afán de tirar la última prenda, cuando ya estábamos sobre el asiento extendible gozando del paroxismo de las emociones que esa manera de llegar nos fabricó. Después estaba entre los dos únicamente el sudor, y más allá la paz de la saciedad que es la paz mejor de todas las paces.

A la gordita la estrujó duro la inercia y la aplastó contra el volante. Me dijeron que le salieron costillas de debajo del cuero, brotadas en astillas: me alegro. Podían ir así porque ya la noche estaba muy crecida y la avenida casi sola. Los del levantamiento fueron corteses conmigo y esperaron la amanecida para darme noticias.

Se espera que las viudas recientes lloren muchas lágrimas junto al ataúd, y le hagan al cadáver promesas de amor eterno. Eso, lo de “polvo serás, más polvo enamorado”. Yo no lloré. Puse cara de solemnidad, pero nada más. Por la concurrencia: gentes notables de la riqueza del villorrio, él el más rico de todos. Y recitaba al revés el verso del soneto famoso: “Polvo serás, más polvo bien odiado”. La verdad es que no me importaba nada que estuviera muerto, o que volviera a la vida como si yo renaciera de una pesadilla, como si todo hubiera sido un sueño.

Cuando yo lo conocí no le había llegado todavía la herencia milagrosa y misteriosa que de un día para el otro lo volvió múltiple de millones. Nunca supo explicarla. Lo que llegué a conjeturar, después, como probable, es que era hijo no legítimo de alguno como él, que se desperdigaba con mujeres. Conjeturé que le daba pena admitirlo. Entonces, antes de la buena suerte pródiga, trabajaba como un desesperado. Tenía una casa a la cual le había adaptado la parte delantera, amplia, como oficinas, y atrás servían las habitaciones. Hasta ellas me llevaba desde poco después de conocernos, y era un amante estupendo, loco por el sexo.

En alguna vez, después de seis o siete sesiones maravillosas de hacer el amor, en un día festivo, me quedé allí. Él se fue a algunas vueltas de surtir la despensa. Y como soy ordenada, me puse a adecentar la cama revuelta. De pronto, entre las volutas de lana de la cobija, vi brillar una larga serpientica de oro, viboreando. La extraje: era un pelo largo y espléndido de una mujer muy rubia. Adentro me mordieron los perros de los celos, los perros de la ira, los perros de la humillación, toda una jauría espantosa: él me juraba que yo era su única. Un demoniecillo con figura de vampiro me revoloteó un rato la cabeza y se me posó en el hombro, susurrándome que mirara más. Con el raso peludo de una de sus alas señalaba. Entonces miré y busqué, y hallé pelos que, con seguridad, eran de cuatro cabezas distintas, aparte de la mía.

Fui a la oficina y tomé una hoja de papel en blanco, y cinta adhesiva, y pegué paralelos, cuidadosa yo, los cabellos. Tendí la cama, y sobre la almohada le dejé la hoja, clavada con el abrecartas de su escritorio. Y me fui.

Por esos días le cayó, como todo un turbión de buena suerte, la herencia de marras. Anduvo muy ocupado con los mil trámites de hacerla suya y asegurársela. Cuando ya la tuvo a su disposición, se dedicó a re-enamorarme. A des-ascarme de mis ascos por él. A des-rabiarme de mis rabias. A borrarme de la mente la tira de papel con los pelos extendidos, y una puñalada teniéndola contra la almohada. No le fue fácil, y eso hacía que se empecinara más. Él era de esos que aman y desean, sobre todo lo que se les opone, y yo me le oponía como un cantil de basalto al empeño constante de las olas. Me era difícil perdonarle, y me vengaba de su promiscuidad negándomele, pero incitándolo, me vengaba de que yo hubiérale sido una entre tantas siendo ahora única en rechazarlo, él con los riñones bien forrados de billetones y yo una empleadita de más o menos.

Pero el dinero es un buen aliado del que quiere conquistar el amor. El dinero, Don Poderoso, facilita las conquistas. Don Poderoso envía toneladas de flores con mensajes encendidos. Y envía casi todo un almacén de prendas de clase y precio. Y convida a espectáculos fastuosos y a viajes en potencia, que se dieron después. Por eso, cuando casi desfallecía en sus ruegos, y me propuso matrimonio, creí que sí podría llegar a ser lo que yo quería ser, y lo que él me prometía ahora con el fervor de un disco rayado que suena un solo surco: la única mujer de un hombre.

Le puse un plazo de re-enamoramiento en el cual él tendría que probarme con hechos todo lo que sus palabras me aseguraban como cierto. Supo probarlo. Y le puse la condición de que no volvería a su lecho sino cuando la unión matrimonial se hubiera dado. Supo esperar a que se diera. Un cura solemne como un cuervo nos tiró una bendición enorme, entre latinajos. De pronto yo estaba sabiendo manejarlo. O eso creyó mi desconocimiento de las ambiciones de ese hombre.

La boda fue fastuosa, y en esa noche nupcial él supo ser el más rendido, el más sabio, el más enardecido de los amantes, y me hizo ser la más rendida, la más enardecida y la más sabia de las mujeres que se dan tomando, que reciben retribuyendo, que se gozan dando el gozo. Fue la más inolvidable de las noches. No puedo olvidarla. Nada la ha borrado, ni las cosas de asco de después: suyas, y mías. De ese lecho nupcial me icé como la más enamorada de las mujeres, casi insaciable en el goce lúbrico. Al amanecer me dijo que yo era mucho más que la herencia fastuosa. Y eso seguí siendo en toda la luna de miel, que fue de un recorrido largo por muchísimos países viejos.

Después tuvo que decirme que yo sola era todo un harén. Esto era cierto: desde esa noche de la boda fastuosa fui muy distintas mujeres, y muchas. Yo lo había pensado bien, y de una noche para la otra me transformaba, para darle variedad a ese que amaba la variedad. Si él lo que amaba era las formas distintas, conmigo sola las tendría: fui púdica y desvergonzada. Me hice rogar, y rogué. Me dejé tomar, y lo tomé por asalto. Fui la casta, la sádica, la impetuosa, la que ruega, la que se hace rogar. La generosa, la mezquina, la ajena y la propia. Cambiaba de peinados, de ropajes, de modas, de épocas, de estilos. Agoté al Kama Sutra en cuanto a posibilidades, y a las peluqueras en variedad de peinados y de colores en mi cabellera. Me vestí del sarí indio, de la crinolina de la época de Napoleón, de la falda de campana, del estilo sastre, de la muselina, de la moda de las faraonas y de la Reina de Saba, de la de Mata Hari. Usé siete enaguas en algunas veces, para que desvestirlas fuera toda una serie, y ninguna enagua en otras: apenas unas tiritas en los pechos henchidos y duros, y en la entrepierna. Me puse pantaloncitos hasta las rodillas, como se usaban cuando el Renacimiento, pero diseñados con arte: filigranas, encajes, bordados, faralaes. Y me puse otros mínimos, algunos: apenas de unas pulgadas, transparentes de nylon, de seda, de algodón, de lycra. Oscuros y translucidos, rojos, negros, blancos, rosados, de encajes y sencillos. Lo mismo el sujetador de mis pechos altivos.

Todo, la verdad, por amor. Por un amor desvergonzado, porque él era también el amante más variado y el más refinado.

Pero pasada la luna de miel, que fue larga, debo decirlo, él volvió con las suyas: quiso pieles de otro color, y bocas de sabores distintos, y pechos ampulosos o nimios, y caderas amplísimas o angostas, y piernas largas y delgadas, o cortas y gruesas. Quiso a otra, cualquiera que fuera su catadura, a más de mí. Porque no dejó de frecuentarme. Es decir que ahora, a más de lo que yo le daba, quería lo que no podía yo. Surtió un poco el efecto de quemarme la piel, pero no duró. Más no podía yo hacer.

Y entonces el rencor me habitó. Un rencor sediento de venganzas. Un rencor con odios. Uno al que por las noches le caía un duende maligno que posado sobre mi estómago me parlaba de que sólo la venganza borra. Que perdonar es estéril, porque habría que ir por la vida entera perdonando. Uno de palabras convincentes.

En una noche, cuando once golpes de campana salieron de la torre de la iglesia cercana como búhos de bronce, estruendosos, y él no había recogido sus huesos en la cama de al lado, sentí la sed del rencor. La sentí como los hornos secos por los cuales respiran los desiertos. Alcé mi cuerpo cuidado, firme, hermoso, y lo acicalé por un rato, y luego me fui a la ciudad cercana. Me entré a la primera de las tabernas en donde los solitarios se buscan compañías, y me ubiqué. No tardó la taifa de busca-compañías en detectarme, y se me acercaban con pretextos mínimos como arenitas, y me parlaban. Despaché a los que no me agradaron, pero uno que fue ingenioso me acompañó hasta mi auto, y luego él me fue guiando hasta su apartamento. Él creyó que me bebía largamente, y que yo era una delicia, pero era yo la que bebía el agua deliciosa de la venganza, que es fresca como una jarra para diosas llegada de un glacial. Pensaba en él, en el esposo infiel, y me deleitaba suponiendo lo que sentiría si supiera lo que me sucedía y le sucedía al compañero del pelo bonito: sería lo mismo que yo sentía cuando le sabía las correrías. Ahora, una inquietud me asaltó: ¿sentiría él con otras lo que yo estaba sintiendo? Decidí que no me importaba y que me dedicaría a lo que estaba sucediendo. Cuando el del pelo lindo casi me agotaba los pechos con las caricias de su boca renovada, incansable, yo lo aupaba a más: porque ese ingenioso estaba teniendo lo que no quería el dueño oficial. Porque me estaba haciendo sentir lo que yo sentía con ese dueño descuidado cuando fui su centro del amor. Y cuando me penetró con la fuerza de un roble que me hiciera el amor enorme, y se derramó en consuno con mis orgasmos, y yo sentí como sintiendo un tronco inmenso que me entregaba las delicias hundiéndose en mí, la vida fue un canto deliciosamente largo, y mi sed de venganzas se calmó. La venganza borra. Hubo un bis, que ya no era vengativo sino goloso y guloso. Y así tuve la plenitud. Y así supe que se podía lograr con más que uno.

Acaricié el pelo del ingenioso, y me dio mucho trabajo largarlo sin tener que darle mi nombre, ni mi número telefónico, ni saber su nombre ni su teléfono, ni prometerle otro encuentro. Yo lo quería transitorio, como el viento, como los ríos, como los días, viento yo, río yo, día único, o noche, yo. Eso, a pesar de que su pelo ondulado me agradaba, y de que el sabor de su boca tiene regustos todavía en la memoria, y de que supo decirme lo hermosísimo, esto es que “estoy perdiendo una joya que no quiero perder, una única”.

Volví a las cuatro de la mañana, temerosa de explicaciones si él hubiera hallado mi lecho vacío: pero las camas solas se acompañaban. Tal vez chismoseaban. Las cosas saben de sus dueños cosas y cosas. Si lo hubiera hallado, venido él primero, le hubiera enrostrado su actuar, y le hubiera confiado el mío, aun a costa de no sé qué. Y por eso en las veces siguientes fui más cauta, y salía más temprano, cuando la seguridad de su demora era ostensible.

Llegó una hora después, y yo me hice la que despertó súbita, y le ofrecí un refresco, si tenía sed, y no me enojé con él, como en otras veces, por repartido, y no le di de latigazos con mi lengua-fuete, y me reía y reía sin que él pudiera oírme las risas, yo sin sed, yo vengada, yo sin rencores: a esos me los sacó deliciosamente el de los pelos enrulados naturalmente. De verdad, la venganza borra. Y ya vengada, ya no lo supe mi hombre, como en antes, sino mi hombrecito: uno igualado en el repartirse pródigamente. Uno ya sin prerrogativas exclusivas de varones, vulnerado sin que lo supiera. Así era mejor. Ahora no estaba inulto.

Lo demás es una larga repetición de esa primera noche. Nunca visité en dos veces el mismo bar. La ciudad tenía suficientes, casi pares, como para tener que repetir. Nunca tuve un compañero, adquirido para un rato, en más de una vez. Antes de salir a buscarme el placer de la venganza me pensaba cuál de las mujeres que fui para él iría a ser en esa noche, para no sabía todavía quién. Volví a ser la púdica y la desvergonzada, la que rogaba y se hacía rogar: todas. Quería traicionarlo del modo en que alguna vez lo honré. Con todos los modos que tuve para honrarlo.

La cosa de la venganza empezó cuando me hice a una llave de su escritorio, que él era celoso en no dejar libre para mis escrutinios, copia de la suya olvidada en alguna ocasión, y cuando en la lista de los nombres de las mujeres conquistadas, que él guardaba celoso, amparada en una libretita muy elegante de cuero marrón, aparecía un nuevo nombre, quince o veinte nombres después de mi nombre, yo salía. Yo no anotaba nombres, ni fechas: la memoria guarda, creo, cada encuentro.

Esa lista fue la causante de casi todo lo que hice: cuando me leí entre otras, yo una más, yo no la especialísima sino una otra, muchas antes de mí, y después, sobre todo después, fue que el rencor brotó raíces de esa lista-semilla. Todavía la recuerdo, todavía puedo verla llameando como un infierno. Todavía la raya infame cruzando el nombre de cada mujer conquistada. Cruzando el nombre mío. Porque, salvo yo, y como yo lo imité, él nunca volvió con ninguna de las ya tenidas en el tálamo, pese a que lo buscaban para las repeticiones, como bien lo sé. La raya que él trazaba las borraba. En cada coito de los míos, ajenos a él, yo lo borraba a él.

Un mes o dos después de incinerado el cadáver casi transparente de mi marido, y tiradas a la basura sus cenizas, en sigilos míos, en alguna noche recordé las longas ternuras del primero que me procuró la venganza. Recordé sus palabras sabrosas como agua fresca, y la avidez dulce de su boca, y el sabor a fiebre de su lengua. Me fui a buscarlo, sin temor de regresos retardados, yo dueña mía entera ahora. No lo hallé. Pero alguno se le parecía, y con él me fui. Fue una derrota estruendosa de mis ansias: todo el asunto me asqueó. Apenas si dejé que el compañero no me notara los ascos, las reluctancias, el deseo de partir, y dejé que se despachara: yo sentía ahora el regusto salitroso del pecado, amargo como un viejo puño de sal. Sentía el ansia de purificarme con un baño, de estregarme la piel en donde me tocara alguna parte suya hasta que casi apareciera la carne debajo, purificada.

Conduje despacio, de tornas, porque los vidriecitos de las lágrimas me impedían ver. Tenía que sacármelos de entre los párpados y el globo ocular, a cada nada. Lloraba porque estaba intuyendo que algo se me había terminado para siempre.

Todavía fui tan empecinada, que repetí el asunto en una segunda vez, con los mismos asquerosos resultados. Y entonces entendí, tardía: yo gozaba de los hombres la venganza, no el sexo. Yo era vengativa, o soy, y no sexuada. Yo odiaba, no tenía pasión carnal. Yo amé, ¿odié?, a uno solo: a ese y sólo a ese carnalmente. Acabados los motivos afrentosos de sus aventuras, acaba entonces la razón de mi venganza. Cuando me vengaba salía purificada de odios y de la sed de infierno que el deseo de venganza causa, pura, diría, de alma y de cuerpo. En esos encuentros el goce estaba en vengarme, no en el sexo ejercido. Pero de esos dos encuentros finales, en que no había causa vengativa, salí impura, como tocada de vómitos, contaminada de desechos que los encuentros de la carne dejan. Entendí que la hechura mía es una hechura distinta a las muchas hechuras de otras mujeres, y no me extrañé, ni dolí, ni alegré: soy como soy, y me asumo.

Quedó la viuda que soy: desde esos encuentros impuros dejé los afeites, y las ropas para lucir la figura, y me volví viuda entera, minuciosamente. Cuando tengo un año más cumplido, me alegro porque me reseca más la figura y me pone más de arena la piel y me resta brillos. Ya lo que quiero, es, quizá, morir: tal vez lo encuentre a él nuevamente. Dicen que hay otras vidas, y tal vez por allá en otra vida, si se da, las cosas sean distintas, y él pueda ser nada más que para mí.

Pero si se repite, repartido como acá, yo a mis venganzas las repetiré. La venganza borra, como tengo sabido.

Pero antes de morir quisiera saber lo que ignoro en verdad: si todo esto es odio o es amor. Lo he escrito para dilucidarlo, pero no logré nada.

Queda la pila de hechos.

 

Mario Escobar Velásquez (Colombia)

Director del Taller de Escritores de la Universidad de Antioquia y autor de numerosos libros de cuento y novela. Entre sus mas recientes obras cabe mencionar Diario de un escritor, publicada por la Editorial Universidad de Antioquia y está, publicada por el Fondo Editorial EAFIT.


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