Búscame en las estrellas

 

 

Juan Diego Mejía

 

 

Para Gabriel Alzate


 

Ya todo está hecho. En el restaurante no deben acordarse de esa noche cuando sentí que no podía respirar y los meseros pensaron que me había atragantado con un hueso de pollo. Pero como en mi mesa no encontraron vestigios de comida sino mi whisky y la limonada de Shakira entendieron que se trataba de un asunto de nervios, tal vez producido por la conversación tensa de una pareja. Es normal para ellos que la dama llore en silencio y se tome las lágrimas que ruedan por su cara y buscan la boca. Normal que el tipo gesticule con rabia y se beba de un trago largo el vaso de whisky. Son escenas comunes en ese sitio desde donde se ve una de las puertas de la universidad. Tal vez han visto a muchos en circunstancias parecidas pero no conocen los antecedentes ni adivinan los desenlaces, sólo ven lo que pasa en un instante en sus mesas. Después lo olvidan todo. Yo en cambio no puedo evitar recordar la historia completa que se me presenta como un policía de tránsito en la vía cada vez que paso en el carro por allí camino a mi casa. Muchas veces prefiero darle la vuelta a toda la universidad para salir por la portería del fondo, al otro lado del restaurante. Todavía le tengo miedo a la memoria de Shakira. Me duele en el cuerpo como si no estuvieran ya lejos esos días en que ella era una de mis estudiantes en el curso de literatura.
Al principio del semestre la vi sentada junto a la puerta y pensé que era una de las bonitas del curso. Ella tenía en la cara el cansancio de una mañana entera de clases, el pelo caído en desorden sobre la frente, la piel pálida, los labios opacos. En la ronda de presentaciones del primer día dijo que se llamaba Marcela Ramírez pero en esa ocasión no me grabé su nombre. Era bonita y nada más. Eso me tranquilizó y me fui a almorzar pensando que por lo menos ese semestre no tendría sobresaltos en mi matrimonio como en los últimos tiempos, Es muy bonita, pensé cuando me bajé del carro y saqué el maletín por la puerta del pasajero.
Dos meses más tarde, cuando Miguel descorchaba frente a mí una botella nueva de whisky, le dije, Le dicen Shakira. Era lo menos que podía hacer, confesarle su nombre, o su alias, a quien me abría generosamente las puertas del bar de su oficina un mediodía de semana. No le dije más porque él se fue a continuar una reunión con sus empleados. Yo me quedé tomando despacio unos tragos calientes que pasaban por mi garganta con dificultad pero me tranquilizaban el alma. A través de la ventana de la oficina de Miguel los veía entrelazar sus manos, hacer una cadena en el salón grande, cerrar los ojos mientras mi amigo les hablaba. Él también cerraba los ojos, bajaba la cabeza, movía los labios, Los está motivando, pensé. Miguel es bueno para hablar en público. Me tomé su whisky mientras él aceitaba la maquinaria de ventas de su empresa. Cuando llegó yo estaba peor, pues me había emborrachado, me pesaban las piernas y no podía hablar tres palabras coherentes. Miguel me miró con lástima y luego alzó la botella medio vacía, la inclinó un poquito cuando la tuvo frente a sus ojos y movió la cabeza con pesar.
Unos días después Miguel fue a la universidad a buscarme. Lo encontré sentado en un muro frente a mi oficina cuando regresaba de mi clase de teoría literaria a las seis de la tarde. Ya había oscurecido y los pasillos del bloque de Humanidades estaban casi en tinieblas. A mí me gustaba esa falta de luz. Imaginaba el sonido de cadenas arrastradas, cling, clang, cling, clang. Saludé a Miguel con una palmadita en la espalda y no encendí la luz de mi oficina, sólo le ofrecí una silla y yo me senté en la mía al frente del escritorio lleno de exámenes sin calificar. Miguel quería que encendiera la luz, Así estamos bien, le dije y subí los pies en el antepecho de la ventana, Fumemos, me oyó decir. Se tocó los bolsillos, era una manera de decirme, Está bien, fumemos, pero no tengo cigarrillos. Las dos brasas se iluminaban al mismo tiempo cuando estábamos callados, el humo bailaba en nuestras caras. Qué bien me sentía allí. Sabía que la siguiente intervención de Miguel sería para mencionarme a Shakira, O sea que le dicen Shakira, empezó, ¿Mueve la cintura?, dijo. Su voz ya no era la del predicador de mundos mejores para sus vendedores. Ahora se oía otra vez como en la realidad, ¿Qué tiene de especial como para emborracharse por ella a las doce del día?, preguntó, No podrías saberlo, es una mujer común y corriente que empezó sentándose junto a la puerta en las primeras clases, luego con los días se movió un poco hacia adentro y terminó en el centro del salón. Le expliqué a Miguel que no se trataba sólo de los movimientos físicos de su silla sino de una especie de hipnotismo que me obligó a borrar de mi vista a todos los demás estudiantes y tener ojos para ella y para nadie más, Y un día, le dije a Miguel, Esa belleza me esperó al final de la clase para invitarme a la cafetería, ¿alguna vez te ha pasado algo que has deseado en secreto?, le pregunté, ¿Tienes otro cigarrillo?, me dijo él. Qué bien me sentía allí, hablando sin vernos las caras, ¿Te has acostado con ella?, preguntó. Me quedé en silencio un rato hasta cuando él entendió que no estaba dispuesto a darle detalles como cuando éramos adolescentes que pasábamos días enteros sentados en una banca de la avenida La Playa viendo gente, imaginando cosas con mujeres inventadas, Ya tenemos cuarenta años, Miguel, le dije, Sí, cuarenta, dijo. Luego subió sus pies sobre los exámenes sin calificar y se puso a pensar.
Otro día, le dije, fue a mi casa. Miguel me miró en la oscuridad de la oficina, Fue con un amigo suyo futbolista a averiguar la nota de un examen. Recorrió con la mirada todo el apartamento y pidió permiso para ir al baño. A través del espejo de la entrada vi cómo empujó la puerta de mi cuarto y metió medio cuerpo. Al despedirse me sonrió de una extraña forma. Yo sabía que tarde o temprano Miguel me iba a recordar que yo era casado, ¿Y Paloma?, dijo, Nada, Paloma me duele en la sangre. Recogí las piernas, hice sonar los zapatos en el piso y metí unos cuantos exámenes en mi maletín, con un dedo sostuve mi saco y luego me lo colgué en el hombro, Vámonos de aquí, le dije. Él me siguió hasta el parqueadero y antes de despedirnos me dijo, Ya tu mujer debe sospechar que algo te pasa, entonces, si te acusa, niégalo todo, hasta la muerte, y repitió, ¿Me oíste?, hasta la muerte.
Esa noche, cuando iba para mi casa, se me ocurrió que si hubiera sido más explícito con Miguel tal vez habría quedado livianito de alma, sin ese dolor que me recorría el cuerpo. Debí hablarle más del jugador de fútbol que se le había aparecido en la vida a Shakira y ahora la tenía patinando en la indecisión, Él siempre entendería si le dijera que ése no era un amigo cualquiera, Anda con él desde hace unos días y me está matando, por ese dolor que no se me va llegué a tu oficina y por ese dolor me tomé casi todo tu whisky. Él me comprendería y tal vez me daría una palmadita en la espalda. Miguel es bueno para entender cosas de hombres. Pero no hablé. Ninguna palabra incriminadora salió de mi boca esa noche. Hasta ahora todo eran supuestos. Ni siquiera Miguel, mi viejo amigo, lo sabía, entonces la historia no existía, nadie podría jurar que Shakira y yo teníamos algo, Tengo que llamarla, pensé cuando estaba cerquita de mi casa. Arrimé el carro a un teléfono público y me bajé decidido a llamarla. La imagen del futbolista me pasó por la cabeza como una ráfaga y me hizo dudar. Marqué despacio su número y dejé el último dígito pegado de mi dedo como si fuera el gatillo de una pistola que apuntaba a mi cabeza. Cerré los ojos y presioné la tecla, Necesito hablarte, le dije cuando por fin contestó. Ella dudó y yo pensé que le estaba diciendo algo en lengua de señas al futbolista, ¿Estás con él?, le pregunté, Mañana te lo explico todo, dijo, Claro que estás con él, ya no tengo dudas, dije y colgué.
La noche estaba fría y el viento decía que más tarde iba a llover. Me sentí solo y tonto. Más solo y más tonto al ver a Paloma recostada en una silla frente al televisor. Saqué una voz de muy adentro de mí, una voz fingida que simulaba alegría y dije, Hola, amor. La vi acercarse como flotando, la bata de su pijama apenas si rozaba el piso, sentí sus labios en mi cara, luego se fue volando a tres centímetros de altura y se metió en la cocina, Yo tampoco he comido, dijo desde allá. Respiré profundo, tratando de espantar de mi cabeza la escena de Shakira acariciando las piernas del futbolista en el sofá de su casa. Esa noche comimos en silencio. De vez en cuando Paloma decía algo referente a su trabajo en el museo y yo le preguntaba cualquier cosa, Tengo mucho sueño, me dijo al terminar de tomar su café, No importa, amor, vete a dormir y yo iré más tarde. Se fue. No me preguntó por mi expresión de pánico en la cara. No hizo comentarios sobre mi calladez, Adiós, amor, adiós.
Desde las paredes de mi apartamento los cuadros de Isaza han sido testigos de mi insomnio durante años. La mujeres de los charcos dejan de bañarse, las novias suspenden su ceremonia para mirarme y a veces creo que me van a hablar. Esa noche sentí que no sólo las pinturas sino las cosas de la casa querían decirme algo. Pocillos y cucharas sobre el mantel azul, bandeja de frutas con mosquitos revoloteando alrededor de los bananos, cenicero con tres colillas de los cigarrillos de Paloma, vaso con asiento de coca-cola debajo de la lámpara, caja del compacto de Luis Eduardo Aute tirada en el tapete entre el cojín y el equipo de sonido, huellas de pisadas leves en la alfombra, luces de ciudad más allá de la ventana, puerta entreabierta que lleva a la alcoba, Todo o nada, repetían a mi paso los objetos, Todo o nada, profesor. Entonces tomé de nuevo mi saco y las llaves del carro. En silencio abrí la puerta y miré por última vez la luz que salía de la lámpara y alcanzaba hasta las primeras sillas del comedor. Afuera lloviznaba.
De nuevo frente al teléfono público sentí la presencia del jugador de fútbol, sin embargo, decidí llamar y enfrentar las cosas de una vez. Shakira me habló medio dormida y me pidió que dejáramos la conversación para el día siguiente en la mañana, Si quieres no voy a clase para que hablemos todo, dijo. La lluvia me salpicaba en los pies y en las botas del pantalón. Las goteras sonaban con fuerza en la cabina telefónica y hacían difícil escuchar su voz, Necesito hablarte ya, tal vez sea lo último que te pida, le dije. Debió sentir algo distinto en mi manera de hablar, quizá comprendió que era en serio y por eso me dijo que en cinco minutos podía pasar a recogerla. Así fue. La vi salir vestida con ropa de gimnasio, cubierta con un abrigo que no le conocía, Debe ser de la mamá, pensé.
El único lugar que encontramos abierto a esa hora fue el restaurante de pollos Kokoriko, junto a la universidad. Había gente en tres mesas, las otras estaban vacías y los meseros bostezaban con ganas de irse a dormir. La luz del interior se veía tenue y alargaba los rostros de los clientes. Sentí que era una luz vieja, traída de otra época, tal vez de mi infancia, de mi barrio, de la calle del granero donde bebía mi papá con unos señores tristes. En otra oportunidad me hubiera ido, Vámonos de aquí, Shakira, le habría dicho, pero esta vez no había tiempo de nada. Ella me oyó hablar. Como una mujer grande me miró a los ojos sin pestañear, sin distraerse con la música, ni con los meseros que iban y venían caminando sin rumbo como condenados a muerte. La luz moribunda y antigua le hizo brillar la mirada, fue entonces cuando entendí cuánto había crecido en todo este tiempo. Escuchó en silencio mi discurso enredado y antes de empezar a hablar pidió un paquete de cigarrillos. Se tomó sus minutos para jugar con el vaso de limonada. Pasó rítmicamente su dedo índice por el borde hasta que produjo un sonido agudo. Me pareció que se reía, pero mantuvo el semblante de mujer mayor, su ceja levantada la interpreté como una actitud de superioridad que se acentuaba con mi forma atropellada de hablar. La noche lluviosa de afuera me trocó todos los cables del cerebro y terminé hablándole de su infidelidad hacia mí. Vi cómo le rodaban las lágrimas por su piel delicada y pensé que no le preocupaba su comportamiento sino que lloraba por la caída de su profesor de literatura, Cálmese, profe, se lo suplico, dijo y de inmediato corrigió, No te alteres, mi amor.
Estaban a punto de cerrar el restaurante. Los clientes de las otras mesas ya se habían ido y los del aseo arrumaban las sillas una sobre otra para hacer espacio y barrer con tranquilidad. El sonido de las escobas en el piso formaron una barrera que no dejó salir las palabras de Shakira y todo quedó como un secreto entre los dos. Ella me pidió veinticuatro horas para despedir al futbolista y yo tendría el mismo tiempo para decirle adiós a Paloma, Todo o nada, me dijo el viento frío de la noche cuando salimos de nuevo a la calle.
No quise entrar al edificio de mi apartamento por el sótano de parqueaderos a pesar de que a esa hora todavía estaba lloviendo. Estacioné el carro frente a la urbanización adonde había llegado con Paloma casi diez años atrás y antes de entrar me detuve a mirar los balcones con matas y pájaros de mis vecinos. El nuestro se veía despoblado, como si estuviera vacío. Hundí la llave en la cerradura, saludé al portero que no supo si ya era de día y llamé el ascensor. Vi los números de los pisos y pensé que el último en subir había sido el cirujano que vive en el décimo. La cuenta regresiva me aceleró el corazón y cuando se abrió la puerta respiré hondo por la nariz y boté el aire por la boca.
A excepción del comedor, donde los mosquitos se cansaron de acechar los bananos y se marcharon a otro lado, todo seguía igual. Solté con delicadeza la llave del carro sobre la mesa, abrí el aparador donde Paloma guarda la vajilla y me serví un whisky grande que bebí de un solo envión. Caminé descalzo por el tapete, me paré un rato a mirar la lluvia iluminada por las lámparas del barrio, hasta cuando sentí que había llegado la hora, Tal vez necesito otro trago, pensé. Estuve a punto de servírmelo pero pudo más el deseo de terminar con la espera de una vez, entonces empujé la puerta del cuarto y después de unos instantes en que quise devolverme vi cómo se recortaba en el aire oscuro sobre la cama la montañita que debía ser el cuerpo de Paloma cubierto con las cobijas. Se me hizo difícil respirar. Me senté en el borde del colchón para que Paloma no se despertara. Ella se revolvió debajo de las mantas y siguió durmiendo. Me recosté a su lado sin quitarme los pantalones ni las medias, los ojos bien abiertos, la boca también abierta, la respiración cortada por el silencio de la noche. Miré hacia el techo y vi las estrellas fluorescentes que parecían moverse buscando una alineación que no alcanzaba a descifrar. Había olvidado el día en que Paloma decoró el cuarto para que me entretuviera en mis insomnios contando estrellas. Tendido allí, inmóvil y asfixiado, me sentía expulsado de una cápsula espacial. Caía sin remedio. Podría dar vueltas como un tornillo, encogerme como un feto y flotar. Jamás volvería al punto de partida. Pasarían los años, millones de siglos y yo seguiría buscando un agujero al final del universo. Bastarían unas palabras para iniciar ese viaje. Sólo tendría que despertar a Paloma y decirle, Me voy con otra mujer. No viviré más contigo. Después vendría el vacío. Me dejé llevar por la sensación de vértigo. Volando por las estrellas vi a Shakira. Estiré el brazo y hundí mi mano en esa noche brillante. Ella se fue dando vueltas y vueltas, cada vez más lejos de mí. Me volví hacia Paloma, quise hablarle para cumplir mi promesa de dejarla en veinticuatro horas, pero la voz se me atrancó en la garganta. No fui capaz de pronunciar ni una sílaba completa, sólo me salieron sonidos guturales como de hombres prehistóricos, entonces la vi apoyarse en un brazo para decirme, Amor, soñé que te habías ido. Sabía que arriba, flotando en el desierto de estrellas, estaba Shakira y aquí abajo, a pocos centímetros de la cama, Paloma con su mirada dulce. No intenté más palabras. Sentí las caricias de mi esposa como cortes de cuchilla en mi piel. Entonces cerré los ojos para pensar en Shakira que a esa hora debía estar hablando por teléfono con el jugador de fútbol.

 

 

Juan Diego Mejía (Colombia).
La editorial Norma acaba de publicar su tercera novela El dedo índice de Mao.


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