La solterona

Francisco Barrios



Aunque ninguna de sus mejores amigas se había casado aún, a Leti le preocupaba mucho su soltería. Ya llevaba demasiado tiempo sintiéndose sola, aunque en los últimos meses no hubiera pensado tanto en ello porque había tenido mucho trabajo. Los fines de semana sí le había dado vueltas al asunto, rutinariamente, pero al final del año había terminado absorbida por los deberes. Sin embargo, ahora que estaba de vacaciones con la familia, tenía todo el tiempo del mundo para angustiarse por no haber formado un hogar.
Ese año habían hecho reservaciones en uno de los mejores ho­teles de Cartagena: su hermana mayor Valeria y su esposo Pedro, en la 1001; Julián, su hermano, con su prometida Nina en la 1012; papá, mamá y ella en la 1004, con terraza.
Llegaron antes del mediodía y, como en vacaciones almorzaban tarde, se cambiaron y salieron a la playa. Cuando entró al ascensor, Leti alcanzó a ver con el rabillo del ojo la mirada de conmiseración que hizo mamá.
Dos noches antes de salir de Bogotá había intentado conven­cerlos por última vez de que la dejaran reservar una habitación para ella sola, pero como no quiso ventilar el tema de su soltería, terminó por ceder ante las razones económicas:
—Mi amor, millonarios, no somos. ¿Qué tal cada uno con su cuarto? ¡Figúrate! Duermes con tu papá y conmigo. Y punto.
Casi una hora después llegaron sus hermanos con sus parejas. Para Leti era obvio qué se habían quedado haciendo en sus habitaciones.
Tan pronto se acomodaron en la playa, Leti salió corriendo a estrellarse contra el mar. Nadó con rabia hasta que se quedó sin aire y cuando se dio la vuelta comprobó que se había alejado de la orilla mucho menos de lo que creía. Salió del agua y se reunió con la familia bajo un toldo.
Papá y mamá a veces no se hablaban. Pedro, el esposo de Valeria, era medio pendejón (decía papá) y la novia de Julián era muy menor para él (según mamá) pero se veían como un solo organismo, una célula madre; todos parecían estar en el mundo para acompañarse con sus parejas y, en ese cuadro de familia bajo el sol, Leti sobraba.
Valeria y Julián le llevaban mucha ventaja. Su hermana mayor había sido una estudiante mediocre pero una excelente deportis­ta. Papá decía que era su dolor de cabeza y, aunque él mismo le había comprado su primer carro, lo había hecho aparecer como si fuera una adquisición independiente para hacer sufrir a mamá.
Valeria pasó la universidad sin pena ni gloria y con muchas amigas. Después de graduarse puso un cultivo de flores con Memo Child. Al principio fue duro, pero cuando demostraron que tenían fibra y carácter, él y Guillermo, el papá de Memo, les echaron una mano. Al poco tiempo Valeria se casó con Pedro, su novio de toda la vida.
Julián, por su parte, se había ennoviado con Nina cuando ella volvió del intercambio en Firenze. Todo el mundo pensó que sólo se la quería rumbear, pero Julián defendió su amor a capa y espada.
—¿Tú no estarás jugando con los sentimientos de esa niña, Julián? Mira que eso es muy feo —le había oído a mamá decirle a su hermano en la cocina una noche. Pero cuando ella entró, los dos se habían quedado callados. Ahora Nina estaba a punto de graduarse y Julián ya era Gerente de Mercadeo del Grupo ESL. En cualquier momento se casarían.
"Sólo me queda Leti", le oía decir a mamá sin pudor delante de las amigas del club, pero Leti sabía que mamá lo decía así para no hacerla sentir mal.
Después de la playa subieron a la habitación y Leti se metió de primera a la ducha. Cuando salió, vio que sus padres estaban abrazados en el balcón que daba al mar. Quiso dañarles el momento y tumbó su maleta al suelo con brusquedad.
—Corazón, no tienes por qué hacer tanto ruido. ¿Más bien por qué no bajas y miras qué hay de almuerzo? —le dijo su madre desde el balcón.
Papá permanecía callado, como siempre.
Cuando entró al ascensor se dio cuenta de que era la más bajita entre todos los ocupantes. Saludó con timidez y se dio la vuelta para ver cómo se iluminaba cada número: 10, 9, 7, 3, M. "Tan bonita, pero sin novio", pensarían las señoras que bajaban en el ascensor con ella.
Salió al mezzanine y se sentó en una de las mesas del comedor de la terraza. Un mesero vino y con una sonrisa amable le preguntó qué quería de tomar.
—Una limonada.
Al rato, Valeria y Nina llegaron con el Rummi-Q.
— ¿Jugamos? —preguntó Nina sin esperar respuesta y empezó a sacar las fichas de la caja.
Era obvio que mamá, antes de quedarse a solas con papá, había llamado a Valeria para decirle que por favor se estuvieran con ella. Se sintió como una boba, pero cuando cogió sus fichas se entusiasmó con la buena mano que tenía. Podían tener novio, pero ella era la mejor jugadora. Su estrategia era simple: a diferencia de los demás, que no se tomaban el juego en serio, Leti se concentraba en cada mano y trataba de adivinar el palo de los demás.
Valeria y Nina se habían aliado para vencerla y ahora pretendían distraerla intercambiando frases en clave.
—Imagínate jugando con Carmen Cleves.
—Con Carmen y con Micho.
—Pero no creas. Por eso le dieron el Nobel a Nash. Teoría de Juegos aplicada a la economía.
Yeah, right.
La película sobre John Nash era una de sus favoritas, y Valeria lo sabía porque ella misma le había explicado en qué consistía la teoría. Sin embargo, Leti sabía que si se desviaba del juego para hablar de la película, su hermana o su cuñada la derrotarían. Leti se esforzó por no pensar en Russell Crowe, pero el recuerdo de una escena se le atravesó y le sirvió de inspiración para componer en su mente las fichas en la mesa y en los tableros de sus conten­doras. Como un matemático.
Dos turnos después Nina hizo algo realmente estúpido, y Leti mostró su tablero vacío. Julián y Pedro llegaron a la mesa.
—Leti ganó. Como siempre —dijo Valeria con algo de rabia (o a Leti le pareció).
Las dos mujeres se pararon de la mesa y se fueron a la barra del bar.
—Ahorita voy —les dijo Pedro, y se acomodó en una silla al lado de su cuñada.
Lo que más le impresionaba de Pedro eran sus brazos. Estaban cubiertos por un vello tupido que parecía cambiar de color cuando la luz del sol le pegaba de lado. ¿Y si la hubiera conocido a ella antes que a su hermana? Pedro era muy especial con ella. Estaba casado con Valeria, pero en los paseos a Subachoque siempre encontraba un momento para estar a solas con Leti. "¡Esa Leti sale con unas cosas!", le oyó decir una noche a Pedro en Bogotá, en un momento en que todos creían que ella estaba dormida.
Se sentía mal por querer al marido de su hermana mayor (un escándalo así mataría a papá), pero era obvio que se gustaban.
Al rato, Valeria volvió a la mesa y puso su mano sobre el hombro de su marido. Pedro hizo una mueca de disgusto y antes de ponerse de pie le sacudió el pelo a Leti. Su mujer le pasó la mano por la cintura a Pedro y se lo llevó a la barra.
Leti se sentía orgullosa por haber ganado en el juego y haber retenido a Pedro en la mesa. Cuando tomaron la orden del almuerzo, observó divertida cómo Valeria se decidió por un pollo desabrido y una ensalada. Ella no tenía por qué cuidarse. Era joven. Pidió con jactancia una hamburguesa y se la comió con las manos.
Antes de terminar la cena, su cuñado le susurró algo a su hermana y se paró de la mesa. Leti no pudo evitar seguirlo con la mirada hasta el ascensor. ¿Esperaba que ella subiera detrás unos minutos después, para encontrarse arriba?
—¿Qué le pasó a Pedro? —le preguntó finalmente a su hermana.
—No sea metiche.
— ¡Valeria! —intervino mamá— no le hables así a tu hermana.
Valeria miró a su madre y después a Leti. Mamá siguió a Valeria con los ojos y luego las dos miradas se posaron sobre Leti. Sospechaban.
—¿Me prestas la llave, mamá? —preguntó Leti.
Su padre, que nunca se metía en nada, esta vez intervino:
—Yo también tengo que subir. Dame cinco minutos y subimos juntos.
Leti sintió una punzada en el estómago, pero entendió que papá lo hacía para evitar un problema. Era menos delicado que mamá, pero parecía saberlo todo: quería evitar que ella se enredara con el esposo de su hermana, pero a la vez entendía que si se gustaban no había nada qué hacer. Esas cosas pasan. Hasta en las mejores familias.
A Leti le gustaban muchos chicos, pero siempre terminaba encontrando algún defecto que hacía que los desechara antes de intentar siquiera llamar su atención. Cuando había llegado Pedro a la familia, había sido un gran alivio: existía un hombre al que podía ver sin defectos. Perfecto.
Papá entró primero al baño y, mientras salía, Leti se concentró para que le dieran ganas de orinar: se pondría en evidencia si se daban cuenta de que había subido a la habitación sin motivo. Entró al baño, pero a pesar de su esfuerzo no consiguió hacer nada. Se angustió por un momento, pero después decidió fingir: se quitó el vestido de baño y se sentó en el inodoro. Cuando calculó que ya habría terminado, hizo ruido con el papel higiénico y soltó el agua.
—¿Lista? —le preguntó su padre
—Lista. Vamos.
Al salir, Leti no pudo evitar mirar hacia la puerta de la habita­ción de Pedro.
—¿Esperamos a Pete?
—Déjalo tranquilo, hija —le dijo su padre con firmeza.
Leti se puso roja. Siempre le había parecido que papá estaba de su lado. Aunque era obvio que no haría nada para animarla en su aventura, jamás le había dirigido un reproche tan directo como ese. Sintió ganas de llorar.
Cuando regresaron al comedor, Pedro estaba nuevamente sen­tado a la mesa. La tensión era leve, pero se sentía. Después de un silencio incómodo, papá carraspeó:
—Y bueno, Julián y Nina, ¿cuáles son los planes para el próximo año? —soltó de repente, descargando un gran peso sobre la mesa.
Leti entendió entonces que su padre había decidido cortar por lo sano; había lanzado la gran pregunta: ¿su hermano y la novia se casarían el próximo año? Además de ser un asunto importante para la familia, era la forma de hacerle saber a Leti que, después de la respuesta de Julián, ella tenía los días contados.
La pareja se miró.
—Queremos anunciarles que nos vamos a casar en mayo.
Su madre hizo una mueca como si fuera a llorar y se agarró del brazo de su padre. No había nada más qué decir.
Leti decidió quedarse un rato para no parecer antipática, pero ya sabía que sería una eterna conversación de sobremesa. No se trataba de hacer castillos en el aire, sino de empezar a fijar fechas, lista de invitados, almacenes para los regalos. Decidir qué iglesia y qué cura. Reservar Fagua. Avisarles a los amigos que vivían por fuera. Ponerse de acuerdo con los gastos. ¿Y los padrinos? ¿Ya habían pensado en alguien? Este punto era el más delicado: había que evitar herir susceptibilidades.
Están locos, pensó Leti acorralada en su silla. La conversación le hizo pensar que ella de verdad no tenía novio porque le daba mucha pena cumplir con todo eso. La familia. Los amigos. Los conocidos. ¿Y qué tal las ex novias?
—Que la familia de Nina pague el trago y nosotros nos encarga­mos de la orquesta. O dividimos la lista de invitados. A los Carrizosa los pago yo, por plato. Para el resto, vamos fifty fifty.
—De tus primos por el lado de mamá sólo invitamos a Mariana y a Camilo. Los Cabrera se han distanciado mucho, y Natalia ni siquiera te llamó cuando vino a Bogotá.
—Ay no Julián, ¡qué mamera Punta Cana! Yo playa no quiero. No. ¡Por qué no hacemos algo distinto! ¡Delicioso ir a encontrarnos con la excursión de mi colegio, pues!
—Julián, venda su apartamento y da esa plata para pisar el nuevo. Niños no. Todavía no. Gócensela primero —agregó Pete.
Patético, pensó Leti, pero al menos su asunto quedaría posterga­do por un año más: ahora las prioridades cambiarían y organizar el matrimonio de Julián y Nina ocuparía toda la atención de la familia.
—Me voy a acostar —dijo Leti, aprovechando un momento de distracción de los demás.
Casi nadie lo notó. Mamá simplemente le pasó la llave de la habitación y le dio un beso en la frente.
—Hasta mañana —dijeron todos en coro.
Leti llegó a la habitación, cerró la puerta con llave y apagó las luces. Se puso la piyama, se metió entre las sábanas y lloró. Se sentía insignificante y sola en una cama tan grande. Después de secarse las lágrimas con las mangas, prendió el televisor con la esperanza de que estuvieran pasando algún programa que la distrajera. Pero sólo había películas de guerra y un noticiero de Televisión Española.
Era su última noche de vacaciones, y ante el anuncio de su hermano, tenía que dejar resuelto el tema. Apagó el televisor y la lámpara de la mesa y trató de concentrarse en buscar una solución.
La próxima semana volvería al colegio y entraría a Segundo. Como todos los años mezclaban cursos, tal vez este año sí le tocaría con Martín Estrada. En enero cumpliría ocho y, suponiendo que se cuadraran a mitad de año, en un recreo, cuando entraran a Octavo ya podrían pensar en casarse. Aunque Leti no sabía de un caso parecido en su colegio, cuando estuvieran en Once ya podrían tener un hijo.
El sueño la cogió imaginándose el día del grado, dentro de diez años. Su mamá estaría muy arrepentida por haber pensado que ella era una solterona y una boba. Cuando subiera a recoger el diploma de manos del rector, Martín Estrada la miraría desde la platea del auditorio de bachillerato con el bebé en los brazos. Si era niña se llamaría Leticia, como la mamá. Si era niño, Martín Estrada. Como su papá. Después tendrían otros cinco y se irían a vivir a la Islas del Rosario. Pedro vendría a visitarla, pero ya sería demasiado tarde. Lo ignoraría. Era un ridículo.

Francisco Barrios (Bogotá, 1970)
Periodista de la Universidad Javeriana (1994). Tiene una Maestría en Es­tudios Culturales de la New School For Social Research (1999), donde estudió con Christopher Hitchens, quien dirigió su tesis de Maestría, que versa sobre el puente de Brooklyn y la poesía. Realizó estudios de Doctorado en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona (2002). Ha sido colaborador de las revistas Colors de Benetton, Barcelona Metropolitan, piedepágina, Gatopardo, Quimera, Arcadia y El Magazín de El Espectador. Es profesor de lengua en el Colegio Los Nogales de Bogotá. Tiene un blog: http://franciscobarrios.wordpress.com/


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