Entrevista


Ignacio Piedrahíta


1. ¿Fuiste lector desde muy temprano o, por el contrario, la afición por los libros vino después? ¿Cuáles fueron tus primeros libros, qué autor (es) marcaron esta primera etapa de tu vida? ¿Incidió el ambiente familiar en tu gusto por la lectura o éste fue más bien producto de la casualidad?
Me salté todo Emilio Salgari y compañía. Empecé a leer después de la adolescencia. Pero vamos al principio, a la niñez, cuando veía a mi mamá leyendo y le preguntaba por la historia que podía merecer más atención que su hijo. Fascinado por lo que me contaba, le pedía que me leyera en voz alta. Pero pronto me decepcionaba al tener que esperar varios párrafos para que pasara algo, así que le decía que lo dejara, por fortuna para ella. Con el tiempo esto se dio vuelta: ahora las grandes historias me aburren un poco, prefiero la mirada del escritor sobre las cosas sencillas, las palabras que escoge para cada una de sus frases, los detalles. Además, en general yo era un niño sano y simpático, y estas no son las mejores condiciones para formar lectores, como sí pueden serlo la timidez y enfermedades como el asma. En la adolescencia fue todavía peor; si odiaba tener que leer algo para el colegio, menos lo iba a hacer por mi cuenta, y prefería hacer deporte o salir por ahí con los amigos. Apenas escuchaba un poco de música. Las cosas cambiaron durante la convalecencia de un paludismo que cogí en un viaje al Chocó. Me di cuenta de que estar un poco impedido del cuerpo era el estado ideal para la lectura, una lectura escogida por uno mismo, por supuesto. Me leí todo García Márquez ese año. De esto quedan dos consecuencias: una que por empezar a leer viejo no tenga el menor gusto por las historias fantásticas, y dos, no haber leído nada de Julio Verne.

2. ¿Tuviste algún libro por el que de niño sintieras un apego especial?
El primer cuento que leí, a los 4 ó 5 años y con la ayuda de mi madre, fue "El patito feo", y me hizo llorar como nunca más creo haberlo hecho hasta hoy. Me bastaba con releer alguna frase para que me sumiera en una depresión terrible. Recuerdo que caminaba por ahí, como un zombi, voleando el libro casi con rabia, antes de volver de manera enfermiza sobre alguno de su pasajes. Lo interesante es que esta penosa situación en la que cae el ser humano (de meter el dedo en la propia llaga), la puede uno ver repetida en muchas personas que ya no tienen cinco años. Por fortuna, yo la viví bastante joven y me di por advertido, para tratar de no repetirla en la medida de lo posible...

3. ¿Qué pasión de tu vida de niño aún perdura y cuál, definitivamente, ya no?
En la palabra pasión hay muchos sentimientos involucrados, incluyendo el de la destrucción y la muerte, que yo, por lo menos, estaba lejos de percibir cuando era niño. Aunque si nos referimos a la pasión como un verdadero gusto por una actividad, tal vez deba decir que saltar calles era uno de los que más se podía aproximar a lo que de obsesión y vanidad tienen las pasiones adultas. Era un buen saltador de calles, un juego inventado por un amigo y yo, que consistía en pasar de un lado a otro de un obstáculo urbano cualquiera (muritos, calles, aceras, etc.) en el menor número posible de saltos. Ahora prefiero caminar, pero de vez en cuando, al pasar una avenida, me digo: Esta me la paso en cuatro saltos, este muro de uno solo, en fin. Yo era bueno siempre y cuando saltara impulsado, mientras que mi amigo era un mago para saltar con los dos pies juntos. Tal vez por eso nunca peleábamos, porque cada uno ganaba a su manera.

4. ¿En qué momento el interés por la lectura empezó a convertirse en el deseo de escribir? ¿Hubo un factor en especial que te motivara a esto?
Me avergüenza decirlo, pero fueron los primeros amores, casi todos platónicos. Lo primero que escribí fueron una especie de poemas inspirados en las rimas de Gustavo Adolfo Becker. También me gustaba escribir los sueños de vez en cuando, por la sola sensación de ver en palabras lo que pasaba al vuelo por la cabeza como un recuerdo lejano. De ahí a escribir cuentos o relatos medió mucho tiempo y, ahí sí, pasión, con todo lo que hay en este ejercicio de felicidad y padecimiento.

5. Los escritores no suelen ser geólogos, ¿por qué la geología? ¿Se puede hacer con la geología y la literatura un buen coctel? ¿Cuánto de una y cuánto de otra?
Estudié geología, entre otras cosas, porque quería conocer lugares y vivir aventuras y nunca tener que trabajar en una oficina. Tal era mi pensamiento a los 18 años. Sin embargo, con mi sueño hecho realidad en frente de mis narices una vez recibí el grado, elegí quedarme en la seguridad de la casa y dedicarme a imaginar esas aventuras que me estaban esperando en la vida. ¿Por qué? No sé, pero me imagino que hubo en ello algo de cobardía. De cualquier manera, es por esto que muchos de los personajes que aparecen en mis relatos son geólogos, porque encarnan eso que yo siempre quise ser. Es cierto que trato de no quedarme mucho tiempo en casa y que viajo cada vez que se me presenta la oportunidad, pero no son los viajes que yo imaginé, en los que yo me veía como un desterrado, un marinero de tierra, en fin, un héroe.

6. El viajero, escribiste en algún lado, es alguien que no se plantea regresar. Tu vida es un va y viene, y tus viajes, sin llegar a la excentricidad, ocupan un lugar central en tu vida. De hecho tus novelas acontecen en lugares ajenos al tuyo. ¿Por qué el viaje? ¿Tu interés por los Beatniks y autores como Kerouac, autor de El viajero solitario y En la carretera, deriva de ahí?¿Buscas acaso una afiliación?
Leí a Kerouac, Ginsberg y sus amigos con gran fascinación, porque sus obras son desbocadas y giran en torno a la búsqueda personal en contra de la cultura aceptada. Las obras de estos autores me fascinaron porque, por una parte, es natural que a un joven le atraiga esta actitud subterránea, y por otra, el viaje siempre estaba presente en su obra como una manera de liberación, pues al renunciar a quedarse en un lugar de cierta manera se está también renunciando a las ataduras sociales. Lo interesante de todo ese proceso fue que, queriendo yo mismo ser un beatnik, tampoco eso se me dio. De hecho, creo que no los he vuelto a leer para evitar poner de manifiesto que mis aspiraciones en su emulación no llegaron muy lejos. Esto, por no mencionar que estábamos ya en otra época y en un lugar muy lejano de todo aquel movimiento. Y que, desafortunadamente, mi naturaleza no era tan arrojada como la de ellos.

7. Primero escribiste cuentos, algunos de ellos bien extraños. ¿Cuándo y dónde los escribiste? ¿Qué autores leías entonces?
Los relatos de mi primer libro de cuentos los escribí mientras trabajaba como geólogo en la universidad y los pulí durante una temporada que pasé en España. Cualquiera que se detenga en la exigua cantidad de páginas del libro en cuestión (La caligrafía del basilisco), entenderá que no ejercí por mucho tiempo ni pasé demasiados años en el extranjero. La verdad, no recuerdo a quién leía en aquel tiempo, pero me atrevería a decir que eran casi todos escritores de afuera, clásicos, como Dostoievski y Flaubert. Todavía no me había metido de lleno en los beatniks, que fueron los que me dañaron la mano durante mucho tiempo. ¿Dañaron la mano? Sí, porque queriendo emularlos, todo era imitación, y casi nada me salió bien por varios años, hasta que me los quité de encima y comencé a encontrar mi propia manera de expresarme.

8. Has escrito dos novelas: Un mar y Al oído de la cordillera, nada comunes por su temática —hoy, cuando los novelistas colombianos parecen una víctima más de la crónica roja—, ¿acaso no te sientes muy hijo de tu época?
No sólo se publican novelas de violencia en Colombia, pero sí son las más sonadas. Siempre he sido un lector con criterio propio, y busco la calidad literaria por encima del tema que se esté tratando en una obra literaria. Lo mismo como escritor. Así mismo, prefiero contar las cosas que me pasan a mí, no las que veo en las noticias. Es cierto que casi todo el mundo en Colombia ha tenido que presenciar o padecer muertes violentas cercanas, pero en caso de que decidiera contar una historia así, no creo que metería más de un muerto en un solo libro. Como lector, tal vez no habría disfrutado tanto Crimen y castigo si Dostoievski hubiera decidido hacer de Raskolnikov un asesino en serie. Es más, yo diría que se puede contar mejor la historia de un sicario con uno solo de sus encargos, incluso con ninguno. En fin, pero eso es cuestión de estilo y de (buen) gusto de cada escritor.

9. ¿Cómo hace un escritor que cuida su escritura en tal forma, casi como un poeta su verbo, para escribir novelas?
Unas pocas palabras bien elegidas pueden crear muy bellas imágenes. Para conseguirlo hay que cuidar cada una de la partes de la narración: el capítulo, el párrafo, la frase, hasta llegar a la palabra. Es cierto que hay escritores de músculo, que tienen más interés en la historia que en las palabras de cada frase, y son magníficos; escritores que ponen a su servicio las palabras para conseguir lo que quieren, ya sea demostrar una teoría o explicar un fenómeno. Pero también los hay del culto a la imagen poética sin dejar de escribir prosa, que atienden más a la escogencia de las palabras y a las imágenes que generan con cada frase. Estos escritores trabajan con la fuerza de la imaginación y se ponen al servicio de las palabras, dejándose sorprender. Mi tendencia natural es hacia esta segunda vertiente.

10. Has vuelto a escribir cuentos, una buena noticia sin duda para quienes su religión les prohíbe leer novelas…
El segundo libro de cuentos es el más difícil, porque el primero se escribe por lo general en la juventud y la intuición se encarga de casi todo. Después, sin embargo, cuando el mismo escritor se ha hecho consciente de algunos procedimientos literarios, el cuento cuesta porque hay que desaprenderlos. "El biólogo", por ejemplo, viene después de una larga parada, y es fruto de una cura que me hice el año pasado con Chejov. Escribí un montón de cuentos de toque humorístico imitando al maestro, cuentos que quizá no sean de mostrar, pero que cumplieron con el objetivo de ponerme de nuevo en disposición del relato.

11. Se multiplican tus intereses, tus voraces apetitos vegetarianos los has cambiado por el rock y toda su parafernalia. Ya hay quienes afirman que eres la misma encarnación, con peluca y todo, de Keith Richards… que las groupies son asunto diario.
Más allá de ser una fuente de proteínas, la carne es importante porque la vida necesita toxinas. Pero yo creo que lo que de verdad me salvó de no haberme dedicado al yoga de tiempo completo fue la tiesura de mis articulaciones, y eso de alguna manera me desmotivó. En cuanto a lo que dices del rock, debe ser una broma, pues sólo soy un humilde admirador de Richards, a quien no tengo cómo ni cuándo reencarnar, pues si nos basamos en los parámetros de sexo, drogas y rock 'n' roll, me quedo corto en todos frente a ese monstruo de la guitarra y la vida al límite. Obviamente, me gustaría ser como él, pero la edad ya no me permite querer ser como otros, no por irresponsabilidad sino por un asunto de tacto y hasta de gusto. Sobre las groupies, algo de cierto hay: mi literatura tiene gran acogida entre las mujeres de sesenta para arriba: amigas de mi mamá, tías de amigos, en fin, son mis fans declaradas. No sé por qué son así las cosas, tal vez por las canas de galán de telenovela venezolana que me han ido saliendo, o tal vez por mi manera de hablar pausada de cura de pueblo que convence a más de una.

12. En este amor tardío y quizás desesperado por la música, tiene que ver mucho Ángela, tu mujer, estupenda cantante. No sabía que la música era contagiosa.
Estudié algunos años guitarra clásica cuando era adolescente, pero tenía el oído tapado por metros de tierra y la dejé. Muchos años después, se juntaron varias cosas y terminé desempolvando la vieja guitarra española y hasta colgándome una eléctrica sin que logre convencer a nadie. Una de esas cosas que me motivó a volver fue precisamente que al escuchar cantar a mi esposa el oído se fue aligerando. Además, alguien me decía en estos días que uno no debe abandonar lo que va aprendiendo en la vida. Al contrario, debe tenerlo cerca y seguir aprendiendo. En cuanto al oído, ya soy capaz de entonar el cumpleaños de principio a fin sin provocar una mirada torva del vecino.

13. Entonces están la música y la literatura, ¿con qué te ganas la vida?
Si me ganara la vida con algunas de estas artes, esta entrevista estaría saliendo en la revista Soho o en Shock, con foto, maquillaje y vestuario, y hasta cobraría por ella. Pero sólo un puñado de artistas vive en Colombia de lo que hace. Y, sin embargo, no me quejo. No tener contratos para crear es también tener más libertad. El anonimato y la independencia son dos enormes tesoros.

14. ¿Qué otros planes, que puedas contarnos, tienes para el futuro?
Desde hace tiempo mi plan es uno solo: dejar de escribir, emplearme en una compañía minera transnacional y desaparecer. Pero no sé si tenga el coraje.


Escribir cuentos es una tarea seria y además hermosa. Arte difícil, tiene el premio en su propia realización. Hay mucho que decir sobre él. Pero lo más importante es esto: El que nace con la vocación de cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al servicio de la sociedad. La única manera de cumplir con esa obligación es desenvolviendo sus dotes naturales, y para lograrlo tiene que aprender todo lo relativo a su oficio; qué es un cuento y qué debe hacer para escribir buenos cuentos. Si encara su vocación con seriedad, estudiará a conciencia, trabajará, se afanará por dominar el género, que es sin duda muy rebelde, pero dominable. Otros lo han logrado. Él también puede lograrlo.

Apuntes sobre el arte de escribir cuentos I, Juan Bosch


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