Entera


Yury Herrera


La coliforme vespertina existió complejamente durante el verano de 1999 en el área de Norfolk, Inglaterra; particularmente en el poblado de Sheringham; para ser más específicos, en el intestino delgado de un Roger Wolfeston, exfabricante de documentos falsos que había conocido la bonanza. Este desatino natural resultó de la evolución subitísima de una bacteria del orden de los enterobacteriales —un citobacter, ya que hemos empezado a andar el espejismo de la precisión—, al contacto con un ácido lisérgico que se alojó por semanas en una lesión en las microvellosidades del intestino grueso de Wolfeston. La improbable reacción química originada por la prolongada exposición de la flora saprófita al ácido —que el señor Wolfeston había obtenido en su último viaje a Londres y que no tuvo el fin previsto— provocó que dicha bacteria experimentara cambios insospechados en la adolescencia de su existencia, pero ninguno que la volviera letal o que disminuyera sus cualidades fermentadoras. Sólo es que la bacteria, prodigiosamente, cobró conciencia.
Del vivaqueo eterno, la coliforme vespertina saltó a la percepción de lo inabarcable: un resplandor sin palabras. El vértigo de los fluidos, el rastro de otros hervores, los ángulos y las superficies de las demás bacterias, todo le indicaba su lugar como centro del universo, ella era la encrucijada por la que cobraba sentido lo que nosotros aproximamos a llamar temperatura, luz, tiempo.
La distinción del universo la llevó a nombrarlo por gradaciones de conciencia: la mayor intensidad con que reparara en una cresta o en el vacío de ciertas horas, eso era el nombre de la cosa. Aprendió a esperar, luego añoró y finalmente imaginó. Y con la comprensión de que lo que había no era sólo lo que había, sino lo que podía haber, comenzó a erigirse un lugar en el mundo. La comprensión que siguió a ese momento es lo que se ha dado en llamar la plácida tarde de la coliforme: el lapso en que construyó planes desaforados de arrancarse de su ámbito de motilidad, atravesar zonas ignotas del intestino y dejar en cada punto la huella de su flagelo.
Llegó la coliforme vespertina a sofisticar sus emociones tanto que, antes del Apocalipsis, alcanzó a conocer la angustia existencial. Se entregó a la sensación de perder algo que nunca había tenido, cuando descubrió que aquel jardín que la albergaba comenzaba a decaer inexorablemente. ¿Por qué? ¿Por qué se terminaba todo? ¿Para qué había comenzado todo? De nada le habría servido que alguien le informara que había un anfitrión primordial, y que éste, el traficante de documentos Roger Wolfeston, agonizaba de abstinencia en un centro de rehabilitación al que había sido condenado por la justicia; de nada habría servido aun cuando aquello fuera comunicable, pues la escala de esos eventos era tan inconcebible (¡que existiera un organismo enorme y laberíntico como para albergar a millones como ella!), que la única manera de relacionarla con su realidad fue por medio de la ficción. Por un momento intuyó esa respuesta, la religión, pero para entonces también le habían llegado el hastío y la soledad.
Era, la coliforme vespertina, una luz de conciencia entre billones de semejantes, la población más vasta sobre una tierra que no llegó a concebir, pero la sensación de vaciedad la abrumó al punto que, cuando entreveía la solución divina, la descartó instantáneamente convencida de que si podía formular algo así de inmenso, si podía haber un instrumento para enunciarlo —palabras—, entonces aquella cosa no era posible; no, que lo grandioso y definitivo pudiera ser definido por lo breve y simple y elemental. Y mucho antes de que Roger Wolfeston se aliviara de aguja, volviera a recaer y muriera, la coliforme vespertina enfermó de tristeza y casi sin darse cuenta se extinguió para siempre.


Yuri Herrera(México)
Su novela más reciente Señales que precederán al fin del mundo (Periférica, 2009).


www.odradekelcuento.com

Anterior | Siguiente