El reloj


Julio Paredes

A Rosario E.

¿Qué no se hará en un hotel?

Hoteles literarios, Natalie de Saint Phalle


La primera llamada entró al teléfono fijo. Consuelo lo dejó timbrar y esperó a que respondiera el contestador automático. Siempre le había sonado extraña esa versión distorsionada de su voz, mucho más aguda que la que se escuchaba a diario, pidiendo con una amabilidad ligeramente fingida que dejaran nombre y teléfono. Desde hacía rato quería grabar el mensaje de nuevo, pero nunca se decidía. Después del clic escuchó:
Señora Consuelo, es Yaneth, por favor comuníquese con el hotel. Gracias.
Sospechó que en unos minutos timbraría el celular. En efecto, después de un rato el aparato empezó a vibrar sobre la mesita de noche. En el buzón de mensajes su asistente reproducía casi las mismas palabras, aunque al final añadía “urgente”. Miró la hora. Faltaba un cuarto para las diez.
Acababa de servirse un trago de ginebra con tónica. Había tomado una ducha larga y se preparaba para meterse a la cama y ver una película que le había recomendado su amiga Pamela. Historias de hotel, una especie de comedia de malentendidos en un hostal en la ciudad de Venecia, según había leído en el estuche al momento de alquilarla. Nada del otro mundo. Actores y paisajes bonitos, con algún otro argumento de taquilla. Lágrimas, risas y música ligera. Previsible, pero perfecta para esa noche de sábado.
¿Qué pudo haber pasado ahora? Por regla general, en el hotel sabían que no debían llamarla los fines de semana cuando tomaba descanso y menos a estas horas. Sin embargo, identificó el nerviosismo en la voz de Yaneth. Bebió un poco del vaso. Hasta ahí llegaría por esta noche la ceremonia, guardada sólo para ella: seguir hasta el final, sin afanes y con placer creciente, el sabor y los olores aromáticos de cada sorbo.
Imaginó que la llamada tendría que ver con algún tubo roto, un cuarto inundado, un corto circuito. O talvez un robo; algún cliente que se había escabullido sin pagar la cuenta. No sería la primera vez. Pero evidentemente se trataba de una verdadera emergencia. Yaneth no la buscaría de haber sido un accidente menor. De ser así, lo habría dicho desde el primer mensaje. Esperaría un rato antes de responder a las llamadas.
Se puso unos jeans y buscó una chaqueta gruesa para el frío afuera. Había llovido con fuerza por la tarde. Mientras se secaba un poco el pelo frente al espejo del baño, la sacudió otra vez la sensación que el ánimo se le escapa del cuerpo. Caminó hasta la cama y se recostó. Desde hacía varias semanas para acá sentía como si, de un momento a otro, el corazón no le bombeara sangre suficiente, o le palpitara con desgana, trabado por algún obstáculo. La estremecía entonces un desvanecimiento que le borraba el contorno de las cosas y la obligaba a cerrar los ojos por un rato.
Recuperó lentamente las fuerzas con el control de la respiración, pero quedó de nuevo con las manos frías y una ansiedad rarísima en el pecho. Era una descarga breve y le traía de inmediato a la mente alguna de las contadas borracheras en las que cayó años atrás, cuando quedaba como suspendida en el aire, olvidándose de quién era y a merced de una agitación mental sin ningún rumbo. Volvió a pensar que tenía que pedir pronto una cita con su doctora y cumplir con los chequeos necesarios. No era buena idea aplazar por más días el misterio.
Terminó de peinarse frente al espejo y se puso algo de color en los labios. Estaba segura de seguir siendo una mujer atractiva y enérgica. No habría nada grave ni misterioso en los recientes desvanecimientos, se dijo. Probablemente se trataba de algún desajuste hormonal o la simple mezcla de estrés y un poquito de melancolía.
Dudó si pedir un taxi o salir en el carro. Se le cruzó por la cabeza llamar a David. Estaba segura de que vendría por ella sin importar la hora; sin hacer preguntas. La acompañaría hasta el hotel para ayudar a resolver el inconveniente que fuera. David recién aparecido, pero amable todo el tiempo, siempre dispuesto a hacerla reír, a encontrar la parte divertida de cualquier situación y, sobre todo, empeñado en llevar a la superficie lo mejor de ella, como si viniera con el propósito de redescubrir el pasado brillo suyo, nublado desde hacía tanto rato.
Pero no. Aún era muy pronto para acomodarse a nuevas pruebas sentimentales.
Antes de llamar el taxi, marcó al hotel.
—Juan, es Consuelo. Páseme por favor a Yaneth.
—Un momento, señora Consuelo.
—Señora Consuelo…
—¿Qué pasó?
—Parece que hay un problema con un huésped en una de las suites.
—¿Cuál?
—La dos.
—¿Cuál es el problema?
—No contesta desde hace horas.
—¿Subieron?
—Sí señora. Golpeamos en la puerta durante un rato. Pero no queremos entrar hasta que usted venga.
—¿No habrá salido?
—Revisamos la grabación de hoy y no aparece en la cámara. Además, un señor ha estado llamando cada diez minutos. Preguntó si alguien había entrado al cuarto. Dice que lo ha llamado al celular y que tampoco contesta; que tenían una cita urgente para ir a comer con alguien. Quiere saber qué es lo que pasa.
—¿Usted qué le dijo?
—Que la estábamos esperando a usted para ver si entrábamos a la habitación.
—¿Dejó algún nombre?
—No.
—¿Alguno lo vio en algún momento?
—Jorge dice que almorzó con un señor. Que estuvieron un rato conversando, ordenaron un trago de whisky. Después salieron. Puede que sea el que ha estado llamando.
Consuelo estuvo un momento en silencio. Preguntó:
—¿Es el huésped que viene de Bolivia?
—Sí señora.
—Cliente del hotel.
Lo dijo para sí misma. Recordó las facciones del hombre. Alto, trajes de paño oscuro, simpático. Había llegado a mitad de semana. Ejecutivo de una compañía de artículos alimenticios. Importación y exportación de enlatados, o algo por el estilo. Viajaba con frecuencia a Bogotá, cada dos o tres meses y pedía con antelación siempre la misma suite. Si recordaba bien, vivía en Santa Cruz.
—¿Llamamos a alguien, a la policía, señora Consuelo?
—Todavía no. Estoy allá en diez minutos. Ahora nos vemos.
—¿Quiere que la recoja José?
—No. Voy en taxi.
En el recorrido marcó al celular de Gómez, el médico del hotel. Le dejó razón pidiéndole que la llamara lo más pronto posible. Había imaginado más de una vez la situación, el momento cuando tuviera que lidiar con su primer muerto. En teoría, conocía el procedimiento a seguir. Comunicarse con medicina legal, con la familia, con el Consulado. En teoría, todo lo había previsto con una claridad casi profesional. Llevaba varios años en el negocio. Pero ahora, seguir la secuencia de todos estos pasos no sólo le parecía borroso sino imposible. Rogó, apretando las manos, que no se tratara de un suicidio.

* * *

Trató de controlar la agitación que encontró al llegar al hotel. No quería que la contagiaran del pánico contenido con el que todos la miraron cuando se acercó a la recepción. Antes de que alguno hablara, dijo:
—Vamos a tranquilizarnos todos, por favor. No queremos inquietar a los huéspedes.
Había levantado los brazos, como uno de esos instructores que venían periódicamente al hotel para explicarles qué hacer en caso de terremoto o incendio. Sintió que actuaba, adueñándose de ese “nosotros” y de los ademanes para controlar la situación. Entró a la oficina al lado de la recepción y llamó a Yaneth.
—¿Entonces Jorge fue el último que lo vio después, nadie más?
—Parece que estuvo en el bar ayer hasta tarde conversando con el mismo señor con el que almorzó hoy. Me imagino que es el que ha estado llamando. Volvió a llamar antes de que usted llegara.
Consuelo marcó de nuevo el teléfono de Gómez. No contestó, pero no quiso dejar otra razón.
—¿Llamó alguien más?
—No.
—Bueno. Subamos antes de hacer cualquier cosa.
Lo dijo tratando de mantener la calma. Sin embargo, mientras subía por el ascensor, descubrió que tenía la garganta cerrada y no podía tragar saliva. Yaneth y Juan la acompañaron. Los tres guardaban silencio, atentos a los números que marcaban los pisos.
Frente a la puerta, Consuelo le pidió a Juan que golpeara. Vio que lo hacía sin mucho convencimiento. Seguramente sabía, como ella, que para ese momento era una ceremonia inútil. Igual, esperaron unos minutos.
—¿Se acuerda del nombre? —le preguntó a Yaneth.
—Marcelo González.
—¿Marcelo? ¿Está segura?
—Sí señora.
Quería preguntar algo más sobre el huésped para aplazar la entrada, pero no se le ocurrió nada.
—Abramos —dijo por fin, con la boca aún más seca.
Cuando cruzó el umbral, sin embargo, la invadió un sosiego inmediato. Fue como si dejara un peso al otro lado de la puerta. Respiró con tranquilidad y trató de recordar cuándo fue la última vez que se cruzó con un muerto. Le llegó la imagen fugaz y borrosa del cuerpo de su abuela materna, envuelto en sábanas blancas, semejante a una momia de museo y cargado por varios hombres. Lo bajaban con dificultad por entre el hueco de una escalera, como un mueble rígido y pesadísimo. Nunca le había preguntado a su mamá si de verdad era un recuerdo suyo, propio. Nada raro que se tratara de uno de esos sueños que nunca se borraban de la cabeza. Lo más particular de todo era saber que la escena no le había dejado ninguna sensación de espanto. Como tampoco sentía ahora el pánico asociado con la presencia física de la muerte.
La luz del baño y la de la salita al fondo estaban encendidas. Las cortinas estaban a medio cerrar y había un olor inidentificable en la habitación. Miró hacia la derecha y bajo la leve penumbra descubrió el cuerpo en la cama. Estaba boca abajo, echado en posición diagonal y la colcha lo tapaba casi por completo, a excepción de la punta de un hombro y parte de la cabeza. Parecía como si hubiera querido recostarse sólo por un rato, una siesta corta, y que alguien lo hubiera cobijado para protegerlo del frío. Vio un pantalón de paño y una camisa blanca sobre el espaldar de uno de los sillones. En una de las mesitas al lado de la cama había un vaso con agua, una bolsa de papel, un celular, un reloj y una billetera.
Consuelo se dio cuenta de que Yaneth y Juan esperaban inmóviles en el marco de la puerta, sin decidirse a entrar todavía. Pensó que aguardaban una orden suya para dar un paso adelante o salir corriendo por el corredor. Quizás estarían pasmados ante la calma con la que ella se movía por la habitación y repasaba cada cosa. Los miró unos segundos sin decir nada y se dirigió al baño. Ahí dentro el olor era un poco más intenso. A la salida de la ducha, había dos toallas para el cuerpo tiradas en el piso.
Sobre el mueble del lavamanos, al lado de un cepillo de dientes, encontró otro reloj, de hombre, con pulso de cuero negro. Se acercó y lo miró con cuidado. Era un Rolex, Cellini, con el cuadrante blanco. Siguió el segundero. Lo levantó y le dio la vuelta. Lo habían mandado contramarcar. Para R., leyó en letra manuscrita. No había ninguna razón para dudar que el reloj perteneciera al hombre echado en la cama, pero, después de mirar hacia atrás, con el corazón acelerado y conciente de que el impulso era irracional y equivocado, lo guardó en uno de los bolsillos de la chaqueta.


* * *

—¡Qué nochecita!
Gómez le hablaba a Consuelo desde el otro lado del escritorio. Las piernas estiradas, las manos entrelazadas detrás de la nuca. Estaban en la oficina y Consuelo había pedido que les llevaran un par de aguas aromáticas. Habría preferido beber algo más fuerte. Terminar, por ejemplo, con el trago de ginebra que había dejado en el apartamento. La tensión, la espera, la llamada al dueño del hotel que se encontraba fuera de Bogotá, la llegada del médico forense, las preguntas de la policía, el papeleo, la entrada y salida de extraños, le resecaron aún más la garganta y, lo peor, le habían disparado las ganas de volver a encender un cigarrillo.
Era las tres pasadas y se acababan de llevar el cuerpo a medicina legal.
—¿Cuántas horas dijo el médico forense que llevaba muerto?
Gómez estudió unos segundos el reloj.
—Entre nueve y diez.
—¿Cómo puede saberlo?
—Por la temperatura del cuerpo y otras cosas.
Consuelo agradeció que Gómez no entrara en más detalles. Ya era suficiente tener que lidiar con la policía y pensar en las llamadas pendientes que tendría que hacer al consulado y la familia en un rato.
—Entonces fue temprano en la tarde.
—Sí, más o menos. Un infarto fulminante. Y aunque habrá que esperar a la autopsia, no creo que los resultados vayan a cambiar. Además, todo indica que se desplomó en la ducha. Tenía un hematoma en un costado de la cabeza. Y no estaba solo en la habitación. Alguien movió el cuerpo y lo acomodó en la cama, mojado.
—Me dijeron que harían una investigación.
—No fue una muerte violenta, pero hubo testigos.
—¿Pudo haber sido más de uno?
—No sé, mi querida Consuelo. Debería ir a dormir y descansar. No puede hacer nada más por ahora. Piense en lo que viene mañana y en la próxima semana. Con seguridad va a ser un lío mientras todo se aclare.
—Un desastre.
Gómez ofreció llevarla hasta el apartamento. A Yaneth no le importó dormir en el hotel. Consuelo se despidió y quedó en regresar lo más temprano posible.
En el recorrido de regreso, pensó en el reloj. Estuvo a punto de contarle a Gómez, pero era un acto que no podía revelarle a nadie. ¿David comprendería que su intención no era robarlo? Aún no entendía porqué razón lo mantuvo todo el tiempo guardado en la chaqueta. Nunca antes se le había cruzado por la cabeza hacer algo semejante. ¿Tendría que ver con los espasmos que la aturdían de un momento a otro? Además, podía desatar un riesgo innecesario para ella y el hotel. Sabía que era costoso; algún tipo de modelo exclusivo, ensamblado completamente a mano y en número limitado.
Pero también le resultaba cada vez más claro, tanto por los comentarios y explicaciones de Gómez como por lo que había visto ella en la habitación, que el reloj pertenecía a quien llevó el cuerpo del baño a la cama. En el afán, lo habría dejado ahí sin proponérselo.
—Fue un accidente; nadie la va a culpar de nada y la cosa se puede manejar sin hacer mucho escándalo —dijo Gómez cuando se despidieron.
Aunque las palabras del médico se referían al huésped muerto, se ajustaban perfectamente al hurto que había hecho.
Cuando se metió en la cama, lamentó no haber conocido mucho antes a David. Sería maravilloso que en ese instante él le ofreciera el cuerpo para abrazarse y apaciguar poco a poco el temblor.


* * *

Como pronosticó Gómez, la semana había sido una secuencia de días caóticos y penosos, un vaivén con intromisiones, preguntas y personajes insospechados que enrarecieron la atmósfera del hotel. Consuelo agradeció, por lo menos, que se encontraran en temporada baja y que la noticia no se filtrara entre todos los cazadores de sucesos amarillistas. Hubo una nota breve en el periódico, sin fotos, que se diluyó en el permanente desbarajuste nacional. Una fortuna agregada consistió en que el consulado y la compañía se habían hecho cargo de todo el proceso y papeleo legal para el traslado de los restos. Además intervinieron para que las autoridades responsables cerraran y archivaran la investigación de manera silenciosa.
Las cosas, sin embargo, no resultaron tan fáciles cuando tuvo que recibir una tarde, sin previo aviso, a las tres mujeres que llegaron a Bogotá, para acompañar el cuerpo de regreso a Bolivia. Se presentaron como la mamá, una hermana y la esposa.
Consuelo había decidido guardar el reloj en un estuche de gafas y, desde la mañana del domingo, aún permanecía en la caja fuerte de la oficina y la presencia de las mujeres le había generado una desconocida impresión de culpabilidad. Así, mientras las tres siguieron en silencio el inventario de las pertenencias del esposo, a Consuelo le costó trabajo mirarlas directamente a los ojos y decirles con serenidad que lo sentía mucho.
La esposa era una mujer joven, con una cara de rasgos muy finos y una poderosísima melena de pelo negro agarrada en una cola. Durante el tiempo que duró el trámite, aferraba con fuerza un pañuelo blanco en la mano.
Esa noche, después de conversar un rato con David por teléfono, Consuelo durmió de forma atropellada y, al despertarse la mañana siguiente, estuvo segura de haber sufrido entre sueños otro de sus desvanecimientos recientes.
A mitad de semana, habló finalmente con el hombre que la buscaba desde la tarde del sábado. Llamó al hotel y se presentó como Pedro Sepúlveda. Consuelo identificó un acento chileno. Aunque habló en un tono calmado, sin ninguna alteración en la voz, insistió en la necesidad urgente de conversar personalmente un momento con ella. Sabía que habían entrado al cuarto antes de avisar a la policía. No mencionó el reloj, pero para Consuelo fue evidente que no había ningún otro propósito en la llamada. Antes de colgar agregó, como si le subrayara a Consuelo una verdad intocable, que Marcelo había sido una persona maravillosa.
Quedaron en encontrarse después del fin de semana, cuando quedara todo resuelto, y se citaron el martes siguiente antes de mediodía, en un café a un par de cuadras del hotel. Consuelo se había adelantado unos minutos a la cita. Era una costumbre que empezó a poner en práctica desde los días del colegio, y lo hacía con todo el mundo, incluso con David. En la razón había una mezcla de timidez e incomodidad corporal. No le gustaba que la vieran acercarse, que alguien tuviera tiempo de fijarse en sus movimientos y en su aspecto. Por otro lado, como en este caso, quería llegar antes para poder escoger el lugar donde sentarse. Se decidió por una mesa al lado de la ventana, en una silla que no le diera la espalda a la entrada. De esta forma, podría ver a cualquiera que cruzara la puerta.
A la hora acordada, apareció un hombre de estatura media, tirando a flaco y Consuelo calculó, por las canas repartidas, que estaría en mitad de los cuarenta. Venía vestido con ese descuido estudiado y falso de algunos ejecutivos que parecen transitar el mundo sin horarios ni oficinas. Tenía el pelo castaño y los ojos pardos. Se identificaron de inmediato y él la saludó con una sonrisa y una mano tibia.
—¿Consuelo? Hola, Pedro Sepúlveda.
—Mucho gusto.
Los dos ordenaron café y un vaso con agua. Consuelo se dio cuenta enseguida de que no contaba con ningún preámbulo. No tenía ni se le ocurría nada que decir. En realidad, estaba ahí para escuchar la exposición y los motivos de una historia a la que, sin proponérselo, entró y modificó radicalmente el desenlace. Se arrepintió de no haber traído el reloj.
—Regreso mañana a Santiago —dijo Sepúlveda.
Al fijarse con mayor detenimiento, Consuelo descubrió una ligera hinchazón en los párpados.
—Siento lo de su amigo —dijo.
—Una lástima, sí… No entiendo por qué perdió la vida así…Fue la persona más maravillosa…
Mientras hablaba, miraba fijamente a Consuelo, como si vigilara sus reacciones y gestos. Después del primer sorbo de café, agregó:
—Nos conocimos aquí en Bogotá…en un congreso. Le encantaba alojarse en su hotel… Siempre en la misma suite.
Consuelo volvió a sentirse incómoda, como si la invitaran a compartir una transgresión; una inquietud semejante a la que sintió frente al desconsuelo de la esposa días antes. No pudo evitar imaginarse a Sepúlveda arrastrando y acomodando el cuerpo, húmedo y resbaloso, a lo ancho de la cama; los ruidos que le saldrían de la boca por la rabia o el posible pánico; la escapada fuera de la habitación y que le hizo olvidar el reloj en el baño, el regalo que le dejaba el muerto. Entonces decidió preguntar de una vez y no prolongar más la conversación:
—El reloj es suyo, ¿cierto?
—Sí.
—Lo tengo guardado en el hotel.
—¿Por qué...?
—No sé —contestó Consuelo, sin dejar que el otro terminara la pregunta.
—¿Alguien más lo sabe?
—No. Nadie más.
—Gracias.
Sepúlveda suspiró y Consuelo levantó los hombros. Quería decirle que simplemente agarró el reloj porque también intuyó, desde el fondo de una especie de niebla mental, que, por el bien de muchas personas, no debía permanecer ahí en ese mueble.
Sepúlveda le dijo dónde se alojaba y Consuelo quedó en pasar más tarde, de camino a su casa, y dejarlo en recepción, envuelto en una caja.
—No creo que vuelva a Bogotá —dijo Sepúlveda como despedida.

* * *

Dos semanas más tarde, Consuelo recibió un correo electrónico de Pedro Sepúlveda. Volvía a agradecerle la devolución del reloj. Agregaba el nombre de Marcelo al agradecimiento. Leyó y lo borró enseguida. No daría respuestas. Durante esos mismos días empezaba a convencerse de que merecía la pena dejar que David se acercara cada vez más. Una noche, mientras comían en un restaurante por los lados del hotel, David le entregó una rana hecha en jade. Consuelo la recibió y la sostuvo en la mano. Le pareció que no tenía ningún peso. Puso el animalito al lado del plato y David le contó que se trataba de un símbolo de la protección, la calma y la alegría. Cuando se despidieron, lo abrazó un rato largo y lo besó en el cuello.
Ahora, cada noche antes de dormir, como si pronunciara las palabras y siguiera la secuencia de las oraciones nocturnas que aprendió de niña, empezó a decirse en voz baja que dentro de poco estaría lista para acomodar su cuerpo al de David. Acunarse bajo los ritmos suaves de su voz y dejar atrás las sombras de un amor desmoronado. Sin duda, David se encontraría también dentro de poco con los rastros de esa fría corriente subterránea que pareció secarle la piel, que la cercó y la hizo descreer de cualquier contacto íntimo. No sería feliz del todo, contrario a lo que le prometía la ranita traída por David, pero se dejaría llevar por la marcha de este nuevo mecanismo que, como otro reloj insólito, la despertaba del letargo sin asustarla.

Del libro Artículos propios.


Julio Paredes (Colombia)
Ha publicado tres libros de cuentos: Salón Júpiter y otros cuentos, Tercer Mundo(1994), Guía para extraviados, Editorial Norma (1997) y Asuntos familiares, Alfaguara (2000); dos novelas: La celda sumergida, Alfaguara (2003) y Cinco tardes con Simenon, Editorial Norma (2003); y una biografía, Eugène Delacroix, El artista de la Libertad, Panamericana (2005). Ha traducido obras de Alice Munro, Thomas Cahill, Oliver Sacks. Desde el año 2006 es el editor del programa editorial y de lectura Libro al viento de la Secretaría de Cultura de la Alcaldía de Bogotá, y tiene para publicación a fin de este año un nuevo libro de cuentos, Artículos propios.


www.odradekelcuento.com

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